domingo, 29 de julio de 2012
EN LA SOMBRA DEL SILENCIO
Apuntas a todo silencio
y no sabes, no quieres
ver en la sombra de las palabras que fueron
cuando el cuerpo tibio
era en el discurso de los cómplices
todo el esplendor de un cielo
puesto debajo de tus pasos
como si caminar de espaldas
te iría a salvar de cada abismo.
Hace tiempo tus senos no dan leche
y no aparecen con frecuencia
aquellos peregrinos que tomaban de tu sexo
hasta dejarlo seco
_o, en sus_
gargantas irritadas se desvanecía.
Nunca
puedes imaginar la sombra
que puedan tener
los días del futuro
lejos de tu país
conforme con la cuota de libertad
que te llevan hasta un atardecer
a ver de fuera lo rojizo
y la vida consume
aquellos suspiros que comparabas
con el sudor mezclado en los sacos de azúcar
de esos estibadores de la nada
que suponías iban a sacarte lejos
del plomo de aquellos presentes
donde querías toda la libertad sin miramiento.
Dibujo Gélico
Hace mucho no has visto
ni de lejos arder cañaverales
hace un silencio que deja fuera
el recuerdo sobre el color de la ceniza.
Luego, escuchas las voces
de uno y otro lado quemándose
y no puedes aclarar y no deseas
una mierda de convencimiento;
los sordos tejen ese ruido:
a ellos la patria les pertenece,
a ti te lleva a la sombra del silencio.
viernes, 8 de junio de 2012
DE LECTURAS QUE POR ADELANTO NOS ROBAN.
Algunas razones o cuestionamientos no tienen una respuesta inmediata o clara en nuestra mente. Cuando hace algunos días, en un viaje en bus hasta mi trabajo, conversaba por teléfono con Sindo Pacheco, sentí uno de esos estados de ánimo donde sin motivos aparentes, algo me preparaba para una lectura que ha llegado ahora vía online. El beso de Susana Bustamante. En dicha conversación telefónica, el Sindo y yo, tocamos el tema de La Presa Zaza, de los días lluviosos en Santi spíritus, incluso de que sus nietos bien parecidos -que además posan en las fotografías- como personajes de cine, los gatos y cuanto ser respira en su casa, de alguna manera se me parecen a muchos de sus personajes por venir. Como no soy un adivino, mejor un papagayo, aquel fragmento de conversación al concluir, me dejó con la idea de que dos campesinos tuvieron una charla sobre cosechas y cosas por el estilo y con ese augurio de sabios que se adelantan y leen en la naturaleza y estado de las cosas, me bajé del ómnibus con aire de conquistador sin todas las respuestas, claro; pero uno de esos conquistadores de tiempo que suelen aprovechar los más simple de los diálogos para entrarle a el trabajo como si no fuera nada tedioso, y sin la clásica pregunta: ¿Quién inventó tal artefacto de mortificaciones anímicas?
Sobre esto de imaginar lo que otros escriben sobre lo que imaginan o crean, soy más que espiritista, un médium; además, supongo porque conozco de ese mundo infinito que este narrador siempre lleva en su cabeza, no solo de lecturas a libros suyos, sospecho que no siempre las personas hacen corresponder lo que hablan con lo que piensan, de modo que mucha gente a veces me suena a personajes de sus historietas, pero al Sindo que conozco, nunca lo veo en otro personaje que no sea el mismo. No quiero regalar una crítica o tratado para sostener nada, lo que descubro desde el lector lo promuevo desde el gusto y el disfrute y lo sueno al aire, donde suelo sentarme como si fuera aquel personaje: Hucckcleberry Fiin, metido en un barril con su pipa y sus palabrotas, desde donde el mundo era muy pequeño en comparación con su fantasía. Sea, este fragmento un regalo para quienes la buena lectura les suele provocar motivos suficientes de que buenos augurios y buenas cosechas, son como hermanos gemelos vistos desde un lente muy nítido o un buen espejo.
Juan Carlos Recio
NY Junio 7, 10.39 am, del 2012.
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CAPÍTULO II
UNA VISITA TENEBROSA
Ya era casi de noche cuando nos reunimos en la esquina. Un viento misterioso movía las hojas de los árboles.
—¿A qué hora es la cosa? —preguntó El Abuelo.
José miró su reloj.
—Todavía es temprano.
Dimos una vuelta por el barrio en busca de enemigos: Camacho o los jimaguas, o de Carburo en persona, pero las calles estaban desiertas. Algunos borrachos cantaban junto al traga-níkel de la cafetería de Graña, y un perro sin rabo bajó a toda velocidad por Masó en dirección a la cañada.
El cementerio queda por la carretera de Santa Lucía, por lo que hay que hacer un recorrido grandísimo, cruzando el centro del pueblo hasta llegar al otro lado.
El centro son cuatro o cinco cuadras de tiendas de ropa, con vidrieras y espejos; y de cafeterías y bares, donde los hombres beben ron a cualquier hora del día o de la noche. Hay una heladería, cuya máquina hace girar unas paletas y el helado va naciendo a la vista de todos. Además, hay un parque de sentarse los viejos, y otro parque infantil, un cine, y una terminal de ómnibus con guaguas para ir a Sancta Clara, Sancti Spiritus y hasta a La Habana si uno quiere.
para ir a Sancta Clara, Sancti Spiritus y hasta a La Habana si uno quiere.
Pasamos junto a la heladería.
—¿Y por qué no nos comemos un helado? Yo tengo treinta quilos —le pregunté a José. Cada vez que yo paso frente a la heladería me dan deseos de comer helados. La heladería huele a coco, a mangos, a naranja-piña y a mermelada de guayaba.
José tendió la mano.
—Dame acá esa plata.
Le entregué las monedas.
—¿Alguien más tiene dinero?
Chencho sacó seis quilos, Cuatrojos, un peso, y El Abuelo y Rafa, dos monedas de a veinte cada uno. José juntó todo y lo metió en su bolsillo.
—De ahora en adelante, la plata que tengamos no será de nadie, sino de todos. En una buena pandilla, las cosas son de todos.
En el bar de Antonio, José compró una caja de cigarros y una de fósforos, y el resto del dinero lo desapareció en su bolsillo para formar un Fondo Colectivo de Emergencias.
—¿Qué es un Fondo Colectivo de Emergencias?
—Sirve para comprar armas, pólvora, municiones, y todo lo que haga falta. Cuando asaltemos algún banco, ya no pondremos más dinero en el Fondo Colectivo.
Nos sentamos en el parque del Paradero. José prendió un cigarro y lo fue pasando a los demás. Todavía yo no había dado mi fumada, ni tosido, cuando se puso de pie.
