lunes, 27 de febrero de 2012

EN BUSCA DE PIERNAS BLANCAS

LOS HECHOS SIEMPRE PUEDEN CONTARSE DE OTRA FORMA.


Advertido por la contracubierta del libro En busca de piernas blancas de Jorge Luis Rodríguez, donde Ernesto Peña nos interroga y responde para provocarnos su lectura, entre otras cosas y cito: Y quien pensara que el autor falta a la “verdad histórica” a favor de la emoción épica, debería recordar las palabras de Herodoto en elogio a Homero:“que no es poeta quien no sabe fingir”. Advertido, pude entrar y he imaginado cosas:

Un libro donde las respuestas a hechos que no son vistos desde la fidelidad a la historia misma, lo que pudo ser mejor desde la fabulación sobre lo que se supone ha sido, narraciones creíbles que si mienten son funciones para un lector que queda atrapado y se trata mucho de ir a un tiempo al que no sabemos bien, si verdaderamente ahora se ha vuelto, o si por allí fuimos. Lo cierto, narrado con una sagacidad para hacer que entremos a esa maquina atemporal donde personajes y situaciones nos permiten ser también unos cómplices muy ensimismados en ese logro del autor, donde uno cree en la lectura desde la posible idea de que las cosas pudieron suceder realmente como se fábula, al menos crea un paralelo sobre lo que finalmente nos hace reflexionar, un gusto por pensar en ello como una posibilidad finalmente vivida.

