sábado, 5 de mayo de 2012

CUANDO SE ESCRIBE PARA LOS OTROS.




Hace no mucho tiempo trazaba un itinerario de la vida de dos escritores que no tuvieron la suerte de coincidir sus trenes, no hubo una estación definida para concretar el encuentro. Hablo del post que escribí para un acercamiento a la poesía de Camilo Venegas, ESCALERAS PARA SUBIR AL CIELO. http://www.sentadoenelaire.com/2010/05/escaleras-para-subir-al-cielo.html

 De alguna manera quería cumplir con esa nostalgia de aquellos tiempos que nunca son totalmente del pasado, y  recordar lo posible desde una Gaveta que podía también ser donde caben o se clarifican, no los destinos de un país pero sí gran parte de esa nostalgia. Y es que aquella guarida refugio donde Bladimir Zamora me comentó por vez primera de Venegas, y el verso de Emilio García Montiel, tienen a mi capricho, el que uno quiere treparse en esas sensaciones casi inigualables donde lo que escribe otro te pertenece, por razones que muchos "otros" pudieran reclamar. Hace apenas una semana, por gentileza de su autor,  ¿Por qué decimos adiós  cuando pasan los trenes?,Ediciones Capital Books ), tuvo su mejor itinerario virtual ante mis ojos; hay cosas que parecen tan veloces como un clip, o como uno de esos trenes donde se nos va la vida, en curvas y cañaverales que fueron dispuestos para ver perderse sin entenderlo, los destinos de un país con todos nosotros dentro, y perderse además aquellos colores de la infancia que no volverán, porque como en los estadios, todos juntos podemos perder no sólo un juego importante, sino el sentido de las cosas que nunca más serán las mismas, excepto, en la memoria.

Lo cierto que aún sigo sin conocer al autor pero algo me dice que uno se equivoca al pronunciarlo, quizás es mentira, debe ser una contradicción, es un imposible no conocer a este guajiro del Paradero de Camarones, no se trata de su bitácora, de su muro de Facebook, es su mundo expuesto para entrar, como lo hacen los trenes a su llegada a la estación, por increíble que parezca, esas cosas sólo pueden darse, cuando en realidad el escritor no solo ofrece un ticket, un puesto en un vagón, un pasillo con algunas ventanas por donde se describe el paisaje, el hombre que sabe por qué decimos adiós cuando pasan los trenes, ofrece todo el peso de su insomnio, diría concretamente que él ha estado embarazado por mucho tiempo, que tuvo el acierto de no quedarse en desgarrar la historia para que hagamos catarsis con su feeling, tiene al contarnos una manera mágica de hacer que entremos, no hay casualidad de quedar fuera, uno vive y respira como uno de sus personajes, toca y huele el polvo de las cosas que inevitablemente van al polvo, pasa y marca las huellas por donde ya estuvo, y todo lo logra como se suceden esas postales de la vida real, porque cada cosa, momento, cada rostro tiene el arraigo de una identidad que nos pertenece, no importa en cual ciudad o mapa del mundo ud. ha nacido, es como una estación donde se arriba sin importar si uno lo merece tanto, es como ese primer amor de juventud que nos quita la virginidad pero en su esplendor nos deja intacto aquel latido para siempre. Y para colmo, Camilo Venegas saca uno de esos faroles que no son imaginarios y nos ilumina:  En el salón de espera hay dos bancos inmensos, uno frente al otro, de manera que todos los que se sientan en ellos están obligados a mirarse a los ojos o a bajar la vista. O cuando su abuela  se refiere a uno de esos días sin nombre —En esta casa siempre tuvimos un motivo para tener una vela encendida —dijo Atlántida con la vista fija en ese lugar que ella mira cuando no mira a ninguna parte—. Antes los días tenían su santo escrito debajo del número.

