jueves, 12 de agosto de 2010

La ciencia Avanza pero yo no



Noel Castillo sobre el libro de Aramís Castañeda: La ciencia avanza pero yo no.Premio de narrativa 2009, Fundación de la Ciudad, Santa Clara, Cuba.


Apuntes mientras espero a que abra el Joseph’s Bar

José había dicho que, si las cosas cambiaban, él se haría dueño de un café. Luego aclaró que de un restaurant y finalizó determinando que mejor de un night club. Cuando avanzó la tarde, lo tenía claro. Joseph’s Bar –el nombre que tendría su sitio– sería amplio, muy amplio…

A. C.
Foto del muro de facebook del poeta Wiliams Calero
No ha de extrañarnos que, en la edición de 2009 del premio literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara, el jurado otorgara su voto a este conjunto de cuentos. En medio de la sobreabundancia que experimenta la actual cuentística cubana, plagada otra vez por los efectos cíclicos de los booms temáticos (hoy de moda la inasibilidad de las posturas, el absurdo e incluso, como trasfondo, una muy armada diferencia), las historias de este autor logran motivarnos desde la condición prístina del género:

Contarnos algo con una voz potente, pero humana.
Detectar sus historias en un contexto álgido, pero estetizable.
Apuntalar su propuesta con alta dosis de humor o sarcasmo, pero sin convertirlas en zahirientes per se.

En la jerarquía de estos acápites que propongo como primer contacto, radica su orgánica diferencia; por ello quizás el no querer avanzar a la par de un tiempo en extremo orquestado (como lo es, sin duda posible, el tempo literario cubano de hoy); por ello el intentar preservarse desde su propia voz, desde esencias que permanecen por encima de figuraciones o modas literarias.
De tal manera, los cuentos que Aramís Castañeda (quien irrumpe, con toda la prestancia que otorga el saberse incontaminado, en la narrativa édita) nos propone, o más que proponernos nos asesta en La ciencia avanza pero yo no
[1] http://co118w.col118.mail.live.com/mail/RteFrame.html?v=15.3.2521.0805&pf=pf,
se estatuyen sobre una condición señorial que apuntala su lenguaje, un pavoneo digno que, más que minimizarnos como lectores, nos enaltece.
Podremos leerlos ahora en tinta impresa, uno junto al otro: sosteniéndose, compenetrándose, dialogando y así cerciorarnos de su completez como producto, no solo por esa factura leíble, disfrutable, sino también por su condición de digno modelo para quienes quieran detectar en una obra artística las variantes más inusitadas de un recurso que siempre vuelve: la ironía narrativa.
Esa ironía –y mucho más que el humor o el sarcasmo o el desparpajo–, reina pues en estas siete historias, se reduplica, trastocándose y renaciendo de sí misma como una especie de alien diegético; pero nosotros como lectores (más lectores mientras más leemos, más materia prima de estos cuentos, mientras más nos confabulamos), no nos sentimos –contraproducentemente– agredidos. ¿Por qué?, me pregunto, ¿por qué no me ocurre lo que a los primeros lectores de ficción narrativa de la isla, por allá por 1830? Lectores, los cuales (cito):
… por su colorido local, la buena observación y la pintura de nuestras costumbres (señalaba el animador cultural Domingo del Monte) ha hecho aquí mucho ruido

Foto cortesía de Arístides Vega
y la gente cubana, que es la primera vez que se ve retratada al natural, se ha escandalizado de su propia figura y tachado de inmoral al pintor…
La remisión a fecha tan lejana no constituye (no puedo constituir) gratuito alarde de arqueología, el autor no aceptaría dicha postura en quien presenta sus textos, so pena de ser asaetado por su detector de falsedades tan acendrado. Si lo traigo a colación es por el emparentamiento raigal que he creído advertir entre su modus escritural y el de los pioneros (y por ende también incontaminados) de la narrativa cubana, tan influidos por el artículo de costumbres. Aquellos que se acerquen a este libro deberán ver en este cordón umbilical supratemporal más virtud que defasaje.

