viernes, 14 de mayo de 2010

Sobre las Meditaciones de Arístides Valdés Guillermo.


Entrar en ese territorio donde se inspiran los versos, las rimas de Arístides Valdés Guillermo, no fue más difícil que mudar animales al borde de un barranco, como me obligaba mi padre por una de esas tareas de campo que fueron parte temprana de mi infancia. Y lo que diferencia aquella tarea de disciplina y formación de carácter, obligatorio, con esta entrada _por ojo de buen lector_, lo puede divinizar la lectura de las décimas del poeta, proviene más que de su perfección y oficio, de esa suerte de armonía con la que provoca el no dejarnos indiferentes ante su escritura.

Como el poeta Alpidio Alonso, a propósito del reconocimiento en la décima (nos indica la critica y la voz populi), en Valdés Guillermo ocurre el mismo paralelo cuando se les compara: desde la calidad con la que producen su obras, hasta ese hilo de comunicación y de sonoridad por la que ambos influyen en los lectores. Hay muchos decimistas, como eventos, peñas y libros en Cuba, siempre ha sido una constante casi carnavalesca en cifras; excepciones también entran en ese territorio donde aún algunos se atreven con nuevos estilos; aciertos pocos, desaciertos más. Pero al igual que en los campos de arroz cuando una espiga queda intacta después del corte, es casi un aviso de preserverancia y fuerza emotiva, _que en ese campo no metafórico es contra la intemperie_,y dentro de la página es al paso del tiempo, una especie de milagro recurrente de Valdés Guillermo, que por suerte para quienes encuentran sus libros, te garantiza siempre disfrutar de la buena lectura y provee conocimiento en cómo cosechar dentro del género, sin dejar de ser sencillo desde el lenguaje, y profundo por la forma que provoca el ánimo de embellecer lo que se dice, (como el poeta en sus meditaciones), sin voz que llegue a cansarnos: ¿Qué haré yo con las palabras/ que un día irán, conmovidas,/ a yacer, como aturdidas,/ en el libro que tú abras?


Leer el libro Meditaciones del náufrago, es llegar a salvo a una estética sin falsas promesas y entrar en esas aguas que el poeta propone, sin repetirse dentro de este tema universal; logrado, como expresara con mucho acierto el jurado del Premio de la Ciudad de Santa Clara en el 2006 “su ruptura con el molde espineliano le aporta un aire de novedad dentro de la tradición de la décima cubana, pero siempre con un fino respeto a esa tradición. Es un excelente y noble libro de décimas muy bien elaboradas, que destaca por sus notables matices y calidad expresiva evidente”

Tenga ante los remos de Arístides, listo el sentimiento, porque él viene de esa experiencia de naufragio que parece provocar las meditaciones en una isla rodeado por Los laberintos circulares: ¿Quién presume la esperanza/ que salmodiando reflejos,/ suele insinuarse a lo lejos/ con su enigma? Sin bonanza,/ uno, que apenas alcanza/ para gritar tanta pena,/ mansamente se condena,/ como el sol, al ostracismo,/ aunque abra inmenso el abismo/ su estridor bajo la arena.


Juan Carlos Recio
NY/ Mayo del 2010.
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Martirio de las palabras y el poeta

¿Qué haré yo con las palabras
que un día irán, conmovidas,
a yacer, como aturdidas,
en el libro que tu abras?

Oh, muerte andante, que labras
inexorable tu osario:
¿cómo será el campanario
que a tu sombra se disputan,
si a su olor ya le tributan
un sufrimiento diario?

Aunque con paso silente
caminas, ebria la capa,
no ignoras que nadie escapa
de tu abrazo irreverente.

Quizás tu rostro indolente
ya tenga dispuesto un nicho
que, tapiado a tu capricho
cuando el tiempo te interrogue,
detrás de su encierro ahogue
las palabras que aún no he dicho.

Tú, con tu coraje a cuestas,
dudas, resbalas, no asciendes,
y demorándote aprendes
de memoria tus respuestas.

Tú, que ataviada le restas
un aullido a la zozobra,
sabes que la luz que cobra
cada verso, cuando existe,
solo será con la triste
lamparita de tu obra.

Alguna vez, con tu aliento
rozando el grito de un hombro,
te harán dueña de su asombro
las palabras que sustento.

Aguarda tú ese lamento
con que el aire te convida,
que yo, muriendo la vida
de la voz que en mí se hospeda,
distanciaré, mientras pueda,
su fervor de tu mordida.

Insurreción en ciernes del bufón


Traza el bufón su pirueta
siempre triste, y en la corte
hacen burlas de su porte,
de su edad, de su silueta.

Pero él aguarda: interpreta
su función, el cuerpo enarca…

Ya se afirma en la comarca
que un día, puesto a su alcance,
tal vez el bufón se lance
contra el trono del monarca.


Una señora que dice ser la historia hace
una reverencia y se confiesa



Yo fui la luz, fui la guerra
del hombre, fui quemadura
y escuché la mordedura
del llanto sobre la tierra.

Sé que una herida no cierra
si su muerte no se gana

fui muchas veces campana
que a la lucha convoqué
y os confieso que hoy no sé
qué cosa seré mañana.

Doce apuntes de un náufrago
al inicio del milenio (fragmentos)



I

Yo, buscador de la puerta
que anunciaba el paraíso,
levanto a veces del piso
mi estatura casi muerta.

Naufrago.

Me desconcierta
la luz que danza en la sombra.

Llego al índice que asombra
la eternidad con su paso
e imagino que el ocaso,
ya inexorable, me nombra.

V




Vivo el afán.


No hay descanso.

Hecho de lágrimas vengo
y en la casa que no tengo
hallo, a veces un remanso.

Cierro los ojos: me canso
de ver montañas vacías.

Medran sierpes y herejías
junto al verbo que nos hizo
y el sol, sin pedir permiso,
nos embriaga de utopías.

VIII



Huyo al fin de la ciudad,
de su balcón, de su puerto.

Ya se perdió en el desierto
el niño que fui.

Mi edad
se cuelga la soledad,
como una argolla, en su oreja.

Mutila un gesto la queja
de algún leño crepitante
y, aún con la cumbre distante,
la vida se nos aleja.
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Poemas tomados del libro Meditaciones del náufrago,


de la Ciudad de Santa Clara 2006, jurado:
Virgilio López Lemus, Yamil Díaz Gómez, Edelmis Anoceto Vega.
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Para ver datos del autor pulse sobre la foto


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Para leer más sobre este autor pulse aquí:
http://polvorasdealerta.blogspot.com/

http://verbiclara.nireblog.com/post/2008/07/02/aristides-valdes-guillermo-medico-y-poeta

http://www.artepoetica.net/Aristides_Valdes.htm

http://plomespoetiques.iespana.es/mencion2008a.htm

http://www.cenit.cult.cu/sites/ladecima/origenes5.htm

http://www.cenit.cult.cu/sites/cpll/autores.php?id=176
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lunes, 10 de mayo de 2010

Presentan dos libros de Vicente Echerri


Vicente Echerri entre las profesoras Anke Birkenmaier (izq.) y Gladis fejóo.

