martes, 27 de mayo de 2014

Breviario de margaritas

 
 
Escribir sobre Breviario, no se me daba. Como suelo escribir mejor desde el lector, confieso me dio cierta desazón de que la vejez ya estaba dándome duro en el espinazo. Entonces lo entendí todo. La poesía que desmadra de esta mujer (que además no esta loca de remate y por contradicción es la mejor parte de ella para descubrirla). Resulta que sí,  a veces se escribe contra uno mismo, contra los demonios que nos hacen sangrar y porque los ovarios puestos en su justo sitio, con dignidad, digo, hacen que hablar por los codos no sea un defecto, a lo sumo, es un acto a contracorriente de cualquier cobardía.
 
 
 Muchos escritores con razones de peso y leyes de lo que suponemos es poesía, defienden que no debemos ponernos a contar. Lo cierto que hace mucho me vale un tarro y mil, y parece que a la autora le ocurre parecido, ella cuenta.  Su narración no es un hilo, son cortes, tampoco, desde el yo ramplón, todo lo suelta sin ingenuidad ni falso criterio, cuando se vive a quemarropa de un disparo, se enviuda, el amor nos calienta, a cada rato explota, incluso, se reconquista aquello que parecía frustrado,  y hasta el gato de la casa da sus contiendas por un alimento de calidad, no existe metáfora ni falta de juicio, ni dualidad de ser dos, al revés, la poeta es múltiples partes de la mujer que es, y a cada cosa le da su espacio, igual que nos intimida como lectores para entenderla. No lo hace como una amenaza, es la reflexión del espejo, de esa imagen nítida que deberíamos tener a mano.
 
 
 Ya la neblina aquella cuando pastábamos en el potrero nacional, ha pasado, y Margarita no se anda por las ramas, nos da ese hachazo de cuaje, uno necesita dejar de rodar, poner cable a tierra y de eso se trata. Pero si cree que el arte del elogio es incorrecto, quizás no me crea, no necesitas creer realmente en nada, debes tocarlo. Ve y advierte dar un clip y encontrarte ante la poesía del último libro de Margó, Reina de Groenlandia, le ánimo, a que entre, lo único que necesita es llevarse a ud mismo, es decir, no pretenda buscar al otro, la mujer que escarba en sus viseras, tiene un objetivo muy preciso, no hay otra forma de vivir que no sea desde una realidad a la que se penetre desde el sudor y la lágrima, porque desde que le dijeron que se callara y no lo hizo, es:
 
Una mujer común,

con una camisola de hospicio

rasgada, amarillenta,

sin identificación.

que te confiesa

llamarse Margarita.
         
 
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«Un demonio, al nacer,


me dio el arte cruel de ensangrentar


la peña y de escarbar en la herida».

Charles Baudelaire.
 
 

 
 




Confesiones de una vagabunda.

  

 


¿Cuál amistad tendrá con nada 
el que en todo es contrario de sí mismo?
Francisco de Quevedo

 

Antes de perder la cabeza

pondré sobre la mesa

la herida.



Quiero esconderme

en la plaza pública,

donde siempre he estado

al alcance,

a la mano

sin perturbar

o llamar la atención.



Quiero tener paz

al nombrar cada esencia

que me ha matado.



De nada os sirvo,

podéis cerrar el cuaderno,

quemarlo,

escupirlo

depositarlo en el bolsillo

del suicida.



De todas formas

soy culpable:

he bebido poco

he fornicado menos

pero embriago



-borracha,

no admito finuras

en carne descompuesta-



ebria de sentir

como olisqueas en un verso

buscáis consuelo donde no hay,

buscáis compañía

cuando huyo.



Escasea el tiempo,

me voy a traicionar,

voy a vender

como postalita

mi circunstancia.



Decorticaré cada ciudad,

cada perro,

seré breve como un rayo:

no me ha acompañado

la suerte.



Desde que partí de mi tierra

no he recomenzado,

solo cuadernillos,

mendicidad

y este breviario

de vagabunda estacada.



Me dijeron calla,

pero no he obedecido.



Aprende: no soy perla

de altar, ni manto

que busque espalda.



Quizás hasta posea

lo que necesitas,

pero puedo mancharte,



estoy sucia como una

frase de usurpación

a la deriva del Danubio.



He fallado:

quise retenerme adolescente,

quise que mi hija fuese siempre niña,

pero usé el santo que no  conviene,

jugué el número que no tocaba,

usé la bárbara costumbre nórdica

de la sal



 

sal gruesa en la acera,

sal en la puerta

para espantar la nieve,

el mal ojo, la escasez,

la fatalidad.



 

Pero llueve

y sobre el nueve la lluvia,

rastrojos de mudanza,

ropa usada,

fotos en el cajón de cocina

junto a utensilios oxidados

como tú y yo,

extranjeros de especie.



 

Una mujer común,

con  una camisola de hospicio

rasgada, amarillenta,

sin identificación.

que te confiesa

llamarse  Margarita.

 
 




 

 



Leonard Cohen reza la mecánica sagrada

  

Escucha, cae el tejado,
una teja tras otra se desliza al suelo
y suena a cráneo que quiebra.
En casa de mi madre
mi padre ha muerto,


nadie grita orden
frente a la escasa cena
para una persona


viene de un fogón de leña
donde pavorosamente
se juntan los hermanos.


Cada paso es lento,
marcado por la tristeza del alero.


Me aconsejan que visione
un mar de flores blancas,
pero hoy relampaguea,
me aprieta el pecho
como si fuese
un botín de cuero

hasta que comienza a rezar
Leonard Cohen,
el pie en una carta
de tarot mal dibujada,
bajo un cielo inexistente
que me devuelve la virginidad.



Leonard reza y su voz desmaya
a querubines y Delfos amanerados,
me ampara de estruendos,
confina la puerta


con su mecánica sagrada
y mi seno derrama amor
      en la hierba
bajo el primer extraño,
           que tengo a mano.





 
 

Balada de la regente.


No he tenido que matar,

mis esposos han muerto

de viejos, de cáncer,

de exceso de droga,


no cuentan,



copié versos de muchos poetas

en la esquela mortuoria



insistí en los vivos: "vengan a casa,

copulen mientras duermo,

quiero despedir a mis esposos"


pero fue pretexto para fiesta.



Nadie sabe

a quién dedico textos,

si son míos.



Iré a quejarme,

nadie comprende que

en cualquier momento

suprimo la palabra humano.



Fertilizaré la cabellera

de los ausentes, cortaré cabezas,

siempre corto el pelo

a quien amo,

antes de que sea gris y apeste a

cocaína de novato

que perfora coños

y vende boletas de podredumbre.



Dejaos de celebrar

no escribo para entretener,

me suda la loca,

soy la puta sílaba,

sobre la goma pegajosa que ensucia

la hoja y deja un ciclé

semejante al culo de una perra.




