lunes, 23 de agosto de 2010

El hombre del Vitral

El hombre del vitral En preparación Colección Aguere Narrativa
Sonia Díaz Corrales
Sandra es una joven y talentosa arquitecta que está inmersa en la construcción de un impresionante vitral, ocho vidrieras donde la emblemática figura de un hombre que debería ser perfecto acabará pareciéndose de forma asombrosa a lo que tenemos por un individuo común. Desde niña había perseguido los colores de un vitral de sueños, poesía, dudas, donde se mostrarían la grandeza y la pequeñez del ser humano. Defender su creación del conformismo y la mediocridad le llevará a reafirmar sus ideas de la ética, la amistad y del verdadero valor de las cosas.
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Llorar y reír



–Ángela, es que no te lo puedo creer. No entiendo
nada. ¿Cómo pudo pasar que no consiguieras
leer la dedicatoria?
–Sabes que soy absolutamente miope. Necesito
los lentes hasta para leer letras grandes. Además,
estaba emocionada. Los ojos se me llenaron de
lágrimas. Estaba haciendo el ridículo y si, además,
él ya tenía pensado que no hablaría de nosotros,
tampoco hubiera funcionado.
–¿Qué sabes tú?
–Bueno, sé que los eventos se preparan frente
a nosotros y no los vemos.
–Lo que sí está claro es que si no ves, los eventos
o lo que sea, te debes poner los lentes. Sobre
todo para leer las dedicatorias de los libros que te
regalen en los próximos veinte años.
–¿Estás de broma? ¿Te hace gracia?
–La verdad no, pero qué hacer. No puedes volver
el tiempo atrás como dijiste.

–Si se pudiera volver atrás el tiempo…
–Yo siempre tendría ocho años.
–Y yo viviría el resto de mi vida en segundo
de bachillerato, mirando la espalda de Pavel, esperando
a que se volviera para ver sus ojos. No he
conocido a nadie que tenga los ojos tan azules. Y
sería bueno que además de volver el tiempo atrás,
uno pueda elegir quién ser. Él nunca me miraba
a mí, sino a la chica que estaba a mi lado. Y quizás
porque no me gusta como soy de tonta.
–No digas eso. A lo mejor era un poco estrábico
y te miraba a ti, pero tú no lo sabías.
–No era estrábico. Y yo, si pudiera elegir, preferiría
ser Scherezada y la mujer de Las mil y una
noches se llamaría Ángela y habría conseguido
no solo salvar a las mujeres del reino de morir
por los odios y venganzas del sultán, sino a todas
las mujeres del mundo de cada uno de los odios
posibles. Considerando que le contaría mejores
historias, desde luego.
–¡Ajá! ¿Y qué le contarías para ser mejor que
Scherezada?
–Los que le contó Scherezada, claro, pero
también le contaría Aguas primaverales, de
Turgueniev; y Los miserables, de Víctor Hugo; y
la Historia de un caballo que era bien bonito, de
Nazoa; y a lo mejor el Ulises, de Joyce; y La
Ilíada... Y todo Fernando Pessoa.
–¿Estás loca? No se puede contar el Ulises, de
Joyce.
–¿Qué le contarías tú?
–No creo que si pudiera volver el tiempo atrás
querría ser Scherezada, pero si lo fuera, le contaría
Lo que el viento se llevó, porque no podría contarle
Tiempos modernos.
–No me digas.
–Si se pone impertinente ese sultán, le contaría
El lado oscuro del corazón o Los lunes al sol,
tratando de hacer los mismos giros que Bardem
cuando rompe aquella farola.
–¿No te estás pasando?
–Seguro el sultán me habría mandado a decapitar
de inmediato.
–No lo creo. Si a alguien no le gusta Bardem en
Los lunes al sol, no me imagino cómo llegaría a
ser sultán.
–No sigas, estoy llorando de la risa.
–Y yo no sé qué hacer para no llorar de la pena.
–¿Por lo del regalalibros?
–Sí, más que nada por no ser capaz de enamorar
a alguien como él. Y se llama Manuel, no
regalalibros.
–Todos tus hombres se llaman Manuel. ¿Tú qué
sabes? Quizás creyó que no te gustaba.
–Nunca lo sabremos, pero al menos me habría
dicho que yo le gustaba, ¿no? Y todos mis hombres
son en verdad un solo hombre.
–Las personas tienen modos diferentes de decir
que le gustas o no. Y no puedes ponerles a las
personas nombres diferentes de los que ya tienen.
–Sí, pero siempre terminan diciendo que le
gustas. Con esas u otras palabras, pero con palabras.
Y él no dijo nada. Puedo ponerle el nombre
que quiera a lo que invento. No te das cuenta de
que ninguno es en verdad lo que dice ni lo que
creo. Existen porque les invento.

