jueves, 5 de noviembre de 2009

DEL QUE NO PUEDE SER LO QUE FUE, irreversiblemente.







En el Robledo de Corpes entraron los de Carrión, los robles tocan las nubes, ¡tan altas las ramas son!

Poema Del Mio Cid, cantar tercero, La Afrenta de Corpes.










La Tizona del Cid Campeador
http://www.canasanta.com/internacionales/tizona-cid-campeador-000001.html
A la memoria de este rostro, hace más de veinte años
Ya no están los molinos amigo Sancho,
las aspas han destrozado mi coraje
y no puedo ver sino este vacío que me arropa.
Es tibio el sudor del despojo
parecería que el Mio Cid se acerca
y me lleva de otra historia
donde las huestes me confunden
como si fuera una virgen que ha sido olvidada
en el Robledo de Corpes.
He sido también el mal amigo de las horas
y bailo a veces borracho sobre el pecho
de esta mujer que hace 20 años acomoda mi inocencia
y regresa del pozo con dos cántaros
que de niño fueron mis primeras visiones de la muerte.
A veces no sé repetir mi propio personaje
y olvido con frecuencia, aquellas estrofas
Y otras recitaciones
cuando mi padre no quería que observáramos a Dios
sin el solemne saludo de la patria.
Alguien me dijo que el armagedón era un armario
con muchos demonios dentro que no abrirían brechas
y que no pueden pasar ante los ejércitos sin bendecirlos.
Siempre tuve miedo ante el armario vacío
ante el cuerpo de aquel hombre tirado en la guardarraya
en espera de que le cerrara sus ojos;
juro que solo ví aspas de un molino desvencijado
y que un viento me apartó con brusquedad de aquel camino.
Ya no puedo retroceder por las almas que contra mí se alzaron
la poca valentía que guardo es reconocerme cobarde,
no puedo decirles otra verdad que sea mentira.
En el pasado tuve batallas que afilaron mi existencia
y pude sortear por bordes de abismos y penumbras.
Pero es distinto el presente sin que me ilusione vivir
del paso a otra gloria ;
fuera del juego y del escondite _de las malas palabras_
y de cualquier otra filosofía;
doy uno solo de mis sonidos que no estructuran música
como un parroquiano en su aldea
que mira pasar el tumulto de sombra
de los otros que arriban destrozados y aún son presos
de ese círculo en lo imaginario
que no puede describirse si cuelga en las noches
como ladridos de los perros que nos asustan.
Una cosa me queda y no sé definirla,
el deseo de ser el que era
irreversible ante el peligro, dispuesto al borde del abismo
por un instinto de divinidad y coraje, y de naturaleza.