Me voy a ver mis pastizales de vaca,

plastas de mi poder

soy I' am

la que ha nacido para perder.
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Margarita García Alonso. Matanzas, Cuba, desde 1992 reside en Francia. Periodista, poeta, y artista visual. Autora de diez poemarios, cuatro novelas y de cuadernos de arte. Licenciada en periodismo de la Universidad de la Habana. En Francia obtuvo el Máster en Industrias gráficas. Posee numerosos premios de pintura, artes visuales y literatura. Aparece en más de cinco antologías y variadas revistas. Premio de la Taberna de poetas francesas en el 2006. Premio de la Fundación cultural Miguel Hernández por su creación gráfica Pájaros azules para el poeta, 2014. Su trabajo en el arte contemporáneo es considerado Patrimonio de la Normandía. Ha sido facturada en la Colección "Spotlight on France", de la galería Saatchi- on line, de Londres. Dirige la poco rentable, desconocida pero histórica Editions Hoy no he visto el paraíso.


 

sábado, 17 de mayo de 2014

La vasta lejanía



 



                                  Por   Jorge Luis Arcos



La vasta lejanía es el título de este libro de poemas de Agustín Labrada, prologado por el también poeta Emilio García Montiel, quien, por cierto, centra sus reflexiones en torno al tema del viaje. Y es el viaje, sin duda, el centro latente de este intenso poemario. Tema arduo, difícil, como que está en el mismo centro de la tradición lírica insular, porque lo está en las vivencias fácticas o imaginarias de muchos de sus poetas más sobresalientes. Si en las historias de la literatura cubana la historia de la poesía suele comenzar por la referencia a los tres manueles, sobre todo por los poemas contrapuntísticos de Zequeira y Rubalcava sobre la naturaleza, ya convertida en retórica neoclásica, de estirpe greocolatina, y en pugna con la incipiente expresión de otra percepción de la naturaleza, que en realidad no se expresa con verdadera originalidad hasta elDiario de Martí, yo prefiero comenzar la historia de la poesía cubana con otro poema de Zequeira "La ronda", que es el viaje tanático, la pesadilla nocturna, imaginal más que imaginaria, de un poeta que revelaba desde un principio su secreto anhelo de desidentidad, invisibilidad, con ese viaje simbólico hacia la muerte o hacia la locura donde finalmente recaló. Sí, ese abismo que también nos mira, como diría Nietzsche, está también en los orígenes de nuestra poesía. Desde ese esqueleto que deambula por las murallas de la ciudad hasta ese otro esqueleto con que dialoga José Martí en Versos sencillos… Emilio García Montiel hace alusión en su prólogo al énfasis que le sorprende a Casal, o a lo casaliano más bien, dentro de las trasposiciones simbólicas de nuestras poesía. Pero Agustín Labrada, aunque acaso pertenece, por soterrada vocación existencial, a ese linaje casaliano, expresa de una manera muy diferente su relación con el viaje.
 
 
El viaje, en Casal, es el viaje hacia lo otro, hacia un trasmundo. Es, en cierto modo, el vértigo ante al abismo, como en El demonio de la perversidad, de Poe. Ya se sabe, el viaje físico es imposible para Casal ("Mas no parto, si partiera, al instante querría yo regresar", confesó). Impulso que llega a Raúl Hernández Novás: "Ya no basta la vida. Hay que viajar." Pero ¿hacia dónde? ¿Hacia la muerte? Es el reverso sombrío del viaje. A Raúl no lo compensaron sus viajes simbólicos, imaginarios, ni esas espléndidas comarcas, a lo John Donne, que creó como en una suerte de geografía visionaria. Raúl terminó embarcándose en la nave de los locosy, con su pistoletazo final, rompió la pantalla, la página blanca, el lienzo donde había desplegado sus construcciones imaginarias, para sumergirse en lo otro, lo desconocido, que añoraba que fuera de nuevo éxtasis oceánico, el mar amniótico, el origen indiferenciado de la materia primordial, las aguas maternales del origen, y que en realidad fueron las aguas putrefactas de su légamo primordial… Es que Casal y Raúl, como pocos poetas cubanos, tuvieron, padecieron, la vivencia de lo sombrío. Aquella que se expresa ya en "La ronda" de Zequeira, y que también, por cierto, visitó a Martí. Agustín, en cambio, está más cerca del viaje como aventura, como fábula posible. Si Martí odiaba el mar, si Casal incluso lo ignoraba, Agustín lo afirma como camino para el viaje. Por eso su Odiseo es tambiénotro. No es el Odiseo que escucha "Sólo el mar es tu casa". Agustín escribe en otra vuelta de tuerca: "No es el mar nuestra casa, aunque nos sea dada la sal todos los días." Agustín es el Odiseo que quiera regresar a Ítaca, el que se convierte en el porquerizo Eumeo. No es Espelnor, que se queda en los infiernos, mi viajero preferido y marginal. Por eso su vivencia más intensa es la recuperación imaginaria de la isla desde la lejanía. Sus visiones son primordialmente luminosas, aunque sus bordes estén como comidos por las dentelladas inevitables, como latentes, de lo sombrío. Por eso recupera la imaginería que le viene de la infancia. Insisto en esto. Cuando a un poeta lo separa de su infancia el mar insondable de lo sombrío, ya esa infancia no puede ser rescatada. Está en otro planeta, un cuarto, un reino, a donde no tenemos acceso, como el personaje de Kafka frente al ángel del límite, ante las puertas de la ciudad, como el mendigo ante el umbral… No es, por fortuna, éste, el destino de Agustín.
 
Quiero decir, Agustín hizo el viaje antes de que lo avasallara por completo lo sombrío en su propia tierra, en su propia alma. Por eso no puede ser nunca el expulsado, porque el expulsado ya lo está antes en su propia comarca. Agustín sí siente la lejanía, vivencia imprescindible para un poeta. Una lejanía magnífica, digamos, una lejanía dadora de vivencias, una lejanía que atesora eso que Lezama llamaba "riqueza infantil de la creación", como algo que también un poeta debe conservar. Tiene esa dicha Agustín Labrada, dicha sólo ensombrecida a ratos por una enorme nostalgia o melancolía de un paraíso del cual no comprende que haya sido expulsado. Agustín tiene entonces la vivencia del poeta del litoral, como le llamó Lezama en su diálogo con Juan Ramón Jiménez, el poeta que mira en lontananza los "barcos que pasáis en la alta noche por la azul epidermis de los mares", digo con el conocido verso de René López. Pero no conoció a ese otro que aúlla frente al mar por un destino mejor o peor, mejoría o peoría que, al decir de Juan Ramón, puede ser la muerte, pues Juan Ramón quería para Cuba el poeta que mira, que vive hacia dentro, como signo de madurez. Pobre profecía la de Juan Ramón. Agustín, como tanto poeta cubano, no puede mirar, vivir hacia dentro de su tierra porque correría el peligro de enloquecer. Pero Agustín, en fecunda compensación, conoció en el viaje la plenitud. Todos sus poemas sobre el viaje prestigian ese peregrinaje como dador, aunque doloroso, de conocimiento. Sólo lo acosa a veces cierta extrañeza, pero tampoco hace de ella tierra prometida.
 
