sábado, 14 de noviembre de 2009

Revelaciones del silencio


Dibujo de cubierta de R del Silencio Gélico.

La hondura del deseo no va por el secuestro del fruto.
Deseoso es dejar de ver a su madre.
Es la ausencia del sucedido de un día
que se prolonga y es a la noche que es ausencia
se va ahondando como un cuchillo.
José Lezama Lima.
Cita tomada del libro
Revelaciones del silencio

Por mucho tiempo permanece ya, la autoridad del crítico que se nos presenta con transparencia, como sucede cuando una persona no está montada en un personaje que le es ajeno, y además, es la de un nombre que acumula todo un arsenal de artículos muy completos, que registran las voces de la trova, la novísima y la tradicional, también sobre el feeling, la promoción de discos y de fenómenos de la música en general y de los buenos espacios culturales, también lo social. Incluso, me atrevería a decir que cuando transgrede esas fronteras hacia temas menos musicales, lo hace con argumentos que no terminan en conceptos vacíos, con astucia de un periodismo cultural e investigativo serio, que no necesita estirarse, ni esconde su independencia de criterios, sin que por ello asuma dotes de héroe o sabelotodo a ultranza de atrincherarse al espacio inmediato de la provincia. Su lenguaje es fluído y enriquece el texto sin tropos, lo carga de ironía y algunas veces se da el lujo de ser sarcástico.

Cuando la obra de un creador está en sus contenidos, (como referencia), puede esperarse un ojo sumamente critico, avizor, y sin ambigüedades. Se concentra en su valores y nos adelanta un poco más del estado de esa obra en cuestión y de su permanencia. Pero, el periodismo no es sólo su tierra fértil, la décima, el soneto y la poesía, ocupan un grado de importancia, con jerarquía de quién domina esos espacios que a él le son naturales; poéticas formas de entregarnos su paso existencial, la emoción que inspira y sublima los temas que toca, con sencillez y testimonio, con originalidad de lo que a él le rodea y sabe apropiarse con inteligencia del tono grave. Nunca lo hace con exceso de anécdota; sus excesos si los hay, se localizan en una zona más profunda de la reflexión con la que indirectamente asume otros tonos que tienden a dinamizar la fuerza expresiva de sus versos y para no acomodarnos en la costumbre de una lectura sin complicaciones, apela a lo hondo de sus temas, sin prejuicios y sin repetir desde la diversidad de los géneros con los que trabaja, sus esencias. Creo que esto lo logra por una especie de encanto, de flash que coloca los recuerdos que evoca en presente, los activa con magia y nos obliga a ser cómplices. Otras veces he creído ver en sus poemas postales que el poeta nos revela como dice uno de sus libros desde el silencio. Lo hace siempre con transparencia, -que es su máxima-, sin que el cuerpo del libro pase a búsquedas de estructuras y objetos delineados como artesanía, vuelve mejor al campo de las emociones y se confiesa: Ustedes tendrán una enorme página en blanco,/ el indescifrable manuscrito del fulgor,/ la locuaz estadía de la soledad;/el albo canto del cisne /contra los sencillos muros del silencio.

Juan Carlos Recio, NY/ Noviembre 14 del 2009.

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FAUNA

Esta soledad
tiene tantos intersticios
para poder aprovechar sus privilegios.
Uno atisba detrás de cada grito
tratando de dejar algunos segundos de lección
para esconder un pedacito de recuerdo;
pero los goznes de la puerta suenan alto,
y los vigías se gozan de exhibir
la última excreción de sus pobrezas.
Porque la luz que hemos abierto
tiene demasiado encanto,
tiende siempre a responder la mejilla
y rompe la cadencia del garrote.
No nos pueden perdonar la intención de elegir para morirnos
cualquier día de la primavera.



LA SOLEDAD ES IMPRESCINDIBLE

La soledad es imprescindible
para beber este vino,
para refugiarnos en este pequño parque
donde solo los niños
pueden adivinarnos las angustias.
Aferrados a soportar el tiempo,
sobrevivir en las imágenes
que luego mostraremos
para mentir que hemos vivido
Son estas tardes
en la soledad del vino
la única ocasión
para vernos de golpe
frente a nuestros desgarrones,
habitar fugazmente los sueños
y fingir
que hemos conquistado
al menos la ciudad,
aunque solo el silencio
pueda contar
nuestras ganancias.
Volvemos a cruzar entre las ilusiones
sabiendo
que la cercana libertad de la noche
puede traernos
otras desesperadas traiciones.
En este poco espacio que hemos heredado
hacemos y deshacemos
nuestros pasos
reinventando una puerta cada tarde
para salir de nuestras trampas
sin darnos cuenta
que más allá,
aún después de más allá,
solo encontraremos
otro pequeño parque
con sus dosis de vino
donde dos
que vuelven cada tarde
abren sus máscaras.



Plétora




Hago el recuento:
cuando el amor
y la ciudad se pone de un modo tan difícil
que no hay revelación
sino el enfrentamiento con todas las murallas
Lina de Feria.



Decidieron abrirse a todas las aguas,
quedar al resplandor de las alucinaciones,
libre el igneo latir
tantas veces guardado.
En este parque, un día de marzo de 1977,
ya muy tarde,
desgarraron las inflamadas máscaras;
el temor a salir de sus sombras.
Fueron elegidos
esta noche y de una vez,
no fue el azar,
fue el cúmulo de ráfagas,
estuvieron detenidos
uno en el otro
esperando este exacto sitio del espiritu.
Sus ojos se asoman
a otra estación
ya nunca volverán
por los mismos lares.
Fue demasiado el tiempo,
las flechas ocultadas.
Van en pos de todas las aguas
de la purificación del vicio,
bajo el rayo
de la preferida miseria.
Poco importan los posibles bullicios después del alba,
los lanceros ululantes en la orilla,
el rito habitual de las reprobaciones.
En este parque, un día de marzo de 1997,
ya muy tarde,
desde las tormentas del silencio
salieron a encontarse.
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Les recomiendo leer más sobre el poeta en:
http://alascuba.blogspot.com/2008/12/alexis-castaneda-santa-clara-1957.html
sobre todo los textos, Postal de Bolero, y Solos ud y yo, Dulce María.
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(Foto del autor cortesía de Cañasanta)




Poemas tomados de los Libros El sitio de la soledad, y Revelaciones del silencio. Alexis Castañeda Pérez de Alejo, santa Clara 1957. Poeta y crítico. Ha incursionado en el ensayo. En 1990 Ediciones Capiro publicó su poemario El sitio de la soledad; en el 2001 apareció por Sed de Belleza, el testimonio de su autoría Yo simplemente hago o la aventura del Mejunje. También Capiro, publicó en el 2001 el poemario en décimas Vicios de la nostalgia, y en el 2002 Revelaciones del silencio.
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viernes, 13 de noviembre de 2009

EL POETA EN LA MEMORIA


Reitero a los jóvenes lo que ha sido siempre mi
tema de batalla en todos los encuentros literarios:
buenas lecturas, estudio, vehemencia por el oficio
No puede concebirse un creador que no lea ni estu-
die.Y sobre todo persistencia....El oficio se madura
por la vía del trabajo y la confrontación. No nacemos con el cuento, o la novela bajo el brazo. Nunca como ahora fueron más diáfanas las premisas.
A. H.Pérez.