—Vamos, mis valientes —dijo, alzando el puño derecho.
Sus valientes éramos nosotros y lo seguimos a través de la calle, que más adelante se convertía en carretera antes de llegar al cementerio.
Cuando íbamos dejando atrás la parte más alumbrada, Cuatrojos se volvió y empezó a caminar de espaldas.
—¿Por qué no lo dejamos para otro día?
—El que tenga miedo que se quede.
—No es miedo, pero ya es bastante tarde.
José hizo un ademán y echó a correr.
Detrás de él iba Rafa, y El Abuelo, y después Chencho, Cuatrojos y yo.
El cementerio tenía un alto muro en toda su parte de alante, con un portón grandísimo al centro. A través de la verja vimos la entrada principal que se perdía en la oscuridad. Había muchas tumbas, con cruces de cemento, y otras enormes como casitas de verdad a ambos lados de la calle principal. Más atrás se veían menos construcciones, y luego una negrura casi total. Pero lo más impresionante era el silencio que allí había. Únicamente el viento hacía fiuuuuuuuu, sobre las tumbas de los muertos.
Cuatrojos silbaba aquello de Marcelino pan y vino, todo pan y todo vino.
—Cállate, imbécil —le soltó José.
Cuatrojos se calló, pero El Abuelo empezó a toser bajito.
—La muerte es del carajo —dijo Chencho.
—¿Por qué?
—Porque sí. Esos muertos estaban vivos, y ya no. Ya no pueden hablar ni pensar ni nada.
—Ni sentir — dijo Rafa.
—Ni comerse un helado —dije yo, que seguía con las paletas girando en mi cabeza.
—¿Qué tú sabes, Chencho? —dijo El Abuelo—. José habla con los muertos.
José no le tiene miedo a nada. Pasó para quinto y nosotros para cuarto, a no ser Chencho, que repitió tercero. Todas las noches salen muertos en su cuarto, y él como si nada. Apaga la luz, les suelta cuatro carajos, y los tipos se asustan y se van. Yo no sé si cuando llegue a quinto, podré dormir con un grupo de muertos en mi casa.
José encendió otro cigarro, soltó el humo por la nariz, y se quedó pensativo mirando las volutas que subían, pero con la mente en otra parte igual que en las películas.
De pronto dijo:
—Adelante.
Ya Rafa estaba trepando la pared, cuando se asomó una figura en la puerta. Cuatrojos echó a correr de sólo verla. Yo me quedé medio indeciso.
—¿Qué pasa? —dijo la figura.
—Queremos ver al enterrador.
—¿Para qué quieren verlo? El sepulturero no está aquí. ¿No ven que el cementerio está cerrado?
—Sí, pero nos hace falta saber…, es decir, ¿usted sabe si hay alguna fosa abierta? Necesitamos enterrar a un bastardo.
—¿Cuándo murió?
—No ha muerto todavía, pero mañana cantará el manisero de un flechazo.
El hombre se quitó el sombrero y se rascó la cabeza.
—Mejor se largan ahora mismo. Los cementerios no son lugares para andar mataperreando.
—No nos vamos nada. El cementerio es del pueblo. En el socialismo todo es del pueblo —lo desafió José.
—Vamos, vamos, piérdanse ya, antes que llame a la policía.
—Somos Los Halcones.
—¿Qué halcones?
—La pandilla más temible. Podemos cortarle la cabeza.
—¡Ah, carajo! —el viejo corrió hacia el interior, seguramente a buscar una escopeta.
Del cementerio hasta el barrio son como dos kilómetros. Llegamos jadeantes, con la lengua afuera, y nos reunimos bajo la luz del poste de la esquina.
—Al enterrador hay que verlo por el día. Hablaremos con él para que nos abra unas cuantas fosas; pero todavía nos falta el juramento si queremos ser la pandilla más temible del mundo.
_____________FIN______________
Para leer sobre otros libros del autor, pulse:
http://www.sentadoenelaire.com/2010/02/hasta-la-luna-con-sindo.html
http://desdecuba.com/retazos/?p=36
http://lafincadesosa.blogspot.com/2009/11/contrabando.html
http://www.eforyatocha.com/search/label/Sindo%20Pacheco
http://www.youtube.com/watch?v=0Bb66CWBGAU
http://www.youtube.com/watch?v=UvTgroFdVsw&feature=relmfu
_________________________
Sindo Pacheco (Cabaiguán, Cuba, 1956) Premio El Caimán Barbudo (1990). Ha publicado Oficio de Hormigas (cuentos, 1990) Premio Abril; y las novelas Esos Muchachos y María Virginia está de Vacaciones. Esta última recibió el Premio latinoamericano Casa de las Américas, el premio anual La Rosa Blanca que concede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y el Premio de la Crítica a las mejores obras publicadas en Cuba durante 1994.
En 1995 recibió el premio Bustar Viejo, de Madrid, España, por su cuento Legalidad Post Mortem.
Cuentos suyos han aparecido en las antologías “Cuentos de la Remota Novedad”, “Los muchachos se divierten”, “Diana”, “Fábulas de ángeles”, “Antología del cuento espirituano”, “Punto de partida”, y en diferentes revistas como Bohemia, El Caimán Bardudo, Letras Cubanas, Casa de las Américas, entre otras. Textos suyos han sido publicados en México, Rusia, Venezuela, Argentina y España. En 1998 la Editorial Norma, Colombia, publicó su novela juvenil María Virginia, mi amor (finalista del Premio Norma-Fundalectura); y en el 2001, su novela Las raíces del tamarindo, fue finalista del Premio EDEBÉ, y publicada por dicha editorial en Barcelona. En el 2003 la Editorial Plaza Mayor, de Puerto Rico reeditó María Virginia está de vacaciones. En el 2009 salió Mañana es Navidad por la editorial Iduna de Miami, y María Virginia mi amor por Gente Nueva, La Habana.
Actualmente reside en Miami, Estados Unidos.
viernes, 1 de junio de 2012
¿Hacia dónde miras...?
¿Hacia dónde miras, Dylan?
¡Dime tarde!, ¿su reflejo
transparenta en el espejo
la luz? ¿Y con él germinan
estos ojos que caminan
lentos, a la medianoche?
¿Existe, dime, un reproche
para el niño que trasciende
su soledad, y no entiende
de mañanas, o de noches?
Dylan, ¿hacia dónde miras?
qué buscas, ¿un horizonte,
un canto leve del monte,
aguaceros, llantos, iras,
ayeres, páginas, piras?
