lunes, 5 de abril de 2010

A DONDE NO QUISE VOLVER



De su libro inédito No hay que llorar, colaboración cortesía del autor.




La primera señal visible, que ahora recuerde, de que nos adentrábamos a una profunda crisis en los noventa, fue el ver desaparecer de las bodegas las apetitosas latas de troncho y de patee de hígado, que entonces consumíamos con regularidad en mi casa. De un día para otro los amplios estantes de la bodega, en que compraba los mandados, quedaron vacíos.
En Matanzas, donde vivía, muchas personas cocinaban con carbón; que cada mañana ofrecían los vendedores, saco encima, por las calles. Otras, como en cualquier ciudad cubana lo hacían con gas, Keroseno o electricidad.
Habían comenzado los cortes de electricidad, se dejaron de suministrar las cuotas de combustibles para cocinar, por lo que muchas familias no tuvieron otra posibilidad que recurrir al carbón que muy rápidamente subió a un delirante precio.
Conocí de muchas personas que iban hasta el Valle del Yumurí, donde ya se habían instalado varios taladores que vendían a exagerados precios la leña. No importaba si se vivía en una casa amplia o pequeña, en apartamento o vivienda con patio, el humo y el olor de madera quemada se hizo común en la mayoría de las calles matanceras, sobre todo en el marginal barrio La Marina, donde vivía y en donde se cocinó hasta en la calle, puestos de acuerdo varios vecinos que compartían una misma leña, como imágenes anunciadoras de lo que después conocimos por “Opción Cero”, en que se aseguraba comeríamos de caldosas populares.
Fue entonces que apareció un innovador con una cocina que exigía por combustible el aserrín. El artefacto era tan simple en su funcionamiento como aparatoso, pues hasta una pequeña chimenea salía de uno de sus costados.
El creador de aquella novedosa cocina para tiempos de crisis, como el que vivíamos, fue entrevistado en el periódico local varias veces y muchas más por Radio 26, la emisora provincial. En alguna de aquellas intervenciones aseguró que su invento también admitía por combustible el papel.
Como trabajaba en la Librería de libros de uso “El Pensamiento”, en la céntrica calle del Medio pude percatarme de que las ventas de libros baratos, que lo eran casi todos entonces, aún más los de uso, subieron súbitamente. Personas conocidas o no, llegaban con sacos buscando los libros más económicos. Y hasta algunos llegaban preguntando cuáles eran los libros para cocinar.
Una mañana llevamos a mi hija a la consulta de puericultura y mientras esperábamos nuestro turno en el Policlínico Contreras, un doctor pidió la atención de todos los presentes para explicarnos algunas sugerencias de higiene. Juro que de su larga charla nunca olvidaré su recomendación de que para bañarnos nos restregáramos, por todo el cuerpo, arena de la playa, después que esta fuera escogida y elimináramos piedras, fragmentos de conchas y caracoles y suciedades. Y terminó asegurándonos que así se bañaban nuestros valientes mambises.
En tiempos en que ya habían nombrado como Período Especial, a finales de 1992, regresé a mi ciudad natal, después de haber vivido por ocho años en la ciudad de Matanzas.
Lo hacía con una hija que muy pronto cumpliría los cuatro años, sin posibilidades inmediatas de trabajo, a una casa en mal estado, deseoso de conciliarme con mi ciudad y conmigo mismo.
Era aún un autor inédito –como casi toda mi generación poética– aunque era ya miembro de la Uneac, como uno de los acuerdos tomados después de esclarecerse los tristes sucesos de la Librería El Pensamiento, en que se me acusó, junto a un grupo de amigos artistas y escritores, de contrarrevolucionario.
Traía como trofeos muy preciados varias plaquettes con textos míos realizadas por las manufacturadas Ediciones Vigía, que en 1983 el escritor holguinero radicado en la Atenas de Cuba, Alfredo Zaldivar, había fundado.
En Santa Clara sólo me encontré con escasos amigos. Los demás se habían marchado hacia puntos dispersos de la geografía con que el mundo se dibuja amplio y también distante.
Como la inmensa mayoría de los cubanos mis amigos la estaban pasando mal.
Luis Mesa, excelente actor, esperaba una hija viéndose bajar de peso como para sentir vergüenza de los varios desnudos que le exigió hacer uno de los personajes interpretados entonces por él, en aquella época en que casi todos nos convertimos en cadavéricos.
Le habían propuesto un personaje para una película cubana-mexicana, con una única condición: debía de ganar algunas libras de peso. La productora de la película, llegada del país azteca, le adelantó un dinero, enterada de la situación que atravesábamos, con la advertencia de que sin el aumento corporal no se le entregaría el papel.
Mi amigo actor en lo primero que pensó con el dinero en la mano, que no se esperaba, fue en adquirir un televisor a color para su futura hija que estaba por nacer, pero conmovido por la situación a su alrededor decidió comprarle zapatos a los niños más pequeños de su cuadra, que entonces era una de las más pintorescas de El Condado, el más populoso barrio marginal de la ciudad.
Con lo poco que le sobró pudo hacerse propietario de un televisor, en blanco y negro, Caribe, ensamblado en Cuba y un saco de maní en granos que vendería en cucuruchos, para lo cual ensayó varias veces la canción inmortalizada por Rita Montaner y con ello ganar algo de dinero que le permitiera alcanzar las libras necesarias para convertirse en actor de cine.
Como en su cuadra habían muy pocos televisores, el suyo se convirtió en parte del escaso entretenimiento de muchos de sus vecinos, que al descubrir que mi generoso amigo tenía en una de las esquinas de su pequeña sala un saco de maní, acompañaron el placer de la televisión con el placer de la rica y nutritiva semilla. Por lo que el saco se fue vaciando en aquellas calurosas noches en que todo el mundo tenía siempre un sitio bien vacío en su estómago y Luis Mesa no ganó ni una libra de más, privándonos, hasta el día de hoy, de poderlo ver en la pantalla grande, a pesar de su probada calidad como actor.
Vladimir Barreras, otro de mis cercanos amigos, había decidido después de la caída del socialismo en Europa, cambiarse el nombre por el de Sebastián (por Palomo Linares, que era uno de sus ídolos). A estas alturas soy el único que lo sigo llamando por su antiguo nombre: Vladimir, por Lenin, el comunista ruso en quien sus padres depositaron tantas esperanzas.