Aramís Castañeda, al concretar sus disecciones del ser cubano desde ese añejo método creativo, está apuntalando la prestancia de su decir, es ese y no otro garbo al que aludí en el inicio; como autor nutrido por una substancia y no por el pendular dominio de los gestos literarios, se está comprometiendo con las esencias permanentes de la nacionalidad y sus ramificaciones culturales, alejándose(nos) de modas, modos y reacomodos cíclicos, tal como señalé en la nota de contratapa.
Pero –y he ahí su coartada de contemporaneidad– provocando(nos), gracias al despliegue de todas las variantes irónicas imaginables, el reconocimiento, la consabida desautomatización que aspira provocar la modernidad en un nuevo lector, capaz de aceptar el guiño y devolverlo, más que escandalizarse. En estas revisitaciones que propone Aramís Castañeda al ser cubano y sus múltiples aristas, el ser lector, feijoosianamente, se resarce, sin viso de enojo a pesar de lo mal parado que pueda salir en ese enfrentamiento ante el nuevo y posmoderno espejo. Y ello es conseguido por la potencialidad de la voz irónica que urde las historias, por su vocación consensual para con el lector, la cual da cabida a nuestra supuesta perspicacia.

A lo largo de estas páginas, el autor despliega toda la potencia dinamitadora de lo que Tittler ha denominado ironía intraelemental, donde las categorías narrativas básicas (y por sobre todas ellas, la del narrador), se escinden, se «debilitan» en apariencia, adoptando una perspectiva conflictual en relación con su propia función dentro de los relatos. Nos dejamos apresar así por el cuento que da título al conjunto, donde cuatro deliciosos personajes modélicos (verdaderos frutos de la disección de la vida cubana actual, hija putativa de los avances tecnológicos inmersos en una escenografía inapropiada) abejean en torno a Chuchi un narrador-personaje que se debate entre su débil oposición y un irónico discursar:
Lo que dice Rafe debiera importarle solo a Madrecita y, probablemente, a sus familiares más allegados. Lo que dice Dios preferiría averiguarlo por mí mismo y cuando desee. Pero sería mucho pedir […] Lo cierto es que a estas alturas ando más claro de la vida que lleva Rafe que de la mía. A costa de saberme su diario con pelos y señales, ya viene siendo como mi hermano mayor.
[3] http://co118w.col118.mail.live.com/mail/RteFrame.html?v=15.3.2521.0805&pf=pf
Estos cuatro personajes tan típicos, tan vástagos de las típicas circunstancias, han sido recreados con tal sapiencia, que su condición roza lo inverosímil a pesar de tropezárnoslos a diario en este otro plano que podría constituir la escena de nuestro promiscuo discurrir vivencial.
De una a otra historia la urdimbre de la fábula se complica por enriquecimiento, sin que por ello se enrarezca la cadena comunicativa y así el autor (trastocado en los actantes que le prestan extraña corporeidad) transita, sisea desde la ironía tipológica autodenigratoria
[4] http://co118w.col118.mail.live.com/mail/RteFrame.html?v=15.3.2521.0805&pf=pf,
