sábado, 22 de enero de 2011

Ernesto Peña, la poesía también



Edelmis Anoceto Vega


Desde la remota antigüedad hasta los posmodernos Viernes de la Buena Suerte del Mejunje santaclareño, Ernesto Peña despliega en Vestigios de Síbaris (Sed de Belleza, 2005) un sendero poético que se hace colindar con dos campos fundamentales: la libertad imaginativa que construye resistencias contra el tiempo y el espacio, y un inagotable caudal de concreciones del ser en su relación con el medio. Quizás es que soy libre y me aterre saberlo, es un verso revelador de lo anterior.

El más alto estado poético debería ser la libertad; sin embargo sus negaciones (exilio, esclavitud, desamor y toda suerte de desdichas) son grandes fuentes de creación poética. Esto ha de ser, sin dudas, porque esa inalcanzable plenitud que significa la libertad —no aquella suscrita a lo sociopolítico únicamente sino, y sobre todo, aquella individual— ha sido hasta hoy el único y máximo canto de los hombres, no importa si es vertido en metrada o “libertina” frase. Pero ese estado de libertad trae consigo un culmen, y este la no necesidad de otra búsqueda para el ser, ¿fin de la poesía? Lo sería si asumiéramos la creencia común de que existen en la realidad determinados aspectos particularmente poéticos, los cuales lo son en sí mismos independientemente de la captación del hombre poeta, como si fuesen yacimientos de un depósito natural, dígase la noche, el mar o la amada. Cabría aquí hablar de una suerte de “afectividad” de la conciencia y la experiencia humanas para con ciertos entes motivadores. Pareciera que la supuesta significación poética de la cosa o aspecto reside totalmente en su naturaleza. Otro asunto es la existencia de las llamadas ideas universales: motivos, o mejor esquemas, que recurren en varios poetas y en ellos coinciden a pesar de pertenecer a épocas, escuelas o lenguas diferentes.

De manera ingenua los poetas falsos, dependientes podríamos llamarles, vuelven una y otra vez a estos aspectos ya gastados, como si estos garantizaran la calidad de sus composiciones. El resultado de sus obras no es, en el fondo, más que un universal lugar común; cuando más sus meritos radican en el nivel de distanciamiento que logran con respecto a obras que utilizaron la misma “materia prima”, para que no “suenen” igual. Es el tema de la imitación inconciente. Los poetas auténticos, libres, toman caminos más imprevisibles y desprejuiciados, como si para ellos la realidad toda fuera fuente de inspiración poética —lo que nos devuelve a la idea de que nada hay en la realidad que sea especialmente poético—. Es el tema de la audacia y el riesgo.

A todas luces es en esa independencia creadora de nuestro premio Alejo Carpentier de novela 2010, despojada de cánones y deudas, donde se hace posible el vigor de las imágenes y se descubre el orden de una propuesta: un acercamiento marcadamente sensible al lector. Parece que la intención es no dejar que este se sobreponga de una vorágine en la que el movimiento circular conduce siempre a un edén alucinante. Para esto el poeta se sirve sobre todo de un tono melancólico y de sus tragicómicas palabras. El oficio, para compartir una idea de Rafael Grillo en su nota “Ernesto Peña descubre El Caribe”7 le sirve como alusión tangencial al poeta que ya se reconoce a sí mismo como tal, puesto que en un final algo externo e inexorable ha venido a envilecer en el presente la gloria pasada.

En el poema “Cualquier sitio es aquí mismo”, se advierte, ya desde el propio título, una especie de queja ante la imposibilidad de hallar sosiego ante la belleza natural: No queda la mirada / en la flor amarilla / desprendida del cactus. El sentido de la vista no tiene recompensa. Nótese la connotación de sequía, aridez, desolación, desierto, en la voz cactus.

Luego la palabra, el verbo, tampoco parece ser prometedor: Ya no excita el furor / de coplas prohibidas, y es preciso gozar las baladas / de esos mudos juglares que habitan la otra orilla. El sujeto del poema, que a todas luces es también su objeto, no se deja tentar y emprende, como única vía de salvación, la búsqueda de lo verdadero fuera de toda cercanía conocida, el más allá, lo otro, la otra orilla.