(hacer clip sobre las fotos)





















E.G.Bonachea, sobre los poemas de
Hernández Pérez.



El viaje

Como un eco
quedó su voz vibrando
en la hortaliza, su regadera
en un rincón, dormida la pequeña azada
enemiga de los terrones duros.

Las calles recuerdan
el paso nervioso de sus canastas.
Abrió los ojos en plena noche,
vio nacer al dueño del bodegón oscuro.
Los domingos iba con nosotros
a empinar su rumoroso dragón de papel.
Ya hablaba de su país lejano,
de su remoto padre.

Todos lo vimos ir una tarde bajo la lluvia.
Nos dejó su dragón, la regadera
y la pequeña azada.
No se llevó nada de este mundo.
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Si la vida de un ser humano se nos pierde sin tiempo para conocer mejor, los contornos y la respiración con la que él se descifra ante esa diminuta partícula de polvo que somos. Si un hombre que es poeta, vive en el campo y tiene por gentileza una buena memoria para alzarla hasta su yo poético, entonces la pérdida se le puede comparar a esas tragedias de las aguas crecidas cuando se llevan nuestros trastos, las mejores fotos o secuencias de un paso terrenal que no supo devolvernos un poco de la gloria del poeta. René Batista Moreno -escribía para la Revista Umbrales que dirige el poeta Pedro llanes-, que ni sus más íntimos amigos llegaban a conocer cabalmente sobre la vida de este poeta, muerto hace 31 años, y que sólo de autobiografía se contaban con pinceladas, quizás, _ se interroga René-, pudiera llamar a esto -¿Negligencia, olvido, indolencia?-. Lo cierto es que amén del ajetreo literario donde no se percataron de obtener en vida más anécdotas de Antonio Hernández Pérez, enhorabuena el rescate de su memoria y el obtener estos versos breves no echados al abandono.

Juan Carlos Recio
NY/ Noviembre 13 del 2009.


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Testigo de un tiempo triste

Padre había desollado la Biblia
como una oveja muda.
Atravesaba los bosques
sin encontrar frescura para los labios.
El calor del desierto le mordía la lengua.

Quiso cantar y no pudo seguir,
la angustia lo rodeaba
como una cerca de áspides,
los escorpiones recorrían sus piernas.

Pobre padre.
Afanosamente buscaba
lo que no podía encontrar en el desierto.
Las calaveras crecían
desde los pies agrietados por la sal.

No podía seguir la dolorosa búsqueda
y se puso a dormir violentamente
a la sombra de un árbol.



El único derecho

Podíamos morir en cualquier parte
atados a lo más torvo de la noche:
las manos sobre el pecho
y un temblor de párvulos
en las piernas frías.

Podía el aullido
hundirnos en la carne las tenazas de fuego,
borrarnos el rostro la metralla.

En la noche podíamos beber
toda el agua de mar,
ser la fiesta de los peces.

Habíamos heredado
el derecho de morir.


Destino

Hablé del sueño de los poetas,
de los árboles recostados sobre el agua turbia.
Hice poemas al fuego, luego quemé los papeles
inútiles, algunos proyectos.
Los años se atropellaban en la sangre. La duda
entraba con sus palomas ariscas, con su sol enano.
Las calles se derretían
en los ojos del gato vagabundo.

Mi infancia fue un calambre.
Tuve la muerte entre los dedos.
Soñé con piñatas, ciudades de hielo, puertos
de mástiles borrachos, subterráneos azules.

Pero me trajo el viento áspero
la mala noticia de septiembre.
Y olvidé la buenaventura del gitano
al contar los trece huérfanos de mi padre.


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Poemas y datos del poeta Antonio Hernández , (1909-1975) cortesía de René Batista Moreno . Nacido en Tenerife, Islas Canarias, el 21 de Mayo de 1909. De los premios má importantes están, Premio Julian del casal 1970, Mención la Edad de Oro, 1974. Mención Casa de Las Americas, 1973, entre sus libros publicados se encuentran: De pronto sales con tu voz(1971), Los árboles (1975), y su libro póstumo, Palo Verde.
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Para leer más sobre el poeta Antonio Hernández, pulse aquí:

jueves, 12 de noviembre de 2009

DESERTOR DEL CIELO











(Hacer clip arriba para leer datos del autor)
Edelmis Anoceto lee sus poemas:



Edelmis Anoceto, es un escritor de la generación del 90 que vive en Santa Clara, editor, traductor y una persona afable, que habita en un tiempo que no lo deja ser sumiso ni ante su grandeza. Es un poeta completo, escribe buenas décimas y sonetos, y no sólo conoce de métricas y rima, es un constructor de la palabra, detalla un mundo que siempre nos circunda, que algunas veces nos registra y nos conduce a un cuerpo ético, con instinto , con misterio y con belleza; nunca su prosa es efímera, o apasionada sin soportar delirio o grandeza, viene de lo simple y es inherente a su ego, nos deleita porque sabe domarnos, porque no usa su oficio de escritor como una trampa, lo usa desde una posición clarísima: es un hombre que ha leído, que no desborda sus conocimientos como si fuera un profesor de cátedra, asume desde su personalidad, los asuntos que crea, y sus versos no son un cúmulo de ideas que quieren mostrarse dispersas, son un cosmos de registros muy amplios, donde fluyen con mucha fuerza, sucesos evocados desde una perspectiva audaz, que no es una contradicción con ese mundo poético que él nos aporta y que hacen de puentes paralelos entre su vida existencial y entre los cuadernos y libros que hojea. Conocedor de su ley empírica, que no sustrae por azar los sentimientos, nos emociona con fuerza y también con sabiduría. No necesita arropar poses de un intelectual, porque no se cree tanta arrogancia, y cuando saluda desde el verso, aún en plural, es con un corazón grande donde uno personifica , por qué no, escenas de la vida diaria y de otras deserciones que hemos fotografiado, para merecer, como el poeta, una luz que nos distingue ante tanta memoria, sufrimiento y búsqueda de la felicidad, como una interrogante de nuestro paso por estos tiempos de carencias.
Juan Carlos Recio/ NY/ Noviembre 12 del 2009.

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HOJAS IMPORTADAS.

Un día intentas suicidarte y en verdad lo logras.
Recorres con la vista las paredes,
muerdes el pan y ves una mujer en la ventana.


Tenía un gran mapa de Europa en mi cuarto, era una
lápida con fronteras, un fondo de pantalla. Tenía un
libro de alquimia y misticismo para hacer otro de
poemas, de unos poemas sinceros, con las palabras
belleza y puta. No me bastaba nada y eso era
terrible. Todo me bastaba y eso era imperdonable.
Me daba igual el buitre que el gusano, uno en el
hombro y otro en la conciencia. Me daba igual que
me enterraran o que me dejaran a la intemperie. Lo
mismo Joplin que la Libertad guiando al pueblo, sin
bandera y estrella solitaria. Todos los días eran jueves
cuatro de mayo 2006. Hoy mismo por ejemplo.
Música de fondo, pipa y reloj de bolsillo, todo
como souvenirs de aduana, verdaderas cicatrices.
Hoy mismo entro en los cines, en pos de un idioma
que no sé a no ser en sueños. Cómo les digo el sitio
en que estoy preso, un hijo por nacer y un gesto que
aplaudir en los teatros, cómo lo escribo en hojas
importadas. Atiendan a los besos y a las independencias
que se ponen a secar en los balcones con trapitos
de cocina. Tenía un gran mapa de Europa en mi
cuarto con patrias dibujadas y un almirante zarpando
hacia el vacío.

