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sábado, 8 de mayo de 2010

Improvisando a mi madre.



Dibujo cortesía de María López, viuda de René Batista

a Emelina Lucia, la reina.

Siempre puedo padecer a mi madre
y comportarme ante ella como si fuera mi hijo.
Cuando su voz respira yo estoy cuerdo
cuando se equivoca me veo ridículo;
lo que nunca hago es ponerla en lo oscuro
como una patria alucinada
ni alzar la voz cuando me interroga
en esas alucinaciones
donde es ella mi claro
en el claro detrás de la neblina..

Siempre estoy feliz
si escribo a su nombre
y amo esa forma romántica
que tiene para vestir el silencio.

He tenido la suerte
de que siendo mi patria
nunca la he visto tras la reja
ni siquiera por temor
a la sequía del jardín
uno de esos veranos
tan ardientes
como la cuerda rota de un tres en el armario;
uno de esos veranos allá lejos
cuando me manda cartas
con una letra de tierra húmeda
-que aún bajo su sombrero
y mientras escarba la mala hierba-
de tanto vapor oscuro
su sonrisa es polvo
y sus ojos se nublan como dos ramas muertas.

Celebro a mi madre
cuando esquiva como una quinceañera
el vaso de ron sobre la mesa
y al amante, que tras el brocal del pozo
la invita a sumergirse
en esas profundidades
que la boca de piedra
tiene siempre abierta al infinito;
y la celebro cuando divide el pan
y se excusa de que el agua sea tan salobre
y de que los peces
estén en la foto de la pared
como secas espinas en tardes que se fueron.

Ya sé que mi madre, y la de ustedes, no es única
y sé que desde un cordel de vidrio
ellas secan nuestras angustias;
pero mi madre es tan mía
como mías son sus derrotas
y aquellos manantiales que sembraba en su jardín
para que la tierra dejara de sangrar
y el aire fuera más tibio que el orine
de algunos de los animales sueltos
que en la perfección de su patio,
trasnochaban.


En los tiempos donde el dolor le afloja
las palabras que el corazón no sopla
me llegan como un susurro
parecidas a un viento leve
por la hendidura
cuando se duerme descalza
ante la puerta de la sala
igual a la res que se echa al mediodía
y en ese resplandor
se eleva para mirar mi paz lejana.

Mi madre asume el coraje
si de golpe: su falda se levanta
y le gusta improvisar estrofas
de esas formas que tienen las campesinas
para empinar sus metáforas
y ver, si por el borde de algún camino
al menos la sombra de uno de sus hijos regresa.

Como la patria que es
mi madre siempre espera
que con las próximas lluvias
todos los ríos se desborden
sin más tragedia
que llevarse los viejos trastos hacia fuera
los desmanes diarios que producen
los juegos de guerra;
y cuando todo se calme
las aguas oscuras cambien
por un sudor transparente
y también
que menos espinas sacudan de su jardín
el polen con el que deberían libar
las caras del prójimo.




En trinidad de Cuba, con la reina





Juan Carlos Recio
NY Mayo del 2010