Por iniciativa del Centro Cultural Cubano de Nueva York, el pasado 7 de mayo se presentaron dos libros de Vicente Echerri —Casi de memorias (poesía) y Doble nueve (cuentos)— en la prestigiosa Casa Hispánica de la Universidad de Columbia, que ha sido por casi un siglo hogar y plataforma de los intelectuales de habla hispana en esta ciudad. Para este lanzamiento, que había estado programado para el 26 de febrero y que el mal tiempo obligó a aplazar, Echerri contó con los comentarios de la hispanista alemana Anke Birkenmaier, profesora de la Universidad de Columbia y especialista en Alejo Carpentier, que presentó un trabajo sobre los relatos de Doble nueve; y de la poeta, y profesora de Baruch College, Maya Islas, quien escribió un comentario sobre los poemas de Casi de memorias. Debido a una ausencia inesperada de la Prof. Islas, su trabajo fue leído por la también profesora Gladis Feijóo. Finalmente, y antes de responder algunas preguntas de los presentes y autografiar ejemplares de sus libros, Echerri leyó el texto que aparece al final de esta nota.
Los muchos años que Echerri se ha tomado en pulir, casi obsesivamente, estos poemas (ahora que insiste en confesar que ya no escribe poesía), hacen de Casi de Memoria, en mi opinión, una especie de antología, en el que cada poema, como el autor se encargó luego de explicarnos, es el resultado de la eliminación despiadada de muchos otros, “de un acendramiento o una decantación”, de ahí que, cuando alguien le preguntara si podía señalar algún poema preferido dijo encontrarse frente a una tarea imposible. Sobre el título del libro de relatos, una colección de cuentos de temática homoerótica, fue más explícito, al explicarnos que “el homoerotismo era, en último término, una manifestación narcisista, una fascinación por la propia imagen, un juego de espejos” y que, en ese sentido nada lo podría ilustrar mejor que la cifra mayor del dominó tal como se juega entre cubanos (en Estados Unidos y otros países sólo se juega hasta el doble seis) y que encuentra una reiteración simbólica en el dibujo de Servando Cabrera Moreno que ilustra la cubierta.

Vista parcial del salón en la Casa Hispánica de NYC.

Pero Doble nueve es mucho más que una selección de cuentos homoeróticos. Como el autor nos previene desde un breve prólogo, se trata más bien de una reflexión sobre nuestra precaria condición de seres en el tiempo, que se presenta bajo la máscara de la narrativa de ficción. En las tramas de estos relatos el amor es un ingrediente de esperanza y de angustia a la vez, y el protagonista de todos ellos, me atrevo a proponer, es el tiempo, que adopta diferentes disfraces en diferentes lugares y épocas. En su lúcido análisis sobre los relatos, la Prof. Birkenmaier resaltó la irrealización, la frustración de la experiencia amatoria, como una constante, como un topos que se reitera para revelarse como la esencia del mensaje que los relatos se proponen transmitir. Abundando luego sobre este punto, el autor comparaba la existencia de los seres humanos con el pabellón de la muerte donde los condenados esperan por la ejecución y “en ese pasillo sombrío, cuando el amor toca a nuestra celda, este llamado siempre ha de verse como un atisbo de la eternidad en el tiempo”.

Sobre su libro Casi de Memorias, me atrevería a declararlos —libro y autor— como fundamentalmente atemporales, gracias a ese espacio sin edad donde uno no identifica cuál es la generación del que escribe. Un estilo depurado —donde contención y ritmo, son aciertos de un autor con mayúscula— que se acentúa en los temas que, sin esfuerzo —ni resistencia de nuestra parte—, Echerri nos impone para conmovernos, y donde uno siempre encuentra el predominio de una imagen que su memoria conserva e imprime como un regalo para el que lee; impresión —en su sentido literal—hecha con sencillez y con maestría para que podamos disfrutarla y hacerla nuestra, adueñarnos de ella, como una prolongación viva de la voz del autor, de su sensible dominio de la palabra.
Juan Carlos Recio
NY/ Mayo 10 del 2010
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Vicente Echerri lee su texto Apremio de comunicación

Apremio de comunicación

Nunca puedo sustraerme, a la hora de presentar un libro, a la reflexión —acaso retórica, pero no por ello menos válida— sobre las razones del acto de escribir, en el cual siempre puede descubrirse, si se juzga fríamente, una arrogancia y una obscenidad. Poner en blanco y negro nuestras ideas o nuestros sentimientos, compartir nuestra experiencia del mundo —presidida por una determinada cosmovisión— o, acaso peor aún, exponer a la mirada ajena nuestros estados de ánimo, nuestras pasiones, como suele suceder frecuentemente en la poesía, me parece una notoria falta de pudor en la que, sin embargo, el escritor incurre una y otra vez; pues nadie escribe para sí, aunque algunos lo digan, del mismo modo que nadie se viste para sí. Escribimos para otros, para los demás, para ese anónimo lector que en busca de solaz o de emoción tiende una mano hacia nuestro libro e inicia una aventura que le hemos inventado, de la que somos creadores, o demiurgos, y de la cual el lector es el último y verdadero protagonista.
Se trata de una pretensión —de ahí la arrogancia— y de una manifestación exhibicionista —de ahí la obscenidad— a que nos mueve una compulsión, un ímpetu, una necesidad de comunicación, que sólo se distingue del chisme por una proyección de trascendencia y sólo se justifica como acto de solidaridad, de comunión y, de alguna manera, de propagación; pues el que hace literatura no sólo comparte una historia o un sentimiento, o una idea; sino una opinión, un punto de vista, una perspectiva, y esto lo convierte también en una suerte de predicador. En ese sentido todo escritor es un evangelista y toda escritura es, aunque sea en ciernes, una buena noticia, una invitación a ver el mundo como uno lo ve, a valorar lo que uno valora. Por eso me atrevo a afirmar que en todo libro —por distante que parezca estar de un tratado o de un ensayo— hay una propuesta teórica; en todo texto, aunque en él se exponga la más desbocada herejía, hay un prurito de ortodoxia.
No creo que es competencia de un autor hacer la exégesis de su propio trabajo, sobre todo cuando tiene el privilegio de contar, como yo en esta noche, con los aportes de comentaristas tan talentosas. Si la obra literaria ha de ser válida, el autor ha de atreverse a entregarla tal como salió de sus manos, sin envolverla en explicaciones ni justificaciones. De lo contrario, el escritor estaría asumiendo, desairadamente, el papel del crítico, y haciendo ostentación de desconfianza de la inteligencia y sensibilidad del lector, al tiempo de arruinar, con previsible frustración de parte de este último, toda emocionante y saludable interacción con su escritura.
Dicho esto, líbreme Dios de ir más lejos en el intento, previsiblemente fallido, de explicar los motivos últimos —los cuales soy el primero en ignorar— que me llevaron a escribir estos poemas o estos relatos. Me limitaré tan sólo a decir que estos libros están emparentados por una permanente meditación en torno al tiempo; a la finitud, a la caducidad, a la extinción. Y en este empeño sobresale lo que puede haber en mí de poeta que, por otra parte, un trabajo muy modesto, y casi del todo abandonado hoy, no bastaría para justificar. En un homenaje a Justo Rodríguez Santos, que escribiera ya hace años, en ocasión de su fallecimiento, resumía lo que, a mi parecer, es este raro oficio: «El poeta es una especie de campeador contra la muerte que, además de vencernos al final, nos humilla a diario enmascarada en la rutina, en las menudas transacciones en que vamos cediendo nuestro arrebatado entusiasmo de un principio, cuando todavía nos creíamos inmortales y obrábamos como si morir fuera quehacer ajeno, que nosotros estábamos llamados a documentar como amanuenses de lo eterno. El poeta es un perpetuo adolescente que se yergue frente a la muerte, o que se finge su enamorado para distraerla. El poeta es un niño que juega con la muerte, que secretamente apuesta a derrotarla» Y agregaba más adelante en ese mismo texto, abundando en mi definición del poeta «no como autor de poemas…sino en el sentido más profundo irracional y lúdico» y lo comparaba «a la aventura del guerrero que sale en busca del Santo Gríal, o que vela piadosamente [sus armas]antes de enfrentarse a un dragón legendario: alguien que cree en la eternidad de la palabra y que, ingenuamente, busca en ella la explicación de su desamparo de criatura».
Ambas cosas, pues, el tiempo y su finitud, por una parte, y la palabra como amuleto y áncora salvadora por otra, coinciden en estos textos, o quieren coincidir o creo yo —pues tal vez ustedes me desmientan—obedecen al impulso de una secreta convergencia. A veces el detonante es un paisaje, una estatua o un cuadro, unos ojos que salen a mi encuentro desde una pintura que siento que ha estado aguardando mi visita a lo largo de medio milenio. Tal es, por ejemplo, el Autorretrato de Durero que se encuentra en el Museo del Prado:



Autorretrato de Durero

A Manuel Santayana


Fijo te estás quedando sobre el cuadro
en tanto tu mirada va a detenerse
acaso
en el azul
de un cielo por el que aún no transitan
más que brujas y emisarios de Dios,
además de algún pájaro
como ése que ahora mismo
cuando levantas los ojos de la tabla
descubres como un punto que viaja al horizonte.