Un día escribes un tratado sobre el disentimiento
humano.
Un día intentas suicidarte y en verdad lo logras.
Recorres con la vista las paredes,
muerdes el pan y ves una mujer en la ventana.



ARENAS MOVEDIZAS.


Era una música amarga, arrancada del paisaje
y era un espejismo a lo lejos, era el vacío
con que se vislumbra una ola
perdiéndose sobre el cuerpo del mar,
su aroma hacia algún espacio irreconocible,
violado solo por las aves
y por su canto infiel cada día
en las arenas cotidianas.
Porque cada día atraviesa los umbrales esa música,
qué será, para observarnos sentados,
ciegos, y de una vez ser un rostro mugriento
posado sobre la piel, allí.

Pero quisimos construir un muro
como un documento que mostrar
y fue un beso en las entrañas,
hundiéndose temible en las entrañas de la noche.
Y vimos caer la partitura que nos decía adiós
desfallecida.

Una música solo comparada a sí misma,
esparcida como los restos de un barco en el desierto.
Era el polvo que las generaciones de aves hacen
confluir,
después del miedo, después del nacimiento,
en el silencio de las casas,
el polvo viajero de las notas antiguas
en los labios del ahogado, después de las libertades.
Vamos a ser los ciegos y vamos a preguntar
esa música qué significa bajo el agua.



DESERTOR DEL CIELO.

Lautréamont se acoge a la noche de Montmartre Norte,
no llega a sus oídos el canto del cisne.
La llovizna vierte su cúmulo sobre el viejo océano
y los presagios taladran la poca luz amanecida.
Quisiera regresar sobre sus pasos
a una muerte más tibia, Lautréamont.
Solo en el cardumen de sueños diminutos,
revierte para mí los augurios
y las sinuosas glorias que ayer sostenían.

Si la llovizna cesa,
el perro sale a olfatear los restos
que viajan entre líquidos del más allá,
hacia los desencantos que significa la escritura.
Hay un cisne en lo inerte de las calles
y en la memoria del hombre que pretende
con sus versos entrar en los vergeles
de Montmartre Norte,
para no ser el cansancio una vez más.
Fue allí donde la muerte nos sedujo
cuando el viento se estancó entre los árboles
y el otoño se extendía a la Provenza.
Fue allí donde quisimos redactar los argumentos
contra el hombre, y a favor del hombre
llamado Maldodor,
nuestras páginas sombrías y llenas de veneno.
Uno al otro engañándonos,
porque es inútil saberse un reconciliador
cuando las sombras ascienden a los ojos.
Fue allí donde dijimos
Las formas de atacar a la fiera y al Creador,
los cantos de alabanza por las inmundicias
celebradas en la piel como trofeo.
En nuestras manos descansan los crímenes gloriosos.
Maldodor, Duchase, Lautréamont,
con qué seudónimo voltear la mirada
sobre esa página eterna de la duda.
En las entrañas ya no ha de importar
el dictado más sublime de las cosas.
Pues el cisne deserta de los cielo promisorios,
deserta para mí una vez más.
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Poemas tomados de DESERTOR DEL CIELO, Edelmis Anoceto.
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miércoles, 11 de noviembre de 2009

CIUDAD DE NADIE




Foto y entrevista, Nelson Simón
en revista Cubahora.
http://www.cubahora.cu/index.php?tpl=principal/ver-noticias/ver-not_cult.tpl.html&newsid_obj_id=1033936
….un animal extraño
que siempre me visita y me sorprende.
Delfín Prats.
( cita tomada del poema de Nelson Simón
UN ANIMAL EXTRAÑO. Libro, Ciudad de Nadie).




Nelson Simón no solo es un poeta versátil y culto, es además un hombre sencillo. Lo conocí en mi pueblo, en uno de aquellos encuentros literarios. Esa tarde estaban también, un grupo generacional de los 80, que para un emergente de la poesía en ese entonces, debió ser un banquete. Era una época de una rebeldía que algunas veces escuché en broma decir: "rebeldía barroca", también estaba de moda por la crítica, hablar de los lezamianos, o post lezamianos, en aquel entonces no entendía si el cálificativo era un elogio, o pertenecía a esa marca que excluye lo culto de lo popular. Por suerte, del grupo de escritores del que me rodeaba al centro de Cuba, no padecían sino de sencillez y solidaridad, siempre dispuestos a escucharte, a la recomendación de una buena lectura y creo que aprendí mucho con ellos. Nelson Simón, no fue diferente esa tarde, y los poemas que leyó demostraban un ser humano inconforme, alguien que tenía una mirada crítica y con una capacidad de asombrarnos, en la forma de decir de sus versos, y en la elocuencia de sus diálogos, de un joven que no estaba amedrentado por sus circunstancias por muy existenciales que fueran, creo que su voz empírica, tenía que ver mucho con lo que vivía, y lo más luminoso para mí, era su ímpetu, como la fuerza de un manantial bajo la tierra que brota y se nos aparece, que nos trae purezas donde reinaba quizás un aire turbio, no de la mano del grupo generacional, sino de la incomprensión y rebeldía de aquellas tardes, de esa época que aún me parece palpita. El poeta, estaba destinado a algo más grande, algo que no cabía aún en su propio cuerpo poético, y era la marca de volar con un trazado sobre una ruta y en una época, difícil también por las muchas voces importantes que de su generación lo rodeaban, luego lo pudimos comprobar, un poeta distinto, desde su voz y estilo hasta la naturaleza de no perderse de esa sencillez que agranda a los seres humanos, cautiva porque es perenne, sublime, y porque sigue siendo culta sin dejar de ser de pueblo, de adentro, como una historia donde muchos puedan mirarse como ante un espejo.

Juan Carlos Recio/ NY/ 11 de Noviembre del 2009.
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ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS.

Alicia, la historia es un caracol que siempre vuelve,
que siempre está llegando a tus pies
con esa fina espuma que tejen los más largos inviernos.
Estamos ebrios de soledad detrás de los retratos;
el hilo de los días se enreda en ti creyéndote un ovillo
y eres una muchacha abandonada,
terriblemente abandonada en estas calles.
Al final del camino nunca estuvo la casa brindándote
calor,
al final del camino te aguardan los cuervos,
tú eras un pedacito de agua en el espejo de sus ojos
y ellos apetecían tus pupilas desde lejos,
construían, rama a rama,
un nido entre tus ojos para hacerte olvidar
el mundo la oscuridad la falsa hoguera.

Las fieras se cansan cuando giran alrededor de tu cabeza,
deja de creer que la ciudad existe,
la ciudad es un bosque de nombres y prejuicios;
no hay luces porque no hay pasos,
porque nadie puede tener las orejas tan blancas
ni puede retener la felicidad
como un cuento quemándote las manos.