Me he demorado en estas comparaciones, estos deslindes, porque yo mismo tengo una vivencia muy diferente de la de Agustín. Me ha gustado comprobar, como un ejemplo de diversidad de registros y vivencias de que se nutre la actual poesía cubana, esa diferencia, ese otro camino posible. Porque no hay que insistir en que la mayoría de los poetas cubanos son ahora mismo vivan dentro o fuera de Cuba poetas en fuga o en diáspora, como un universo en expansión, como fragmentos huyendo de su imán. O fluyendo hacia otro imán, como hiperbóreos (en mi caso), o alucinados frente a un dios desconocido, como en el pasaje final de Las aventuras de Arthur Gordon Pym. Una expansión caótica como toda expansión. Una expansión donde se cumple la ley de la entropía. Mientras mayor sea la plenitud (el conocimiento, el orden creado), mayor energía es disipada y mayor desorden se expande por el universo. ¿Es una expansión suicida? Puede ser, pero por lo pronto muy fecunda.
 
La poesía de Agustín pertenece, de una manera natural, aunque con sus características singulares, a la llamada poesía de la Generación de los Ochenta. Ése fue su ámbito formativo. Quiero decir, ya nació su poesía como el testimonio de un hijo diferente. Por eso participa de muchas de las maneras generales, estilísticas y cosmovisivas, comunes a aquella comunidad poética, tan diversa en el fondo. Desenvuelve una suerte de conversacionalismo lírico, con un lenguaje muchas veces regio, suntuoso, en la estela de un Eliseo Diego, o, incluso, de un Octavio Smith, encuentro mucha afinidad en la percepción de la realidad de este último gran poeta casi desconocido con la fábula del viaje de Agustín. Su parnasianismo, que no simbolismo, se amista con la naturaleza. Por eso su deuda con Casal es relativa. Hay la naturaleza atroz, que él no conoce, como esa naturaleza turbiamente simbólica que avasalló a Ángel Escobar; hay la naturaleza por omisión o imposibilidad (Casal); y hay la naturaleza simbólica como compensación imaginaria o como imagen futura de plenitud (Raúl). La naturaleza para Agustín es en cierto modo la plenitud posible, aquí y ahora, como para Martí, pero sobre todo porque está en Agustín vinculada a la memoria o en todo caso al légamo reminiscente que recupera de su infancia, de ahí que sus imágenes naturales aparezcan como todavía salvadas de "los horrores del mundo moral". En esto coincide con Kozer, aunque su expresión no sea como en aquel tan manierista. En todo caso su relación con la naturaleza es erótica y sensual y, en el fondo, inocente.
 
Si una lejanía es vasta ¿es porque es habitable? Puede ser. O tal vez es vasta porque estamos perdidos en ella. No sé. Tal vez. Quién sabe. Esa incertidumbre recorre en todo caso el poemario. Pero ¿no es acaso la incertidumbre lo privativo del poeta moderno, hijos como somos refrendaría el Padre Ciorán, patriarca de nuestra edad de un Satán revisionista como aventurara en una ocasión Albert Beguin? El poeta va ofreciendo el testimonio de pequeñas certidumbres, de instantáneas plenitudes. Urde con ellas una historia como quien teje un lienzo, un mapa de un país imposible. No sé por qué me vienen a la memoria estos versos de Smith: "La fiesta a que no somos convidados" y "Destronado fui mientras dormía", pero sobre todo éste, de Rubén Darío: "El reino que no era para mí." O sí: acaso sea porque ese amargo sabor final es el que prefiero en la vasta lejanía de Agustín Labrada.


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PRIMER POEMA DEL VIAJE



 

Errar en los códigos

que atravesaste soñando como ángel,

no justifica tu piedad por los años baldíos.

¿Cuántas veces al pie de la frontera

se hizo tu piel el doble que te habita?

Aquel deseo fue eclipsándose,
 
traicionado y traidor —como mal mercader

que sólo obtuvo pérdidas y un hilo de misterio.

Andar por la llanura desolada

es una endurecida libertad,

y aunque no arribes a la entrada del templo,

vive la plenitud

que al levantarte ofrecen estos amaneceres.

No se deslizan tus pecados al fondo,

la salvación vuelve con la memoria

de los que morirán en tu recuerdo;

pero no reconozcas al marcharte

cuánto pudiste hacer y quedaste en lo oscuro,

pero no reconozcas haber perdido

si el paisaje no está vedado ante tus ojos.

 

 



INVENTARME EN EL VACÍO

 


En la balanza,

otros ojos definirán mi luz y mi tiniebla.

Mi propia nobleza fue la espada enemiga

y navegué muy solo,

sin poder elegir el arpa o el Infierno.

Qué denso es el camino de dos caras.

Si mentí, fue para inventarme en el vacío.

Si viajé sin llegar a la muerte,

fue para mí un misterio.

Vengo desde un pozo

adivinando el mundo entre la incertidumbre,

mientras un viejo siglo cruza

ante ese juez más sabio que es el tiempo.




SI SE ACERCARA EL FIN


 

Junto al cementerio toca una banda municipal,

las efigies de sus músicos

labran una oración bajo la arena

y en sus notas se fugan los domingos.

Si lloviese, la cruz sería culpable.

Si pasara un murciélago

y se acercara el fin,

ninguno de nosotros hurgaría en sus ruinas.

Entonces, ¿por qué negar el testimonio

de esos seres que aplauden

como si tañeran la única certidumbre?

Has sentido de golpe cómo pasan las horas,

ya nada probará cuanto has vivido.

Desunes estos naipes en que lo cuentas todo

y aún te aguardarán,

antes de ser la arena donde tocan los músicos.

 



LA PAZ ENTIGRECIDA

 



Miro en el charco la tarde en que me entierran

y reverdece

la paz entigrecida en torno a mi cadáver,

donde no se despuebla ni una nube,

ni se escucha un solo girasol entre las almas.

Oigo volar por el sauce a los perros

que en una lágrima

entonan su liturgia mientras llueve la tierra,

y afianzan ese grito

cuando todo naufragio va lamiendo el paisaje.

Me acosa el temporal que presagia al silencio

y entristecen

ésos que me despiden,

sumergidos y ocres en su guerra,

sobre un lánguido charco en medio de la tarde.