Quizás afuera es mediodía
y el martillo del taller del herrero
resuena en tu taller
y alguien pregona
—para filtros de amor y a bajo precio—
raíz de mandrágora
y polvos de unicornio,
o quizás atardece
y de los campanarios se descuelga la sombra.

El tiempo pasa mientras pintas
y el cielo opaco de la medianoche
es lo que se recorta en tu ventana,
y la luz de una lámpara
juguetea en las paredes y en tu imaginación,
y afuera alguien se embosca
y en los lechos se ama.

¡Quién supiera
lo que veían tus ojos
mientras se iban quedando sobre el cuadro!
¿Qué recordaba entonces tu memoria,
qué tristeza,
qué júbilo…?
cuando te desdoblabas trazo a trazo
para quedarte
en aquel tiempo vivo
hecho también del aire de tu respiración
y el ruido de tus pasos por la estancia.





Otras veces es el ritmo casi vertiginoso con que las propias palabras imponen su sabor cual un acto de gratuita degustación, como en este retazo de «US. Marine», el primero de los cuentos de Doble nueve, que intenta rehacer en fragmentos la trayectoria de un personaje trágico desde la sordidez de su infancia en Guantánamo hasta el deslumbrante desenfreno de Nueva York:

«Nueva York, y Manhattan en particular, le ofrecía la oportunidad de vivir en la fantasía —no de hacerla realidad— sabiendo que se trataba de un mundo fantasmal donde los sentimientos reales habían dejado de tener valor y sólo contaba la apariencia. Las cosas no eran más, parecían; pero parecían con tal intensidad y fulgor como si fueran. El amor, las cartas románticas, la nostalgia por un cuerpo exclusivo pertenecían a un universo trascendido, al mundo doloroso de la realidad que él había decidido dejar atrás.
La ciudad lo avasalló y él decidió conquistarla. Para él, Nueva York tenía un alma única y, al mismo tiempo, múltiple, que se manifestaba, con variados ropajes, en sus espectáculos: teatros, cines, cabarets, museos, plazas, desfiles, iglesias, burdeles no eran más que diferentes máscaras de un mismo esplendor, meros disfraces para fingir la vida, para gozarla, para aturdirse con ella; pero no porque pudiera existir otra cosa mejor o más auténtica, sino porque la única existencia verdadera era ese jubiloso aturdimiento.
La vida en Nueva York respondía a un código implacable: el atuendo que lucir, la universidad donde estudiar, el libro que leer, las fiestas a las que asistir. Después de tantos años inventándose el mundo en un cuartucho miserable de una ciudad perdida, se convencía de que la vida toda, tal como funcionaba en el mismísimo centro de Occidente, era tan sólo una convención, una «manera», una pose; es decir, una continua sucesión de instancias transitorias y deleznables que no necesitaban plantearse la perennidad, puesto que la perennidad era una consideración al margen de ese fluir de escenarios momentáneos y únicos.
Su obsesión por los marines no desapareció, si bien ya no lo atormentaba la idea de amar a un hombre con aquel uniforme que aliviara en su cuerpo los agobios del campamento y a quien alimentar con platos aromáticos de la cocina caribeña. Eso era el pasado. Ahora quería a un marine distinto todas las noches; un soldado que, gracias a una alquimia misteriosa, fuese a un tiempo diferente e idéntico, dueño de un rostro hermoso, pero común, que pudiera confundirse con el de esos modelos que ilustraban la glamorosa competencia de los diseñadores.
Algunos amigos lo acusarían de frívolo, pero la frivolidad en él no era descuido, casual abandono de deberes y objetivos primordiales, simple abulia; sino renuncia consciente de esos deberes y objetivos. Los externalismos se habían interiorizado, lo superficial había ocupado el lugar de lo profundo, nivelando con el mismo rasero todas las cosas: el maquillaje del baile de Halloween era tan importante como el último ensayo de Derrida; la misa de las cinco de la mañana del Día de Pascua, tan «obligatoria» como las meriendas en El Plaza y las noches agotadoras de Studio 54; participar en una campaña de ayuda a los desamparados y ver A Chorus Line eran actividades semejantes que respondían a un mismo espíritu, a la voluntariosa actitud de pertenecer, de estar«in», de integrarse con todos los sentidos y, al mismo tiempo, insensiblemente, a aquel efímero fulgurar, transcurrir, que se había convertido en la única expresión genuina de la vida».
Estos son, pues, algunos de mis hijos. Espero que en ellos encuentren la alegría.
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Vicente Echerri (Trinidad, Cuba, 1948), ha publicado poesía (Luz en la piedra: Madrid, 1986; Casi de memorias, 2008); ensayos (La señal de los tiempos, 1993) y relatos (Historias de la otra revolución, 1998; Doble nueve, 2009). Ha ejercido el periodismo de opinión por más de veinte años y columnas suyas aparecen regularmente en varias publicaciones de Estados Unidos y América Latina. Ha traducido numerosos libros del inglés al español.

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Para leer más sobre el autor pulse aquí:

http://amediavoz.com/whitman.htm

http://www.literaturaecuatoriana.info/whitman.html

http://www.scribd.com/doc/7207141/Walt-Whitman-Hojas-de-Hierbas

http://www.sentadoenelaire.com/2010/02/variantes-de-una-traduccion.html

http://www.sentadoenelaire.com/2009/10/dos-poemas-de-vicente-echerri.html
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sábado, 8 de mayo de 2010

Improvisando a mi madre.



Dibujo cortesía de María López, viuda de René Batista

a Emelina Lucia, la reina.

Siempre puedo padecer a mi madre
y comportarme ante ella como si fuera mi hijo.
Cuando su voz respira yo estoy cuerdo
cuando se equivoca me veo ridículo;
lo que nunca hago es ponerla en lo oscuro
como una patria alucinada
ni alzar la voz cuando me interroga
en esas alucinaciones
donde es ella mi claro
en el claro detrás de la neblina..

Siempre estoy feliz
si escribo a su nombre
y amo esa forma romántica
que tiene para vestir el silencio.

He tenido la suerte
de que siendo mi patria
nunca la he visto tras la reja
ni siquiera por temor
a la sequía del jardín
uno de esos veranos
tan ardientes
como la cuerda rota de un tres en el armario;
uno de esos veranos allá lejos
cuando me manda cartas
con una letra de tierra húmeda
-que aún bajo su sombrero
y mientras escarba la mala hierba-
de tanto vapor oscuro
su sonrisa es polvo
y sus ojos se nublan como dos ramas muertas.

Celebro a mi madre
cuando esquiva como una quinceañera
el vaso de ron sobre la mesa
y al amante, que tras el brocal del pozo
la invita a sumergirse
en esas profundidades
que la boca de piedra
tiene siempre abierta al infinito;
y la celebro cuando divide el pan
y se excusa de que el agua sea tan salobre
y de que los peces
estén en la foto de la pared
como secas espinas en tardes que se fueron.