Sin dudas diez narraciones donde el autor deja claro su dominio de constructor de tramas que no pueden ser desapercibidas por la abundancia de publicaciones y porque una y otra vez, algunos quieren repetirnos historias apenas dispuestas sobre libros de textos, lo cierto que Jorge Luis ha dado pasos agigantados en este caso, y toma un rumbo contrario, a veces importa mucho que nos cubran con esa magia de contarnos cosas que quizás lo menos importante, es saber si pertenecen a alguna realidad concreta, o si desde esa realidad las cosas que puedan dar otras lecturas, cobran su importante lugar en la historia que fue, mejor es pensar que la búsqueda no es finita, las historias bien contadas nos responden cosas desde otra reinvención que siempre supera a la que nos dijeron, no es la imaginada.
Lo siento en el aire y Ud., imagine desde ahora que su propia vida pude ser otra, o que es un reflejo futuro de lo que se supone ha dado el pasar por ella sin pretender que todo con exactitud es un sueño.
Juan C Recio, NY, Febrero 17 del 2012
EN BUSCA DE PIERNAS BLANCAS
 Maldices este país y bajas el revólver hasta las piernas. Cuando muere Quintín Banderas ya nada tienes que hacer en el mundo del honor: es una certeza que te llega después, mucho después, cuando ya estás empantanado. Miras en las cachas de nácar las letras en inglés de la empresa. Intentas leerlas pero no puedes. Pegas las cachas hasta tu nariz y ves las hendiduras en el material sabiendo que algo importante dicen. Bajas el arma. Un veterano pobre es una mariposa gris, le oíste cantar a Manuel Corona en una esquina de San Isidro; para ti es peor, piensas, eres un veterano negro alzado en el setenta y cinco que llegó a coronel; ya sin prestigio, sin el prestigio regio de Quintín, de Maceo... Miras las hombreras vacías del uniforme: cambiaste los grados por dos cajas de ginebra a un holandés, amante de las revoluciones justas y de los museos. Tú amas las piernas blancas y la garganta húmeda y algo más. Hicieron el trueque en silencio, su secretario tomó los grados con un temblor astuto en las manos y se fueron calle abajo, rumbo al puerto. Los viste confundirse entre los carretones que iban y regresaban de la aduana. Tomaste rumbo a San Isidro a localizar a la tal Petite Berthe, para dos días de cumbancha. Así empezó todo; al salir de la accesoría aplastaste una mierda de vaca de varios días, pero seca de siglos, sabes de premoniciones, de imágenes leves que muestran el porvenir, y esa mierda te mostró la sabana del futuro, que ésta es una patria de mierda, de pura mierda y que lo puro hay que buscarlo en el éter. Bien lo dijiste, Quintín, lo bueno está en el éter y lo demás son palabras, lamentos de gatos en la noche. Esa misma tarde conociste a Pepito Basterrechea, defendiéndolo en una trifulca con dos gallegos corpulentos. Te agradeció con una invitación a beber a la Acera del Louvre, donde Yarini tenía una mesa fija y estaba en ese momento. Llegaron y no lo vieron, estará, dijo Pepito Basterrechea y deambularon por San Rafael, por Neptuno, calle arriba, calle abajo, regresaron y lo vieron allí, vestido completamente de blanco. Era verdad, obtenía todo por lo amable, aunque podías descubrir un perro debajo de aquel ropaje, con sus maneras cuidadas de buen ver. Ya estaba enterado de todo y de quién eras. Hablaron de la Petite Berthe, la francesa endemoniada de que tanto se ha hablado en La Habana; de su paso para el bando de los guayabitos, que cuando regresara Louis Letot, el jefe de los chulos franceses, iba a acontecer algo gordo, que él no empezaba por una cuestión de honor, que sus guapos estaban resguardados y deseosos para entrar en acción, con sólo un chasquido de dedos; lo hizo con sus dedos blancos y cuidados y todos en la Acera del Louvre, pendientes de Yarini, hicieron silencio, un silencio roto por la carcajada de Pepito Basterrechea.
Siguieron hablando de guerras, de muchas anécdotas y del asco de los partidos de ahora, del bochorno de ese José Miguel Gómez, que Menocal lo resolvería todo cuando llegara, y nuestra zona, miró a Basterrechea con orgullo, será expandida hasta lo increíble, abrió las manos y posó la derecha en tu hombro. Era una invitación al partido, a su grupo de guayabitos, al barrio de San Isidro, a donde la Petite Berthe, y aceptaste. Ya eras parte de ellos y lo fuiste hasta que lo mataron. Era otro comienzo, y de premio las piernas blancas siempre a tu disposición, la garganta húmeda como un pozo sin fondo: ¿Con pegrrito o sin pegrrito? Con esa pregunta bajaba el aluvión por tus piernas. Has tenido muchas mujeres: negras, blancas, mulatas, chinas de un solo ojo, indefinidas por la costra de churre de varios días de campaña y algunas obligadas, son las más sabrosas, esas que se retuercen en los brazos o en las piernas las más fieras... Sientes arrepentimiento y llevas el revólver a la sien. Deseas apretar el gatillo, recorres el guardapolvo, una y otra vez, con solo bajar el dedo sería problema resuelto. Pero no. Lo retiras agotado por levantarlo tantas veces y sientes el sudor en la nuca con olor a monte y a hembra. Aún guardas el olor de la blanca de Mal Tiempo, qué hembra aquella, piensas. Su resistencia con el español aquel y los gritos de rabia por no poder zafarse del soldado, los arañazos que viste en el cuerpo tieso cuando acabaron y fueron descubiertos por Quintín. Ella se te dio por agradecimiento, al principio con recelo, como las batallas que se empiezan y se tiene miedo por inferioridad numérica o de pertrechos, se te dio aún con el cañoneo por encima de su cabeza y los trotes de caballos desbocados; todavía sientes su olor a monte en la nuca, olor a ceiba florecida, al algodón pulposo de la ceiba, y descubres que nunca le has preguntado a las putas de San Isidro si el algodón que usan es de ceiba. Con las francesas no has sentido el olor, pero te has sentido distinto, con solo decir: ¿Con pegrrito o sin pegrrito? Sus silabeos de erres sueltas, de sinsontes libres en tu oído; los ojos verdes, azules, violetas y los negros noche de la Petite Berthe, con su nacimiento de senos lechosos por debajo del encaje rosado. El revólver se levanta en tus piernas con la erección. Eres un perdido, hasta en esta hora te hombreas con el recuerdo de putas.