Más adelante, en un poema que llama la atención por lo enigmático que encierra su brevedad, la propuesta ha de ser mucho más directa, aunque aún simbólica: Traigo la dalia única, irrefleja en los espejos / y ella la coloca en un museo / para que gente gris le inflija sus miradas. Sorprende esta pieza por lo abarcadora que resulta en su síntesis. Aquel misterio que antes se perseguía es materializado (dalia única) y ofrecido ahora para salvar la miseria del prójimo (gente gris). En cuanto a ella, acaso la amada, resulta el vehículo del cual se sirve la voz protagonista para realizar su propósito. Este minúsculo poema de tono narrativo se hace ayudar por la acción que emana de tres verbos poderosos en sus connotaciones, traigo, coloca e inflija, pero este último en su relación con el sustantivo miradas otorga al pasaje un significado inesperado, una especie de ruptura del pensamiento lógico.








Aunque en el soneto “Otra muerte de la fruta exquisita” el comienzo versa: Al ciego abismo caigo que soy ciego, en términos generales nada hay más ajeno a esta poesía que una noción como la de abismo. La simbología de carácter brumoso u oscuro aparece en muy pocos momentos, mas cuando aflora lo hace siempre de forma inconclusa e inquietante, parece cerrar un mundo enigmático y abrir otro claro e impregnado de un frescor que colinda con el universo infantil. El poeta no se malgasta en planteamientos aleccionadores, deja abiertas sugerencias para inducir así a una especie de rejuego entre todos los sentidos, con especial énfasis en el de la vista. Es un discurso que en otras palabras se vale de las conquistas del universo pictórico. Véase “Historia de la pintura” y “Complacencia de Cristóforo”, poema construido netamente con imágenes que hacen alusiones directas al paisaje de la isla, y en el que aparecen diseminadas voces como sombra, oscuro, oscuridad, silueta, pájaros, flores, céfiros, playas, olas, océano, cielo…; universo cuyo efecto se antoja semejante al provocado por algunos cuadros de Pável Lominchar, en los que las figuras de mujeres delicadas adoptan poses contemplativas o gestos con lo cuales quieren comunicarse con el entorno lleno de luz.

En la primera entrega en versos de Ernesto Peña, el subjetivismo se sustenta de la mirada hacia lo exterior, de una objetividad proveniente de una minuciosa atención al ámbito circunvivencial. En cincuenta poemas agrupados en tres capítulos se reúnen divagaciones líricas sobre el ser, apoyadas en gran medida en disímiles ficcionalizaciones del yo, sobre el amor como predio desde el cual se logra irradiar y anunciar el universo todo. Son las manifestaciones del amor, defragmentado este como a través de un prisma, las que hallan en el poemario una progresión hacia lo introspectivo. Introspección inscrita en lo más valedero del intimismo que medra en nuestra más reciente poesía.

Es muy positivo que nuestro narrador se haya enfrascado en un proyecto lírico con verdadera convicción, incursionando en el exotismo como legítimo asidero del lenguaje y sin dejar por ello de cuidar la naturalidad y la limpieza. Nos basta la convivencia con el género lírico para aplaudir la posibilidad, explícita o implícita, de que en Vestigios de Síbaris se relacione la isla patria con esa otra lejana y sublime que solo puede yacer en la imaginación, en la poesía. Es necesario que aplaudan.8

7Rafael Grillo: “Ernesto Peña descubre El Caribe” Bitácoras de poetas, Revista electrónica Esquife, No. 56, abril-mayo, 2007.

8Verso del poema “Telón” en Ernesto Peña González: Vestigios de Síbaris, Sed de Belleza, Santa Clara, 2005, p. 15.
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Tomado de Hacerse el cuerdo.

http://www.cenit.cult.cu/sites/uneac/boletin/0026/index.htm