Ya sé que mi madre, y la de ustedes, no es única
y sé que desde un cordel de vidrio
ellas secan nuestras angustias;
pero mi madre es tan mía
como mías son sus derrotas
y aquellos manantiales que sembraba en su jardín
para que la tierra dejara de sangrar
y el aire fuera más tibio que el orine
de algunos de los animales sueltos
que en la perfección de su patio,
trasnochaban.


En los tiempos donde el dolor le afloja
las palabras que el corazón no sopla
me llegan como un susurro
parecidas a un viento leve
por la hendidura
cuando se duerme descalza
ante la puerta de la sala
igual a la res que se echa al mediodía
y en ese resplandor
se eleva para mirar mi paz lejana.

Mi madre asume el coraje
si de golpe: su falda se levanta
y le gusta improvisar estrofas
de esas formas que tienen las campesinas
para empinar sus metáforas
y ver, si por el borde de algún camino
al menos la sombra de uno de sus hijos regresa.

Como la patria que es
mi madre siempre espera
que con las próximas lluvias
todos los ríos se desborden
sin más tragedia
que llevarse los viejos trastos hacia fuera
los desmanes diarios que producen
los juegos de guerra;
y cuando todo se calme
las aguas oscuras cambien
por un sudor transparente
y también
que menos espinas sacudan de su jardín
el polen con el que deberían libar
las caras del prójimo.




En trinidad de Cuba, con la reina





Juan Carlos Recio
NY Mayo del 2010

viernes, 7 de mayo de 2010

El gusto por la palabra o Lezama: de la oscuridad al pensamiento, de la negación a la cumbre


Foto tomada de Hacerse el cuerdo
Por Arístides Vega Chapú

Aunque a estas alturas del nuevo siglo parezca exagerado o insólito, en los años ochenta aún existían demasiadas dudas en cuanto al valor, aportado a la cultura y en específico a la literatura cubana, del grupo Orígenes.
“Poetas oscuros”, decían los improvisados asesores literarios de entonces, mientras en las aulas de la Universidad Central de Las Villas se nombraba el grupo con cierto recato, especificando siempre que se trataba de poetas con una fidelísima militancia religiosa y evadida de la realidad por su pertenencia a la clase pequeño burguesa.
Contra tanto prejuicio comenzó mi generación a adentrarse en ese gran misterio de la poética origenista, a disfrutar de su cuidadosos textos en que el sonido de la palabra adquiría sitio privilegiado, a conocer y disfrutar de la grandeza de una obra que desde entonces sabíamos fundamental.
Descubrir las obras del padre Gaztelu, la de Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Cintio Vitier y Fina García Marruz, la de Gastón Baquero y sobre todo la de José Lezama Lima, nos pareció la mejor adquisición que, intelectualmente, podíamos hacer. Desde entonces sus obras, algunas más que otras, algunos con mayor o menor presencia, han sido leídas y estudiadas, disfrutadas y asumidas como lecciones imprescindibles para escribir la poesía, al menos desde donde decidimos escribir la nuestra.



Sin dudas Lezama Lima (La Habana 1910-1976), que dentro de todo el grupo Orígenes ha logrado la presencia más considerable en el difícil mundo editorial internacional, es el más sólido pensador de la poesía de nuestro idioma. Eso no lo supieron sus contemporáneos, o fingieron —sabe Dios por cuántas causas— no saberlo.
Lo cierto es que a pesar de la imponente obra lezamiana, hoy reconocida por estudiosos y críticos, universidades de cualquier punto geográfico, lectores de latitudes muy diferentes, Lezama no consiguió con su muerte ninguna reverencia especial más allá de unas líneas escuetas de pésame en el periódico Gramma. Tampoco había conseguido esa reverencia en vida. Se sabe que poco hicieron por él las instituciones supuestamente encargadas de apoyar, estimular, salvar la cultura, que se generaba entonces. Sobre todo si comparamos las escasas o nulas posibilidades que estas instituciones le brindaron a Lezama para que su obra fuera conocida en ese otro mundo que existe más allá de nuestras costas y que sí se le brindó a otros autores, entonces privilegiados por un poder que decidía la suerte de todos.
Como tantas otras “joyas” que “descubren” y “muestran luego con pose de descubridores”, el Lezama que hoy conocemos fue un redescubrimiento desde otros puntos —lejanos o no— a la geografía de su archipiélago, donde editoriales y críticos reconocidos comenzaron a valorar una obra que fue haciéndose imponente y colosal a la medida en que era desempolvada, es decir comercializada universalmente.



Lezama lidiaba con un grupo generacional cuya poesía y obra en general tenían todos los atributos posibles para trascender. Pero algo, que a mi manera de ver, hizo intelectualmente poderoso a este grupo, es que no esperó por nadie, para que desde lo emocional, lo filológico, lo académico, fuera interpretada y valorada su obra literaria. Ellos mismos se autoestudiaron, quizás como manera de autodefenderse de una hostilidad que tuvo sus altas y bajas, pero que nunca cedió.
Algo que definitivamente los caracterizó como grupo fue esa vocación de entender y hacer entender la poesía y con ello su propia poética; Fina García Marruz, quizás la menos escuchada hasta que en los últimos tiempos toda su obra, ese impresionante conjunto de reflexiones teóricas, humanas y éticas sobre probados argumentos y un legítimo academicismo la han ido ubicando en su justo lugar. Eliseo Diego, en este sentido quizás el más parco, Cintio Vitier, el más profuso y dedicado tanto a la teoría como a la crítica poética desde su ya antológico Lo cubano en la poesía.
Pero ninguno a la escala en que Lezama situó y compartió su experiencia con la poesía, su dominio a la palabra y con ello de la poesía como prueba de la verdad de su pensamiento a través de una responsabilidad frente a su lengua, que en su dicción poemática se patentiza.
El reconocimiento de sus fuentes a través de una universalización del conocimiento en que la cultura adquiere una jerarquía suprema le permitió abrir las puertas del entendimiento a ese entretejido profundo y complejo del imaginativo con que se sustenta su poesía.
En Lezama tanto el dolor como la alegría, la angustia, el esplendor de un paisaje, el simple paso —elegante o torpe— de un animal, adquieren revelaciones supremas de lo que para él es la historia y verdad de una nación. Cosmos que dibuja con meticulosidad, quizás por esa necesidad de testimoniar cuanto le sucede u ocurre a su alrededor, o sueña, o necesita ocurra, como verdad única que reverencia y asume —desde el conocimiento— para hacernos parte de esos mundos tan complicados en que habita.


Lo incorporativo es el sedimento principal de la visión crítica que sostiene la poética lezamiana y que tiene sus más evidentes concreciones en las eras imaginarias y en la búsqueda de lo que él consideraba el origen de todo: la cultura, ese sostén de toda historia posible, pasado y futuro de cualquier nación.
Pero para él esa nación no fue cualquier geografía. Para Lezama, Patria era un concepto cercano a ese país de sonoridades tan especiales que constantemente aparecía en su poética. O que más bien fue siempre la geografía sobre la que deslizó sus historias.
También Lezama, a estas alturas, en que su obra ha conquistado a todos, o a casi todos, se convirtió en esa Patria que no solo reverenciamos, sino que estamos dispuestos a defender como deber sagrado.

En Santa Clara, enero del 2010
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1962.html

miércoles, 5 de mayo de 2010

DENTRO DE LA REINA HAY UNA NIÑA


(Zaida del Río(Signos, número 37, 1989)

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Sonia Díaz, siempre mágica, es una de las mujeres poetas que más me gusta de mi generación (y de toda la poesía cubana) Hay en ella una especial sensibilidad que le permite cuestionarse todo acto y uno se siente incluido, tentado por el auto examen. Leo sus textos y pienso en otras mujeres que son ladrillos incuestionables en el muro de la poesía de “los ochenta” (Teresa Melo, Bertha Caluff, Rita Martín, etc). Cada una, en su particular modo, aportan puntos de vista esenciales, que la mayoría de los hombres no acertamos a distinguir, pero en el caso de Sonia hay una fluidez en el lenguaje que nos incluye porque pareciera que traduce el fluir de nuestros pensamientos, de nuestras preocupaciones éticas, de nuestras inquietudes de grupo signado por una época, por un momento especifico, sin distinción de genero.