También decidió dejar su trabajo de técnico en Contabilidad, cuando sacó cuentas que vendiendo las cajetillas de cigarros de la cuota le representaba algo más que su salario. Y una tercera decisión: se establecería en Varadero esperanzado en nuevos horizontes que poco tiempo después pudo divisar.
Por muchos años se mantuvo en aquellos paisajes de vivos colores –como el de las postales– que gracias a él pude disfrutar en más de una ocasión.
Varadero le propició la suficiente holgura económica como para establecerse en el Vedado y la Ciudad de la Habana la suficiente como para radicarse, hasta el día de hoy, en España.
La suerte entonces de mi amigo Luis Mesa llegó de manos de un tío condenado a varios años de prisión por sacrificio ilegal de ganado.
Luis, lo visitaba semanalmente en la granja agrícola en que cumplía condena y el tío agradecido y consciente de lo que se vivía fuera de su reclusión, le pasaba por debajo de una cerca una jaba bien surtida de plátanos, calabaza y alguna que otra yuca, de las que comimos también en mi casa gracias a su extrema bondad.
Como nadie me daba trabajo, a pesar de que semanalmente escribía o me comunicaba por teléfono o conversaba con el Director de Cultura de la provincia, comencé a vender en la puerta de mi casa dulces finos. Tartaletas rellenas con cremas de varios sabores, gracias a unas esencias recibidas de mis familiares radicados en los Estados Unidos, que hacía la madre de mi hija, la escritora Bertha Caluff.
Los huevos y la harina de pan, necesario para su confección, los adquiría en el inseguro y caro mercado negro exponiéndome a ser timado o lo que era aún peor tener que pagar una multa por ilegalidad, que de suceder consumiría todos nuestros ahorros y pondría fin a nuestro sostén de entonces.
El valor inicial de aquella exquisitez en medio de tanta penuria era de diez pesos y luego, pasados algunos meses, la de cinco pesos que con facilidad pagaban los que después conocimos como “macetas” y que habían comenzado a amasar su capital en esta etapa difícil no para todos.
En algún momento y como para ratificar el sabio refrán de que “en casa del pobre dura poco la alegría” la Policía puso sus ojos en estas ilícitas ventas que habían proliferado, prometiendo altas sumas de multa a los futuros infractores.
Como mi economía y la de toda mi familia dependían de esto decidí ser parte de las muchas ilegalidades del barrio el Condado, donde residía mi amigo Luis Mesa, quien me ofreció sin mucho pensarlo el quicio de su puerta, siempre abierta a los amigos, como nuevo punto de venta. En estos barrios las leyes suelen ser menos estrictas que en cualquier otra zona de la ciudad, me había explicado él como manera de darme ánimos de que todo no estaba perdido.
Lo más difícil de vender esos dulces que homenajeaban la más fina repostería francesa, en un barrio como el Condado y sobre todo en esa etapa, eran los niños.
Para ganar el cielo regalaba una o dos tartaletas, pero es obvio que siempre fueron muchos más los embobecidos ante el espectáculo de los vistosos dulces en un tiempo en que apenas era posible adquirir un simple caramelo de azúcar.
La Negrita, la Tojosita, el Ratoncito y Wilfredito –de los que nunca más he sabido– me ofrecieron los rostros más tristes que yo recuerde en un niño cuando comprobaban que no les había tocado ese día mi dádiva diaria.
Como muchos otros Bertha Caluff, comenzó a padecer de la polineuritis y se hizo irregular la venta. Había días que no le era posible levantarse quedando sujeta a la cama por los dolores que provoca esta enfermedad.
No tuve otra alternativa que cambiar de oficio y de la mañana a la noche me convertí en artesano y gracias a una licencia por maternidad de la auxiliar de limpieza de la Casa del Joven Creador ocupé por algún tiempo esa plaza, para la cual tenía la experiencia de varios años de beca en la Vocacional Ernesto Guevara, de Santa Clara, donde varones y hembras éramos los responsables de la limpieza de la escuela.
También la nueva colocación me propició vender, a mis nuevos compañeros de trabajo y los numerosos jóvenes creadores que entonces se reunían en la Casa del Joven Creador, a la hora de almuerzo, unas caldosas, bien condimentadas, pero sin otra sustancia que las escasas viandas que podía adquirir. El vaso repleto de caldo, con algún que otro pedazo de vianda visible, lo proponía al módico precio de un peso, el almuerzo más barato que muchos pudieron encontrar.
Pero la artesanía me propició más que todo lo anterior. Llegué a confeccionar tantos collares de barro que era difícil no encontrarme en la calle a alguna mujer que no mostrara en su cuello una de mis obras exclusivas. Pues como no me asiste el don de la meticulosidad jugaba a que las cuentas no se parecieran y por tanto ningún collar se semejaba a otro.
Sin embargo sólo logré hacer el dinero del diario. Más bien sobreviví entonces de este oficio que me exigía casi todo el tiempo posible. Pues si bien los vendía con cierta facilidad, los productos de primera necesidad se conseguían a los altos precios de un mercado negro que imponía su ley como única.
Años más tarde Luis Mesa se marchaba hacia Buenos Aires, después de un tiempo de residir en La Habana, donde pasó hambre y tristezas.
Yo lo extrañé entonces mucho, como no recuerdo haber extrañado a ninguno de los tantos amigos que en todos estos años he tenido que despedir.
En su pequeña casa, en el Condado, nos reuníamos amigos y vecinos a reverenciar un televisor en blanco y negro, único testigo de la cercana posibilidad que había tenido de convertirse en un actor de cine y a conversar de todo lo que entonces se hablaba: de apetitosas comidas.
En aquellas conversaciones se ficcionaban y recordaban platos reales o inventados, conocidos por películas o libros. Con la probada imaginación del cubano sentíamos hasta las exquisitas fragancias de los platos que se describían con precisión y añoranza.
Luis Mesa, que siempre fue un probado anfitrión, nos ofrecía un refresco de cualquier fruta aparecida como raro manjar que bien agradecíamos, preguntándonos: ¿Quieren mucho malo, o poco bueno? Es decir un refresco en cantidades suficientes como para poderlo repetir, o uno más espeso, de mejor sabor, pero que apenas alcanzara para probarlo.
Entonces se prefería la primera propuesta y de un plátano, por ejemplo, mi amigo era capaz de hacer sendos vasos de batidora, de un refresco descolorido y apenas sin sabor que tomábamos con satisfacción.
Como el arroz había alcanzado el altísimo precio de treinta y cinco pesos la libra y no había otro alimento que lo sustituyese decidí viajar al Sur del Jíbaro, una de las zonas de mayor producción del cereal en la región central.