Qué buscas, dime, y lo encuentro
con mis manos viajo al centro
de tu planeta celeste,
viajo al norte, al sur, al este
en toda selva me adentro...
¿Miras Dylan?, ¿hacia dónde?
¿Quién sujeta, allí, tu mano,
quién robustece el arcano,
quién de tu rostro se esconde?
No soy marqués, no soy conde
no profetizo el futuro
pero te miro y auguro
que serás el capitán
de la nave donde irán
derribándose los muros...
Geovannys Manso
Caracas, mayo 30 de 2012
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sábado, 19 de mayo de 2012
No debe estar resbaladizo: último consejo de Mario Brito
tomado de VientoyMarea, revista de literatura de Villa Clara. | No: 4 mar/2012 |
Por Fidel Cruz Rosell
«No debe estar resbaladizo» es una oración que
si la descontextualizamos queda en una advertencia contra los riesgos que
implica contrarrestar la fricción. Cuando la trasladamos al universo de la
creación y específicamente al de la narrativa, puede acogerse indistintamente a
presupuestos estéticos o narratológicos o, incluso, éticos. Con semejante
exhortación nos invita Mario Brito Fuentes a adentrarnos en su último título,
en el que ha agrupado cuatro relatos escritos en distintas épocas.
Ya han
transcurrido veinte años de que fuera publicado En torno al equilibrio, su
primer libro y uno de los inaugurales de la entonces naciente Editorial Capiro.
Veinte años que pueden no ser nada según la perspectiva del que los vive, pero
que a Mario le han servido para, a fuerza de ejercicio, llegar a la mayoría de
edad como narrador. Ahí están Fuegos fatuos, Dile al corazón que ame en voz
baja y Ríos de primavera, de la misma editorial villaclareña, más La tierra del
cebú, novela publicada por la editorial Oriente y presente en la recién
concluida 21 Feria Internacional del Libro, lo mismo que Había una ventana,
cuaderno de cuentos sacado a la luz por San Librario, de Colombia.
Mario ha
situado a Ríos de primavera como un punto de giro en su obra, porque en él,
dice: «me despego de algunas ataduras y de algunos vicios. Porque no sigo
corrientes ni tendencias, al menos conscientemente. Porque lo considero un
libro de madurez».[1]
En No debe
estar resbaladizo, muestra una vez más su calidad como narrador: una técnica depurada
y una mirada aguda y precisa que penetra hasta los resquicios más profundos en
busca de las motivaciones biológicas, psicológicas y sociológicas de los
cubanos de esta época. Para ello nos sitúa nuevamente en la geografía de Ríos
de Primavera, un poblado de su invención que tiene mucho que ver con el entorno
donde siempre ha vivido el autor.
El cuaderno
se inicia con «El viejo que se comía la suerte», un cuento cruel, descarnado,
donde el conflicto se vuelca hacia el interior de la protagonista, una mujer
que ha quedado sola al cuidado del suegro enfermo y senil. El paso del tiempo y
la decadencia cada vez más evidente del anciano han ido limando las fuerzas de
la cuidadora.
Mario juega
en ambos lados del campo de los valores éticos. En uno, el deseo vehemente de
la mujer de poner fin a la agonía de ambos; en el otro, el respeto a la vida de
alguien que ya apenas tiene conocimiento de su existencia. Una contraposición
que se va nutriendo poco a poco de elementos a favor y en contra, en un crescendo
nada vertiginoso que va convocando lentamente al lector a asentir o a disentir,
cuestionándose sus propias convicciones. El abandono, la soledad y la pobreza
restallan en este relato. Elementos indispensables para que aflore el
desencanto y la tristeza, pero también el atisbo de esperanza que se cuelga de
un hilo tan endeble como la superstición.
Pronto el
conflicto interno es atacado desde el exterior por un elemento que pretende
inclinar la balanza hacia el mal, y que al final va a ejercer como catalizador
pero en sentido contrario. Se trata de un increíble «comprador de viejos» que
pretende utilizar al anciano como alimento de un cocodrilo, mascota de un
personaje aun más siniestro.
La trama le
permite al autor explotar la veta escatológica a través de un marcado regodeo
en todos los fluidos del cuerpo con sus olores y colores. El tratamiento en
detalle acentúa los pesares de la protagonista, que debe sumar la fetidez
constante a las angustias cotidianas.
«De león a mono», segundo relato del libro, cuenta
la novatada de un escritor principiante que se enfrenta por vez primera a la
«canalla» que se gesta al calor de los eventos literarios. La frase del título,
que en su uso habitual remite a un enfrentamiento asimétrico, es utilizada aquí
para mostrar la transición de la vanidad al ridículo del protagonista.
A pesar de
que el cuento refleja el ambiente de un encuentro-debate provincial de talleres
literarios, con la presencia, incluso, de alguna que otra personalidad de las
letras en Villa Clara, el argumento no enrumba hacia aspectos de la crítica o
la teoría literaria, sino que se adentra
en pos del filón psicológico y sociológico. Por ello los espacios de la trama
esquivan los locales de debate y se centra en aquellos en que la interacción es
más social que literaria.
El guajirito
aspirante a escritor es vapuleado por la caterva de jodedores que siempre
pulula entre los cubanos de cualquier extracción social. Su timidez y extrañeza
ante un medio totalmente impensado para él lo inhibe y paraliza a la vez que
compulsa a aceptar cuanta novedad conlleve, por inaudita que parezca. Por eso,
cuando uno de los escritores, que se hace pasar por experimentado practicante
de la magia negra, lo convence de que ha sido convertido en un temible león,
nuestro apocado personaje despliega la melena que no posee y ruge
endemoniadamente, exteriorizando la energía guardada para su futuro literario.
El resto de los participantes en el evento cooperan con el taimado performance,
propiciándole autenticidad al mismo y aupando a la víctima hacia la cúspide del
ridículo.
«¿Agüela se
escribe con H?», el tercer relato, recoge las fechorías de dos niños a costa de
una abuela no menos traviesa. Aquí Mario se apoya en la confluencia psicológica
entre dos edades extremas, una contienda entre abuela y nietos con la madre
como mediadora.
Un
cumpleaños lleva al clímax las interacciones. Una fiesta a la cubana que el
autor aprovecha para descargar atisbos de crítica en contra de las paradojas
que aquejan a nuestra realidad económico-social, reflejando las artimañas que
han hecho especiales a los cubanos por sobrellevar el día a día de un largo
período de tiempo. Las connotaciones cubanas de los verbos resolver y conseguir
tan claras para nuestros coetáneos, no así para los extranjeros, como bien
apunta Padura en el epílogo a su libro de memorias, quedan expresadas aquí en
todo su esplendor.