Heriberto Hernández Medina
Finca de Sosa/ 6/5/2008.
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En el mes de Junio del día 5 del 2008, Manuel Sosa escribió en su blog La finca, Recuerdo de Sonia Díaz Corrales. En ese flash de la memoria recordaba él, que veinte años atrás, cuando andaba con un manojo de poemas bajo el brazo por muchos rincones de Cuba, dispuesto a no perder ocasión para leer sus textos, en una de esas ocasiones, y en el patio de un museo de Cabaiguán, (tierra patria sombra finca luz donde nació la poeta) y donde por primera vez la escuchaba, sin que mediaran espejismos, a la pequeña y firme, jovencísima, segura de sí, y allí entre todos leyó su poema con una sinceridad tan espantosa que nos sacudió hasta los cimientos.

Esta suerte de encantamiento y virtud que aún la acompaña, como si el nombre de su pueblo no bastara con esa magia que parece venir de un juego serio de hechizos: Caba=caballos iguán=imantados. Eso creí de niño cuando mi abuelo materno me encaramaba en sus hombros por el paseo -en aquel entonces majestuoso- que distinguía la entrada de ese pueblo. No conocí a Sonia en aquellos viajes de familia y muchos años después, cuando andaba creyéndome que la poesía de Arthur Rimbaud, podía salvarme “porque cielo somos muchos los condenados aquí abajo”, una de esas tardes de encuentros literarios, sin otro aviso que decir su nombre y el título del poema, una voz en el patio del Museo de Artes Decorativas de Santa Clara, nos dejó, como caballos imantados al hilo coherente que no colgaba al azar, era su ritmo, la cadencia perfecta, por la que ella nos conducía, sin que mediaran abismos, otros vericuetos, ni laberintos ni desganos.
Como si su forma de decir nos descubriera, además, de hacerlo con armonía y arroparnos en el contenido.La mirada de una joven que lanzaba a su tiempo, con la dificultad: como dice en estos versos: "El Rey manda a escribir la palabra silencio/manda a ahorcar a los que escribieron/no puede acallar el grito de sus voces"; Y luego: "Algunos creen gobernar el tambor de mi pecho/ porque gobiernan un país"/. Supe, que esas miradas profundas, eran las fuentes de un agua viva que brotaba sin necesidad de ahogarnos. Y Después, nunca más, he podido sustraerme de esa suerte de envidia y sensibilidad que producen sus poemas; (los que seguí escuchando, los que leí inéditos) y los que luego fueron apareciendo en la vida pública de esa provincia que llamamos Patria); nunca más: por muy condenado que me sintiera desde abajo, en aquellos días donde también yo, como todos ellos, me pasaba con hambre y sed, a veces impotente de no saber donde podía caber, con cuál instinto me iría a la luz o la sombra, en medio de una marginalidad rondante, que no la merecíamos _ni creo nadie se la buscará_; eran esos días que Sonia, como un relámpago que si nombraba las cosas por su nombre, y con el poder de rastrear la espiritualidad que nos merecíamos, directo al corazón, sin que fuera una bala pérdida, nos hacía su disparo, de quien domina y apunta, sin que trucará esa forma segura de ser, esa relación tan propia que hay entre la esencia de lo que ella asume y es, y la postura que aún permanece, con la que siempre supo escoger no ser nunca una sombra.

Por gracia de Dios, hasta nuestros días. Y en ese ascenso, y en ese estilo que con los años sostiene su tono, cuando se nos presenta con el poema: es transparente como la divinidad de los espejos, y aún más bello: nunca lo hace por un acto de vacía misericordia.


Juan Carlos Recio
NY, Mayo 5 del 2010.
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Poemas de su libro:'toque sobre el tambor del pecho'

EL REY PIDE LAS MANZANAS DE LAS HESPÉRIDES

Madelín Pérez Noa (Signos número43, 1996)


para Manuel Sosa

Estoy en medio de la calle

he sido despojada

literalmente apuñalada

de un modo intrascendente y vulgar

y mis heridas son heridas vulgares

absolutamente oscuras

y no sangran.

He sido acusada de insomne

de inferior y nacional

de algo que para siempre está fuera del juego.

He sido acusada por

no comprender

no aceptar

no asirme.

No hay orden de arresto contra mi

saben que no puedo ir ahora a ningún sitio

saben que tengo un hijo

saben que estoy sosteniendo la impotencia

como Hércules el cielo

sólo por un rato.


SIERVA DE LA REINA



Yo soy quién trenza los cabellos de la reina.

En los aposentos de la reina todo es húmedo.

En los salones la reina es un talismán.

Dentro de la reina hay una niña

dentro de la niña un reloj de arena

grande como un desierto.

La reina es un puente entre el rey y los soldados.

El árbol del jardín tiene tantos columpios como horcas.

El rey mató a la niña y la hizo reina.

En el desierto de la reina

sólo entramos ella y yo

ella porque es la reina

yo porque fui la niña

y ahora trenzo sus cabellos.

Cuando el rey era un hombre

(ahora sólo es el rey)

la niña lo esperaba de rodillas

en el salón de las estatuas.

Yo era una estatua de rodillas

y el rey un hombre

a punto de volver de la batalla

yo era una estatua hasta que el rey volvía.

Dentro del rey vive el hombre que ama la niña

dentro de ese hombre

hay un silencio férreo

el amor a veces es silencio

en el silencio se oyen mejor las voces

cuentan estas historias cuando la reina duerme

y la niña se tiende transparente dentro de ella

y la sierva de la reina espera que despierte

y pregunte con la autoridad de una reina

¿qué hicieron mientras yo dormía?

La niña y yo callamos

la reina sabe

estuvimos contando las gotas de arena

que caían del reloj

del desierto

del salón de las estatuas

mientras ella dormía

y el rey se preguntaba

¿para qué sirve una corona tan pesada?

El rey manda a escribir la palabra silencio

manda a ahorcar a los que escribieron

no puede acallar el grito de sus voces.

El rey llora como un hombre

y no come más que arena

le gusta su color

le gusta como raspa la garganta

le gusta comerse el alma de la reina

y así ella no se va

con sus fantasmas al desierto.


TOQUES SOBRE EL TAMBOR DEL PECHO

Miriam Dorta, (Signos 1996)

El corazón y su redoble iracundo…
Octavio Paz


El amigo con una masa enorme

ríe y toca el tambor

como si acabara de amar los ojos que tuve hace años.

El amigo tiene tanto miedo

espera sacar de mi pecho el milagro de la música.

El amigo que se esconde tras el dinero

que no sirve para tocar el tambor

pero sirve para comprar a los que oirán tocar el tambor

que no existe en el pecho de mi amigo

él, toca magistralmente el tambor de mi pecho.

El sorprendente hombre de vidrio

toca sobre el tambor imitando el agua cuando cae.

La amiga comparte sus olorosos ungüentos

y toca sobre el tambor como el aire de la tarde.

Mi hijo estridenta el tambor.

Los de casa

tocan suave el tambor del pecho.

El cazador

ciego y esperanzado toca su música

su alocado tan tan sobre el tambor del pecho.

La novia del cazador

la dócil niña de las sortijas

taconea sobre el tambor del pecho.