De todos modos yo bien pudiera plagiar todo esto desde los itinerarios que terminado de leer ya reclamo, bien pudiera haber nacido del humo de esos trenes que pasan y se llevan como en un coro nuestras voces, pero le advierto, si ud. quiere, si lo desea mucho, como suelen ser esos sueños que queremos cumplir con los ojos abiertos,  verse en la luz de un farol o convertirse en un cambiavías o, llegar a esas historias donde por misterio la belleza bajo un cielo azul puede ser tan complicada y repetida como uno de esos silencios de un pueblo fantasma al mediodía con sus casas despintadas y sus paredes a cal y canto, por donde pasan unas nubes enormes de los incendios vecinos, o por donde se pueda llegar como el ruido de una locomotora antigua, el ladrido de un perro a medianoche, o por qué no, ser tan sabio para contemplar un tiempo pasado que siempre fue un porvenir mejor inscrito, aquellos tiempos donde ser feliz no pareciera tanto el peso de una condena, y donde la campana de una iglesia, el lamento de un ingenio en plena zafra o el rugir de ese león al inicio del filme que un cine de pueblo tiene, _para acomodar sus almas_, que de alguna forma no desean dejar de rodar, como les pasa a las monedas que se nos caen de improviso. Si de verdad quiere entender ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes?, no se quede solo como una res a la intemperie, camine sobre el riel, y busque en este libro por donde pasan no sólo los trenes y las personas que les sirven: Si se requieren las medidas exactas de algún personaje, puede que esté en las paredes de una de las habitaciones.  En la estación exacta donde como en los estadios, se respira el aire: Entre el cansancio de un hombre que no quiere llegar y el letargo de un mundo que no quiere salir.
Juan Carlos Recio
NY/ Mayo 5 del 2012
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Paradero de Camarones, tomada del Fogonero.

Apuntes para el escenógrafo


El escenario debe ser mucho menos realista
de lo que supone esta descripción.

Tennessee Williams



El escenario es una vieja estación construida por los Ferrocarriles Unidos de La Habana en 1914. A su alrededor no hay ni siquiera un detalle que no pueda verse en cualquier vieja estación de las tantas que aún persisten a lo largo de toda la Isla. Si se miran desde un aeroplano, las líneas de ferrocarril y los caminos parecerían heridas abiertas en una uniforme combinación de verdes intensos y sol irresistible. Los interminables campos de caña y las aisladas torres de los ingenios azucareros se suceden una y otra vez.

La estación está pintada de gris con las puertas en azul y los frisos en amarillo. En una de las puntas del andén podrá leerse el nombre abreviado del pueblo: Camarones. El edificio tiene la inexplicable forma de un castillo, pero sus merlones y almenas no consiguen disimular la parte más elevada de un techo de zinc a cuatro aguas.

A un lado de la ventana de cuatro hojas de la oficina, que sobresale del resto del edificio, se conserva aún el gancho de la campana con la que se anunciaba la salida de los trenes. La campana desapareció hace mucho tiempo —existe la hipótesis de que fue robada para una iglesia de papier maché que desfiló por las Parrandas de Remedios—, pero su sonido podrá reproducirse cuando se quiera conseguir un ambiente melancólico, imperecedero.

Para los fondos es suficiente con un hermoso cielo de verano. En esta región, aún en lo más gris de noviembre o febrero, siempre es un hecho el sopor de julio y agosto. La estación tiene dos andenes, que al unirse forman lo que en geometría se conoce como un triángulo rectángulo. En un andén, el de la fachada, se detienen los trenes que circulan entre Cienfuegos y Santa Clara. En el otro, sólo los que se internan o salen por el ramal Cumanayagua (el ramal fue demolido a finales de la década del noventa; en las historias donde ya no existe, la línea debe sustituirse por un hierbazal y dos vagones —una plancha y un caboose— que permanecen varados allí).

Las luces exteriores de la Estación son bombillas de cien bujías protegidas por pantallas de metal. Su luz cenital es muy parecida a la de ciertos cuadros de Edward Hopper. En general, la obra del pintor norteamericano puede ayudar mucho en la iluminación. En el Paradero de Camarones, incluso en el mismo punto del mediodía, la luz crea sombras exageradas que siempre se juntan para establecer nuevas penumbras. 

El interior de la estación está pintado de blanco, azul cobalto y de un amarillo parecido al del heno. De las paredes cuelgan itinerarios y avisos. En la oficina hay un viejo reloj de inmensos números romanos, un boletinero, una caja fuerte, teléfonos de manigueta, faroles, arcos de vías y banderolas verdes, blancas y rojas. En el salón de espera hay dos bancos inmensos, uno frente al otro, de manera que todos los que se sientan en ellos están obligados a mirarse a los ojos o a bajar la vista. En el cuarto de expreso hay dos carretillas (una grande y una pequeña), una romana, muebles, latas de películas y bultos que pueden ser despachados en el próximo tren.