 



DI NOMBRE A UN ASTRO




Di nombre a un astro

y oscureció mi pez como ese lirio,

negro para su estirpe,

frágil ante los soles,

borrado en el desierto por la luna.

Morirá una cigüeña,

si permito volar frente a este muelle

cuerpos y mares

que no navegaré,

cuando sean deseados y no vuelvan sus olas.

Doy mi pecho a las dagas

si arrastro a los demás hacia el naufragio

y pago cada reino

(su ballet y su pólvora)

sin atarme al verdor de una sola aventura.

Pero los epitafios

no rozarán mi sangre con su arena

mientras cruce el perfume

que refugia en sus alas

el placer insondable del más profundo estío.

 

 


 
 

A LA MUCHACHA GRIEGA TRAS LOS MUROS

 



Si creyeras en la virginidad de toda alianza,

te asombraría la luz

en el peligro

y su esplendor que ciñe tu tristeza.

Una hora más

y alcanzarías la cuerda

conque Ariadna

atraviesa el oro de los siglos,

hasta ver a la muchacha griega tras los muros,

los guerreros que son esa playa que pisas.

¿Qué extraño testamento has confesado

para saldar tus deudas con la antigüedad,

que se inclina y señala ante tus pies el fuego?

Desde hace miles de años,

a las altas murallas retornan los difuntos,

es el humo de Troya

que iba a testimoniar su discordia en la Tierra;

siempre habrá un fiel guerrero y una joven hermosa,

siempre la misma luz

legada por el amor de Zeus a tu memoria.



CÍRCULO Y UTOPÍA

 


De falda en falda se trenza nuestra huida,

porque la libertad

se alisa con el miedo,

y muy contados hombres

podrían sostenerla entre sus cardos.

De la madre a la novia,

de la esposa a la amante,

de la amiga a la muerte,

buscamos esa hoguera que nos ata

todo un enorme siglo hasta el otro derrumbe.

Círculo y utopía,

¿dónde hay mayor oscuridad,

en la mesa sagrada o en la ciega aventura?

Ninguna flor nos gusta,

añoramos una seda inaccesible.

Nostálgicos, ansiosos,

no encontraremos nunca la caverna


con su llama feliz

ni un prado que nos baste


para saciar los sueños y morirnos.




 

PARA UNA FOTO SEPIA


Desgarra un vals

las farolas del muelle

donde imagino:

mi madre en la pradera,

tras la línea del éxodo.

Bailando el vals,

sonríen a color

cinco italianas

para una foto sepia,

como son mis recuerdos.

Viví profundo

cuando todo soñaba,

sin sumergirme

en el rumor de estelas

que izan los alcatraces.

Me abismo así

bajo ese remolino,

en que se alía

con el remo y su espuma

la pasión del ancla.

Pudiera estar

ahora en Jerusalén

o en el Danubio,

seguro arrastraría

esta misma tristeza.



CON EL VIENTO Y LA SUERTE



Se extiende mi voz,

alfanje hacia su noche,

hiere las máscaras,

se anilla entre los libros

y alumbra como tigre.

Libertad mía

de diálogo sin rostros,

¿me escucharás

como yo escucho al orbe

ahogarse en un naranjo?

Dibujo el fin

y agradezco al maizal

con sus espigas,

si los peces y el canto

viajan hasta mi mesa.

Ya vi borrarse

la sombra de aquel bote

rumbo a mi infancia,

y no trocó el regreso

ninguna melodía.

Madero soy

a la deriva o en el humo,

sin esa luz

de una boda secreta

con el viento y la suerte.

 
Fin


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Datos de Agustín Labrada:




Agustín Labrada Aguilera (Holguín, Cuba, 1964)estudió literatura en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, de Cuba; y ciencias de la comunicación en la Universidad Interamericana para el Desarrollo, de México, país donde reside desde 1992 y en el que se dedica al periodismo.
 
Es autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago (1987, 2013), Viajero del asombro(1991, 1995 y 1997) y La vasta lejanía (2000, 2005); de la antología de poesía amorosa cubana Jugando a juegos prohibidos (1992); y del libro de ensayos  Teje sus voces la memoria (2011).
 
Ha publicado también los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera (1995), Más se perdió en la guerra (1999), Un paseo por el Paraíso (2006); Seis caminos (2012) y Ellas están de paso (2013); y el disco Milonga para Isa y otros poemas de Agustín Labrada (2012).
 
Sus poemas figuran en más de 50 antologías publicadas en el mundo y en los discos Un lugar para la poesía (1986, 2006), Guerra y literatura del siglo XX (2003) Los ángeles también cantan. Ha ofrecido lecturas en Cuba, México, Nicaragua, Bulgaria, España, Uruguay, Panamá y Francia.



Para comprar su libro: La vasta lejanía, pulse aquí.

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El autor lee un soneto.
http://www.youtube.com/watch?v=FsLB0kB0Myw

Otros poemas de A Labrada.

http://alascuba.blogspot.com/2008/01/agustn-labrada-holgun-1964.HTML

Más sobre el autor:

 http://www.elcalamo.com/agustin.HTML


http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=ver_voz1.php&wid=376&t=Tercer+poema+del+viaje&p=Agust%EDn+Labrada+Aguilera&o=Agust%EDn+Labrada+Aguilera

http://www.youtube.com/watch?v=wALEw74PQa0

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sábado, 26 de abril de 2014

Arreciados por el éxodo.

Arreciados por  el éxodo.
 
-

Por Mireya Robles.



Se inicia el poemario con una Profecía: "Y alguna vez vendrán a remontarme / lavados con el brillo de sus pies, / aquellos hijos de estos pies enormes / colgados al sillón que mecerá sus casas". Pudiera indicar que ya en espíritu, meciéndose en un sillón de la que fue su casa, los que aún están encarnados en el mundo de los vivos, vendrán a ella, estableciendo así que no hay una ruptura definitiva entre el plano de la muerte y éste que tenemos por nuestra realidad. Dedica el poemario no solamente a su familia, sino también a sus muertos, en niveles en los que no hay separación porque son parte de un todo indivisible. En uno de los poemas de María Eugenia Caseiro titulado "Que en casa de Yewá me esperen siempre", no incluido en Arreciados por el éxodo, el
leitmotiv que aparece cada tres versos --¡Hija del viento soy!podría indicar un atisbo de inmortalidad: que, en la casa de Yewá el cementerio--, se quedarán esperándola eternamente porque allí su alma libre nunca podrá ser encerrada. Pero mi interpretación inmediata fue la de su voluntad manifiesta de que la esperen esos seres queridos que ya han pasado a otro plano, para acogerla en el momento en que a ella le toque habitar la casa de Yewá. Tratar de interpretar un poema creacionista es un reto y tal vez, una audacia desmedida porque el verso sale directamente desde el origen, desde la fuente donde fue creado, y llega al lector por una corriente interior, profunda, sin pasar por un proceso de razonamiento. Nos encontramos constantemente con un elemento de sorpresa, porque el poeta creacionista tiene una visión omnisciente que le permite seleccionar fragmentos de distintas realidades que él recibe a la vez, y sintetizar esos fragmentos para formar una nueva realidad. Como sugiere Vicente Huidobro, no se trata de describir la rosa, sino de verla crecer, de crearla en el poema. Y en su "Arte poética" llega a afirmar que el poeta es un pequeño dios. Este pequeño dios está presente en todo el poemario de María Eugenia Caseiro: "tus dedos, mis dedos, nuestros / funden lingotes de animales / cautivos de ti." A veces nos parece que estamos ante un éxodo real cuando nos dice: "Como cobos arreciados por el éxodo, / no hubo sacapuntas escarmentador / ni bigornias vigías, / ni las propias tijeras extenuadas / de cortar en tiras cada noche, / que no se enrolara en nuestro arca."
 