manifiesta en una voz que cuenta desde un supuesto tono lastimero, apocado, inferior e incapaz, hasta su homóloga ironía tipológica desestabilizadora, que no es más que la aceptación posmoderna de que lo paradójico y lo provisional, tanto en la vida como en la ficción, son inevitables. En momentos en que para muchos es ya cuestionable la sinceridad del método Realismo Sucio, en que para nada resulta sustancioso recalar como justificante en que la cuentística cubana transita por el desencanto, en que las estéticas de los más jóvenes y aupados exponentes de este fenómeno masivo se refugian en la poética de la mediocridad, la alienación a través de historias hijas del absurdo o la difuminación del sujet; en medio del maremágnum de ediciones/premios/manipulaciones del poder literario, este autor nos brinda un raro compendio desasido del cliché, divorciado de los efectos cíclicos de los booms temáticos, sostenido por un lenguaje que niega el patetismo o el desparpajo y es, por ello, un verdadero recurso del extrañamiento.
Si quieren comprobar la veracidad de su diferencia les remito al texto «Entre un hola y un adiós», que se regodea en sus pulsiones cuestionadoras de lo cubano/el cubaneo/el cubanocentrismo, pero desde adentro, con sonrisa benigna, manipulando con propiedad el uso del dato, convenciendo al lector (a esas alturas de la confulación) de que el narrador desidioso se ha jerarquizado sin apabullarnos. La frase con que concluye esta especie de dual meet entre José (quien, dicho sea de paso, entre altercado y altercado, sueña con tener un bar-café) y Juan resulta de una ternura y jocosidad raigales, que resume mucho de nuestro ser:
Ese día decidí no hablarles más. Pero, al mes, ya comenzaba a extrañar a Juan y a José
[5] http://co118w.col118.mail.live.com/mail/RteFrame.html?v=15.3.2521.0805&pf=pf.
… o leamos, si no, «Un sorbito de champán», visión socarrona del chismorreo, la promiscuidad, la interacción de grupos humanos que alguna vez compartimos o consentimos, pero no tuvimos el valor o la gracia de estetizar.
Todo ello es expuesto en La ciencia avanza pero yo no sin sordideces, manipulación o concesiones, apelando a un conjunto de personajes que transitan ante nosotros (o bien nosotros ante ellos; o junto; o desde ellos: siameses del pacto narrativo), como en un carnaval, una especie de parada festiva donde las actitudes denigrantes, amorales, censurables o negativas, en fin, que puedan (podamos) adoptar por fatalismo psicosocial, se soterran y ese efecto extraño, inexplicable de autorreconocimiento no se consigue provocar en literatura sin que existan la sapiencia y el dominio, la organicidad y el balance, la agudeza puesta a prueba y la ingenuidad de creer, aún, en la existencia del lector.
En un preámbulo del libro, altamente metaliterario y autoreferencial , el autor (que no es el autor) se debate ante el posible exergo a escoger, ante las apreciaciones sobre el «producto» que pondrá en nuestras manos invisibles; finalmente, nos lo escamotea… para negarse en un segundo acápite y concederlo, mas esta vez no ya a nosotros sino al corpus literario. Tras la lectura de estas historias –atávicas, modernas; canónicas, descacharrantes– el lector (que no es, no somos, los lectores) se desconcierta ante la presencia de un índice, indicativo del final… pero ello también resulta engañoso. No hay inicios ni finales en esta propuesta de Aramís Castañeda; no hay retrocesos ni detenimientos metafísicos, ni saltos dialécticos, no hay causas o efectos en esta Cuba ironizada. La ciencia avanza pero (el autor) no; la ironía hermana de la vida ha engendrado el pacto narrativo, pero nosotros, parientes sin genealogía la hemos deglutido, el libro se cierra pero nosotros seguimos (siendo) sus personajes.

