jueves, 22 de marzo de 2012

UN INTRUSO EN EL TEJADO


“Un intruso en el tejado” o de la necesidad de que los buenos narradores publiquen más a menudo

Por: Carmen Sotolongo Valiño

Cuando terminé de leer Un intruso en el tejado, de Joel Sequeda, recientemente publicada por la Editorial Capiro, me encontré con una fecha al pie de la última página: «Camajuaní, otoño de 1992»; ¡casi veinte años ha esperado el autor para someterla a los procesos editoriales! Esto sin contar que su libro Tiras de pellejo hace ya más de dos lustros que salió por Letras Cubanas. Si añadimos entonces la más de una década que nos tiene esperando por su inédita «Ventana ojival», tan celebrada por cuantos felices mortales han tenido el privilegio de leerla, hemos de concluir, con Agustín de Rojas, que es muy de lamentar la «premiosa lentitud», con que Joel nos regala sus joyas narrativas.
       A pesar de su lenta concepción, Un intruso en el tejado motiva una rápida lectura y deseos de seguir leyendo, de extender el placer a lo largo de muchas páginas más. Es una excelente narración, feliz mezcla actualizada de novela de amor, de aventuras y fantástico, que tiene el mérito adicional de ser muy divertida. Posee un tono de historia legendaria, feérica, algo alegórica. A veces, trasunta alusiones a historietas viejas (comics) con sus enmascarados de diversas trazas que se desplazaban por el aire o por los techos, lo cual añade matices discursivos gráficos, de resonancias culturales muy en boga.
         Pienso, por ello, en su adecuación a un público juvenil, lector deficitario en nuestras propuestas editoriales, aunque sus personajes son, claramente, antihéroes: Ladrón, Ladrona, y un puñado de gatos. «Ladrón se consideraba malo» —nos dice el narrador, y es este «oficio» de su protagonista lo que le permite crear una atmósfera mágica:


[…] un universo, moteado por el verde mohoso de las tejas antiguas y por los helechos crecidos a la húmeda sombra de los aleros […] la lejanía de los tejados y sus chimeneas vistas a contraluz sobre la luna llena. […] era hermoso ser un ente solitario, mantenerse lejos del nocivo contacto humano y gozar en cambio del amor de los gatos vagabundos, siempre deseosos de una caricia.


       Acaso es esta atmósfera alucinante la que nos hace devorar con curiosidad y placer los primeros capítulos: tiene, además, la función de desubicar el relato de una época concreta permitiéndole funcionar a diferentes niveles. Los caracteres están tan bien concebidos, que solo a un moralista recalcitrante se le ocurriría argüir que no es edificante como modelo para literatura juvenil. En primer lugar, el tejido formado por chimeneas, deshollinadores, gendarmes, bayonetas, catedrales con grifos de piedra, calles con adoquinado brilloso, puerto con barcos de vela, aposentos alumbrados con candelabros, más la relación de Ladrón con los gatos, su extraña adaptación a la vida en los tejados, forma una trama capaz de sacar lo relatado de un contexto puntual para situarlo en el modelo del cuento maravilloso, universal; proyecta la novela en el reino de lo fantástico. Dentro de esta convención artística las fronteras ortodoxas del bien y el mal se complejizan, se desdibujan. Por otra parte, el autor es muy cuidadoso con los motivos de Ladrón, muy sutil al defender su personaje sin que jamás pierda verosimilitud.


