domingo, 3 de marzo de 2013

Los cabezones de Camajuaní


Los cabezones de Camajuaní: un libro que ni se alquila ni se vende

 
Por: Edelmis Anoceto Vega

 
Cuando en la introducción a Fieras broncas entre Chivos y Sapos René Batista escribió que había podido atrapar la memoria histórica de esas fiestas durante más de un siglo,[1] no estaba dando por concluida su aproximación a este suceso cultural que le era tan caro y que, de hecho, constituyó elemento esencial en su vida y en su obra. Si bien aquel volumen de 2006 es uno de los textos más importantes que se hayan dedicado a esas festividades —el propio René Batista había publicado con anterioridad libros y artículos periodísticos sobre el tema—, existen dos razones para que este autor continuara incursionando en las mismas con la vehemencia y la pasión que lo caracterizaban. Una es la riqueza indiscutible y el caudal de elementos artísticos que se imbrican en las parrandas, los cuales ofrecen mucha tela por donde cortar, gracias a que, con mayor o menor calidad y apego a sus esencias, el evento se sigue celebrando cada año; la otra es la vocación y la voluntad de este investigador, cuya capacidad de trabajo mantuvo hasta los días finales de su existencia. A esto último se debe precisamente que aún hoy podamos seguir disfrutando de libros póstumos como La fiesta del Tocororo o El vuelo de Andrés La Batúa. Este disfrute solo se ve manchado por la imposibilidad de contar con la presencia del autor para compartir con él la satisfacción de ver sus investigaciones plasmadas en blanco y negro.

Esa es exactamente la situación en que me encuentro hoy ante su Los cabezones de Camajuaní. Una tradición canaria, publicado por la Editorial Idea de Tenerife, Islas Canarias, 2012, libro que desarrolla en toda su magnitud el fenómeno que René esbozara en el tercer capítulo del mencionado Fieras broncas… En el presente, como en aquel, se aprecia la intención del autor de respetar la expresión coloquial de los relatores en virtud de la naturalidad y de una comunicación con el lector que apela más a la oralidad que a la literatura. Así visto desde su aspecto formal, el volumen tiene como primera virtud algo ya recurrente y distintivo en la obra de René: la gentileza con que se dirige al lector para exponer más que teorizar. Se trata de una urdimbre articulada en una gracia estilística que se apropia de la especificidad oral como vehículo de expresiones artísticas que hallan referentes en al cultura universal.

De inmediato estamos en presencia del cabezón como figura prácticamente reducida a la invención particular de los habitantes de una localidad, pero que alcanza dimensiones extraterritoriales al encarnar personajes como Liborio, Harold Lloyd, el Tío Sam, Popeye el Marino y Romeo y Julieta, por ejemplo. La historia y la tipología de los cabezones, su especificidad como creación artesanal y en complementación con otras manifestaciones artísticas como la música y la poesía popular son el hilo conductor del volumen, pero durante la lectura no podemos evitar que mediante la palabra viva se nos bosquejen los rostros de los testimoniantes y experimentemos, de alguna manera como coprotagonistas, los sucesos narrados. Así se equilibran magistralmente divertimento y profundidad conceptual, pues en la exposición ingenua se esconde lo verdaderamente enjundioso del mensaje de estos hombres de pueblo, quienes sienten su participación en la parranda no como un acto de repercusión cultural sino como un simple hecho de su más natural cotidianidad pueblerina.

Es la parranda camajuanense un fenómeno de la cultura popular que cuenta entre sus particularidades identitarias al cabezón, de hecho su evolución en el siglo xx está atravesada por la presencia de este elemento bailable, aunque también por el profundo vacío que ha marcado su no aparición en las últimas décadas de esa centuria y hasta nuestros días. Debe considerarse que una expresión de tal espontaneidad como el cabezón de parranda, como cualquier otra, parte de una necesidad y halla su justificación en las interioridades socioculturales que rigen el pulso de la creación popular; los pueblos le abren sus puertas, la acogen y la protegen como algo valioso para su propia existencia, aun sin caer en la cuenta de esa realidad. Propiciar su continuidad sin violentar con fórceps esa acogida es, por lo tanto, una forma directa de proteger las comunidades de agentes externos nocivos como los medios masivos de vulgarización y banalización, siempre al acecho para llenar vacíos espirituales; por otro lado, el soslayarla o minimizarla mediante una filistea devaluación puede abrir profundas heridas en la psiquis colectiva y en la calidad de vida social. Es por ello que esta compilación de testimonios nos convoca, más que a evocar, a tocar sensibilidades y a remover conciencias acerca de la pérdida de este elemento competitivo de los barrios parranderos. Nada mejor en ese empeño que pasar por alto estudios científicamente prejuiciados que desde las distancias burocráticas y laptopcráticas ven desvanecerse lo que las comunidades han forjado durante tantos años y que muchas veces constituye parte esencial de sus vidas.