Lanzados al éxodo, desfilaron todos los elementos que fueron parte de su entorno, para ser guardados en el recuerdo. Sólo así se mantendrá ese pasado del que somos parte y que si desapareciera, desapareceríamos también: "Así logramos sobre nosotros mismos / ser invulnerables." En "Naufragio" vemos viajeros llenos de la alegría de la esperanza que son, a la vez, seres desvalidos, expuestos a peligros de muerte: "Y se hicieron a la mar con sus disfraces / prendidos al envés de la baraja / que los llevaría al fracaso, / risueños argonautas de papel / a quienes la borrasca / o un dedo del azar / interpuso el naufragio." Pero también está presente un velo fino, transparente, que marca un éxodo vivencial dirigido hacia la nada, hacia el reconocimiento del vacío que nos deja la muerte física de un ser querido, el vacío que nos queda cuando languidece el amor, la premonición de nuestra propia muerte. Hay pautas que aparecen en el poema "Saltar": "Acaso el polvo en sus cuatro estaciones / nos sepulte". En "Esperar", vaticina: "Las ventanas se apagarán un día". Enfatiza: "polvo polvo el polvo". Habla de "blancos palacios de hueso", "esperándote, esperándome". En los cuatro segmentos de "Nadas" la pérdida se presenta visualmente en versos que se van acortando como se acorta una vida: Lo que no emplea siquiera costumbre lo que guarda tibio reposo dentro dentro dentro adentro la noche dentro, todo ese camino cerrado padecido, mustio último. El poema titulado "Lienzo" es una bella elegía en la que la pureza de la juventud de su hijo está representada en la blancura de la tela: "Como un ángel que entibió la perfección / antes de partir y su tierno cadáver / es un sorbo de luz entre los árboles, / un tapete de blancura / se derrama en las planicies de la hora." En "Residuos" describe el momento de la muerte de su padre: "Eran tus manos de azahar / dormidas sobre mí, / besé llorada la pintura / que rompió la noche / -dos mitades como dos fantasmas / aplazaron el mar- / nosotros sombra tumbada / en el instante en que te pierdo."


tercera parte de "Yo, tú, los árboles", comienza la repetición de palabras que utiliza en varios poemas para intensificar una condición, reafirmar un propósito, acelerar el movimiento. Se sitúa en una época, acompañada de ese otro ser que tantas veces aparece a su lado, viviendo momentos felices en los que talmente parece que estuvieran estrenando la vida en todo su esplendor, arropados en el frenesí de crear: "No desentrañamos / aquellas vertientes que trajeron la sal / cuando pensabas, cuando pensaba, /sembrar sembrar sembrar/ eternamente/ pasajeros felices, trenes novísimos / caminos, tildes, radios, señales; / dibujos olorosos a jabón, paisajes / sin límites…" Pero de momento asoma, a modo de presentimiento tal vez, un instante ensombrecedor, bellamente expresado: "y la espina en el naranjo de tu piel / doliéndole a la lluvia." "Morder lo breve" consta de cuatro partes encabezadas por flechas que señalan diferentes direcciones: hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia arriba, hacia abajo, para marcar el giro vivencial, en cuatro instantes, de dos seres creados, tal vez, por la imaginación de la autora. En la primera trata de explicarse las razones por las que se ha perdido la vitalidad del amor: "A causa de mis vestidos rotos, / de mis estrellas fracturadas, / de mis paisajes eternamente cosidos al recuerdo, / alunizan tus avispas de seda buscadas en el aire / lo que no nace dentro". Pero a pesar del deterioro del amor, la unión continúa, quizás porque las circunstancias así lo determinan. Y, a pesar de lo que ya se ha convertido en un "rodante cielo aburrido", siguen, "tomados de la mano". En la segunda parte la convivencia se lleva como si el amor pudiera ser la realidad que ya no es: "Que no se diga nunca / que mi boca, que tu boca / sin palabra mentida / elige tarde un algo, un beso / muerde." En la tercera parte trata de retener lo que queda del amor, aunque sea en el pequeño nivel de lo cotidiano: "Morder lo breve / lo nuestro mordible, querible / en cremalleras, en bastillas, / en los botones estampados en las blusas, / en la seda silenciosa del bostezo." En la última visualiza el momento "Cuando nadie, cuando nada quede". En los momentos de vacío en los que ya no tiene "estrellas que contar", se refugia en el seno materno, donde identifica "el vaivén de sus pulmones / sus arterias calientes", donde sabe que para la madre ella es un tierno ser –"blanda gota concebida"-, hasta el momento de su nacimiento, cuando sale a ese pasar del tiempo que es la vida: "travesía vertical / hasta el mar de toda hora". Como lo hiciera César Vallejo con la palabra "trilce" --posible combinación de triste y dulce--, aparecen en el poemario palabras que se unen para formar una nueva: lunijunto, velasombra, vuelapétalo… Contrariamente a la cosificación que vemos en algunas de las pinturas metafísicas de Giorgio de Chirico como Le Muse Inquietanti, Etore e Andromaca, Il guadagno--, en la poesía de María Eugenia Caseiro se personifica lo inanimado, lo abstracto, lo vegetal: "la lluvia con zapatos de cristal"; "Yo, tú, los árboles de lágrima torcida / como lenguas sedientas, / navegamos la lluvia sin timón"; "Después todos los bancos / lánguidamente recostados a mi espalda / fueron tibio hospedaje del adiós". Son versos que se mueven en la bruma, tan etéreos que son como una música en la que el significado de las palabras se diluye para formar mundos nuevos.