Noël Castillo
Santa Clara julio de 2010

[1] Editorial Capiro, 2010, Santa Clara, Cuba, 81 pp.
2 El crítico se refiere a una de las primeras novelas cubanas, deudora de los artículos de costumbres: Una pascua en San Marcos, del primer narrador cubano: Ramón de Palma.
3 "La ciencia avanza pero yo no" en La ciencia avanza pero yo no, Editorial Capiro, Santa Clara, 2010, pp 35-36.
4 La ironía tipológica autodenigratoria, según la denominación de Linda Hutcheon es aquella que nos sugiere que lo inferior tiene su propia superioridad.
5 "Entre un hola y un adiós", en La ciencia avanza pero yo no, p. 62
.

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Cuento de Aramís Castañeda del libro: La ciencia avanza pero yo no


SIGO SIENDO AQUEL

Dibujo tomado de Iberoamérica, Historia de su civilización y cultura
Mi regreso a Cuba. Nada más poner los pies en el aeropuerto, ya me pregunto si es que no me he equivocado otra vez. Minutos antes, mientras repartían unos tristes caramelos, y los pasajeros nos ahogábamos de calor, todavía la presencia de la aeromoza alcanzó a aguar mis ojos. Pero el aeropuerto es otra cosa. Por muy elevado que sea mi infantil sentido de justicia, la realidad óptica resulta más fuerte: no puedo evitar que el instinto funcione por mí y me entristezca. ¿No es acaso la manera en que la funcionaria me arrebata los documentos de la mano, otra señal de que me he estado inventando demasiadas cosas? La autopista oscura y mi primo haciendo malabares para esquivar los baches, en el viaje de ida a casa, no cuentan.
De la manera en que lo veré después, la aeromoza vino a ser el último vestigio de seguridad. Había hecho la última parte de mi viaje desde Cancún en un avión de Cubana. La señora que tenía al lado no escatimó en hacer mohines durante el trayecto. Con ellos querría decir «Uff, que vergüenza» o bien «Quién cojones me mandaría a mí a no sacar un pasaje por la aerolínea mexicana» pero la verdad es que yo la miraba, entonces, con conmiseración y pena.
Soy, para que se entienda, de esas personas que, si alguien le asegura que otro mundo mejor es posible, confía plenamente en sus buenas intenciones. Para mí no hay malos más malos que los ricos, ni buenos más buenos que todos los desheredados de esa tierra ─sin término medio─; y, cuando escuché por primera vez la frase ayuda desinteresada, casi muero de la emoción. También orino hacia los bordes y nunca directo sobre el charco del urinario en los baños públicos, para no molestar con el ruido al de al lado y la vez aquella en que la niña dejó caer la cadena de hierro sobre mi rodilla hasta sonreí, tras decir al padre: «no es nada». ¿Se ha oído de alguien a quien den un pantalón a cuarenta pesos para que lo venda a cincuenta y así se gane diez y, en su lugar, lo haga a treinta y reponga la diferencia porque le da pena con el comprador? A ese grupo pertenezco. El dato está en que, por actuar así, me creo diferente, no un tonto.
La furia de la señora en el avión obedecía, al parecer, a lo miserable de aquellos caramelos zarandeándose sobre la bandeja. Cuando se los acercaron, el mohín dijo clarito «Ni loca». Bastante tenía la pobre con soportar el ruido y la humareda que inundaban el compartimiento. Para ella estaba bien la condición de país necesitado, pero hubiera sido preferible no repartir nada, a asistir a la desfachatez de los caramelitos sueltos en una bandeja que, más bien, parecía una caja de tabacos sin tapa. En una palabra: se avergonzaba de compartir el mismo origen de aquellos que motivaban semejante ridículo.

En mi caso, lo que vi en la aeromoza fue algo completamente distinto. Encaramado sobre el pedestal de mi humildad y honradez, aquella simple muchacha representaba la salvación del caos. No me importaban ni el humo, ni los esmirriados caramelos, ni el ruido sordo, ni el calor o mis rodillas empotradas en el respaldo del asiento delantero. Ella, con su maquillaje de tiza y las gotas de sudor encima del labio, evidenciaba el lugar que realmente ocupa lo legítimo respecto a virulillas tales como la incomodidad que sentíamos los viajeros. También me ha perseguido siempre un afán desmesurado por demostrar al mundo cuán equivocado está en eso de no valorar lo sencillo. Cuando ese afán me atrapa, invento símbolos en lo que se me antoje: una vieja paralítica, un niño huérfano, una madre divorciada, un vendedor ciego, el mesero atormentado que me sirve en el restaurante o, como en ese caso, la aeromoza con el maquillaje de tiza.
Otra de mis obsesiones me impulsa a aclarar, de una vez y por todas, cuán valiosos somos los cubanos ─ aunque resulte un poco más difícil. Nada me hace más feliz que cuando oigo decir: verdad que se los come la miseria pero, mira, hay algo en ellos que los hace distintos. Es de ese modo que, con ojos de extranjero, pienso que piensan los extranjeros de verdad cuando vienen a mi país; aunque también están los que dicen no sé cómo pueden vivir en la cárcel de mierda esa, pero estos, en realidad, no encajan mucho en el mundo austero que me fabrico. Cuando digo distintos, agrego usualmente un por y, después, una sarta de adjetivos: inteligentes, desprejuiciados, creativos, francos…