Urge ir directamente a presentar, por ejemplo, a la familia de cabezones que se topa con un funeral a las tres de la mañana, o al hombre que estuvo cinco días con el cabezón puesto, o a los cabezones autodefensivos, o la posible intervención norteamericana en la Isla por el secuestro de un cabezón, o la boda de dos cabezones que luego tuvieron tres cabezoncitos, al parrandero que al rescatar el suyo sentenció machete en mano: «¡Arriba, bola ’e cojones, echen el cabezón pa’ arriba del camión o los hago picadillo!», y luego colocó un cartel en la fachada de su casa que decía: «No moleste que no presto el cabesón no lo alquilo no lo vendo y lo bailo cuando me de la gana gracias».[2]

Atrapar la memoria histórica de las parrandas no era para René Batista otra cosa que tocarla con la mano, posibilidad que tuvo, por supuesto, al ser protagonista y espectador excepcional de las mismas. Era acopiar cuanta foto existía y cuanto impreso se publicaba; era preocuparse en detalle por el procedimiento artesanal en la fabricación del cabezón, los materiales, el vestuario, la forma de bailarlo, su relación con manifestaciones como la música, la danza, la décima y las artes plásticas, su iconografía, el impacto que producía en los pobladores según fueran estos menores o adultos; pero sobre todo era, mediante sus propias palabras, por más sencillas y campechanas que fueran, salvar del olvido a los hombres y mujeres que hicieron posible este hecho cultural y otorgarles con ello un lugar de trascendencia que difícilmente tenga cabida en otro tipo de investigación folclórica.

Con este libro se reafirma además la validez de un género que en los últimos años viene ganando plazas en el movimiento autoral villaclareño, y que marca una diferencia con respecto a otras provincias —revísese en este sentido los premios Memoria del Centro Pablo—. Mucho ha tenido que ver en ello que sea el nuestro uno de los pocos territorios, si no el único, desde donde se convoca un premio de testimonio. En el devenir de esa práctica en predios villaclareños, con antecedentes emblemáticos en José Seoane Gallo y Samuel Feijóo, la figura de René Batista se suma como ejemplo impulsor de una labor literaria muchas veces preterida y subvalorada por instituciones reduccionistas, exclusivistas y «belloletristas», tanto editoriales como de promoción.

Se hace preciso aclarar que si bien en el título se especifica que se trata de una tradición canaria, la indicación sirve solo como punto de partida para desarrollar el proceso de arraigamiento en Camajuaní, por ello bien se lee en la introducción, donde el autor hace una reseña histórica desde la aparición del cabezón en Cuba y luego en su pueblo natal, que «lo demás es historia que va a ser contada por los testimoniantes».[3]

El hombre y el investigador René Batista sabía, quizás de manera intuitiva, que una tradición tiene nacimiento y muerte naturales, pero también, por experiencia de vida, que esta puede romperse de manera forzada, quedando solo rutinas que no refieren a ninguna verdad esencial del contexto donde tuvo surgimiento, dando lugar a fetiches y reproducciones esteriotipadas que no se ajustan a los marcos establecidos por la misma tradición. El escritor René Batista sabía a todas luces que la creación popular era el indicador más elocuente de la riqueza espiritual de sus conciudadanos, mostrarla al mundo fue un hecho de puro altruismo, pero también uno de sentido de pertenencia y de amor a su pueblo. Camajuaní debe tener ese gesto en gran estima. En este sentido se impone llamar la atención a los implicados en las parrandas camajuanenses, instituciones, instancias de gobierno y pueblo, sobre el hecho de que paradójicamente es en esta publicación foránea, que por derecho propio merecería un sitio en cada biblioteca particular del poblado, donde queda perpetuada una zona de su identidad que a nadie incumbe más que a ellos.

 



[1] Cfr. René Batista Moreno: Fieras broncas entre Chivos y Sapos, Editorial Capiro, 2006, p. 11.
[2] Se respetó la ortografía.
[3]