El mágico amigo mira a través de su esmeralda

y regala puntos luminosos

y blanquísimas flores de la madrugada

toca un vals de agua

unos compases desconcertantes

sobre el tambor del pecho.

Los que ponen la mesa

creyendo mitigar mi hambre

dejan caer su lenta y desabrida mano

sobre el tambor del pecho.

Algunos creen gobernar el tambor de mi pecho

porque gobiernan un país

no saben que del tambor pueden salir

países como lágrimas

países como papel

países como espuma

infinitos países míos

según se toque el tambor.

Los que gobiernan no alcanzan

a tocar la melodía que conviene al tambor de mi pecho,

los infames

pagarían porque mi tambor

fuera un vulgar pedazo de cuero

donde los demás pegan sus golpes

ateridos y disonantes.
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De su libro: 'los días del olvido', finalista del premio viaje del parnaso del año 2008

PRIMERA LECCIÓN PARA DEJAR CAER UN PÁJARO SOBRE LA BORDA


Los psiquiatras dirán que estás histérica

los endocrinos dirán que menopáusica

los sacerdotes que en una evidente crisis de fe

los demás dirán que ahora sí

que estás de atar.

Quizás alguno diga venga llora

y pondrá su hombro.

Pero nadie

absolutamente nadie

sabrá de qué te mueres

qué profunda tristeza te demencia

y seguirás mirando caer los días del olvido

como lentos pájaros sobre la borda.
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SONIA DÍAS CORRALES: (Sancti Spíritus, 1964) Poeta. Ha obtenido premios y menciones en los concursos David de la UNEAC, 13 de Marzo de la Universidad de La Habana, Abel Santamaría de la Universidad Central de Las Villas, el de la revista Caimán Barbudo, América Bobia de la ciudad de Matanzas y Bustarviejo de Madrid. Ha publicado sus poemas en revistas y periódicos cubanos y extranjeros; en las antologías cubanas Tertulia poética, Poesía infiel, Retrato de grupo, Poesía espirituana, Mis barcos nuevamente y en la antología de la Universidad Autónoma de México Un grupo avanza silencioso.Ha publicado La cáscara y la nuez (1991), la plaquette Diario del grumete (Sed de Belleza y Taller Editorial Vigía, 1997), y Minotauro (Ed. Letras Cubanas, 1998)
(Datos y foto, tomados de La primera Palabra)
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Para leer más sobre Sonia Díaz Corrales pulse aquí:


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domingo, 2 de mayo de 2010

COMO UN PEZ EN LA ORILLA





A la memoria de René Batista Moreno.

No sé puede esperar a “la bella muerte”, ni puede ser bella quien se lleva a uno de mis mejores amigos, el que mejor me trató, quien mejor me quiso. El maestro, porque de él aprendí a valorar el sentido de las tradiciones, de esa cultura de tierra, de guajiros y también de la que tienen la semilla como luz hasta debajo de la sombra; el rostro con la que la cultura de una nación se mide, no por poses, falsos arribos a tierra de nadie; un rostro cultural que como identidad pudiera sostenerse después del carnaval, y definir mejor, por la vara con la que el manto de la tierra que pisábamos traía la fertilidad de la memoria. Un amigo que ha muerto allá lejos, pero que vuelve al nacimiento de inmediato, porque, quién se atreve a olvidar a René Batista, al jocoso, al serio, al pensador, la persona que siempre me decía: "se debe trabajar en un proyecto mientras otros reposan, pero en ese reposo, uno debe estar alerta, porque si conocemos de una pista, un dato sobre lo que investigamos, no es cuestión de dejarlo para después, es bueno ocupar el tiempo en todo lo que haces, concentrarte”. Con René Batista aprendí no solo a valorar el folclor y la vida de los campesinos, no solo el valor de la narración oral, de la historia de Samuel Feijóo, también, aprendí de una zona difícil del periodismo investigativo, el consultar las fuentes y confrontarlas para estar seguro, el ir de nuevo al detalle, revisar como hormiga y finalmente reescribir. Luego, cuando pensaba que nuestra amistad literaria era nutrirse con su cultura, su biblioteca, el ir hasta su casa y sentarnos a conversar de su mundo, el amigo me sorprendió con una pregunta: ¿Por qué nunca me has leído uno de tus poemas? Y esa tarde tuve al otro René Batista, al poeta que se acercaba a mis primeros pasos en la poesía, (a mi sistema de existencialismo con metáforas) de cuando aún no había publicado un solo verso, cuando ni siquiera el taller literario me lo tomaba tan en serio.

Portada de su libro Yo he visto un cangrejo arando

Esa tarde, como si cortara con una tijera mis excesos de adjetivaciones, me hablo de la importancia de ser conciso, me dijo que era cuestión de dejar fluir la palabra, de que estas no gobernaran mis ideas y lo más importante, no se desbocaran .Porque la poesía como la vida, no era cualquier cosa y mucho menos coser y cantar. De modo, que esa tarde entendí, la amplitud de un hombre que se acercaba a las generaciones que iban surgiendo sin cortarles el paso, sin sentirse lejos, como desde arriba de un trono; a él, le gustaba la idea del taller literario, de reunirse, de que los escritores no solo se escucharan, también pudieran enterarse de lo que hacían y de que fueran críticos.

Hasta hace muy poco, además de sus trabajos de investigación, sus presentaciones de libros en las montañas y de los premios y eventos, hace apenas unos días, René Batista, con ese poder de convocatoria del que nunca hizo alarde, reunía en la sala de su casa a escritores de varias generaciones, lo visitaban lo mismo Pedro Llanes, Alexis Castañeda, Yoel Sequeda, y muchos otros poetas y amigos, en el taller que desde su casa,


Última foto de René Batista. Aquí lo vemos en Camajuaní junto al poeta Arístides Vega, detrás el también escritor Alexis Castañeda, la pintora Nivia de Paz y la crítica de arte Yaisy Ojeda
Parecía fusionar: vivos y coleando desde el centro de un mundo, donde la espiritualidad, la tradición, el pulir la hojarasca, el sentirse criticado, era una premisa; como lo habían sido todos aquellos proyectos antecesores, como las Ediciones Hogaño.
Casi todas las revistas Signos de los últimos tiempos me las hizo llegar, también Umbrales. Con gestos como esos, siempre enriquecía mi proyecto de incluirnos todos, de uno y otro lado, sin mediar distancias, y porque además, sabía que no he dejado de creer en el valor de esos encuentros, como supe que su presencia allí como anfitrión o como un exponente de sus trabajos, daba la vuelta de mis pasos, de regreso a esa sabiduría espiritual que se escapaba de cada foto enviada; presencia en la memoria, desde esta aparente lejanía: como un bálsamo, una cura (no de la nostalgia) o (de la sana envidia) que producen encuentros en ese blanco y negro profundo que fabrican las verdades, sino de los criterios con argumentos precisos, para validar o mejorar una escritura. Y sé, porque él me lo dijo: “la idea de reunirse en un taller de literatura, siempre tiene que ser seria, con la espontaneidad de confrontar, no andarse por las ramas, y mucho menos ciego de lo que piensan los demás de tus escritos, favorable o no, y tener como una mira por donde dirigirse al blanco” Por eso, las fotos de los encuentros desde esa sala trascendían, y llegaban a mi correo con la misma intensidad; como guijes, brujas o madres de agua; alguna que otra vez, hablamos de ello, y hasta escribí sobre su libro Cuentos de guajiros para pasar la noche. Y no sólo me ayudó a pulir esa crónica, me sugirió el título: Porque la memoria folclórica no muera, era su interpretación de mi lectura, y la idea de continuar la tradición, el gusto porque en ese rescate de los cuentos y leyendas, aún las más absurdas, y la oralidad, tuvieran el peso de muchos años de sacarlas a contracorriente, de que continuaran de una generación a otra. Me daba ánimos, porque creía entenderme y porque le gustaba saber que disfrutaba escribir sobre estos temas, porque aquellas conversaciones y aquel aprendizaje, no se fueron al viento, en ese regreso aplastante donde con un descuido, también esas costumbres se vuelven polvo.