La felicidad la felicidad.
La felicidad no se vende en los mercados,
es un solo de violín y el viento sopla.
Anciano es el viento cuando cruza la tierra,
Agorero es el viento cuando nos va agrupando.
Tú no lo sabes tú no lo sabes.
Eres la bailarina que danza en el hielo de la rosa,
tu pie es impalpable remolino sobre el polvo,
sueñas que la estación de las aves se desnuda
y eres descubierta mientras sueñas
y eres descubierta mientras danzas,
eres descubierta.
Los conejos han ido a romperse bajo el silencio de la
brújula;

el mar, parece amigo
pero se roba los caminos.
Olvida los cuervos olvida la ciudad
(bosque rugiendo en altos aposentos).
Olvida los conejos soy el loco;
he dormido en la manga de cualquier vagabundo,
he dejado mi inocencia en mis canciones.

Alicia, muchacha que se extravió con las barajas;
como un farol alzo mi corazón,
cómplice farol en tu lluvia de sombras. Mira la luna,
la luna es un barco
y siempre está flotando sobre muchachas solas;
después que el cielo la muerda,
ella tocará como una flauta
y volverá a ser redonda. Olvida la ciudad,
los relojes del mundo se detienen,
el mundo es una suerte de siluetas,
un caballo atravesado por la noche.
Olvida la mala música de los cuervos
El pasado se dibujó en mis sueños.
Desde las Pléyades volveré
y esta isla será la maravilla.
Alicia, si aún crees en la fiebre del tiempo,
apréndete la luna.



CARTOMANTICA.


Van a reconocerte en el humo,
en los vitrales del fondo de mi casa,
bajo la fina hierba donde se tienden
los amigos, los bisontes del miedo
y los falsificadores.
Recortan el paisaje, bosques
que enturbian sus miradas.
Huelen a zumo de naranja, a corazón
subastado en el salitre vergonzoso de los puertos.
Para que no cruces la línea que dibujan
es que improvisan esa música,
las cabezas rodando __aceitunas de luz
al alcance de todos.
No vamos a estar así, ocultos y distantes
toda una larga vida.
No cesará el acoso ni el débil fogonazo.
Los que al cielo lanzaron sus imanes
van a querer cogernos con los dedos tejidos.
Salir a los balcones mientras giran los peces
puede ser peligroso.
Asomarse al espejo es como extraviar
en un día de lluvia la inocencia
y en la otra orilla
ya se están lavando
las últimas casas del invierno.
van a predecir tus acrobacias,
tu perfil insinuado por la luna.
Pero a pesar de todo siempre habrá laberintos
alimentando el fuego y el desvelo de los desconocidos,
habrá ángeles y demonios
trazando con alcohol
las líneas de tu mano.


A LA LUZ DE UN QUINQUE CUENTO LA HISTORIA.


Yo era feliz como los violoncelos donde el trigo demora
y cortaba los frutos que crecían silvestres a mi vera
cierto que el arquero tenía entre ojo y ojo mi cabeza
desnuda
cierto que ya me olvidaba de soñar
dibujar los camellos que saliendo de agosto
se perdían sin el humo violeta del abuelo.
Y corría del neblinoso invierno a los irregulares
contornos del otoño
arañando a la tela de los ríos
no me hallaba en el agua
el agua se escapaba de mis manos y la casa zumbaba
tan cargada de abejas a mi espalda
sus patios se estiraban hasta tocar las playas
saturadas por el aceite de los adolescentes
pero era feliz entonces
al ignorar que las estaciones se sucedían
más allá de la copa de los árboles.

Nos cansamos mil veces de aquel tiempo y volvíamos
vestidos de blanco para el casamiento
descubiertos por la fiebre de Eros y la luna
ciega en aquellos días.
Volvíamos al rincón a contarnos los dedos embarrados
de hollín
a mirar cómo los recuerdos eran viejos barcos
que amenazaban hundirse al fondo del ropero.
Nada podíamos remediar frente a esas lejanías
era bueno no hacerse preguntas
vivir de la aventura entre insípidos aventureros
y pegar el rostro a los cristales en las tardes de lluvia.

Era hermoso andar entre la gente por no saberse solo
inventarse aviones de cartón para salir del mundo
barrocas catedrales con la espuma de la cerveza
recorrer el puerto y una vez en el fondo de la jarra
encontrar esa larga necesidad de olvidar los nombres
y los jueces que desde adentro
atisban severos nuestras grietas.

Yo era feliz entonces pudriéndome en la ciudad amurallada
ponía la cabeza donde acaban las lanzas
que forjan con prisa los arqueros
mi casa estaba mustia
muy llena de sombras y de bayas amargas se perdía mi casa.
Yo era feliz entonces pero salté los muros
buscando conocer la intermitencia de las estaciones
y ahora mientras el viento golpea mi sombra
espero que aparezca la canción alta en los bosques elevados
y dejo para mañana la posible sorpresa de encontrar
la luz la alucinada luz
donde poder soñar con mi locura
cuando el año no alcanza para más.
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Poemas tomados del libro, Ciudad de nadie, de Nelson Simón (Pinar del Río 1965)
Poeta, editor y escritor para niños. Director de la Editorial Cauce, de la UNEAC, Pinar del Río.
Dos veces ganador del Premio Nacional de la Crítica por: A la sombra de los muchacjos en flor
( Premio Julián del Casal de Poesía; Ed. Unión, 2001) y Brujas, hechizos y otros disparates(cuentos para niños, Premio Oriente, 2006)

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martes, 10 de noviembre de 2009

EL ESPLENDOR Y EL CAOS.

Poeta cubano Delfín Prats. 2005 Conversando.

http://www.youtube.com/watch?v=Mq9zKKwim9s

Hace más de 20 años que no leía ningún libro de Delfín Prats, ese magnifico poeta de la angustia, como lo definía Tony Pardo. Y recordaba que en ese mundo caótico del sentimiento expresado por el poeta, uno creía escuchar una voz que lo llamaba, como un instinto de una realidad que también definía la mía. Pero como sucede cuando leemos a un poeta de la calidad de Prats, uno va más que al sentimiento, uno construye un mundo paralelo evocado por esas estructuras poéticas, que por muy complejas que parezcan, las descifra desde el lector, sobre todo cuando uno la asume, suya. Eran tiempos difíciles para mí y la poesía de Delfín se adelantaba a un futuro que tenía que ser por necesidad y optimismo más esperanzador. Pero, ante el poeta que ha leído _y sin advertirlo me dio desde su humildad lecciones de una historia personal y abrió además un campo de relectura, que fue tomada de clásicos, de leyendas y mitos universales, vistos con el prisma de un hombre que asume su protagónico_, (metáforas mediante), no pude sino otra cosa que aprender y evaluar. Esa emoción al leerlo, fue, es y será, atemporal, porque no tiene que ver con un poeta a ritmo de lo que sucede o conviene cerca de su entorno, es su forma de comunicar con belleza lo que no tiene necesidad de ser tomado como extraordinario; pero tampoco sobre una carrera desenfrenada de la palabra, en esto están los mejores aciertos del poeta, en dominar la palabra y decirnos con madurez, ahora es el momento de la expiación y estoy solo/ lleno con el esplendor y el caos de los días.

Juan Carlos Recio/ New York, 10 de Noviembre del 2009.

Fábula del Cazador y el Ciervo.