Había sido el camino tomado por los muchos que se decidieron a cambiar de cuanto pudieran desprenderse por el encarecido y esencial alimento, sin importarles profesión, nivel, sexo.
Se llevaba al campo para cambiar por arroz desde adornos, lámparas de luz fría, bombillos, ropas viejas y nuevas, estas últimas enviadas por un familiar en el extranjero y que la necesidad obligaba a convertir en alimento, guantes y ropa de trabajo, que como en mi caso conservaba de las repartidas gratuitamente curso tras curso, en la escuela Vocacional, donde había estudiado. Quienes se decidían por viajar al campo cargaban con cuanto creían podía ser cambiado, es decir cualquier cosa que pudiera necesitar una familia alejada de la ciudad.
Lo primero era conseguir un pasaje en el llamado tren espirituano y viajar a la vecina ciudad del espíritu santo, donde había que andar muy rápido hasta la terminal de ómnibus municipales, pues se corría el riesgo de perder la última guagua hacía el Jíbaro, a donde se llegaba bien entrada la noche.
Por el familiar trato de la mayoría de los viajeros, que por sus numerosos equipajes simulaban una mudada, deduje que repetían a menudo el mismo recorrido.
Fue alguno de ellos el que me explicó que nos encontrábamos en el Jíbaro. Aún faltaba esperar a las primeras horas de la mañana, del siguiente día, para sobre una carreta tirada por unos cansados bueyes llegar al Sur.
Esa noche, que ha sido la más lenta y fría de todas cuantas he vivido, la pasamos en el portal de la bodega de caserío nombrado por Jíbaro. Nadie pudo dormir pero tampoco conversar. El frío y el cansancio nos habían enmudecido.
Ni siquiera el haber visto el árbol más frondoso y del tronco más robusto de todos cuantos han podido crecer en esta tierra fértil, y que se me mostró apenas aparecieron las primeras luces del amanecer, compensó tan largo y desgastante viaje.
Junto a aquel dios vegetal –que me inspiro un poema que en años posteriores apareció en mi libro La casa del Monte de los Olivos, ediciones UNION, La Habana, 1996, y que lo incluyo aquí como testimonio de que la poesía ha sido mi salvación–- juré nunca más volver al Sur del Jíbaro. Ha sido así hasta hoy.