René Batista y Pedro LLanes, revista Umbrales

Viví hace años en el mismo pueblo, de valles y parrandas, fuimos juntos, René Batista y yo, a ese taller, José Raúl García, que tenía lugar en otros sitios; pero de aquellos encuentros, donde (un Heriberto Hernández, un Arístides Vega, un Félix Luís Viera, un Ricardo Riverón, un Frank Abel Dopico un Jorge Luís Mederos, un Joaquín Cabezas, un Eduardo Gonzáles, un Jorge Ángel Hernández,) donde todos solían hacer valer su critica sin que mediara amistad o currículo, hasta estos últimos talleres, (en la sala de su casa), no hay diferencia. Estoy seguro no es sentimentalismo geográfico de una tierra fértil para la buena escritura, es esa constancia que lo caracterizó, ese deseo de no sentirse fuera por el paso del tiempo, por el que muchos aprendimos a respetarlo, como en su libro sobre los Cien años de parranda, una investigación de rigor, una forma amena de comprender la historia de los barrios, sin llenar de colores baratos, una fiesta que más que pólvora y fuegos artificiales, más que adornos o cerveza cruda, es única,

En esos encuentros, que eran su forma de seguir su trabajo cultural, siempre se sentía a gusto, sé que celebraba la posibilidad por el que un grupo de escritores, con muchos libros o no (y otros que recién comenzaban), podían encontrarse en la búsqueda del valor de sus escritos, antes de pasarlos al horno, desde su estado primario, -de borrador- o -la primera relectura-, pero con la idea poderosa, como pez en la orilla, asomado a ese espacio de oxigeno que ofrece el mirar más allá de la ribera, del río o las fronteras de la comarca, por encima de cualquier tiempo adverso, o de otro compromiso que no fuera el estar bien con su conciencia, el hacer con prodigio un trabajo por el que muchos años después fuera reconocido, -y en esa tarea donde él no cedía-, recopilaba y confrontaba, sin dejar de usar un humor negro y un sarcasmo a tono con su modo de criticar y de mantenerse alejado de cualquier manipulación; nadie podrá decir que no tuvo una acción digna ante los contratiempos de sus amigos, mal vistos algunos, marginados de la vida cultural otros, pero René Batista, nunca cerraba sus puertas, aconsejaba y tenía un sentido práctico de hacerte ver las posibilidades de salir airoso o de que entendieras tus próximos pasos: “según te corresponda, hijo mío”; con él, consulté la idea de emigrar, fue él, quien me dijo que nunca dejara de buscar la forma de hacer una nueva vida, de cara a la nueva cultura, asimilarla sin olvidar mis raíces, ni a mis amigos; porque como él diría: siempre delante, hay un horizonte más claro, como uno, en medio del monte, que solo se puede alcanzar con laboriosidad, pero vivo y coleando…

Y también, porque en esas palabras, iban el sentido por el que orientó su vida, y la filosofía de no vivir nunca ajeno a la historia, –cómo ocurrió, o como la contaron, pero rescatarla del olvido, por muy localista que pareciera; él supo interpretar en ese lenguaje de campo, supo que no eran simples historias sin riqueza, supo encontrar su atemporalidad. Y por los espacios de luz que le dejaron, afrontarlo, en un largo tiempo donde todo era difícil, incluso su existencia, y siempre, ir componiendo un paisaje, su paisaje, día a día, sin que el tiempo gris o la más fuerte ventolera, lo aplastaran.


Juan Carlos Recio New York,
2 de Mayo del 2010.
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Con su fiel amigo, en el sillón donde solía sentarse
Por Alexis Castañeda:

Hoy (día 2 de Mayo del 2010) a las 5 de la mañana, falleció René Batista Moreno, uno de los más cercanos y consecuentes colaboradores del sabio cubano Samuel Feijóo, juntos rastrearon buena parte del país acopiando evidencias de la cultura popular, sobre todo la campesina. A René de deben cerca de 30 títulos donde destacan verdaderas joyas representativas de nuestro acervo como Los bueyes del tiempo ocre, Ese palo tiene jutía y la compilación de la décima humorística en Cuba Yo he visto un cangrejo arando, a él se debe también la recién publicada biografía de Feijóo El sensible zarapico y una recopilación de poemas dedicados al Héroe de Yaguajay. René obtuvo en 1971 el premio «Julián del Casals» de la UNEAC con el poemario Componiendo un paisaje, en 1992 el Premio de la Ciudad de Santa Clara con Camilo en el Frente Norte y recientemente resultó ganador de uno de los premios Memoria que otorga el Centro Pablo de la Torriente Brau, ostentaba, además, el Premio Ser Fiel, la Distinción por la Cultura Nacional y había sido aprobada su condición de Artista Emérito de la UNEAC. Con su muerte pierde la cultura cubana a uno de sus más fervientes estudiosos.

Otros datos:
Publicó además, Las parrandas de Camajuaní; Los poetas de Camajuaní; Juan Ruperto Delgado Limendoux: combates poéticos.
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sábado, 1 de mayo de 2010

Sobre un artículo comentado de Paul Valery



Por: Jorge Luis Mederos, (Veleta)

A veces uno cree estar de vuelta de todo o casi todo. A veces uno cree que conoce o que ha leído todo, o casi todo, lo que le podría interesarle acerca de un tema. Y casi siempre uno se equivoca.
A veces uno está escribiendo sobre un tópico donde imagina va a decir la última palabra, el último grito de la verdad. Y ocurre que cuarenta, cincuenta o cien años antes, existió una persona que gritó mucho más alto y uno no lo sabía. Y me parece bueno que así ocurra en tanto una lección de humildad bien aprovechada vale más que mil lecturas o veinte años de experiencia, que para el caso es lo mismo.

Algo parecido me ocurre hoy cuando, en busca de un texto poético de Paúl Valery, he abierto una carpeta en mi propio ordenador y “chocado” con el ensayo titulado “La libertad del espíritu” del mismo autor.
Confieso que inicié su lectura a falta de otra cosa más importante a qué dedicarme. A veces uno amanece con suerte.

Desde luego, la noticia o la sorpresa nunca sería descubrir lucidez, precisión o limpieza de estilo tratándose del autor de “El cementerio marino”; el descubrimiento tampoco se inicia a partir de constatar que las inquietudes propias de la primera mitad del siglo pasado difieren en ciertos temas, poco, o muy poco, de las de nuestros días. Pero el sistema de enfoque y la agudeza con que Valery aborda el asunto, fueron los que me impidieron despegar los ojos de la pantalla hasta la última palabra escrita.

Es un signo de los tiempos, y no muy bueno, que hoy sea necesario —y no sólo necesario, sino incluso urgente— interesar a los espíritus en la suerte del Espíritu, es decir en su propia suerte.
Esta necesidad surge al menos en hombres de cierta edad (cierta edad es, desgraciadamente una edad demasiado cierta), que han conocido una época completamente diferente, que han vivido una vida completamente diferente, que han aceptado, sufrido, examinado los males y bienes de la existencia en un medio completamente diferente, en un mundo muy diferente.
Admiraron cosas que ya casi no se admiran; vieron vivas verdades que están casi muertas; especularon, en fin, acerca de valores cuyo descenso o derrumbe es tan claro, tan manifiesto y tan ruinoso para sus esperanzas y sus creencias, como el descenso o el derrumbe de los títulos y las monedas que consideraban, como todo el mundo, valores inquebrantables.1

No sé que opinarán mis presuntos lectores, pero asusta un poco leer a una persona que al parecer está ejerciendo una especie de espionaje por un hueco del tiempo. Téngase en cuenta que lo escribe un hombre nacido en el año 1871 y que murió el 20 de julio de 1945; por tanto, conservadoramente, esto fue escrito hace más de 60 años.