El ciervo escapa, lejos del cazador que lo persigue
como juglar al verso que entre nieblas discurre
Cercana la infancia, distantes las montañas
que azulean a lo lejos, al borde del abismo
por donde cruzan, trémulas, las manos del juglar
Toda la expectativa por el futuro incierto está en sus ojos
La yerba fresca, la espesura del bosque
el borde tímido del agua
no pueden ser la obra del azar
como tampoco pueden serlo los amorosos cantos
que el cazador dispone como trenzada red para atraparlo
Lejos de la mirada del juglar el ciervo escapa
por la linde del bosque. El universo:
inocente metáfora de Dios que al unísono copian
las pupilas del ciervo y el canto del juglar
Y cuando finalmente es atrapado, disuelto en el discurso
ardiendo en el abrazo, que el vino y las palabras enardecen
el ciervo nuevamente escapa
lejos del cazador que lo contempla
ahora en los contextos de la fábula

Inocentes Prados de Noviembre.


Las aguas y los inocentes prados de noviembre nos rodean
es grande la felicidad del amante
cuando el amado pregunta
¿fugacidad de toda dicha?
El error o la intromisión de los otros
pueden tornar brumosos los contornos del labio que interroga
en la antesala de diciembre
mes de los viajes
y del conocimiento de anheladas bahías
nítidas en el aire festivo
cuando en su rielar las lucen llevan
la certidumbre del vértigo
Puede zozobrar la frágil embarcación en que viajamos
y que contra todo caos me empeño en llamar mi barca
Sektet
mi barca del Sol mi barca de llevarte Rey
Un mundo desgarrado entre la plenitud y el polvo
se debate a lo lejos
mientras tu boca afirma la prioridad del ser sobre la imagen
confiando en las lecciones de la dialéctica
Una sombra atraviesa tu rostro
(un pájaro de grandes alas
cruza sobre el paisaje de veleros
que puebla el lago) Es la sombra de las dos noches
cuando tu sol y tu luna tuvieron su nadir
Como contrapartida del azul, del aire
de la vida que bulle en las ciudades del aire
esa sombra persiste más allá de las aguas
y de los inocentes prados de Noviembre.


Del otro lado de la pared del sueño


Se hunden, oh hijo mío, se hunden
los ciclópeos monolitos de basalto del Este
del otro lado de la pared del sueño
que amasamos en las tardes de este aparente invierno
de las islas.
Vamos atravesando la bahía, tu pie
hace huella en la arena, yo voy
jugando con tu imagen, no con tus años.
Voy situando fragmentos de ambos en otras latitudes
libres del ojo riguroso del shoggoth.
Se hunden, oh hijo mío, se hunden
los ciclópeos monolitos.
Oh, reinos de insondable horror
reinos de inconcebible anormalidad
cerebros cautivos por una edad de sombras
que dramáticamente ahora se derrumba,
dramáticamente el muro se derrumba
del otro lado de la pared del sueño
y una multitud de olas
va imprimiendo sobre la arena apetecida
las novedosas señales.
Qué negra nana, hijo mío,
nos cantaron durante años, qué negra nana
la de la eternidad de los monolitos
que ahora se hunden irremediablemente, qué negra nana
para dormir al hijo de Lavinia Whateley, no humano
agonizando sobre el libro.
“Yog-Sothoth ¿conocerá la puerta?
yog-Sothoth, ¿será la puerta?
yog-Sothoth, ¿será la llave y el guardián de la puerta?
Voy situando minutos de ambos, tuyos y míos
En latitudes libres del Ojo riguroso: espejos
donde se incendian nuestros rostros, espadas
cruzadas en la noche, tu risa
donde gravita, puro, el arco de la alianza.
Oh, hijo mío, sobre las playas del mentido invierno.
Y la belleza del mundo es irritante afuera
en las provincias y en las islas
y en los febriles campos, oh, hijo mío
sobre la yerba que la gente joven está pisando ahora
rabiosamente.


Tomado del libro El esplendor y el Caos, contemporáneos, Ediciones Unión, 2002. Delfín Prats (Holguín, 1945). Obra poética: Lenguaje de mudos( 1970), Para festejar el ascenso de Ícaro (1987), Abrirse las constelaciones (1994).

lunes, 9 de noviembre de 2009

UNA DOCTINA DE LA INVISIBILIDAD


Presentación de Manuel Sosa en Zu Galería EL PRECIO DE LAS PALABRAS.

Yo vengo desde lejos a correr los cerrojos,
a mirar cómo se apagan los rescoldos
en la sala desierta
donde una vez centellearon, ilusivas,
mis palabras.
Siempre encubierto,
creí haber recreado estados espirituales
y era sólo el vicio de los ecos.
Y tardé tanto en comprender
que se puede acceder a la imagen,
pero el sentimiento ha de quedar velado al hombre.
Para decirlo mejor: una noche de angustia,
el escozor que nos hiende, el sollozo virginal,
el júbilo trepidante
no pueden ser enmarcados
en combinación alguna.
No se revisita la noche,
ni el escozor, ni el júbilo
a no ser que cerremos los ojos,
y resistamos la tentación de la página.
Describir un quebranto es medirnos
contra el arco de un dios
y requerir un efecto.
No se revisita ese quebranto
Para descubrir toda la vaciedad que allí se enmascara.
Descuidar así los pálpitos, y sustituirlos
por las imbricaciones de la naturaleza:
sutiles lazos, halos que no oscurecieron jamás
por ser las fachadas una obsesión
de quien sólo descubre en los reflejos
el rostro que le enaltece y le miente.
Como el que sobrelleva todo el desprecio de una estirpe
que aísla entre escombros,
preso de las simulaciones,
así he pagado el precio de las palabras.



EL CANDIL EN LA CELDA.

Es la estrechez de los ámbitos adonde nos destinan
y el escrutinio de las mismas partituras
lo que nos conduce al término
que es la finitud tras una máscara.
Se indaga en vano, la evidencia se escurre
para no dejarse ver jamás.
Se atrapa al numerario, ronzal que le aquieta
entre flores taimadas,
por conocerle.
El desasimiento o la búsqueda, nada se pide
al maestro que nos azotaba en un temblor:
la Proporción Divina se equipara al misterio
sin darnos razón de los flagelos
y sus progresiones.
Nada puede contra su miedo a los claustros,
a las pústulas que asoman en el barniz
cuando dejamos de atenderle.
En cada maestro olvidamos el nombre
y el carmesí que aún mancha los silabarios.
Quedamos en la pregunta, en la celosía
tan breve como el escozor de la propia pregunta.
Apartamos la cortina sin distinguir quién se despide
ante la dureza de otra puerta.
Por las noches nos atormenta la ignorancia
y la vulnerabilidad de los símbolos.
No saber descifrar el vestigio de la linfa
sobre el papel
ni lo que los rumores pretenden replicar
cuando un aria emerge de las tinieblas
y se aposenta entre tantos volúmenes
que nada explican.
Ilegibles, se van haciendo ilegibles
los registros que se ahogan en recriminaciones.
Volvemos a indagar y nos cruzan el rostro.
Han retirado todas las escalas
y ya no sabemos más, Dios de los espacios,
no sabemos por qué cadalso decidirnos.