En este caso
se trasladan al entorno hogareño las técnicas de supervivencias. Esta vez la
batalla se libra por la adquisición de las confituras por medio de la
«inteligencia» sin tener que llegar al «combate» de la piñata. Y aunque la
contienda concluye en términos dramáticos, el humor circula de principio a fin.
Un humor mucho más explícito que en el resto de la obra de Mario, logrado
fundamentalmente a partir de componentes situacionales y, sobre todo, del
lenguaje. El autor busca las palabras precisas sin importarle la fuente, y
cuando no las halla las inventa: mierdulina, murruñento, cangrejudo, gusmaya,
fusmayeta designan y califican cosas, mientras que Marchatrá de tierra o de
aire nos remiten a animales imaginarios.
«El piso no
debe estar resbaladizo» cierra el cuaderno en tono festivo. Una fiesta de
graduación conforma el núcleo espacio-temporal del argumento, donde el
protagonista —uno de los recién graduados— transita de la sobriedad a la
embriaguez con toda la metamorfosis que este proceso conlleva en algunos
individuos.
El cuento
—que aprovecha la primera persona y una perspectiva deficiente sustentada en la
amnesia temporal inducida por el alcohol— se inicia en el momento de la resaca,
cuando el personaje, ya en su casa, es sorprendido en ropas de mujer por la
esposa. A partir de aquí, el relato se adentra en una amplia retrospectiva que
viaja desde el comienzo de la fiesta hasta que la memoria se atasca en el lodo
oscuro de la inconsciencia. Un trayecto en el que el protagonista es rechazado
una y otra vez por la mujer que se ha propuesto conquistar a toda costa. Con
cada rechazo se reanuda la insistencia hasta desembocar en acciones violentas.
La pregunta
qué sucedió en el lapso de tiempo que la memoria se niega a revelar nos lanza
en una búsqueda detectivesca junto al marido atrapado in fraganti.
En este
cuento, como en el primero, el antihéroe es conducido al ridículo, solo que si
antes nos apiadamos del tímido guajirito, ahora más bien nos regocijamos con el
castigo a la fanfarronada de quien se cree conocedor absoluto de la psicología
femenina y de todos los caminos que conducen al éxito.
Estamos, en
fin, ante un cuaderno cuya lectura agradecerá el lector común, por la
autenticidad y solidez de las fábulas propuestas, por los personajes trazados
en sus perfiles más reveladores y por el humor unas veces sutil y otras, más
explícito. Al lector avisado, por su parte, no escapará la destreza narrativa
de quien recorre la escritura sin resbalar, no obstante exponerse a peripecias
técnicas como la variedad de narradores, puntos de vista y perspectivas; la
dislocación de los componentes de la historia… Tampoco pasará por alto, el
equilibrado movimiento pendular entre las normas culta y popular del habla, sin
menosprecio, incluso, de la vulgar, donde no faltan las frases ingeniosas
cargadas de significación ni el reacomodo lexical en función de la trama.
Pienso, en
definitiva, que si Mario catalogó a su libro Ríos de Primavera como la impronta
de su madurez como escritor, en No debe estar resbaladizo la confirma
incuestionablemente.
Notas
1 En entrevista publicada en el boletín digital Antares.
Agosto de 2010
sábado, 5 de mayo de 2012
CUANDO SE ESCRIBE PARA LOS OTROS.
Hace no mucho tiempo trazaba un itinerario de la vida de dos
escritores que no tuvieron la suerte de coincidir sus trenes, no hubo una estación
definida para concretar el encuentro. Hablo del post que escribí para un
acercamiento a la poesía de Camilo Venegas, ESCALERAS PARA SUBIR AL
CIELO. http://www.sentadoenelaire.com/2010/05/escaleras-para-subir-al-cielo.html
De alguna manera quería
cumplir con esa nostalgia de aquellos tiempos que nunca son totalmente del pasado, y recordar lo posible desde
una Gaveta que podía también ser donde caben o se clarifican, no los destinos de
un país pero sí gran parte de esa nostalgia. Y es que aquella guarida refugio
donde Bladimir Zamora me comentó por vez primera de Venegas, y el verso de
Emilio García Montiel, tienen a mi capricho, el que uno quiere treparse en esas sensaciones
casi inigualables donde lo que escribe otro te pertenece, por razones que muchos
"otros" pudieran reclamar. Hace apenas una semana, por gentileza de su autor, ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes?, ( Ediciones Capital Books
), tuvo su
mejor itinerario virtual ante mis ojos; hay cosas que parecen tan veloces como
un clip, o como uno de esos trenes donde se nos va la vida, en curvas y cañaverales
que fueron dispuestos para ver perderse sin entenderlo, los destinos de un país con
todos nosotros dentro, y perderse además aquellos colores de la infancia que no
volverán, porque como en los estadios, todos juntos podemos perder no sólo un
juego importante, sino el sentido de las cosas que nunca más serán las mismas, excepto,
en la memoria.
Lo cierto que aún sigo sin conocer al autor pero algo me dice
que uno se equivoca al pronunciarlo, quizás es mentira, debe ser una contradicción,
es un imposible no conocer a este guajiro del Paradero de Camarones, no se
trata de su bitácora, de su muro de Facebook, es su mundo expuesto para entrar,
como lo hacen los trenes a su llegada a la estación, por increíble que parezca,
esas cosas sólo pueden darse, cuando en realidad el escritor no solo ofrece un
ticket, un puesto en un vagón, un pasillo con algunas ventanas por donde se
describe el paisaje, el hombre que sabe
por qué decimos adiós cuando pasan los trenes, ofrece todo el peso de su
insomnio, diría concretamente que él ha estado embarazado por mucho tiempo, que
tuvo el acierto de no quedarse en desgarrar la historia para que hagamos
catarsis con su feeling, tiene al contarnos una manera mágica de hacer que
entremos, no hay casualidad de quedar fuera, uno vive y respira como uno de sus
personajes, toca y huele el polvo de las cosas que inevitablemente van al
polvo, pasa y marca las huellas por donde ya estuvo, y todo lo logra como se
suceden esas postales de la vida real, porque cada cosa, momento, cada rostro
tiene el arraigo de una identidad que nos pertenece, no importa en cual ciudad
o mapa del mundo ud. ha nacido, es como una estación donde se arriba sin
importar si uno lo merece tanto, es como ese primer amor de juventud que nos
quita la virginidad pero en su esplendor nos deja intacto aquel latido para
siempre. Y para colmo, Camilo Venegas saca uno de esos faroles que no son
imaginarios y nos ilumina: En el
salón de espera hay dos bancos inmensos, uno frente al otro, de manera que todos
los que se sientan en ellos están obligados a mirarse a los ojos o a bajar la
vista. O cuando su abuela se
refiere a uno de esos días sin nombre —En esta casa siempre tuvimos un motivo para
tener una vela encendida —dijo Atlántida con la vista fija en ese lugar que
ella mira cuando no mira a ninguna parte—. Antes los días tenían su santo
escrito debajo del número.