        Es un relato de lenguaje preciso, narración bien hilvanada e intriga bien compuesta. El suspense le añade atractivo, cada capítulo trae su peripecia; el primero describe la seguridad y el encanto del ámbito nocturno, las habilidades gatunas que ha desarrollado Ladrón para vivir en él, y el final introduce los signos inquietantes de la presencia de un extraño, dejando en suspenso el presagio. El segundo se dedica a contar las acciones alarmantes que el desconocido provoca, poniendo en peligro con su torpeza la seguridad del universo de los techos. Solo al final del tercero se devela la naturaleza de este segundo personaje, y así hasta el final: cada capítulo termina con una intensificación de motivos, de lo cual hará un resumen el comienzo del siguiente; o con la introducción de un elemento nuevo que hace suponer al lector que habrá cambios sustanciales en lo contado hasta el momento. El narrador juega constantemente con la expectativa lectora, a veces la complace y a veces la rompe: el anunciado intruso resulta ser intrusa; Ladrón perderá su adánica tranquilidad. A partir de aquí resulta extremadamente graciosa la problemática convivencia de Ladrón con la muchacha, Ladrona. Introduce el tema de la iniciación al conocimiento del amor; y su alternancia paralela con la leyenda de la creación del hombre y la mujer le confiere un tono clásico, a lo Ruyard Kipling. La prosa tan pronto posee un lirismo desbordante como un toque cómico o disparatado, lo cual le otorga variedad al registro lingüístico, del que depende, en gran medida su inteligente humorismo. Por ejemplo, las cuatro líneas con que se resume lo aprendido por Ladrón después de su primera discusión con Ladrona: «De aquel suceso el ratero sacó algo en claro: la mujer era un ente enérgico y contradictorio. Pasaba por alto cualquier ofensa; no toleraba, empero, que le llamasen fea». O la enumeración hiperbólica que refiere la verborrea incontrolable de la mujer y la exasperación que va provocando en Ladrón, la cual además de su carácter acumulativo, debe su efecto a frases como esta: «Pasaba el santo día […] parloteando y metiendo baza al por mayor. Cualquier cosa parecíale magnífica para entablar un kilómetro de charla […] pues parloteaba a chorros y a reventar de bocas».
       El final desvanece cualquier sospecha de discriminación sexista, cuando Ladrón se vuelve tan inhábil como Ladrona y es salvado por ella. El hecho de que estos personajes sean caracteres difíciles, antihéroes, establece un contraste expresivo intenso, por cuanto la historia conduce a la afirmación de valores muy elevados, como la bondad, la solidaridad, la ayuda al que lo requiere, pero sobre todo, el amor. Además es un acierto que el lector sepa más que el protagonista, que la trama termine cuando él aún sospecha, por momentos, que puede ser una alucinación.
       Se puede tomar como final abierto o como final feliz. Me gusta que no se codifique en una sola dirección ya que así involucra activamente al lector en descifrar las decisiones finales y permite mantener vivo, más allá de la historia contada, el pensar sobre lo sucedido. Creo que es una novela que va a gustar a los lectores y que habrá de dejar vivencias enriquecedoras como historia, además de las del buen manejo del relato y las palabras. Entonces solo hay que desear que estos lectores puedan contar muy pronto con otra novela de Joel Sequeda.


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Ladrón al fin, había optado por los hábitos nocturnos. Descansaba durante el día y recién comenzada la noche solía despertar. Desayunaba silencioso mientras la luna alumbraba su mesa, filtrándose por la ventana. Luego, morral a cuestas, salía a los tejados. No era usual un ser humano con tales hábitos, pero su oficio exigía un esfuerzo, una transformación que no le fue difícil desde que se dedicó enteramente a robar. Como llevaba tiempo en estos menesteres, había adquirido ciertas experiencias; prefería los sitios altos, eran mejor punto de mira que los bajos. La calle era un hervidero de tropiezos: los serenos y gendarmes nocturnos, los ojos indiscretos que no faltaban nunca por más avanzada que fuese la noche, los perros con su mala costumbre de ladrar a los extraños. Y como nunca se estaba exento de tropiezos decidió que estos fuesen con seres más amigos del silencio. Optó por los gatos. Desde entonces fue el tejado el territorio y los gatos sus acompañantes. Era frecuente verlo pasar, escoltado por una pandilla de estos junto a un conglomerado de chimeneas o saltando ágilmente de un alero a otro. La gente solía aconsejar a aquellos que por una u otra causa viajaban de noche: “cuidado, por las calles pululan los ladrones” Debían contemplar la frase, pensaba Ladrón: “y por los tejados también”. Cierto que para ello era necesaria alguna pericia, cuidado con romper tejas, hacer ruidos o despertar a los durmientes. Ladrón ya no pensaba en tales fallos; eran para él solo eventos casuales, pero como buen hijo de Caco, profesaba un amor religioso a la cautela. Había adiestrado a una pareja de gatos que actuaba en caso de necesidad. Si la víctima despertaba durante el robo, esta pareja le hacia pensar que se hallaba ante la simple molestia de un romance gatuno y no ante la trastada de un rateo hecho y derecho. Si la víctima resultaba demasiado cargante, era preciso recurrir a métodos más drásticos. Llevaba un cordón atado a la muñeca, discreto utensilio para silenciar a los impertinentes _decía Ladrón_, pues como todo hombre dedicado al robo, no desechaba la detestable pero inminente posibilidad de matar.