SOLSTICIO

Sabor a lobreguez nos guarda el corredor que lleva al patio.
Un lauro que fue cadencioso, ahora mustio sobre la nieve.
Es una sedición minúscula
de las apariencias.
Hoy viene a ser la hartura que arrastra
su propio peso
y se regodea en el silencio de la especie.
Esa extensión que anhelaban los cuerpos
cuando en lo intemporal esplendían
ha sido propiciada con tal vigor
que no alcanzan el tiempo
ni las destrezas
para habitarla.
La razón instintiva se alimenta con su propia inducción,
apropiaciones emocionales vertiéndose en la copa del juez.
La ruina sobreviene, a solas con el perfume,
tan duro el suelo como la costra
que cubre su diadema.
El esquema que seguimos retiene antiguos presagios
mientras el ave sondea la tersura del aire, en espirales.
Cada cual rasga un túnico que obra y tributa
mas la ceniza aguarda su tiempo.
¿Qué busca el avizor robando falsa doctrina
en esa realidad inútil, abrazando
el dolor de la apariencia?
En el fruto muere la extensión, se difumina la luz.
En ella enceran el hilado gris
por un instante, su ceñimiento simulan.
Las limaduras como brújula, o mapa,
o migas de pan divino.
Sentir apenas el toque de completas, anunciando
el principio de esta nueva y definitiva sedición.
El acto que alumbra, el fósforo restallando,
la abertura como muerte.
Tanta afluencia he visto bajo el sol, tantas luminosidades
que no cierran esta herida.

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Bluebird editions, colección Jardines Invisibles.

Manuel Sosa (Meneses, Cuba, 1967) Poeta. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesa. Ha publicado los libros Utopías del Reino(Premio David 1991, Premio Nacional de la critica 1993), Saga del tiempo inasible(Premio Pinos Nuevos 1995), Canon (200) y Todo eco fue voz(antología, 2007). Reside en Atlanta, Georgia.

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sábado, 7 de noviembre de 2009

Palabras a Lina de Feria.











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Saludos para la poeta Lina de Feria, desde Atocha
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Pasados 20 años de su premio y publicación supe de Casa que no existía, que sigue siendo una especial, ¿íntima?, manera de celebrar la nueva poesía cubana.

Para fortuna mía, y de varios neoambulantes de la capital, la casa de Línea de Lina de Feria fue refugio para buenos ratos, tardes selladas con alguno de sus poemas, leídos con la profundidad que asfixia a la poeta, y con el metrónomo de sus pies, que tensa o distiende según los versos, según los tiempos. Según recuerdo.

Casa real, ventana entreabierta, y cualquier pretexto para tocar.

No estoy seguro si antes me fui, o ya Lina estaba donde el pollo a 29 centavos la libra. Alguien me dijo que su locura era manifiesta, que no había aguantado tanta abundancia. Y pensé en Breton, que fue de alguna forma informal un pariente nuestro medianamente cercano: No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la imaginación.

Ahora viajas, querida poeta, a Santa Clara, y yo no estoy para abrirte mi casa.

Ojala puedas alargar el viaje y llegar a mi villa vecina: te dirán sin esfuerzo porqué cuando se nubla sobre La Cabeza de Patricio, que es cierta zona, llueve con ganas. O cómo los 7 Juanes vírgenes lograron capturar al Güije. O podrás visionar el acta de la única vez que el Diablo ha sido llevado ante un notario. Caminar por los pasillos y entrar a las habitaciones de los García Caturla, que siempre produce el sobresalto de saberse donde un genio, que diría Carpentier. Titico es un buen guía.

Esto hasta que nos veamos, que puede ser en cualquier momento.

Entonces volveré a tocar en tu puerta de la calle Línea. Y te preguntaré por los últimos poemas, por la constante tristeza de nuestro querido Carlos Crespo, a quien hecho una falta sin fondo, para decirlo como a él le gustaría.

Y convendremos, que sí, que su tristeza es irremediablemente motivo de poeta, y que los poetas suelen ser melancólicos a ratos. Poco coleccionables, capaces de morir en la abundancia, en los palacios, como en aquella azul historia de Dario.

Gracias por tus poemas y cariños.

Dios bendiga a los poetas.

Con mi abrazo grande:

L.Santiago Méndez Alpízar / Chago
En Madrid, Atocha, 3/ 11 / 09





Lina de Feria lee sus poemas.

Lina de Feria en Santa Clara


***En 2004 publiqué Omisión de la noche, un libro que, injustamente, no ha tenido la atención que otros libro de Lina. Ella me pidió que escribiera este prólogo para un libro que no necesitaba de mis palabras. Las escribí, porque a Lina nadie sabe decirle que no. Pero fue encargo noble. Volví a ellas hoy tratando de recordar qué dije entonces y qué decir ahora. Y viendo que merece volver sobre a este libro, aquí vuelvo a enviárselas, a ella y a sus lectores, para que busquen esa zona de infinitud selenita de la que su obra sigue emergiendo cada día.

UN LIBRO DIURNO

***Quise pensar que este es un libro diurno. Un libro que se aleja de la noche o que viaja hacia ella. Va en la quilla indemne, la busca en las profundidades más clarividentes. Viaja, ora a ras de tierra, ora a ras de las nubes. Ya a favor del viento, ya a contracorriente. Las corrientes pueden ser nobles o tormentosas, pueden ser de aire y pueden ser de aguas. Odiosas y amables, turbias o cristalinas. Dualidades que insisten.

Quise pensar también que es un libro nocturno. Lunático. Escrito por un selenoide que huye de la ingravidez, que no haya diferencia entre el mar y la luna. Que ha bajado a las mazmorras más vetustas y ha regresado como quien vuelve de una estrella futura.

Lina de Feria nos entrega un nuevo libro –nunca mejor dicho. Un libro nuevo. Sin mayúsculas, es decir, sin alardes.

Sitiado por el intelecto, dictado por la pasión, desde la ambigüedad de las sombras y el fulgor del rayo, un libro se hace nuevo, debiéndole a esos libros que nos ha ido dejando, desde hace ya treinta y siete años, con la intensidad del que absorbe la vida, la traspira, la hace imagen y palabra vívida; de entre las fauces del dolor y la diatriba, hasta la devoción del líbido y su fatum, la ansiedad se hace imperecedera. No la ansiedad como patología, la ansiedad como aspiración. La ambición de la imagen, su persecución desquiciante. Oficio del poeta que se arma de todos sus dobleces y su diafanidad.

He perdido las distancias entre la casa que no existía y esta noche. Ambas, por omisión, como los abedules, crecen sobre las travesías.

La casa inexistente fue visitada durante más de veinte años por tantos mendicantes, ansiosos de encontrar su cobija, su amparo, que nunca estuvo sola; sí dolorida, si pesarosa, pero nunca olvidada.

Omisión de la noche no cierra ese círculo de adultez y superior misterio que es la poesía de Lina de Feria. Es quizás un eclipse, pero no en el sentido de paréntesis que cercenó el discurso del poeta por más de veinte años, sino en el de las prerrogativas que la unión de dos astros -toda su obra anterior, y la que aquí deviene- puede articular.