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NAUFRAGIO
 

Y se hicieron a la mar con sus disfraces

prendidos a la envés de la baraja
 
que los llevaría al fracaso,
 
risueños argonautas de papel
 
a quienes la borrasca o un dedo del azar
 
interpuso el naufragio.



 

VI
 

La obediencia de los parques nos convoca

a conservarnos en la tenacidad

sin olvidar el hilo que conduce al mar

ni el tiempo indomable

que nos lleve a perderlo.

 


VIII

 
Tal vez esta pobreza para hablar
 
para besar la vida,
 
esa que nunca ha podido guardarse
 
en un baúl,
 
atada en algún margen de sabernos
 
cuelga desde el sueño

 


 
Vacío
 
 
Sus manos que ya no son sus manos

 
adornan el cuadro de la nada

 
sin que tanta sencillez explique

 
el sendero de un viaje sin fortuna.





 
Secreto
 
 
Y es siempre tan pesado
 
el silencio de los barcos
 
moviéndose en los sueños ,
 
que el juego nos devuelve
 
su sombra agigantada
 
mientras la visión se pierde
 
en el reflejo del agua.
 
Sólo la ruptura tiene don de abrigo.

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Sobre la autora:
 

 
MARÍA EUGENIA CASEIRO
(Colaboradora, Miami)

La Habana, Cuba. Reside en USA. Narradora, poeta, ensayista. Integra la Muestra Permanente de Poesía siglo XXI de la Asociación Prometeo de Poesía, el equipo de redacción de La Peregrina Magazine y el Consejo Asesor y de Redacción de Analecta Literaria, revista de Artes y Ciencias. Es Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba en USA; es Miembro de la Asociación Caribeña de de Estudios del Caribe, de la Unión de Escritores y Artistas del Caribe y de la Unión Hispanoamericana de Escritores. Colabora con la Asociación Canadiese de Hispanistas. Galardonada con la Orden José María Heredia 2007, Primer Premio Narrativa Artesanías Literarias (Israel, 2007); Hollywood Diamond Hommer Trophy, 1998. Primer Premio Poesía Carta Lírica 2011. Ha publicado Nueve cuentos para recrear el café -edición bilingüe francés español- Editorial Equi-librio (Lyon, Francia, 2009); Pedazos de Paisaje -edición bilingüe rumano español- Literra (Rumania, 2005). ESCAPARATE, el caos ordenado del poeta (2011). Arreciados por el éxodo, Imagine Cloud editions, 2013. Poesía Femenina Hispanoamericana El Rastro de las Mariposas (Madrid, 2006). Poesía Iberoamericana Siglo XXI, (Madrid 2007 y 2008). Nueva Poesía Hispanoamericana (Lima, Perú, 2004, 2005 y 2006). Antología Paseo en Verso (México, 2005), entre otros. En reseña crítica, Ese hombre, al poemario de Maribel Sánchez Pagán (Mayagüez, Puerto Rico, 2008); Viaje a la Ceniza, reseña critica y prólogo del poemario de André Cruchaga (San Salvador, 2008); Dos tonos para una cordillera, al poemario de Luis Concha Henríquez y Elisabet Cincotta (Rancagua, Chile, 2007); El árbol de las casas vacías, prólogo y reseña crítica al poemario de Luis Gilberto Caraballo (Caracas, Venezuela, 2008), entre otros. Ha sido traducida a diversidad de idiomas, incluyendo euskera, japonés y árabe.
httphttp://www.youtube.com/watch?

v=Bisi0R13XB0://www.laperegrinamagazine.org/mireya_robles_hagiografia_maria_eugenia_caseiro.html
http://www.tower.com/arreciados-por-el-xodo-mar-a-eugenia-caseiro-paperback/wapi/124311122

http://laperegrinamag.blogspot.com/2013/10/iceblog-arreciados-por-el-exodo.html


http://www.escritores.org/recursos-para-escritores/colaboraciones/9419-resena-critica-de-arreciados-por-el-exodo-poemario-de-maria-eugenia-caseiro-

sábado, 22 de marzo de 2014

¿Cómo se llama el show?


Un cuento de julio Benitez.


¿Cómo se llama el show?
 


Señoras y señores. Queridos invitados. En el día de hoy se inicia el espectáculo de la alegría. No más titubejos poéticos ni aburridos relatos de nunca acabar. Payasín ocupará el espacio que antes tenían los cuentistas interminables. Oye chico, si no te gusta ahí está la puerta y ve con tu ruido a otra parte, gritón. No queremos piezas aburridas. Basta de vejestorios y repeticiones. Listo, Juan José. ¿Preparado? Recuerde que a partir de de este momento se prohíben las narraciones pesimistas de Long Beach: Si quieres cooperar invita a las artistas más famosas del palo y dedícate a hacer reír. Y tú Pancho, no te creas que porque ya no se escuchen las letanías de WiIllow Boulevard vas a sacar ventaja con tus historias de Jaimito. A partir de ahora tendremos el pre-show en el que se apuntan los valiosos y recién llegados. Sólo quienes aporten algo nuevo pasarán a ser estrellas. En ese momento se practicará el baile de moda, la canción emblema y las carcajadas. Si tenemos tango hay que prepararse para cargar las rellenitas y no sólo al ama de casa que se mantiene bien escuálida porque ni modo que ese que fuera narrador de tiempos pasados. No es justo, protesta una voz. ¡Ah! ¡ Y no queremos patones!. Al que no le guste que se largue. Basta de discusiones. Alegrías necesitamos. Y mucho talento. ¡Viva el espectáculo! Somos muchos hispanos y Payasín ha tenido la amabilidad de invitar a numerosos malabaristas y otros artistas refinados. Que vengan las guitarras de concierto, que suene el bandoléon, que salga de la tumba el violinista y que lleguen los declamadores a hacernos sentir muy románticos. El desfile de modas se incluirá porque en estos tiempos las vanidades son muy importantes. A los salvadoreños, ¡ Mauricio!, seguí con su poesía pero se les ruega contactar la Chanchona porque sin cumbia como que todo está aburrido. Alejandro, vamos a incluir el indito pero busca nuevas cosas, vuelve a la picardía urbana, mano. Incluso, ¿qué tal, si se prueban todos los disfraces? Los de siempre, olvídense. Váyanse con su música a otra parte que necesitamos espacio para los novísimos poetas y músicos y también para los histriones del Valle y sobre todo para los malabares de la palabra y los objetos con un aire claro y nuevo.
 