El caso es que yo miré a la muchacha, entonces, con ojos de sueco y, en mi lucha soterrada contra el mundo materialista y déspota, ella representaba el non plus ultra de la pureza. Por eso regresaba: había decidido vivir entre carencias y penurias con tal hacerlo donde se valorara la honestidad. Ya no quedaban tantos creyéndose algo así, pero yo era uno.
Restan los doscientos sesenta y cinco kilómetros que median entre La Habana y Santa Clara. Tampoco puedo asegurar haya pensado en lo correcto o no de mi regreso, tras llegar al aeropuerto. Siento una mezcla rara, y una mezcla rara no puede catalogarse todavía como arrepentimiento. Queda Santa Clara recibiéndome con su luz mortecina y las calles desiertas, mis padres intentando darme la bienvenida junto a dos vecinos y los días siguientes donde la frase más común será «Tendrás que estar contento, porque esto es lo que tú querías, ¿no?», traducida como «Ahora, ¡jódete!».
Miles de personas, todos los días de este mundo, regresan a su pueblo natal. A no ser que exista un misterio detrás, como en aquel cuento de la hermana Visia o que quien retorne tenga un cuerpo despampanante como el de Sonia Braga en Tieta do Agestre, nada hay de llamativo en ello. Pero yo estoy regresando a Cuba y, a Cuba, muy pocos regresan. Quizás los viejos con cáncer ─no es menos cierto que los cementerios cubanos son más agraciados, por ejemplo, que los norteamericanos. Pero yo no soy un anciano en fase terminal y mucho menos vengo a morir, sino a vivir con dignidad.
En momentos en que la gente se lanzaba al mar en una balsa y en los claustros universitarios los profesores se sacaban los trapos sucios tras el viaje a Brasil; mientras los entrenadores deportivos denunciaban hasta a su madre por tal de que los enviaran en misión a Ecuador o los médicos soñaban con las ganancias que les reportaría Venezuela ─más que delante de la cámara dijeran otra cosa─, yo estaba haciendo el viaje pero en sentido contrario y, nada más y nada menos, que para vivir con decoro.
Los días siguientes a mi llegada serán, verdaderamente, los más difíciles. Yo habré cambiado y la ciudad también. En la imagen que aún me represento, toda ciudad que se precie de serlo debe tener un teatro o más de un cine y ─ en lugar de cagajones de caballo, charcos de orine y perros famélicos─ al menos sus cuatro o cinco calles principales, con algo de retoque e higiene. En la imagen que aún me represento las mesitas de dominó en medio de la acera se reservan para los barrios; igual la gente en chancletas y sin camisa sentadas en el quicio de la puerta. En la imagen que aún me represento cuando cae la noche y vas por la carretera, la claridad en el cielo, te indica que vas llegando a un asentamiento urbano de cierta relevancia.
En los días posteriores a mi regreso, la gente sentirá mucha curiosidad: sus mentes generarán una interminable serie de interrogantes, a las que sus propias mentes estarán dando respuesta:
─Se metió en problemas de drogas y tuvo que salir huyendo de allá.
─Es de la Seguridad del Estado.
─Tiene SIDA
─Tan pájaro que no puede vivir lejos de la saya de su madre.
─Se enamoró aquí.
─¡Qué clase de comepinga!
─Lo que se merece es una mano de tranca por la cabeza.
─Es que Dios le da barba al que no tiene quijá… ¡desaprovechar una cosa como esa!
─¡Qué genio me da!
Y, de seguro, otras cosas que no alcanzaré a precisar porque me lo impedirá la gorra encasquetada hasta la nariz, la mirada clavada en el suelo o el preferir las rutas por donde no tropezar con ningún conocido. Encontraré, de seguro, mucha gente ilusionada ─sobre todo con abandonar el país─, y a los más cercanos, que se alegrarán de verme, pero muy pocos diciendo: de que hayas vuelto.
Para los días que tengo por delante este es el plan: ver a un psiquiatra para que me ponga un tratamiento, a la semana de mí llegada; coger una cámara, a la segunda, e irme a retratar lagartijas y cundiamores; incorporar a mi lenguaje la frase leche fortificada, a la tercera. Después de eso, hacer mohines.
Volver a recuperar el apetito, sin embargo, me ha costado mucho. Recuperar el sueño más, aunque alguna que otra noche se me aparezca todavía la silueta de la aeromoza, pero ya no rodeada de un halo celestial. Ahora es ella quien mira con conmiseración y pena, mi maquillaje de tiza y el sudor encima de los labios.

**********************fin***********************************

DATOS DEL AUTOR

Aramís Castañeda Pérez de Alejo (Santa Clara, Cuba, 1965). Graduado de Filología por la facultad de Letras de la Universidad de Las Villas en el año 1990. Narrador, crítico e investigador. En el 2007 las Ediciones Capiro publicaron su libro de crónicas Un extraño en la bañera. Artículos, reseñas y críticas suyas aparecen en revistas y publicaciones de Cuba y el extranjero. En 1995 obtuvo el premio de ensayo en el Encuentro Debate Nacional de Talleres Literario. En el propio evento y géneros alcanzó mención en 1998. Obtuvo la Beca de creación Ciudad del Che 2006 por su proyecto de libro Un lugar en el mundo (la historia del Mejunje). En el 2009 obtuvo el premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara en la categoría cuento por su libro La ciencia avanza pero yo no y, en el 2010, mención especial en el concurso Fundación de la Ciudad Fernandina de Jagua por el volumen de cuentos Yo me manejo bien con todo el mundo. Su labor de investigación en el campo de las Artes Decorativas también le ha merecido premios y reconocimientos a nivel nacional e internacional. Actualmente se desempeña como promotor literario de la Librería Ateneo "Pepe Medina" de Santa Clara

lunes, 9 de agosto de 2010

Una mujer íntima en una ciudad que la descubre.