El libro ha sido dividido – quizás ardorosamente escindido– en dos secciones que cualquier descuido del lector puede acusar de inválidas. Una parte es telúrica, aún cuando sea pasto de un tiempo y un espacio azaroso; sólo su intensidad terrena nos salva del despiste pueril. En los lindes de lo surreal, en las depresiones de su propio cuerpo, el poeta sigue en la ruta que ha escogido con segura incidencia:

transito hasta encontrarme
en la iracunda plataforma
donde todos nos agrupamos
tratando de oxigenar la rala supervivencia.

La segunda sección acapara el sacramento de lo desconocido. La exploración de la ciudad, la acechanza de la muerte, la especulación erudita, la voluntad del viaje, ha sido sustituida por la búsqueda de lo inmaterial, pero lo hace con llaneza. No desde el encumbramiento ilustrado, sino desde el coloquio intimo, incauto casi:

la luna no tiene diferencia del mar
y son protectores de la infinitud selenita
los que nos recuperan el vínculo
del mediodía.


Pude pensar que este es un libro diurno, y lo es: matinal, vespertino, lúcido, iluminado. En su caos emotivo, en su alacridad libresca, en su fertilidad culterana.

Toda su obra se pudiera nombrar omisión de la noche. No sólo porque este libro enuncie todos los registros de Lina de Feria, sino porque rezuma ese martirio fulgurante que provee, a su poesía toda, de una humanidad sustancial y próxima, capaz de subvertir todos los códigos, trasgresora y fiel. La inversión se estipula:

en sentido contrario
suben los uvarios al plexo
y la noche es perfecta
.

No hay omisión. El poeta ha perdido. Su ponderación ya no le pertenece.

a veces uno carga
–como el puentecillo del mar arrebatado–
la vida.

La vida febril y contenida, dual, se ha entregado tras un grito silente, desmedido pero silente, como la explosión de una ojiva nuclear en la pantalla de un ordenador, con el fondo magnético de un preludio de Bach.


Alfredo Zaldívar
Matanzas, febrero 12 de 2004



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CON LINA DE FERIA

Sigfredo Ariel


***Muchas veces yo imaginé cómo sería el rostro de Lina de Feria. No tenía otra imagen suya que una foto pequeña y contrastada en una antología publicada en Canadá. Sus poemas me habían llegado un poco antes, casi a cuentagotas. Andando por toda Santa Clara, en unas madrugaditas de conversación interminable, Zaida del Río me dijo de memoria su humedece tus dedos... y aquel otro poema que dice hace una noche espléndida para morirse, el cual, creímos durante mucho tiempo, era continuación del primero. Ni Zaida ni yo antes o después vimos tantas estrellas ni tantas lunas llenas.

En medio de las lecturas desorientadas (más bien anárquicas) que hacía por esa época, las palabras de Lina poseían cercanía, extraña nitidez, con el acontecer de uno (hablo del acontecer sentimental) que con muy pocas excepciones no encontraba en otros poetas. ¿Se podrá escribir así? Eran años de solitaria y devoradora formación no sólo literaria, sino del modo de ser. La escritura de Lina me explicó cosas y me alumbró en encrucijadas graves, trances de primer amor, separaciones, caídas, decisiones de quedarme o irme, de tormenta familiar y remolinos sociales, sobre todo, aquellos que siguieron a los días del Mariel. Lina me acompañó con líneas de “La parentela”, el poema que retrata a la mujer loca del parque de la calle D y muchos otros de Casa que no existía, libro que no sé cómo consiguió Arístides Vega, milagrosamente. Aquel volumen pasó de mano en mano hasta casi borrarse el negro grabado op de su portada roja. ¿Se podrá escribir así?

No sé cuándo vi a Lina de Feria por primera vez en persona, ni me importa. Recuerdo en cambio muchos momentos míos junto a ella: una multitudinaria presentación de A mansalva de los años en la UNEAC ; una lectura colectiva que hicimos en una habitación de estudiantes universitarios en la que ella leyó su poema de María Mantilla a José Martí; una tarde en el Segundo Cabo que se estremeció con la voz de Freddy; una noche con Lien y Rey en la casa de Milanés, en Matanzas; sus lágrimas cuando habló de Virgilio Piñera en un homenaje a la revista Ciclón y muchos momentos más.

He participado de la alegría de cada libro suyo, cada Premio de la Crítica que ha recibido, en especial de El ojo milenario. Disfruto de encontrármela aquí o allá, la sonrisa que me dedica, el abrazo en la calle, sus llamadas por teléfono, a veces telegráficas, cálidas siempre.

Me encanta acompañarla en sus júbilos, verla gozosa, me gusta compartir con ella la música de filin que voy consiguiendo, porque a mí, como dice Pablo en una canción que lleva texto de Mercedes Ferrer, y Lina citó en su primer libro, las tardes me persiguen todavía. Quiero creer que se trata de una marca, digamos, de familia espiritual. Una de las alegrías que me trajo mi premio David fue saber que ella había sido la primera en recibirlo, pensé que de alguna forma nos aproximábamos más.

Creo que un montón de cosas me acercan a la Lina esencial, además de su poesía cada vez más poderosa, sin que jamás hayamos ahondado demasiado en el relato de nuestras respectivas historias personales. No hace ninguna falta, pues a la larga –y lo aprendí de ella– nunca acabaré de comprender la vida. Me sorprendo a veces preguntándome ¿qué pensará Lina de esta canción, de este poema o de esta voltereta del destino, la vida o como se llame la trama en que uno ahora está?

Por ejemplo: cuando conocí a Damaris Calderón hace más tiempo de la cuenta –en un hotel lleno de personas muy interesadas en acostarse con aquella muchacha de quince años que escribía unos versos tremendos–, hablamos de Lina de Feria, que era una persona-misterio, pues al parecer nadie sabía cómo estaba, ni dónde. Entonces comenzamos a imaginarla. En una servilleta copié para Damaris humedece tus dedos, entíbiame un poco, que se convirtió desde entonces en divisa de un vínculo que no ha conocido horror de lejanía ni tonto desencuentro a lo largo de todos estos años. A Lina le agradezco tener a Damaris cerca cada día, estemos donde estemos. Mi poesía le agradece unas cuantas cosas también; algunos críticos, como Prats Sariol, lo advirtieron hace tiempo.

Como lectora, como crítica tanto en el papel como en las conversaciones, doy fe de su generosidad hacia la poesía cubana, de su comprensión de la diversidad y la singularidad de trabajos poéticos que poco o nada tienen que ver con los suyos, de su paciencia con escritores en ciernes, aunque muchos sufran de una desmedida altivez que ya se les pasará. Alguna gente quizás no le perdone que sean los cada vez más jóvenes quienes la lean, la busquen, la halaguen, la tengan de modelo. No creo que a ella le afecten esos tontos reconcomios ni pasadas, presentes o futuras mezquindades hacia ella, hacia su obra.

Como cree de verdad en la poesía, la poesía no la abandonará. Hace unas cuantas mañanas, en la presentación de su libro ganador del Premio Guillén, la escuché leer su “Havana City”. Qué bueno que está y estoy aquí, Dios mío, me dije, antes de disimular el sobrecogimiento y cuanto antes meterme en conversaciones de nadería con algún amigo. No sé si comprendan lo que quiero decir: hay cosas que no se pueden manosear así como así, entre ellas, la poesía de Lina de Feria. Bienaventurados aquellos que se acompañen de ella y con ella.
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jueves, 5 de noviembre de 2009

Otro color, otras figuras geométricas.