Con el paso del tiempo, pero para sacar mejor partido a su trabajo, Ladrón adquirió habilidades gatunas: ronroneaba a su antojo, corría a gatas sin hacer ruidos, era capaz de saltar de un tejado a otro, aunque de por medio se interpusiese todo el ancho de una calle, y lo que el tejado fue para los gatos, también lo fue para Ladrón: un universo moteado por el verde mohoso de las tejas antiguas y por los helechos crecidos a la húmeda sombra de los aleros. El sosiego moraba allí con la misma intensidad que en los cementerios, mas no era sosiego tétrico. La soledad de aquellos parajes no llegaba a provocar susto, sino más bien placer. Resultaba poética la lejanía de los tejados y sus chimeneas vistas a contraluz sobre la luna llena. Resultaba incomparable el panorama sideral, avistado desde una azotea o ventanal de la ciudad, era hermoso ser un ente solitario, mantenerse lejos del nocivo contacto humano y gozar a cambio el amor de los gatos vagabundos, siempre deseosos de una caricia.

En los últimos tiempos, Ladrón se había habituado tanto a aquel mundo que, en ocasiones, dudaba poder abandonarlo toda vez que fuese lo suficientemente rico como para no vivir del riesgo, pues como todos los de su condición, perseguía un único objetivo: enriquecerse a costa de lo robado. Suspiraba ante la certeza de que un día no muy lejano llegaría el momento de abandonar para siempre aquellos modos; sus riquezas en oro frisaban ya los bordes de un baúl, oculto bajo las tablas del piso de su madriguera. Prácticamente ya era hora de hacer maletas, despedirse de sus gatos y largarse con viento fresco a gastar su oro entre la pompa de la vanidosa sociedad humana. Estos pensamientos invadían su camastro y le hacían debatirse en pesadillas que arruinaban su descanso diurno. Sabia que si en tantos años de rateo no había llegado la hora fatal, no convenía tentar demasiado la magnitud de su suerte, pues en estos menesteres _bien que lo sabía_ la vida y la libertad pendían de un hilo. Se daba perfecta cuenta de que hacia mucho estaba robando por sensiblería _cosa no muy aconsejable en ladrones_, enamorado del sabor extraño de aquellas soledades, encaprichado en prolongar a sabiendas el momento de la partida.

La noche en que por fin se decidió a subir por última vez a los tejados, Ladrón halló un detalle: los gatos estaban inquietos, saltaban a su regazo y arañaban insistentemente sus pantalones. Flotaba en la brisa la rareza de un perfume vago y, para colmo de extrañezas, en más de un tejado aparecieron tejas partidas por la inexperta huella de un calzado que no era el suyo ni el de la tradicional bota usada por los deshollinadores; únicos visitantes habituales del tejado, además de él, por supuesto.

Aquella noche las patrullas de gendarmes andaban alborotadas, rompiendo con el taconeo de sus botas las tranquilidades más recónditas. Las huellas encontradas sobre las tejas y el suelo de las azoteas mostraban la frescura del sereno nocturnal y no la sequedad producida por los soles diurnos. Entonces era lógico pensar que el dueño de tales huellas gustaba también de hacer noches, y que andaba tal vez cerca, guarecido bajo algún alero o escondido tras cualquier chimenea.

Finalmente, Ladrón, atontado también por los embates raros de aquella noche, regresó a su madriguera, acompañado por un canto de gallos despertados a una hora inusual. Ya arropado en su camastro, desanudó el cordón atado a su muñeca y lo tensó para comprobar su resistencia. <<Tal vez pronto habría que darle uso.>>, pensó. Alguien además de él, estaba incursionando de noche por los techos. ¿Otro pretendía, acaso, convertirse en astro de aquellos andurriales? Alguien, a juzgar por las alteraciones de aquella noche, había usurpado sus dominios _se dijo y bostezó sin sueño en espera del alba para dormirse.