De todos modos yo bien pudiera plagiar todo esto desde los
itinerarios que terminado de leer ya reclamo, bien pudiera haber nacido del
humo de esos trenes que pasan y se llevan como en un coro nuestras voces, pero
le advierto, si ud. quiere, si lo desea mucho, como suelen ser esos sueños que
queremos cumplir con los ojos abiertos, verse
en la luz de un farol o convertirse en un cambiavías o, llegar a esas historias
donde por misterio la belleza bajo un cielo azul puede ser tan complicada y
repetida como uno de esos silencios de un pueblo fantasma al mediodía con sus
casas despintadas y sus paredes a cal y canto, por donde pasan unas nubes
enormes de los incendios vecinos, o por donde se pueda llegar como el ruido de
una locomotora antigua, el ladrido de un perro a medianoche, o por qué no, ser
tan sabio para contemplar un tiempo pasado que siempre fue un porvenir mejor
inscrito, aquellos tiempos donde ser feliz no pareciera tanto el peso de una
condena, y donde la campana de una iglesia, el lamento de un ingenio en plena
zafra o el rugir de ese león al inicio del filme que un cine de pueblo tiene, _para
acomodar sus almas_, que de alguna forma no desean dejar de rodar, como les
pasa a las monedas que se nos caen de improviso. Si de verdad quiere entender ¿Por
qué decimos adiós cuando pasan los trenes?, no se quede solo como una
res a la intemperie, camine sobre el riel, y busque en este libro por donde
pasan no sólo los trenes y las personas que les sirven: Si se requieren las medidas exactas
de algún personaje, puede que esté en las paredes de una de las habitaciones.
En la estación exacta donde como en los
estadios, se respira el aire: Entre el cansancio de un hombre que no
quiere llegar y el letargo de un mundo que no quiere salir.
Juan Carlos Recio
NY/ Mayo 5 del 2012
____________________________________Paradero de Camarones, tomada del Fogonero.
Apuntes para el escenógrafo
El escenario debe ser mucho menos realista
de lo que supone esta descripción.
Tennessee Williams
El escenario es una
vieja estación construida por los Ferrocarriles Unidos de La Habana en 1914. A
su alrededor no hay ni siquiera un detalle que no pueda verse en cualquier
vieja estación de las tantas que aún persisten a lo largo de toda la Isla. Si
se miran desde un aeroplano, las líneas de ferrocarril y los caminos parecerían
heridas abiertas en una uniforme combinación de verdes intensos y sol
irresistible. Los interminables campos de caña y las aisladas torres de los
ingenios azucareros se suceden una y otra vez.
La estación está
pintada de gris con las puertas en azul y los frisos en amarillo. En una de las
puntas del andén podrá leerse el nombre abreviado del pueblo: Camarones. El
edificio tiene la inexplicable forma de un castillo, pero sus merlones y almenas
no consiguen disimular la parte más elevada de un techo de zinc a cuatro aguas.
A un lado de la
ventana de cuatro hojas de la oficina, que sobresale del resto del edificio, se
conserva aún el gancho de la campana con la que se anunciaba la salida de los
trenes. La campana desapareció hace mucho tiempo —existe la hipótesis de que
fue robada para una iglesia de papier maché que desfiló por las
Parrandas de Remedios—, pero su sonido podrá reproducirse cuando se quiera
conseguir un ambiente melancólico, imperecedero.
Para los fondos es
suficiente con un hermoso cielo de verano. En esta región, aún en lo más gris
de noviembre o febrero, siempre es un hecho el sopor de julio y agosto. La
estación tiene dos andenes, que al unirse forman lo que en geometría se conoce
como un triángulo rectángulo. En un andén, el de la fachada, se detienen los
trenes que circulan entre Cienfuegos y Santa Clara. En el otro, sólo los que se
internan o salen por el ramal Cumanayagua (el ramal fue demolido a finales de
la década del noventa; en las historias donde ya no existe, la línea debe
sustituirse por un hierbazal y dos vagones —una plancha y un caboose— que
permanecen varados allí).
Las luces exteriores
de la Estación son bombillas de cien bujías protegidas por pantallas de metal.
Su luz cenital es muy parecida a la de ciertos cuadros de Edward Hopper. En
general, la obra del pintor norteamericano puede ayudar mucho en la
iluminación. En el Paradero de Camarones, incluso en el mismo punto del
mediodía, la luz crea sombras exageradas que siempre se juntan para establecer
nuevas penumbras.
El interior de la
estación está pintado de blanco, azul cobalto y de un amarillo parecido al del
heno. De las paredes cuelgan itinerarios y avisos. En la oficina hay un viejo
reloj de inmensos números romanos, un boletinero, una caja fuerte, teléfonos de
manigueta, faroles, arcos de vías y banderolas verdes, blancas y rojas. En el
salón de espera hay dos bancos inmensos, uno frente al otro, de manera que
todos los que se sientan en ellos están obligados a mirarse a los ojos o a
bajar la vista. En el cuarto de expreso hay dos carretillas (una grande y una
pequeña), una romana, muebles, latas de películas y bultos que pueden ser
despachados en el próximo tren.
La casa de vivienda
no se ha pintado hace mucho tiempo y eso debe notarse. Todas las habitaciones
fueron blancas con una cenefa azul oscuro de poco más de medio metro, pero
sobre ellas hay ahora una manto de humo que han aportado el bagacillo de las
cañas quemadas y el polvo que le sacan a las piedras los trenes que pasan.
El techo por dentro
es de un tabloncillo muy cuidado, pero colmado de telarañas. Es obvio que su
altura no permite que se desholline con regularidad. En muchas paredes hay
apuntes hechos a lápiz, por lo regular medidas de corte y costura que no
pertenecen a ninguno de los que habitan la casa ahora (los hizo la señora
Morales, esposa del anterior jefe de Estación). Si se requieren las medidas
exactas de algún personaje, puede que esté en las paredes de una de las
habitaciones.
La humedad de las
filtraciones y las goteras ha provocado grandes manchas y descascarados en las
paredes, sobre todo en el último cuarto, en la cocina y en el pasillo que une
las dos mitades de la casa. Cada habitación tiene una altísima ventana de dos
hojas y dos postigos. Las ventanas podrían desvanecerse antes de llegar al
techo, permitiendo que la sombra de los trenes que pasan se proyecte en él, lo
cual simularía el efecto de un cinematógrafo.