PAISAJES
sé que los únicos paraísos no vedados al hombre son
los paraísos perdidos...
J. L. Borges

LEYENDA


Nos llevaron lejos,
el Nautilus fue apenas
una flecha dorada
en el mar de las sombras.
Quise aprender de memoria
la ruta de las oceánidas,
pero sólo fueron leves estelas
tras la doble pupila
del cansancio.
Nada supimos,
hasta entonces...

Quizás crecer entre mujeres por ser único hijo varón, me dio una visión del mundo alerta a la sensibilidad, no una de un parpadeo tenue o una casualidad donde tenía que predominar la vida en rosa. Era una visión de la claridad en los jardines de una casa de campo, tan cuidados como si fueran los del jardín botánico nacional. Una madre que me llamaba a voces, y unas hermanas que me leían y cantaban, estrofas aprendidas de sus amores fugaces y de la soledad de un campo lejos del mundanal ruido de la ciudad. Trato desde entonces muy bien con las mujeres, puedo enamorarlas o entender ciertas zonas recurrentes de ellas que no deben ser tratadas con rudeza, y es casi mágico el poder hacerlo, porque son zonas del corazón que quieren ofrecer un tipo de sentimiento que no puede ser cortado de un tajo, es ir a mirar por dentro, sin que exista la oscuridad o algún mal presentimiento por ello.

Hacia las mujeres poetas tengo un don especial para, lejos de deslumbrarme, entender el por qué dicen la cosas de una u otra manera. Mayra N Delgado Novoa, tiene un libro bajo el título, Íntima Ciudad, que es también, esa parte de ella para confesar y descubrirnos con delicadeza, como la de una tejedora, que coloca los hilos con maestría, que no pretende llegar al lector con redescubrimientos, ni se lanza contra los versos como un tipo de caída de agua por un barranco, todo lo contrario; ella viene armada con una sencillez que gana, y con unos deseos bien delineados de entrar en una conversación agradable, con un sentido del tiempo y de los temas que trata, en la búsqueda donde los lectores podamos identificarlo. Terminado de leer su libro puedo dar testimonio, me atrevo y confieso que he jugado al diálogo con la autora desde esa zona en remanzo, donde uno repasa la lectura y se queda con el sentido atrayente de las buenas conversaciones, de lo que la autora, como dominio supo darnos, fuerza y lírica, sin percatarnos (porque no lo es) de tremendismos o modas, donde se gira y se juega con los filos de palabras que produzcan una cortadura u otra huella para que el lector no pase desapercibido: Mayra, no lo necesita, ella ha propuesto su estética desde el lado opuesto, incluso, lejos de el modo en el que yo escribo poesía. Cuando esto ocurre, así, sin torpezas, y con el logro de una lectura muy limpia y viva, admiro mucho más al autor. La suavidad, el lamento, o la captación de la belleza desde un estado de ánimo, convida y conmueve: sin esto, los versos del poeta serían letra muerta. Creo, en el logro de la poesía, en sus niveles de lectura cuando me lo provocan, (como es el caso de Íntima Ciudad ), incluso, sin esos giros a lo postmoderno, donde a veces, se juega a la suerte del eco de las palabras, como si la poesía no necesitara de ese feeling interno que es un sentimiento atrapado, que por suerte no obliga a la explicación, ni es un documento de identidad propiamente, aunque defina casi siempre la espiritualidad de su autor. Les propongo sentarla con sus versos al aire y disfrutar la lectura.


Juan Carlos Recio
NY/ Agosto 9 del 2010


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TRES POEMAS EN DICIEMBRE
Foto cortesía, Alejandro Batista López, Camajuaní, Cuba

De una máscara a otra
Siempre hay un yo penúltimo que pide...
O. Paz

I

Paso entre las imágenes
última sombra que pide
entre los mendigos de la oscuridad.
Desembarco en una ciudad dormida,
carnaval silencioso
que resbala en mis aceras
las suyas.
Hago un inventario de la noche:
las palabras el frío
y esta máscara de espuma
para conjurar
los demonios del sueño.