 
Para que la cosa se transforme, hay que preparar cohetes y llenar de colorido la casa. ¿Qué tal unas luces tornasol refractarias? Si no nos sentimos parte del show, no entraremos en las transformaciones. ¿Alguien conoce un profesor destacado? ¿Un periodista chicano? ¿Por qué no Jorge Ramos? ¡Cállense, los de siempre, protestones! Ahora todo se cambia. El Editor se viste de gala y con smóking. ¡Ah! por cierto, nada de vinos ni empanadas argentinas y mucho menos croquetas cubanas. Esta ni es casa de borrachos ni apoyamos los golosos. La peña que no es más peña ni cocuyo ni coleóptero alumbrado necesita nombre. Ya lo sugirió la poeta de los encantos rusos y los versos del camino. Su esposo contento no canta más. Así le sobra tiempo en Tijuana y compone llaneras con el cuatro y como Norma que se va a Argentina se nos puede desaparecer sin recordarlo. ¿Qué importa?


¿Payasín? ¿Cuál es el nombre del show?
Queridos amigos. Espero sean comprensibles y los de siempre escuchen. ¿Qué tal Le Moulin Rouge?
¡¡Imposible!! ¿Qué broma es esta?
Entonces¿ qué propones? Pregunta Payasín.
Que decida Editor.
¡No jodas chico!, grita ya saben quién y no está solo.
Alberto el de provincias y no es gaucho, todo enojado, dice que sus canciones folklóricas no se mezclan con nombres de prostitutas.
¡Silencio! Editor, escarlata la catadura mira a todos. Me tienen hasta las pelotas. Tenemos los convidados. Gabriel necesita pronto su artículo. Nadie se esconda en el patio. ¡Prohibido fumar! ¿Ángela? Hay que estar callados y escuchar. Si me voy a la Argentina esto se jode.
¿Entonces, cómo se llama el show?
Payasín se esfuma, las damas del palo vuelven a Long Beach. La Chanchona ya no toca cumbia, los juglares a su casa. Pancho se apresta a la picardía mexicana, Juan José saca su panfleto bogotano de veinte páginas. Cada uno a su sitio.
Nuestra anfitriona viste ropas más discretas y holgadas. La calma vuelve y sale a Editor mucho pelo. Ya no hay quien ponga orden. ¡Qué reiterativo!, dice frustrado.
¡Basta Buenafé!. Vos sí que sos atorrante, callate y terminá tu cuento.

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Sobre el autor.
Benítez Julio. Guantánamo, Cuba, 1951. Profesor y escritor. En 1990 su libro de cuentos La Reunión de los dioses, gana el premio del Concurso nacional Regino Boti y l. Su obra se encuentra dispersa en varias publicaciones. Ha sido antologado en Cuba, Argentina y Estados Unidos. Entre sus publicaciones se destacan los libros de cuentos La reunión de los dioses, Guantánamo 1991 y en Glendale no hay ladrones. Publicó las novelas la Reunión de los dioses, Las Tres Muertes de Gurrumina Robinson y recientemente Operación Serpiente (2013) En poesía ha publicado El rey mago , EL libro de Islenira y El Cancionero de Amael, así como. Ha ofrecido conferencias y recitales de poesía en español e inglés en el área de Los Ángeles y Miami. Pertenece a diferentes grupos de escritores entre ellos La Luciérnaga del que es miembro de su consejo de redacción y ha sido jurado de varios concursos. Fue delegado de la organización POESIA en el XXIV Simposio de Literatura de Buenos Aires, Argentina. Es Crítico Literario de la Revista Cultural Hispanoamericana y ha publicado en sitios como Neo club Press y La Peregrina Magazine entre otros. Publicó en el 2011 el grupo de ensayos titulados. El Libro Mágico (a propósito de La Edad de Oro). Ha sido incluido en las selección de La Poesía Festival 2012 y 2013 con los mejores y más activos poetas angelinos.
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El libro de Islenira. Oguebooks@yahoo.com


El cancionero de Amael Oguebooks@yahoo.com
 
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sábado, 25 de enero de 2014

MONÓLOGO SOBRE LA MARCHA


                          ‘Un pie en lo alto y otras encerronas’

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                                                      Imagen de portada "Adiós"
Publicado por La Pereza Ediciones. 



    Los caídos eran cada vez más numerosos entorpeciendo el desarrollo normal de la avanzada. Mi voz se unió al coro que interpretaba el himno 2005, cuyas estrofas, referidas al mérito de lograr la ansiada meta, habían sido compuestas cuando la Gran Obra apenas andaba en sus inicios.
   En los ratos de mayor agotamiento, cuando creíamos perder el ritmo del entorno, bastaba con dejarse conducir entre la multitud para recuperar el impulso o la armonía.
   Pero aquella tarde empecé a renegar por vez primera.
   El bichito de la duda, ese insecto suspicaz, amenazaba corroer mi voluntad con su presencia ineludible. La marcha no iba a terminar, repetía la voz en mí con una secuencia de latido intermitente, y aquella idea inacabable, de infinitud en la tarea, de ausencia de la luz, parecía acomodarse con más fuerza en las zonas claves de mi menguada condición. Recordé que al principio, cuando la empresa era apenas una novedad, un reto voluntario y tentador, había quienes hablaban con nostalgia de los tiempos anteriores, cuando todo bullía en el más libre de los albedríos. Generalmente eran mayores, que habían quedado en el trayecto, pisados, aplastados, adheridos como tenues manchas al eterno gris de la alameda, y con ellos se fue yendo una parte esencial de la memoria, que entonces no supimos valorar. Todavía amábamos la marcha, y más que amarla sabíamos que era necesaria. Lo único realmente cuestionable —si es que hubiera algo en tal sentido— era que nuestras familias habían sido colocadas de forma individual en el inmenso tumulto para evitar distracciones de la mente o quizás del corazón, y para interiorizar en cada uno de nosotros que la familia verdadera éramos los fieles: la gran familia mayor que conformaba aquella empresa.



  Hubo un tiempo —vanidad del individuo— en que añoraba llegar hasta la meta, tan sólo por regalarme esa gloria del espíritu; pero luego comprendí que la verdadera meta era el camino, ese andar codo con codo, sudor contra sudor, y me di a disfrutar cada pisada, cada himno, cada flaqueza, y cada recuperación.

  Los momentos más felices era cuando la masa recibía el Premio Colectivo y se adentraba en los Túneles Heroicos, cuyas pantallas laterales nos mostraban imágenes de otros momentos del desfile, cuando éste, así como sus miembros, exhibían diferencias notables con nuestra actualidad. Era una forma hermosa de sumergirnos en las variaciones de la historia. Sin dejar de caminar, veíamos aquellos seres de la pantalla, como si desfilaran con nosotros o nosotros en ellos, lo cual le confería al pasado notables visos de realidad, y cuya entereza nos comprometía a buscar un adelante que nunca estaba en el ahora.