Una magnífica
balaustrada protege el interior de la casa, por lo que las ventanas siempre
permanecen abiertas al andén. Cuando los personajes aparezcan por las puertas y
las ventanas, como maniquíes o figuras rígidas, inanimadas, el espectador debe
parecer un voyerista que se entromete en lo privado de esos seres.
Los muebles no se
diferencian en gran cosa de los de cualquier casa cubana de los años cincuenta
(en casi todas han permanecido los mismos desde entonces), los adornos tampoco
(un Buda de falsa porcelana, un elefante de espaldas a la puerta de la calle,
una pareja de cisnes colgando de la pared, figuritas de biscuit, un Sagrado
Corazón de Jesús y retratos de la familia en bodas y cumpleaños).
Salvo un piano
vertical color bambú (que ahora yace desafinado y deshecho por el comején), la
mesa, las sillas, el gabinete, el aparador, las mesitas de noche, las coquetas,
los sillones, el sofá y los butacones son de un humilde eclecticismo y a duras
penas han logrado resistir el peso de tantos años. En la cocina la luz es muy
poca debido a que su ventana es mucho más pequeña que las otras.
Sólo hace falta
llamar la atención sobre la enorme campana de la chimenea y sobre un viejísimo
radio Westinghouse que hay encima de una mesa sin pintar. Todas las luces del
interior son incandescentes y de mucha más intensidad que las requeridas por
las dimensiones de los espacios. Si se mira desde lejos, la Estación puede
parecerse a la casa excesivamente iluminada por dentro que Edvard Munch puso al
final de su cuadro Stormen.
Las luces tienen unas
pantallas nacaradas que son originales de la casa, salvo en la sala, donde hay
una vieja lámpara de cobre que cuelga de lo más alto del techo y se mece cuando
el aire sopla con demasiada insistencia. En cada una de ellas, cuando están
encendidas, permanecen revoloteando mariposas nocturnas y toda clase de
insectos.
El Paradero de Camarones debe dar la impresión de estar muerto,
deshabitado y conviene que los personajes permanezcan inmóviles, sin mirar a
ninguna parte, el mayor tiempo posible. Dos carreteras y cuatro callejones dividen
caprichosamente su geografía, sin permitir que una de sus porciones se asemeje
a la otra. Dos tiendas, un bar, una barbería, un cuartel, escuela, una farmacia
y un cine es todo el espacio que tienen para moverse los personajes cuando no
están en sus casas o dentro de un cañaveral.
Si con estos apuntes no se consigue reconstruir el lugar, con un hermoso
cielo de verano es más que suficiente. Tampoco debería desdeñarse el sonido de
la campana. Lo demás puede resolverse con el ruido de los trenes y sus abruptos
pitazos que taladran al silencio de pronto, ahogando cualquier voz o cualquier
canción.
Hay Luna llena siempre.
jueves, 19 de abril de 2012
La Mandrágora
Por Jorge Luis Rodríguez Reyes.
Ilustración: Amilkar Feria
Ilustración: Amilkar Feria
publicado primero en http://www.isliada.com/narrativa/2011/10/la-mandragora/
De todas, la más gorda, patética y necesaria de las
mentiras es aquella con la que disfrazamos
lo insignificante de nuestra existencia.
Juan Jacinto Muñoz Rengel
mentiras es aquella con la que disfrazamos
lo insignificante de nuestra existencia.
Juan Jacinto Muñoz Rengel
A mis amigos Félix Ruiz y Bienvenido C. Tabío, por el fervor común
Dejó de escribir aquella mañana, cuando sintió vértigo al ver la columna de una fabulosa Mandrágora en el semicírculo de letras de la máquina de escribir. Súbitamente retiró los dedos del fierro lustroso, y con guantes de material sintético la llevó a la intemperie, dejándola en medio del patio colonial. Después de documentarse supo que había hecho bien, empezó a rociar la pequeña Mandrágora con grasa de cerdo y al concluir cada ciclo lunar, derramaba bolsas de sangre humana entre las raíces. Así, ignorada por todos, fue creciendo la Mandrágora, y cuando era una verdad evidente su naturaleza ajena, se vio en la obligación de agrandar las tapias del patio, para impedir ojos paganos.
También detuvo el paso de las pocas visitas hasta el recibidor. Los del grupo literario se intrigaron con sus ausencias a los encuentros mensuales, y sospecharon una evasión a la batalla literaria. Nunca desmintió aquella suposición, la planta necesitaba un inmenso acerbo de grasa y sangre para perder el tiempo combatiendo rumores. Poco a poco, debido al tráfico de estos productos más el costo al sobornar a operarios del banco de sangre, la casa fue vaciada. Solo quedaron una tinaja de barro de cuando los ingleses irrumpieron en la bahía habanera y la capital vivió el más próspero comercio de su historia, y una cama angulosa, decorada con libidinosos ángeles en posiciones obscenas, heredada del caudal familiar, y de los libros —salvo los de mitología, zoología, botánica, más los de Plinio, Lucio Columena, Dioscórides y los recientes manuales ilustrados para criar Mandrágoras, de un argentino desconocido llamado Borges o Vorgues, amante de ellas y de los laberintos mentales— todos fueron rematados en el comercio de la Catedral para extranjeros. Carteándose con el argentino, que también hacía sus primeros pasos en las letras, le cambió todas las ideas que proyectaba para un libro que este fraguaba despacio, sopesando las palabras como un orfebre chino.
Tan agradecido quedó Borges, así se llamaba el argentino, que le envió un pequeño minotauro junto con las pruebas de galera de Ficciones, el libro que, según aseguraba en la amplia dedicatoria, ambos escribieron imbuidos en el espíritu universal de que ningún argumento es propiedad del hombre en singular, sino del genérico. Él, alborozado por tan inaudito regalo, alimentó al minotauro con pacas de tabaco del Hoyo de Manicaragua, según indicación expresa de Borges, y agua de pozo con miel de abeja de la tierra. El minotauro, amante de los espacios abiertos por una acentuada claustrofobia ancestral, logró salir de la casa y se adentró, con artificio de animal mitológico, según se enteró después, en un sopón colectivo en homenaje del natalicio del Héroe Nacional. Él lloró tres días de corrido, pero al cuarto, la luna pálida y ahuecada le recordó la sangre que la Mandrágora demandaba y salió a buscarla.