JÍBARO, FIN DE LAS ESTACIONES


a Boris Mesa




A solas frente al amanecer del Jíbaro,
adormecido pueblo sobre nubes de polvo,
sin el horizonte que define el mar,
mil serpientes tejieron el pulposo tronco.
Memorias de los que flotan por encima de sus altísimas ramas
en los días en que se someten al silencio
en que se escucha el leve roce de las hojas
y el tiempo de esta tierra dibujada con invisible tinta
en los mapas.

Volví mis ojos a la interminable noche
cuando ni siquiera había aparecido la sombra rosa del sol
y los mutilados pájaros volaban con audacia
en otros cielos a los que nunca ascenderemos.
Vi el árbol que me mostrabas
como si sólo a nosotros perteneciera.
Ha sido nuestra silenciosa fiesta
esos minutos al cuidado de su sombra,
precipicio de inmensas lluvias
apresadas en su resplandeciente verdor
que como un cometa cambiará las estaciones de la tierra.
Dichoso descubrir la pequeñez a la que nos reduce el roble,
atravesando el cielo como pájaros
o como quien logra introducir su mano en el paraíso
y tantea la liviandad de una fruta que imaginará fría
como la madrugada del Jíbaro.
Por ese fruto reconocerás al árbol.
Más si la fragancia de sus resinas te es ajena
no te cobijes en su sombra,
un árbol es también un templo
en el que habitan seres desconocidos simulando ángeles,
días, noches y amaneceres
que no podrás retener en tus manos.
Es también sepultura de los hombres,
de aguas que no brotaron a su encuentro
y ahora sofocan el enérgico fuego
con que sus raíces penetran la tierra más fértil.
Donde acomodar los muertos, para no ser reconocidos,
para no ser venerados.