Es un trabajo fácil, fácil para ti que has guerreado y ríe Yarini, Basterrechea lo secunda, tienes tres tragos y todo te da igual, ríes también. Tendrás los gustos copados y las hembras (las mejores hembras de La Habana, por cierto) a tus pies, afirma Pepito Basterrechea y ríe, ahora Yarini lo secunda; parecen hermanos, jimaguas hermanados por la bragueta y asientes sin pensarlo, sin importarte que tengas que matar gente que no conoces, que nunca conocerás. Pero no piensas, es mejor no pensar y dejar las cosas a esa altura. Les estrechas las manos y toman rumbo a San Isidro, el barrio de la tolerancia, donde todo se puede y Yarini lo va mostrando distinto a tus ojos como algo particular, como se muestra un traje en el armario; él va mostrando las putas, sus cualidades, sus piernas, les da cachetadas de cariño, algo duras a tu parecer, los lunares naturales de alguna; sientes tus ojos ávidos de ellos y de esa piel blanca y te susurra al oído cómo les gusta a cada una que se lo hagan, ellas ríen y saludan a la muchedumbre que los persigue, no habías vuelto a ver tanto deleite por un hombre, desde que entró Máximo Gómez, con la diferencia de que aquel era un héroe escuálido y Yarini un chulo joven, un guayabito de alcurnia. Aceptas y esa misma noche oficias al primero, un militar de artillería que se ha negado constantemente a pagar sus noches. Es una muerte fácil, de sólo hundir el puñal en el abdomen, y te marchas de la callejuela a darte unos largos ginebrazos. Deambulas por las calles, como harás de ahí en lo adelante hasta altas horas de la noche, por frente a los nuevos dueños, a los palacetes que se construyen como panales de avispas y te muerdes la boca todas las noches al verlos ostentar la libertad que a tanta gente desangró en el pasado. Recuerdas la primera carga al machete en que participaste, sentiste miedo pero sabías a dónde ibas y fuiste con los ojos cerrados a enfrentarte a la muerte, eras un simple esclavo escapado del ingenio Santa Rita, cómodo en el inicio de la lucha, sintiéndote ilustre por los recibimientos apasionantes en los puebluchos, era ese ser querido, aceptado por la gente, el que te motivó a luchar y llegar hasta coronel cortando cabezas hasta más no poder; como ahora ser querido por todas estas putas y este partido no menos puta. Aunque sea olvidando el prestigio regio, la galanura del paso, las leyes de la hombría que creías salvaguardar después de la muerte de Quintín y que lograron alcanzar a filo de machete y que crees reconquistar con un puñal ahora. El revólver es un temblor y oscila entre leves movimientos de izquierda y derecha, tus ojos lo siguen y crees ver la cara de espanto del segundo, tuviste que tomar varios ginebrazos para darte valor y oficiarlo desprevenido. Con los otros después no sentiste nada, solamente hundir el puñal hasta el cabo y cambiar la vista de la cara, para no perder el valor. Se había regado tu nombre de guerrero fogoso, reconquistó su lugar y te recordaban junto al otro negro de fuego, ahora agregaban las putas el renombre de macho templón y por lo bajo el de puñalero entre vendedores de baratijas y pequeños negocios que cambiaban la acera para saludarte con una leve inclinación del sombrero. Los chulos franceses cambiaban de calle pero en sentido contrario; no por miedo, que estabas seguro que no le temían a nada, sólo estaban acéfalos y esperaban un mejor momento para actuar, cuando llegara el famoso Louis Letot. También lo aguardabas dándote a la Petite Berthe, que Yarini te ofreció como obsequio por la fama; que ya llegaba a palacio su reputación como dueño absoluto de San Isidro. Se alababa tu nombre en el pueblo y en las filas de los veteranos, divididas, unos envidiaban tu posición y otros enlodaban tu nombre a diestra y siniestra, hasta te gritaron desde una volanta, a todo pulmón, que eras un bochorno y siguieron a un paso agitado por la calle, no les