Después olvidó al minotauro, albergando la incertidumbre de satisfacer la alimentación de la planta, y lo hizo con el afán de un sacerdote del templo de Quetzalcóatl. Así transcurrieron tres años, y la planta de raíces rojas, tallo azul y hojas blancas e inmaculadas por el intenso aroma de muerte, alejaba, despavoridas, a las abejas, y los colibríes caían en las losetas del mármol veteado, sumidos en cataplexias lastimosas. Él los recogía y los aptos para volar, después de mojarles las extremidades, eran liberados en la puerta de la casa desde la rampa de su mano. Los otros, maltratados por el impacto, eran sacrificados lanzándolos a las raíces rojas para ser deglutidos, poco a poco, por la planta. La Mandrágora se retorcía gozosa con las minúsculas aves. En el grupo literario, intrigados por tal soledad, se corría la voz de que ese ascetismo era la entrega a la escritura de una obra inmortal, que Joyce no diría la última palabra con el Ulises y que este pueblo clamaba a gritos una obra grandiosa por simple justicia histórica. Y nadie sacrificaría un patrimonio tan regio, heredado desde el Marqués de Santa Rita, por un simple capricho. No, no era momento para retirarle la confianza, y todos juntos, al amanecer del día siguiente, se presentaron en la casona, como si fueran a acordar una ayuda internacional. Él resistió negando las cercanías y solo persistieron unos pocos, que en cortas visitas fueron amedrentando las reticencias para por fin ser asiduos al espacioso recibidor. Le traían novedades del mundillo de las letras; que Alfredo había hecho un dineral con leones famélicos y Haydee resistía sus asechanzas de reconciliación, o Mario persistía con el fervor obsesivo a lo oscuro, o Castell, emponzoñado después de publicar un libro, reanudaba ataques a las instituciones por merecimientos atrasados y que él, mártir seguro, demandaba en vida. A Fidelio Ponce de la Cruz le restaba una sola falda en el Sectorial de Cultura para cumplir la meta de semental indomable; y Ernesto Martí, aún con Alberto Rodríguez recolectando manzanas en España, perseguía el tropo perfecto. Eran noticias que él escuchaba sin inmutarse y cambiaba el tema para hablar sobre Borges y las intrigas de Sur, que éste mandaba antes de publicar cada número, permitido por la directora como capricho de genio precoz.
Le inquietaba el lento crecimiento de la Mandrágora y los sollozos de ésta, semejantes a apareamientos felinos, cada noche cerrada desde que rompió la cuaresma. No supo a quién recurrir y se leyó todos los tomos indicados por el sentido común. Consultado Borges, respondió que Plinio, en una carta no incluida en sus tomos por no estar completa, relataba diferentes padecimientos del espécimen y que solo un sabio o un criptógrafo aventurero podían completar las letras ausentes en el documento. Agregaba el argentino el flamante éxito de Ficciones y mandaba dinero para colaborar en el mantenimiento de la Mandrágora. Borges, en una postdata lastimosa, imploraba el envío de ideas para su nuevo libro en colaboración con Bioy Casares, y que este ofrecía el segundo tomo del Arte Poética de Aristóteles: necesitaban ideas para crear una antología del cuento fantástico. Él le envió sin previo aviso la verdadera relación del descubrimiento de América —escrita por Fray Ramón Pané y que nunca salió íntegra a la luz, por temor al patíbulo de la Inquisición— donde se relatan las visitas anteriores a estas islas, narradas por indios de Cuba, La Española y las vivencias del fraile en sus dos años de convivencia con los indios; relatos fantásticos de estos, más una relación detallada de métodos de adoración a un dios conocido por Tonatlio, por su cabellera y barba dorada como el sol. La poética llegó sin anuncio y adjuntada al pliego de papiros un Ave Fénix que murió para siempre sin posibilidad de resurrección, por la cólera de su obstinado emperramiento después de escuchar los lamentos de la Mandrágora. La poética narraba, olvidada de roles, catarsis y para asombro de eruditos, las peripecias de un helénico ciego, pastor de ovejas, llamado Homero, dedicado por treinta y tres años al cuidado de una Mandrágora Cantora, que sin olvidar un hexámetro recitaba la historia de Troya y Odiseo. Él estudió con fervor las interpretaciones de los legendarios poemas épicos del segundo tomo de El Arte Poética y entregó el cuerpo del Ave Fénix desintegrándose a las raíces bermejas de la planta. La Mandrágora, de gozo, liberó de su cuerpo miles de libélulas trasparentes que se marcharon en un cardumen vigoroso rumbo al este y comenzó a mecerse al compás de los alisios por diez días íntegros. La sangre humana cobró nuevos precios por prédicas anticorruptivas derivadas de una campaña gubernamental, la grasa de cerdo igual, y él se vio en la obligación de recurrir a sacrificios en pos de mantener los ciclos de alimentación de la Mandrágora. Alquiló el recibidor en las noches, siempre custodiando la entrada al patio colonial, a parejas conocidas y a rameras de clientela internacional, también reescribió novelas y noveletas por encargo de aprendices de escritor, amparado por ser egresado de un curso postal de técnico medio en reparación de novelas, dictado por una universidad sudamericana, cuyas sólidas bases fueron diseñadas por Leopoldo Marechal, Alfonso Reyes y Macedonio Fernández. Así, mientras por el día amputaba sin compasión cuartillas y frases, por la noche era testigo del negocio más prospero del país, sufriendo los clamores amorosos y amparando la lasitud de los cuerpos, vendiéndoles refresco instantáneo —a sobreprecio por ser elaborado en aquella tinaja de tiempos del ataque inglés a la capital— que los turistas compraban con la efusión de beber mililitros de historia. Las prédicas anticorruptivas asustaron a los turistas y prefirieron otro país tropical para desfogarse, y a él no le quedó más alternativa que mantenerse con los aprendices de novelas y el alquiler de Sur, que Borges mandaba junto a una mesada. El poeta Ernesto Martí, hastiado de desplantes y surcos agrícolas, se presentó cotidianamente para leer cada uno de los ejemplares de Sur, a los que siguieron manuales para criar Mandrágoras, a falta de literatura fantástica. Al concluir la lectura de las trescientas treinta y ocho páginas de la Antología de la Literatura Fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, Ernesto Martí quedó tan asombrado de la intimidad con que Borges carteaba y de la cercana visita de este al país, que imploró la posibilidad de quedarse a vivir en la casona como bracero, siempre que tuviera el tiempo para escribir poesía. Él, necesitado de un ayudante y