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Ediciones Unicornio, San Antonio de los Baños, 2009.
Nota de contracubierta a:
Otro color, otras figuras geométricas, de Alberto Edel Morales Fuentes.

La dureza de la civilidad, el desapego que el poeta contempla y ondula sobre lo que debiera ser profundo y definitorio, el dolor por los escombros dudosos de la supuesta modernidad, dan movimiento a las figuras que conforman este cuaderno. Con la elegancia propia de quien conoce la utilidad de la palabra, Alberto Edel Morales Fuentes transparenta una melancolía en la que no pretende protegerse: semillas del tiempo pasado y por venir, glaciares de sal en una Isla literaria y no― vestida con triángulo y franjas de colores. Afianzado en su estilo, totalmente diferenciable y necesario en el amplio diapasón de voces de la Literatura Cubana contemporánea, el que antes vio los autos pasar hacia Occidente, sigue imaginando un espacio mejor, donde nada faltará en el relato de los sueños, / cuando haya terminado tu viaje, / cuando ya no estés.

Teresa Fornaris



Alberto Edel Morales Fuentes (Cabaiguán, 1961) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana. Ha publicado los poemarios Viendo los autos pasar hacia Occidente, Escrituras visibles, Lejos de la corriente, Otro color, otras figuras geométricas, El juego de la memoria y Con cierta elegancia, así como el catálogo de jóvenes poetas cubanos Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo (coautor Aymara Aymerich) y La Estrella de Cuba. Inventario de una Expedición. Como narrador ha dado a conocer el relato testimonial Los pies en la tierra y está en imprenta su novela Que te vuelva a encontrar. Textos suyos aparecen en antologías, publicaciones periódicas y sitios digitales de la isla y otros países. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Es director fundador de la revista de literatura y libros La Letra del Escriba y del Centro Cultural Dulce María Loynaz. Reside en La Habana.



P-r-o-f-éticas
(Palimpsesto en la Poética de Heberto Padilla)


Di tu verdad.
Di, siempre, la verdad.
Y después
intenta que esa verdad ocurra:
que lo real duplique sabiamente a la página querida,
que las imágenes trastoquen el sentido y el límite,
que los otros
acudan a indagar en el ritmo interior de tus textos
como si velaran
algún secreto inquietante o una vida.

Los grandes hombres han comenzado a morir


Eliseo Diego ha muerto,
y Charles Bukowski,
lo supe ayer.

En las tiendas arrasadas
y en los portales sucios de la Manzana
las mujeres siguieron haciendo compras todo el año,
pero se veían un poco más tristes ahora.
Y en el Parque Central los borrachos de las seis
las mirábamos con hambre vieja
y los niños pateaban molestos las aceras,
antes de trepar en grupo
hacia el pecho
de un José Martí
estatuario y cabizbajo.

Durante meses se respiró peor que nunca en La Habana.

Y aunque nadie allí atravesó un espejo
ni escribió en ninguna parte
(1920-1994), estos son los días de tu vida,
sí advertimos que la Poesía
se tambaleaba indecisa
entre la oscuridad y la luz,
entre el Paraíso y el Infierno.

Como en las películas manchadas de aquel verano tórrido
― Cinemateca de Cuba, salita del Nacional, Teatro Payret:
viajes de mi nostalgia por las antiguas imágenes―
los grandes hombres dan un traspié
y terminan arañando el piso.

Eliseo Diego ha muerto,
y Charles Bukowski,
lo supe ayer
mientras mi boca mordía impaciente
los restos
de un helado de agua
y esperaba el ómnibus bajo los árboles del Parque Central.

Los grandes hombres han comenzado a morir.




Estación letea


Con cierta frecuencia la vida
puede hacerte pensar
que el viaje ha terminado:

Es todo, dices, eso fue todo.

Una sonrisa breve, un gesto humilde
acompañan sin dramatismos la secuencia
final, que las palabras prefiguran:

Es todo, dices, eso fue todo,
mientras el tiempo blanco se instala en las aguas:
te obliga a creer.

Pero aún en esa frialdad del alba imaginada
que ocupa tu memoria
y los espacios vacíos de la casa,
resulta agradable ser el que ilumina.

Es todo, dices, eso fue todo,
y no hay que lamentarse en exceso.

Y acaricias levemente ese mundo que dejas,
y aún encuentras fuerzas para sonreír,
y hasta prometes que las cosas saldrán bien,
que nada faltará en el relato de los sueños,
cuando haya terminado tu viaje,
cuando ya no estés.

Más relacionado con Edel Morales:
La Zorra y El Cuervo
Cuba Literaria

DEL QUE NO PUEDE SER LO QUE FUE, irreversiblemente.







En el Robledo de Corpes entraron los de Carrión, los robles tocan las nubes, ¡tan altas las ramas son!

Poema Del Mio Cid, cantar tercero, La Afrenta de Corpes.










La Tizona del Cid Campeador
http://www.canasanta.com/internacionales/tizona-cid-campeador-000001.html
A la memoria de este rostro, hace más de veinte años
Ya no están los molinos amigo Sancho,
las aspas han destrozado mi coraje
y no puedo ver sino este vacío que me arropa.
Es tibio el sudor del despojo
parecería que el Mio Cid se acerca
y me lleva de otra historia
donde las huestes me confunden
como si fuera una virgen que ha sido olvidada
en el Robledo de Corpes.
He sido también el mal amigo de las horas
y bailo a veces borracho sobre el pecho
de esta mujer que hace 20 años acomoda mi inocencia
y regresa del pozo con dos cántaros
que de niño fueron mis primeras visiones de la muerte.
A veces no sé repetir mi propio personaje
y olvido con frecuencia, aquellas estrofas
Y otras recitaciones
cuando mi padre no quería que observáramos a Dios
sin el solemne saludo de la patria.
Alguien me dijo que el armagedón era un armario
con muchos demonios dentro que no abrirían brechas
y que no pueden pasar ante los ejércitos sin bendecirlos.
Siempre tuve miedo ante el armario vacío
ante el cuerpo de aquel hombre tirado en la guardarraya
en espera de que le cerrara sus ojos;
juro que solo ví aspas de un molino desvencijado
y que un viento me apartó con brusquedad de aquel camino.
Ya no puedo retroceder por las almas que contra mí se alzaron
la poca valentía que guardo es reconocerme cobarde,
no puedo decirles otra verdad que sea mentira.
En el pasado tuve batallas que afilaron mi existencia
y pude sortear por bordes de abismos y penumbras.
Pero es distinto el presente sin que me ilusione vivir
del paso a otra gloria ;
fuera del juego y del escondite _de las malas palabras_
y de cualquier otra filosofía;
doy uno solo de mis sonidos que no estructuran música
como un parroquiano en su aldea
que mira pasar el tumulto de sombra
de los otros que arriban destrozados y aún son presos
de ese círculo en lo imaginario
que no puede describirse si cuelga en las noches
como ladridos de los perros que nos asustan.
Una cosa me queda y no sé definirla,
el deseo de ser el que era
irreversible ante el peligro, dispuesto al borde del abismo
por un instinto de divinidad y coraje, y de naturaleza.