ibas a contestar nada, te recostaste a un poste, querías irte, quizás a Costa Rica, junto a los cubanos que no quisieron volver con Maceo para una guerra incierta, llena de palabras y abalorios. Irte, comenzar de nuevo, pero desististe, todo sería igual, la misma porquería. Dejas en la silla el revólver, vas hasta la tinaja y sacas un poco de agua que echas en la jofaina. Humedeces una tela y recorres el cuello varias veces. Miras la bandera de Céspedes, el primer blanco que hizo algo de verdad por nosotros. Te sientas afuera, el clamor de los pregoneros se mantiene inalterable a pesar de estar oscureciendo y el barrio de San Isidro no tener dueño. La Petite Berthe está muerta, también Letot, y Yarini; Pepito Basterrechea mató a Letot, cuando éste mataba a Yarini, y ahora está preso. Se ha dado un entierro por Yarini que ha conmovido hasta a los espíritus más puritanos. Yarini era Cuba, porque era mierda. Murió en manos de un extranjero de su misma estirpe como hemos muerto en manos de otro sin saberlo; a traición con un recadito de puta, con una asistencia de un barrio de tolerancia. Levantas el revólver y lo llevas a la sien, lo bajas al cuello con un gesto de pesar hasta la cicatriz que semeja un surco de caña, igual a los de Santa Rita, largo y doloroso. Después lo bajas con resignación, no tienes cojones para matarte, lo sabes. Lloras unas lágrimas redondas que se enmarañan en la barba, se enroscan y van desapareciendo en el pelambre canoso y sucio del tabaco, en lo ceniciento de las cerdas como te dijo Maceo una vez: Limpie esas cerdas, que los negros también lucimos.
Ya es de noche. Desististe hace rato de matarte, no eres hombre para eso, te falta valor, nunca serás Céspedes. Sales a la calle y deambulas; el revólver en el cinto del uniforme intachable, salvo los grados, que no quieres usar otros de tienda, sino los de campaña. Caminas y caminas de un lado para otro sin intentar adentrarte en una taberna. La noche y La Habana están cerradas, muchas patrullas de policías y artilleros de a dos, de a tres los más, te miran intrigados, vas pulcro como hace tiempo no andas y sólo miras La Habana; no la imaginabas así, solitaria y bochornosa. Una volanta pasa veloz y el caballo deja caer sus mierdas a tu lado como en esas escenas móviles de los teatros que tanto están de moda. Vas directo a una patrulla de artilleros y abres fuego sin pensarlo, sin importarte que no le apuntes a ellos sino a la vieja muralla, la vieja división de la ciudad. Disparas con los ojos cerrados, porque no has sido hombre y no irás con el otro negro de fuego, sino con la turba de piernas blancas y gargantas húmedas. Sientes los gritos, los pasos, imaginas las piernas como cascos de caballos en tropel y los fogonazos de la patrulla dan en tu pecho, te flexionan las rodillas, pero ya nada sientes y sólo ves estrellas en tu cabeza, tres estrellas refulgentes que se desvanecen al abrir los ojos cuando caes y te socorren en dirección al hospital más cercano, donde las putas reposan sus sífilis y las demás inmundicias del cuerpo y del alma.
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Datos del autor:
De pie Jorge Luis Rodríguez Reyes, en el lanzamiento de mi libro.
Nació en  Trinidad, Sancti Spíritus, Cuba en el año 1980. Es Licenciado en Humanidades. Profesor adjunto en el ISP Félix Varela. Imparte Literatura Universal en la Facultad de Humanidades. Miembro de la AHS y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha obtenido el Premio Nacional de Talleres Literarios. El Premio Nacional Fotuto de Narrativa, El Premio Nacional Fotuto de Narrativa, Comarcal ,,, . Mención en el Premio Nacional Hemingway, 2006. Sello Editorial Sed de Belleza, gracias a este tiene publicado el libro: En Busca de Piernas Blancas. Ha publicado en El Caiman Barbudo y otras revistas cubanas.

1 comentario:

Hermes Diaz Trujillo dijo...

un relato de excelencia... !!!