jueves, 18 de marzo de 2010

LA FELICIDAD QUE NOS INVENTAMOS DESDE EL REGRESO.




Regreso de radio city music hall
con alcohol en las venas;
no he bebido sino bocanadas de feeling
no me he drogado como un tonto
que se siente extraño porque la tierra lo estremece
ni padezco de mi sombra ni otro vicio
ajeno de su lengua
cercano a otra ciudad que no sea esta
que no me devuelva cada angustia
y cada cerca de púas ,
aquellas que restringían a mi patio
como un drogado con la frialdad
de los aretes que le faltaban a la luna;
aquellas veredas donde esconder las lágrimas de vidrio
y cada laceración ridícula de vivir espantado
como un muñeco de palo en medio del arrozal
sin entender la libertad de las aves
que robaban los granos sin importarles la cosecha.

Regreso sin vicio con música en estas horas
donde todos regresan de alguna carencia
donde todos dejan de mirar hacia un mismo lado
donde hay tantas luces y caminos
que la vida recobra su esplendor
y las victrolas de los bares nos sorprenden
con sus idiomas.
Díos mío, cómo no supe antes que esto existía
desde cuál laberinto se manipularon la línea
la dignidad de las fronteras;
que ensañamiento puede ser más cruel
que las cicatrices que deja el alambre
como lo dijo Neruda, ¡en mi país alambre, alambre!

Regreso sin boleto
no necesito el de proletario
para colgar en consignas y sábanas
ni una pose de extranjero
ni otra sublime miseria;
que vuelva por el portón
contando los pasos que dividen nuestras riquezas.
No necesito jugar ya, el número tras la puerta
ni descuartizar las patas de la res
en los mataderos clandestinos
donde las cercas de púas
y los patios restrinjan aquellas almas
desaforadamente blancas;
almas que nunca partieron sin regreso
que ascendían sobre los fósiles
como luces de potreros.
No necesito olvidarme de los muertos de frío
de los desamparados que asumen su tragedia
que venden alcohol y luego se santiguan;
no puedo desde esta felicidad
nombrar solo esta patria que me acoge
este cincel de hierro que marca el pasado
por mucha vida que hoy me devuelva el deslumbramiento;
no puedo sentir que el frío u otra ventolera
abierta la celda lejos del guardián y su faro
me deje como balsa a la deriva
porque nada de eso borra
a ese espacio inmortal de los que se quedaron
y tampoco presumo que todos ellos
se sienten cómodos en sus literas de polvo
con las piernas cruzadas sobre un alma en cruz
y una vida que no puede asomarse
desde espejos rotos
ni la invisibilidad de Alicia a estas alturas
por estas vidrieras donde el mundo asoma
en la historia de la aldea
que ha visto una y otra vez degollar sus patos
que ha visto que Dios y Walt Whitman se parecen
y supo que Lorca, a veces, pone su lamento
en el mármol de todos los degüellos:
corneta, toque, toque el insulto
que pone como la cabellera de una reina
esos hombres que mueren
negros como carbón de chimenea
debajo de las más poderosas pasiones
debajo del tizne de quienes ostentan su poder
y tienen en la miseria del oro
en el odio que han acumulado de sus venganzas.
La ley de la zozobra y la paz del desencanto.


Regreso de estar vivo
y temporalmente lo celebro;
pero en esos instantes
otras vidas ayunan mi felicidad
otros cuerpos enjutos se agolpan en los hornos de pan
con la esperanza de la harina
que cuece en el alma como niebla o centeno
que duele sin ser himno y es el himno
de aquellos rostros que hoy regresan apaleados
vestidos en el blanco desde otro esplendor
que las voces sordas le disparan
y las madres que pudieran ser matrias
lloran como perlas, un llanto
que son esos gallos que asustan
el luto de las almas más austeras en la madrugada;
ánforas que se desvisten ante los ojos de Dios
como aquel verso de Whitman:
No digo estas cosas por un dólar ni para matar el tiempo
hasta que llegue el barco.

Regreso de la nada que perdona
esta sencillez que a veces pudre
y otras engaña mi papel de héroe
y triunfador en otras aceras
de las esquinas desde donde también
vuelven, los adioses para ser perseguidos
de las sombras y las dudas y las malas lenguas.
Siempre se vuelve al lugar del crimen
con o sin música en las venas;
siempre se vuelve como uno de esos danzones
tras un abanico donde las casualidades posan
esa costumbre de tener dos patrias
tan oscuras,
como Cuba y la noche.