Pudiera inferirse que tanta visión apocalíptica del mundo obedece como es lógico a la psiquis trastornada de un anciano que acaba de sobrevivir dos guerras mundiales; pero (aquí es donde me gustaría detenerme) cómo explicar la lucidez del resto del documento
Digo que el capital de nuestra cultura está en peligro. Lo está bajo varios aspectos. Lo está de diversas maneras. Brutalmente. Insidiosamente. Está atacado por más de uno. Disipado, descuidado, envilecido por todos nosotros. Los progresos de esta disgregación son evidentes(.....)
He asistido a la desaparición progresiva de seres extremadamente preciosos para la formación regular de nuestro capital ideal, tan preciosos como los mismos creadores. He visto desaparecer uno a uno esos entendidos, los inapreciables aficionados que, si bien no creaban obra, creaban su verdadero valor; eran jueces apasionados pero incorruptibles, para los cuales o contra los cuales era bueno trabajar. Sabían leer: virtud que se ha perdido. Sabían escuchar, e incluso oír. Sabían ver. Es decir que lo que apreciaban releer, volver a escuchar o volver a ver, se constituía, por ese regreso, en valor sólido. Así aumentaba el capital universal.
No digo que todos hayan muerto y que no puedan nacer nunca más. Pero constato con pena su extremada disminución. Tenían por profesión ser ellos mismos y gozar de su opinión con total independencia, que ninguna publicidad, ningún artículo conmovía.

La más desinteresada y más ardiente vida intelectual y artística era su razón de ser.
No había espectáculo, exposición, libro al que no concediesen su escrupulosa atención.
Con alguna ironía se los calificaba a veces como hombres de gusto, pero la especie se volvió tan rara, que el mismo término ya es tomado como burla. Es una pérdida importante, pues nada es más valioso para el creador que los que pueden apreciar su obra y sobre todo dar al cuidado de su trabajo, al valor de trabajo del trabajo, la evaluación de la que hablaba hace un momento, la estimación que fija, fuera de la moda y del efecto de un día, la autoridad de una obra y de un nombre.2

Por algún extraño sistema de asociaciones, leo a Valery y pienso en los modernos “zapingos”. Me hubiera gustado verlo en el pellejo de nosotros, con la necesidad de agradecer por los menos a esta fauna (que por momentos también advierto en franca decadencia) el relleno de los espacios culturales donde cada día el artista frecuenta menos el calor de sus consumidores naturales.

Hoy las cosas van muy rápido, las reputaciones se crean velozmente y se desvanecen del mismo modo. ¿Cómo quieren que el artista no sienta, bajo la apariencia de difusión del arte, de su enseñanza generalizada, toda la futilidad de la época, la confusión de valores que allí se produce, toda la facilidad que favorece? Si concede a su trabajo todo el tiempo y el cuidado que puede darle, lo concede con el sentimiento de que algo de ese trabajo se impondrá al espíritu de quien lo lee; espera que le sea devuelto, mediante una cierta cualidad y cierto período de atención, un poco del esfuerzo que se ha tomado escribiendo su página.
Confesemos que le pagamos muy mal. No es nuestra culpa, estamos abrumados de libros. Sobre todo estamos asediados por lecturas de interés inmediato y violento (….)
Esto es fatal y no podemos hacer nada.3

No hay dudas de que el viejo escritor sabía lo que estaba diciendo. Al ver acercarse la tormenta, anuncia con pelos y señales cuales serán sus consecuencias, sus posibles efectos a corto, mediano y largo plazo. Imagino que en su momento sería tildado de alarmista e incomprendido por ese mismo público que intentaba rescatar para la letra impresa. Obviamente, estaba condenado a ello porque rara vez se ha visto que un artículo o un ensayo en solitario han salvado al mundo de sí mismo y de sus circunstancias.

Hoy es imposible no tomarlo en serio pero, (¡ah destino de las recurrencias!) solo nos queda “El cementerio marino”, y algún que otro poema como referencia de su genialidad.
Desde el estrecho mundillo provinciano en que me muevo, solo alcanzo a distinguir la punta del iceberg y ella me espanta: cada día me veo condenado a no leer más libros que me interesan, y no porque ceda a la tentación de las lecturas de interés mediato y violento, sino porque las más de las veces el bosque no me deja distinguir los árboles o los árboles se encuentran tan alejados (digamos, Pinar del Río, Santiago de Cuba o Estocolmo) que me es imposible acceder a ellos. Y en ocasiones ni siquiera me entero de que existen.

No estoy enunciando nada nuevo. Valery, por cierto, tampoco. Pero no por ello es menos angustioso el fenómeno. Muchos años después que esto fuera escrito, el mapa del genoma humano primero y la clonación más tarde, generaron en su momento escandalosas reacciones por todos lados, debido a la amenaza que implicaban para la integridad del ser humano. Sin embargo, nuestra integridad espiritual está siendo constantemente manipulada y virtualmente clonada de manera inmisericorde. Una política de marketing cada vez más brutal desdobla al lector aficionado y cuestionador (hombre de gusto), en lector-consumidor-zombie que sigue comprando libros como “El principito” para los niños y “El código Da Vinci” como literatura para adultos. Y solo unas pocas voces claman en el desierto por tamaño desafuero.

Por otro lado, el editorialismo (y ya este es un fenómeno que nos atañe más de cerca) nos coloca en la desventajosa necesidad de tener que leer aproximadamente 1.5 libros por día para estar al tanto de lo que se publica solamente dentro del país4. Valery, posiblemente, tuviese tiempo para hacerlo, pero dudo que le alcanzara luego para escribir “El cementerio marino

…Todo esto trae como consecuencia una disminución real de la cultura; y, en segundo lugar, una disminución real de la verdadera libertad de espíritu, pues esta libertad exige un desprendimiento, un rechazo de todas esas sensaciones incoherentes o violentas que recibimos de la vida moderna a cada instante. Acabo de hablar de libertad. Existe simplemente la libertad, y la libertad de los espíritus. (…) La libertad de pensamiento se confunde en los espíritus con la libertad de publicar, que no es lo mismo.5
Sin comentarios…

Pero el tema, como es obvio, se perfila mucho más complejo y carismático de lo que un espacio tan breve me permite. De cualquier forma, desisto del intento porque advierto que Valery siempre me ganará la mano y no me extraña: Valery es Valery. También acabo de abrir por casualidad otra carpeta sobre jeroglíficos descifrados en la gran pirámide de Keops; resulta que un sabio desconocido escribió allí: “Los jóvenes de ahora no valen nada: no respetan a sus mayores ni quieren trabajar. Con una juventud así, el futuro se presagia nefasto…”
1 Valery, Paul: Primer párrafo (Op. Cit.)
2 Op. Cit., p. 9
3 Op. Cit., p. 9
4 En su ponencia MA(L)SIVIDAD DE LIBROS POR DOQUIER(A) el escritor avileño Otilio Carvajal liquida cualquier intento de abundar sobre el tema
5 Op. Cit., p. 10
Tomado de Hacerse el cuerdo 24,(digital) UNEAC, VC, Cuba.
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JORGE LUIS MEDEROS: Santa Clara, 1963. Poeta y narrador, también incursiona en la plástica, donde se dedica a trabajar la cerámica esmaltada y policromada. Se graduó como técnico medio en Protección e Higiene del Trabajo. Es miembro de la UNEAC y de la ACCA. Ha publicado La romanza del malo (1988), El tonto de la chaqueta negra (1993) y Otro nombre del mar (1993) y El libro de otros (2009)
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