sabiéndolo diestro en el trabajo físico, lo aceptó, mostrándole la Mandrágora en el patio colonial. Ernesto Martí se dedicó a trabajar en las mañanas en el matadero de cerdos a cambio de obtener los intestinos y un galón de grasa por cada puerco que sacrificara. Fue un trato justo que él agradecía. La Mandrágora, al terminar la cuaresma, comenzó a recitar hexámetros en una lengua desconocida. Informado Borges, anunció que apresuraría la visita al país. Ellos no hicieron más que deleitarse escuchando el sonido meloso e imaginando sus significados, como si estuvieran postrados ante el oráculo de Delfos. Borges anunciaba la segura consagración a quien descifrara el significado de los cantos, justificaba la idea con la afirmación de que Jesucristo también cuidó a una Mandrágora. Ernesto, sumado a descifrar cada palabra, cada entonación, cada sollozo, cayó de bruces una tarde de sol aplomado. Se levantó al tercer día con la prisa de escribir los versos delirantes que escapaban por los poros de su cuerpo y así estuvo hasta que llegó Borges con Silvina Ocampo. Él, sospechando la relación íntima de la Ocampo con Borges, les cedió la cama coronada con ángeles libidinosos, pero Borges rehusó las cercanías y se adentró en el patio colonial. Ella, con un ademán indiferente, se acostó pretextando cansancio del viaje. El argentino se sumió en una adoración completa, postrándose en las losetas de mármoles veteados del patio colonial. Abría y cerraba los ojos repetidamente y negábase a alimentarse o a conversar. Estuvo postrado diez días justos. Silvina Ocampo, despechada, recorrió la isla y quedó cautivada por la Torre de Manaca Iznaga, pero más aún con la espalda y labios de Ernesto Martí, que ella hizo recorrer por su cuerpo, como si fueran las letras de cada hexámetro cantado por la Mandrágora. Borges se levantó ciego y sólo permitió que Silvina Ocampo le lavara los pies con agua de sábila. Se marcharon los argentinos esa noche, Borges dejó una nota, les explicaba, en francés, lengua que no conocían ellos dos, la causa del canto de la Mandrágora. La planta, al tercer día de irse los argentinos, se agitó con gritos dolorosos y ellos, sin saber qué hacer, se postraron en el patio. Él se abrazó al tallo azul y fue succionado con un leve desplazamiento de la corteza. Ernesto, asustado, aún cuenta la historia a los otros miembros del grupo literario y muestra los ejemplares de Sur, los de Plinio refiriéndose a las Mandrágoras, los escritos de Lucio Columena, pero nadie le cree: donde Ernesto ve una Mandrágora, ellos ven una Palma Real.
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Jorge Luis Rodríguez Reyes (Trinidad, 1980). Narrador. Licenciado en Ciencias Humanísticas. Miembro de la AHS. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha obtenido el Premio de Cuento en el Debate de Talleres Nacional 2006; El Premio Nacional Fotuto de Narrativa 2006 y el Premio Comarcal de Narrativa 2007, 2008 y 2009. Tiene publicado el libro de narrativa En busca de piernas blancas (Editorial Sed de Belleza). Ha publicado en las revistas El Caimán Barbudo, Cómo, CalleB, Hacerse el cuerdo, Umbral, Signos, Cañasanta, Guamo y Esquife, Aparece antologado en el libro digital El olor de los fulanos. Se encuentra en proceso de edición su compilación Radiografía del Espejo: Once miradas en busca de un perfil (Compilación de ensayos sobre Espejo de Paciencia).
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otro post en este blog sobre el autor, pulse el link:
http://www.sentadoenelaire.com/2012_02_01_archive.html
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martes, 17 de abril de 2012
VIDAS POR PAREDES, SUPUESTAS.
En la pared artificial cuelgan de
artificios
los modos y costumbres tuyossin que dejes o pretendas al insomnio
en su agua de arroz con granos curtidos.
Luego no importa si desapareces
detrás de la misma pared donde impones
senderos también tuyos para ser inclaudicable.
¿Cómo es que vives de hoja marchita
puesta a lucir por vendaval
siempre el mismo desencanto?
Abre tus piernas cuando el río suene
no vaya a ser que no derribesesas paredes donde imantan las frías horas
cuando en la ausencia los ausentes te degradan.
Nadie asimila su oquedad
porque es difícil ubicarse en el destino.
Es como si de ayer a hoy todo se
vuelve mañana
desde tus actos muy torpes porque no
lo adivinen.Hay muchas paredes idénticas que no se parecen a nada
y muros y rostros para el llanto y para colgarse;
lo cierto que las personas nacen
de semilla a flor como la señal de un arbitro.
En el lugar de cita de los solitarios
hay mucha gente
y tampoco es para el consuelo.
Has tenido esas caras en la pared
aunque lo niegues
y puedes ver en el espejo lo que los demás
sólo en mármol:nombres de los egos transcriptos;
a veces eso provoca echar al viento
las palabras que deciden, ido como un soldado
sin fusil a una guerra clandestina
donde la única inclemencia es saberse la contraseña
sin grandes resultados.
A veces se echa las raíces en una
caja de polvo
como una mujer que maquilla su
torpeza.
Sentado y listo crees volver al mundo
porque debajo todo lo real
maravillosono debe a su costumbre tanto espejo.
El viento acompaña sin dobleces
lo que has decidido clavar con alfileres
de una claridad posible a otra
aunque algunos suelan tener
una idea muy antigua del animal invisible
que lleva en el corazón sus gastadas alforjas.
Otros sólo dormitan en el ocio que
les apuntala.
Hay un resto de personas como un mar devuelto
ellos atisban los deseos para esconderse;
han visto al ciego con beneplácito
decir desde lo oscuro todo lo profundo.
Nunca provocan la humana miseria
por no desgajarse de su lado
miserable y por falta de valor que les produce su lástima.
Conviene en el lugar de cita de los solitarios
conviene ir al mástil sin agravio
a suficiente altura contra los mundos podridos
porque ellos respiran casi siempre nuestros demonios.
Ir a salvarse no es la salvación
ni dibujar los aposentos donde el rey
y la reinahan de lucir sus atributos.
Fuera del sueño no es que se viva o se perece
es la realidad que deja sus fieras heridas
mortales y con disposición a detenerte.
Voces sólo tuyas desde el coro sin la cuarta pared.
Lejos a contracorriente los
guardianes de la soledad
tienen cada hora y lugar que designes
y a cada pared en su falso dominio.
Si van a entrar esas filas de
amoladores de filosque nunca sean dobleces ni manchas ni sudarios.
Cada hoja de su puño de entrada a salida
haga tu voluntad como al final del día
los trazos hacen al cuerpo en su morada
y de Rey a Reina, no definas ningún luto.
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