   También en la pantalla había caídos, ancianos y mujeres, que tal como ocurría de este lado, no podían resistir más allá del tercer tiempo; y otros que, inexplicablemente, preferían negar su condición traicionando El Ideal. Entonces sus compañeros esgrimían su bastón —símbolo cimero de La Obra—, y lo golpeaban con impúdica justicia. La voz de alarma se corría masa alante y masa atrás hasta que los familiares del traidor, cuyos rostros no fueran convincentes, eran localizados y ejemplarmente reducidos para extirpar el mal más allá de sus raíces.
  Vimos derribar a muchos, convencidos de su culpa, y a otros que no podían esconder el estupor. Sin embargo, los nombres de quienes fueron fieles al Ideal —la inmensa mayoría—, eran grabados con caracteres de oro en las pantallas para satisfacción de los marchantes por venir.
 


 Cuando salíamos de aquellos conductos, teníamos más firmes las ideas, alimentada por tantas millas de incesante sacrificio, y soñábamos la gloria ineludible de la meta. Las enseñanzas se fijaban en nuestras mentes con suma claridad, para que nada pudiera desviar el Objetivo; pero la sombra de la duda, siempre esquiva de la luz, me vinculaba aquel final con el comienzo, como un gran suplicio circular.

   Quizás fuera esa la razón que me hizo disentir, pretender que la cabeza de la marcha se unía con la cola en un aro infinito, tal ves circulaba la Tierra en su extensa redondez, como un meridiano giratorio, por lo que cada uno de nosotros éramos cabeza, y luego cuerpo, y luego cola, y de nuevo cabeza en una metamorfosis marcada apenas por la influencia del clima o los caprichos ambientales. Ya casi nadie hablaba del final ni de la gloria, sino del acto inmortal del sacrificio. En los ojos de mis compañeros creí descubrir un sentido de resignación ante las leyes de lo ineludible.

  Cuando la pierna izquierda comenzó a darme latidos cada vez más apremiantes, desviando la línea imaginaria de mi yo, me fui escurriendo con la ayuda de mi báculo hacia la parte derecha, entre la apretada muchedumbre, con el objetivo de conseguir examinarme. Pero el largo muro que nos contenía, tan alto como el cóncavo celeste, se movía y avanzaba al ritmo de la masa, como si fuera parte de la misma, y no encontré el más ínfimo recodo donde ofrecerme alguna tregua.



  A partir de ese momento me propuse desertar. Algo tenía que haber fuera de aquella caminata, algo terrible, pero estaba dispuesto a correr los sinsabores. Los himnos empezaron a salir con torpeza de mi pecho. El aire se me escapaba con cada melodía y parecía no volver a mis pulmones.

   Durante un tiempo incalculable, salvo por los períodos de lluvia o de sol o de lejanas estrellas, mientras caminaba o me dejaba arrastrar con indolencia, intenté conformar un plan para encontrar una salida. Los muros laterales eran prácticamente inabordables, a no ser que existiera alguna abertura disponible. Si me dejaba caer al pavimento, no podría sobrevivir a los miles y miles de colegas que cruzarían sobre mí, con todo el peso de la historia retumbando sobre mis partes más endebles.
   Una de aquellas tardes vi el rostro de mi padre doblado sobre el asfalto, entre las piernas que lo pisaban. Vi su rostro ensangrentado, comprimido bajo las huellas de sus compañeros. Temí que cayera sobre mí el peso de la justicia, pero en el semblante de mi padre se advertía, tras una pobre sonrisa, un esbozo de lealtad insoslayable, que lo dignificaba ante la historia.
   Lloré en silencio, cuidándome de no mostrar mis lágrimas, mientras seguía entonando el himno 13, que hablaba de los muertos buenos y del buen arte del morir. Me maldije por vil e inconsistente, traté de corregirme; pero la idea de escapar era un gigante que me aplastaba con cruel ferocidad. Pensaba en algún hoyo sobre el pavimento, alguna tapa camuflada tras la cual podía hallarse la cavidad donde pudiera, si no dejar la marcha, por lo menos negociar unos minutos de descanso, como una subterránea lombriz que escapa de la luz, pero el suelo se mostraba cada vez más uniforme como un desierto de metal, inconmovible.

   Preferí dejarme conducir por el tumulto hasta recuperar algún aliento. Pero algo debió ocurrir. Alguna mirada amenazante o inconforme. Quizás mi voz sonó desafinada en algún épico pasaje, o en los escasos silencios mi rostro no mostró la expresión que exige lo solemne, aquella que refleja todo espíritu leal y conmovido. Tal vez una lágrima indiscreta y acusadora corrió por mi semblante —pecado imperdonable en un sitio donde no hay espacio para el llanto—. No sé. El primer golpe me arrojó violentamente al pavimento. El segundo apenas lo sentí dentro de la andanada que siguió, entre las botas que pateaban mi figura. Tardíamente intenté incorporarme y buscar un acomodo. Nada en mí fue capaz de responder. Me hice un ovillo, escupí la sangre, y aguardé resignado mi destino: derretirme, integrarme al gris como una mancha más sobre las otras manchas que conforman esta vía interminable. Doble mancha la mía, porque no espero que la justicia final me conceda un desagravio y mi nombre aparezca en los Túneles Heroicos, ni siquiera por consideración a esa mancha pura que es la mancha de mi padre.
 


_____________________________FIN

Para comprar el libro:


 

 
Sindo Pacheco (Cabaiguán, Cuba, 1956) Premio El Caimán Barbudo (1990). Ha publicado Oficio de Hormigas (cuentos, 1990) Premio Abril; y las novelas Esos Muchachos y María Virginia está de Vacaciones. Esta última recibió el Premio latinoamericano Casa de las Américas, el premio anual La Rosa Blanca que concede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y el Premio de la Crítica a las mejores obras publicadas en Cuba durante 1994.
En 1995 recibió el premio Bustar Viejo, de Madrid, España
, por su cuento Legalidad Post Mortem.Cuentos suyos han aparecido en las antologías “Cuentos de la Remota Novedad”, “Los muchachos se divierten”, “Diana”, “Fábulas de ángeles”, “Antología del cuento espirituano”, “Punto de partida”, y en diferentes revistas como Bohemia, El Caimán Bardudo, Letras Cubanas, Casa de las Américas, entre otras. Textos suyos han sido publicados en México, Rusia, Venezuela, Argentina y España. En 1998 la Editorial Norma, Colombia, publicó su novela juvenil María Virginia, mi amor (finalista del Premio Norma-Fundalectura); y en el 2001, su novela Las raíces del tamarindo, fue finalista del Premio EDEBÉ, y publicada por dicha editorial en Barcelona. En el 2003 la Editorial Plaza Mayor, de Puerto Rico reeditó María Virginia está de vacaciones. En el 2009 salió Mañana es Navidad por la editorial Iduna de Miami, y María Virginia mi amor por Gente Nueva, La Habana.Actualmente reside en Miami, Estados Unidos.
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