–A veces no con palabras, pero tienes razón. A
la larga dicen que te quieren de algún modo. ¿De
verdad te gustaba tanto?
–¿Por qué crees que me cambiaría por Scherezada
ahora mismo? Creo que el sultán me decapitaría
también la primera noche, igual que a ti,
como a las otras mujeres comunes y corrientes.
La verdad es que a veces quieres morir, y si no lo
quieres reconocer, seguro se te ocurre hacer algo
por lo que puedan matarte, y así no será tu responsabilidad
haber muerto.
–¿Algo cómo qué?
–Como cruzar sin mirar en la vía rápida cuando
viene el tren. Como contarle Los lunes al sol
al sultán de Las mil y una noches.
–Ángela, ¿sabes cuánto te quiero? No deberías
estar tan triste por lo que no tiene solución, por lo
que quizás ni siquiera habría sido lo mejor para ti.
–Sé lo mucho que me quieres, pero igual
dímelo porque me hace falta.
–¿Para qué hacerse matar? ¿Tienes alguna garantía
de que la muerte no sea una repetición de
la vida en una u otra forma? Y te vuelvas a
encontrar con muchas personas de las que te has
encontrado ya, y todo sea igual otra vez: tus dudas,
tus retos, tus aprendizajes, tu sufrimiento?
–¿Cómo la reencarnación?
–Sí y no. Simplemente, Ángela, como encontrarse
con personas iguales a las que conocemos
en la vida, aunque tengan otros nombres o los
mismos, y también estén muertos, y donde tienen
los ojos solo tengan unos ojos diferentes. Y levantarse
todos los días de la muerte, sabiendo que
sigues tan muerto como el día anterior. Y que no
vas a cambiar nada aunque quieras ser un muerto
estupendo, coherente, feliz, un buen muerto, en
definitiva.
–¡Tiene gracia! ¿Estás hablando de la vida?
–¡No! No la tiene, en absoluto.
–¿Crees que el sultán llegó a amar a Scherezada?
Morir por amor, de amor, es una forma
bonita de morir, como vivir por él.
–Estuvo muy bien eso de salvar a las otras mujeres
del reino de morir y todo lo demás, pero en
Las mil una noches no dice que llegara a amarle.
Dice que le admiraba y le perdonó la vida por su
inteligencia, su sapiencia, su discreción, quizás
hasta por sus tres hijos. Dice, incluso, que fueron
felices, pero no que llegara a amarle.
–Quizás le amaba y dejarle vivir fue su modo
de decírselo.
–O quizás no. A veces hasta los sultanes se
cansan de odiar, de acumular el mal para defenderse
del mal que les puedan haber causado. Ese
es el peor impedimento que tienen algunos para
lograr la felicidad. O quizás el sultán se conformó.
Esto sería lo más triste que me podría pasar
si fuera Scherezada: que el sultán se conformara
conmigo sin amarme.
–Pero quizás sí le amaba. Le dice cosas muy
bonitas. Ese tipo de cosas solamente se le dicen a
alguien que uno ame.
–No lo sé. A veces también se dicen muchas cosas
por decir.
–La última historia de Scherezada cuenta que
iban a casar a la princesa Amanda con su primo,
pero ella amaba al príncipe Jazmín. Si se miraban,
los amantes podían decirse cosas que nadie
comprendía, de modo que se pusieron de acuerdo
para escapar, y lo hicieron sin dejar rastro,
renunciando a lo que eran y tenían. Y dice Scherezada:
«porque en este mundo, solo algunos
hombres son dignos de seguir el camino que conduce
a la dicha y de vivir en la casa en la que se
oculta la felicidad».
–¡Vaya! ¿Te lo sabes de memoria? ¿Se puede
vivir en esa casa donde se oculta la felicidad?
–Sí, lo he repetido tantas veces como no tienes
idea. Me gusta Scherezada. Recuerda que soy
una cuentacuentos. Y no tengo idea de si se puede
vivir en esa casa de la felicidad.
–A veces no conseguimos distinguir la casa
de la felicidad de la casa de la vanidad. Son
muy parecidas.
–Sí, pero cómo saber cuál es una y cuál la
otra.
–Tampoco lo sé bien. Supongo que la diferencia
fundamental es que la casa de la felicidad te
exige dejar, renunciar a muchas cosas para franquearte
la entrada. En cambio, la de la vanidad te
exige traer mucho más de lo que puedas llevar,
siempre.

***********************fin del fragmento************

Datos de la escritora:

Sonia Díaz Corrales
Nació en Cabaiguán, Cuba, en 1964 y reside en Santa Cruz de Tenerife. Es poeta y narradora. Ha publicado los libros de poesía Diario del Grumete, (1996 y 1997) y Minotauro (1997). Sus poemas aparecen en las antologías Retrato de grupo (1989), Poesía infiel. Antología de jóvenes poetas cubanas (1989), Poetas del Seminario (1992), Un grupo avanza silencioso (1990), Mujer adentro (2000), Poesía cubana de los años 80 (1993), Poesía espirituana (1994), Anuario de poesía (1994), Mis barcos nuevamente (1996), Antología de décimas Canarias-Cuba (2000), Todo el amor en décimas (2000), y Puntos cardinales. Puente colgante. Antología de poetisas cabaiguanenses (2000). Ha obtenido los premios de poesía América Bobia 1982, Matanzas; Bustarviejo 1993, Madrid; y el Abel Santamaría 1997, de la Universidad Central de Las Villas, Santa Clara; así como menciones Caimán Barbudo, David de la UNEAC y 13 de Marzo de Universidad de La Habana. Su libro Los días del olvido, fue finalista del Premio de Poesía Viaje del Parnaso 2008.

4 comentarios:

Lamanga dijo...

Mucha suerte para Sonia y su hombre del vitral...
Juanca te linkeo por alla para que camine la buena noticia. Felicidades.

Anónimo dijo...

GRACIAS!!!!, sonia

EL SITIO DE LA LUZ dijo...

MIl gracias Marga, todo lo de Sonia es de mi interés, me gusta la persona exacta a como la recuerdo y ella no ha dejado de ser aquello de dentro de la Reina hay una niña.

Pedro Merino dijo...

Gracias, Recio, buenos diálogos, naturales y significativos, por parte de la autora.(por facebook)