La casa de vivienda no se ha pintado hace mucho tiempo y eso debe notarse. Todas las habitaciones fueron blancas con una cenefa azul oscuro de poco más de medio metro, pero sobre ellas hay ahora una manto de humo que han aportado el bagacillo de las cañas quemadas y el polvo que le sacan a las piedras los trenes que pasan.

El techo por dentro es de un tabloncillo muy cuidado, pero colmado de telarañas. Es obvio que su altura no permite que se desholline con regularidad. En muchas paredes hay apuntes hechos a lápiz, por lo regular medidas de corte y costura que no pertenecen a ninguno de los que habitan la casa ahora (los hizo la señora Morales, esposa del anterior jefe de Estación). Si se requieren las medidas exactas de algún personaje, puede que esté en las paredes de una de las habitaciones.

La humedad de las filtraciones y las goteras ha provocado grandes manchas y descascarados en las paredes, sobre todo en el último cuarto, en la cocina y en el pasillo que une las dos mitades de la casa. Cada habitación tiene una altísima ventana de dos hojas y dos postigos. Las ventanas podrían desvanecerse antes de llegar al techo, permitiendo que la sombra de los trenes que pasan se proyecte en él, lo cual simularía el efecto de un cinematógrafo.

Una magnífica balaustrada protege el interior de la casa, por lo que las ventanas siempre permanecen abiertas al andén. Cuando los personajes aparezcan por las puertas y las ventanas, como maniquíes o figuras rígidas, inanimadas, el espectador debe parecer un voyerista que se entromete en lo privado de esos seres.

Los muebles no se diferencian en gran cosa de los de cualquier casa cubana de los años cincuenta (en casi todas han permanecido los mismos desde entonces), los adornos tampoco (un Buda de falsa porcelana, un elefante de espaldas a la puerta de la calle, una pareja de cisnes colgando de la pared, figuritas de biscuit, un Sagrado Corazón de Jesús y retratos de la familia en bodas y cumpleaños).

Salvo un piano vertical color bambú (que ahora yace desafinado y deshecho por el comején), la mesa, las sillas, el gabinete, el aparador, las mesitas de noche, las coquetas, los sillones, el sofá y los butacones son de un humilde eclecticismo y a duras penas han logrado resistir el peso de tantos años. En la cocina la luz es muy poca debido a que su ventana es mucho más pequeña que las otras.

Sólo hace falta llamar la atención sobre la enorme campana de la chimenea y sobre un viejísimo radio Westinghouse que hay encima de una mesa sin pintar. Todas las luces del interior son incandescentes y de mucha más intensidad que las requeridas por las dimensiones de los espacios. Si se mira desde lejos, la Estación puede parecerse a la casa excesivamente iluminada por dentro que Edvard Munch puso al final de su cuadro Stormen.

Las luces tienen unas pantallas nacaradas que son originales de la casa, salvo en la sala, donde hay una vieja lámpara de cobre que cuelga de lo más alto del techo y se mece cuando el aire sopla con demasiada insistencia. En cada una de ellas, cuando están encendidas, permanecen revoloteando mariposas nocturnas y toda clase de insectos.
tomado del Fogonero.

El Paradero de Camarones debe dar la impresión de estar muerto, deshabitado y conviene que los personajes permanezcan inmóviles, sin mirar a ninguna parte, el mayor tiempo posible. Dos carreteras y cuatro callejones dividen caprichosamente su geografía, sin permitir que una de sus porciones se asemeje a la otra. Dos tiendas, un bar, una barbería, un cuartel, escuela, una farmacia y un cine es todo el espacio que tienen para moverse los personajes cuando no están en sus casas o dentro de un cañaveral.

Si con estos apuntes no se consigue reconstruir el lugar, con un hermoso cielo de verano es más que suficiente. Tampoco debería desdeñarse el sonido de la campana. Lo demás puede resolverse con el ruido de los trenes y sus abruptos pitazos que taladran al silencio de pronto, ahogando cualquier voz o cualquier canción.

Hay Luna llena siempre.