No existe hacha, ni daga, ni pensamiento
que descubra lo que atesora
en lo que suponemos sea su agitado corazón
el melancólico espejo
donde no se reflejarán nuestros rostros.
Cuando regresemos a contemplarlo, te contaré mi secreto
si es que ya he descubierto el final de este fatigoso camino,
todo cuanto recuerdo
porque su sombra llegará hasta donde mi memoria no alcanza.
Podría quedar inmóvil para que no aparezca el fin de la noche
pero así nunca sabré de mí, del destino de esta tierra.
Es la madrugada y mi cuerpo tiembla
ajeno y distante, como esas hojas regocijadas por el aire.
Solo espero penetrar al árbol y no ser descubierto.
Arístides Vega Chapú. (Santa Clara, 1962). Poeta, narrador y promotor cultural.
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Arístides Vega Chapú. Tomado de la Red




Con Leonardo Padura, en La hora de la verdad, Café Literario, Santa Clara


En la Cabaña, cuando la Feria del Libro en la Habana. Arístides Vega Chapú con el poeta Sergio García Zamora, quien obtuvo ese día el Premio Calendario.

Datos del autor, pulse aquí:
Para leer más del autor aquí:
http://alascuba.blogspot.com/2009/02/aristides-vega-villa-clara-1962.html

http://margaritagarciaalonso.wordpress.com/2009/10/31/aristides-vega-chapu-el-moro/

http://verbiclara.nireblog.com/post/2009/07/14/banda-municipal-de-santa-clara-aristides-vega-chapu

http://laprimerapalabraque.blogspot.com/2009/01/un-da-ms-all-novela-de-arstides-vega.html

http://laprimerapalabraque.blogspot.com/2009/04/cola-loca-la-estafa-del-babalawo
funny.html


http://heribertohernandezmedina.blogspot.com/2009/07/que-el-gesto-de-mis-manos-no-alcance.html

http://www.sentadoenelaire.com/2010/02/un-nuevo-titulo-de-sed-de-belleza.html

http://laprimerapalabraque.blogspot.com/2008/12/escuchar-al-otro.html
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4 comentarios:

Horacio Montes Bradley dijo...

Tomado de Facebook:
Horacio Montes-BradleyEl 05 de abril de 2010 a las 23:03
Resp.: A DONDE NO QUISE VOLVER / por Arístides Vega Chapú
Excelente trabajo en el blog. Un bella descripción de Cuba y su realidad.

Anónimo dijo...

Vaya... ¡que recuerdo! Los 90 y los amigos en común. Un abrazo y gracias por estas notas prodigosas. De corazón,
Tu hermano

Gélico

Julio Fowler dijo...

Julio Fowler El 06 de abril de 2010
Tomado de facebook:
a las 10:19
Resp.: A DONDE NO QUISE VOLVER / por Arístides Vega Chapú
De las experiencias más duras nacen a veces los versos más deslumbrantes y hondos. La crónica de una dramática tribulación puede ser al mismo tiempo testimonio de la memoria y la belleza. Gracias a Arístides¡¡¡
Gracias Juan Carlos¡¡¡

IHOSVANY HERNÁNDEZ GONZÁLEZ dijo...

Buen trabajo haces con tu blog, Juan Carlos. Buen trabajo el de Arístides. Los noventas en Cuba aún son una especie de años ignotos para los que no los vivieron entre el agua con azúcar y el alumbrón en la noche.... Los libros sirvieron para hervir el agua que pudimos tomar, o calentarla bien a falta de jabón.

Saludos desde los mangos,

ih