IAquella noche estabas entre la soledad y el cielo
como una canción sorprendida,
mordí mis labios ante el hechizo
para saber si bebía de tus ojos con los míos
y llovieron como panes y peces sobre tu cabeza
unas indistintas maneras que me apresaron.
Amanecí borracho ante la copa de vino
viendo que tu cuerpo pesaba una eternidad de encantos,
y que un amante y otro amante saldaban sus deudas
de amores cómplices.
Si no fuera un sueño no dudes,
me convierto en el lobo de tu sangre
y espero que tú muerdas
con ese aullido largo que siempre avisan a mis ojos.
Son dos reflejos de tu cara,
el primero: la llama en los labios que quema en el cuerpo,
el segundo: el cuerpo en la llama y la soledad que sigue
perenne como una canción sorprendida antes de llegar al cielo.
IIPor los puentes donde tú me desnudas anda un barco de papel,
por los fragmentos que nos unen
y las cenizas que nos separan,
por tu dedo gordo que apunta
en la línea de un mapa que nos lleva
de simple ladrón a una flor que se deshoja,
que nos lleva hecho caballo, alfil,
sobre Harlem
y otros remos que la soledad tumba,
suspendidos de un parque donde hueles el peligro
y desamarrarnos el iceberg de lo cotidiano.
Por las cuerdas de mago donde me desapareces
sin dejar de alumbrarme los instantes
en los que el papel olvida al barco
y se esconde en esa zanja sin bahía
donde solo puedes anclar por mis lamentos.
En la pausa donde tu boca viola el silencio,
ahí quedamos mejor como trapecistas
pero sin cuerdas tensas que alivien,
para decir los nombres de la definición de tus remansos.
Vestida de mi piel tu piel alza toda estatura
en una estación donde solo hueles a graffiti
y todos te llegan y nada parte,
y porque tus piernas ancladas son del color del abandono,
me buscan para convertir ese globo de agua
que un niño como yo explota
solo para que tus dientes muerdan los días por donde paso
con la misma intensidad que el color de mi abandono.
Porque eres perro que ladras
cuando toco en tu lomo de animal recién herido,
porque ladro sin importarme las ropas que dejaste
colgadas en los cráteres de la luna,
y porque los cráteres son,
esos pretextos que exhibimos al pasar a la otra orilla,
donde aún la tierra firme no nos hunde
ese barco de papel que guardamos desde la infancia.
IIISi abres las piernas y me ves,
cuando penetro como mala palabra bien bajo en tus oídos
y sientes una espuma debajo de la lengua,
después podrás lanzarte al vacío y al caer ya es el otoño.
Si besas mis pies ahorcados por tus lágrimas
y solo es el parto de un hombre ,
una manera de curar el desafío.
Si te cuelgas como los fugitivos debajo del polvo de mi garganta
y haces de amante libre de toda sospecha
nadie podrá con esta guerra, nadie alza una derrota,
ninguna víctima podrá desatarnos.
Una penetración y millones de otras,
otro otoño y otras magias,
cada paso sobre la cuerda será parir
un solo cuerpo del tamaño de un latido.
Si te abres y me abres
y la rueda del destino nos catapulta
y tu sexo sigue en mi sexo balanceando su furor de campanario,
nada podrá borrarnos de la historia
como bandidos que siempre merecieron el poder.
IV

Tú cruzas la humedad de mi quejido con la que enamoraste
las huellas en la inocencia del que se encontró con el tesoro,
ladrón y furtivo sin venganza;
debajo de las aguas que se movían
ladronas también de nuestra belleza,
y al mirar en las luces de tu corazón
quedé ciego y vi oscura la ciudad cercana,
y sobre el techo de esos puentes las aves de tus ojos se liberaron.
VNoche en la que supimos hablar con nuestros ojos,
tú te vestías de un árbol frondoso en el misterio,
su voz que era mi voz quedaba en el placer fuera de la batalla
heridos mansamente;
luego nos volaron la cabeza por estar cautivos
en esos besos como hojas en esos días que no amanecen
para no romper el hechizo de la abundancia.
Noche, tú dominas la sangre y las elegías
y cuando quieres desembocas en el vaivén anchuroso de la locura.
Nadie como tú tiene esta pasión
del que nació de una rosa y se desnuda,
tampoco se viste donde acaba un sueño,
donde un ángel puede perderse de su esqueleto;
amada sensación retorna y tómame
cuando del cuerpo la memoria nos despedace.
Vuelve a menudo y tómame
repetiré sin fuerzas tu magia cruzando el aro,
el fuego, los vientos, tu vestidura de piel,
ardientes como esas almas que siguen
desaforadamente blancas.
VIEn los años que perdí la estrella no me alumbraba
y el mundo de allá afuera hizo de juez moral
sobre los mortales que caminaban de espaldas.
Todos esos años los secretos se fueron al envejecimiento
y cada noche iba al insomnio sin despertarme,
descolgado en una explosión sin rumbo,
un cometa un animal que necesita
reconstruirse en una de mis costillas.
Estas palabras no son escritas antes de pensarlas
y no tuvieron felicidad o dolor,
ese misterio ya no lo entiendo ni como raíz.
La libertad me llena de ignorancia
y de lejos puede que mis padres no sepan perdonarlo
si ellos aún duermen el mismo silencio por separado.
Juan Carlos Recio
NY/ Julio del 2010