II

Sobre mi voz
otra voz
un eco crujiente,
quillas brumosas
embistiendo olas,
sordo rugido de arrecifes
bajo la espuma.
Bajo mi voz
otra voz,
un círculo interminable
de bocas y colas,
sibilantes centinelas
acechando al alba.

III

Este es el espejo,
del otro lado los pasos
los gestos
las palabras,
el sueño total
de un tiempo transcurrido
y eterno.
Esta es la puerta,
del otro lado los rostros
el corazón al pairo,
el mar oscuro e indiferente.
Estos son
el espejo y la puerta,
de este lado
el eco insondable,
la sombra
acaso nada.

DEUDAS



Ya lo sabíamos
antes de ser honda angustia,
arrastramos nuestras culpas como fardos,
nos detuvimos
en la exacta distancia
tras el horizonte.
Ya lo sabíamos
antes de pagar
a precio de usura
el remedo de ser felices.
Ya lo sabíamos
y, sin embargo,
ignorábamos
cuanta soledad
nos cabe en los ojos
de llegar
de partir
y no estar
y no habernos ido nunca.

TRIPTICO DEL MOULIN DE LA GALETTE


Pintura clásica: Moulin de la galette, tomado de la red

I

He traspasado la noche,
transgresora del sueño
soy la vestis scatata
insomne y lucida
que bebe sus versos
en este rincón oscuro
del Moulin de la Galette.

II

Estrujo el vaso triste,
nadie ha venido a compartir mi mesa;
sólo el girar de los cuerpos
las luces que no me tocan:
nadie para consolar
este Arlequín-niño que llora
la áspera ternura
de las manos de su padre,
las claras tardes lejanas
el mar grande y sonoro
batiéndole en el pecho

III

En este estrecho paso de vida-muerte,
del otro lado de la mesa
soy el equívoco Narciso sin estanque,
un alter ego
el enigma inconcluso,
la máscara
el espejo,
un sordo exorcismo de palabras.

INTIMA CIUDAD


Dibujo tomado de la red

a Dulce M. Loynaz

Una mujer es una isla,
un espectro gentil rezumando mareas
un largo carnaval rebosando las aceras
de su íntima ciudad.
Una mujer descalza sus aromas,
se deja soñar transparente y lúcida,
dispersa en el rastro de algas
que deja su corazón
en la tibia arena de la tarde.
Una mujer sueña
la inmortalidad de los peces
el suave follaje de sus plantas
su casa
más allá de las sombras,
el golpear de las olas
junto a la verja.
Una mujer reposa su soledad
como una promesa,
acomoda su silencio
y simplemente
espera.

La Habana, 4 de diciembre 1991

POETA TENDIDO*

tomado de la red (Poeta tendido, de Marc Chagall)

Voy a salir al campo
es tiempo de la luz
(alguien escribe por mí los versos
en la hierba que crece bajo mi espalda
)
sueño entre las margaritas
tal vez desangro un arcoíris
rara avis, mi mano...
Quién sabe de maravillas,
quién me va a despertar de este sueño,
quién me dibuja sobre la hierba
entre las nubes
bajo el agua
en la ambigüedad del verso.
Acaso soy este delirio...
Que nadie venga a romperme el paisaje,
quiero colorear este universo por siempre .
*Título de un cuadro de Marc Chagall

BALADA DEL ITSMO



Del otro lado del túnel
está el sueño,
fantasía cromática,
señales ambiguas
que trastocan referencias,
puntos cardinales.
(Los beatos
han invadido el templo
vestidos de mercaderes
y en cada una de sus balanzas
se ofrece
a precio de remate,
un pedazo del corazón de Jesús
).
Pero nosotros,
pobres criaturas de esparto,
no pudimos volar,
no alcanzamos remontar la arena,
áureo polvo de la tarde
con esta vocación de raíz
obstinada y lúcida
en nuestras plantas.
De este lado del túnel
está la espera
el silente film
en blanco y negro,
la dimensión intemporal
del espacio,
la espiral sin límites
del tiempo.

EQUINOCCIO I

ilustración de Alberto Lescay

Sombra y luz,
tu cuerpo.
Sombra y cuerpo,
mi luz
Luz y cuerpo,
mi sombra.

EQUINOCCIO II

I

Estoy ardiendo al final del día
gravitando
en la exacta distancia
entre tu cuerpo y la nada.

II

Soy un destello
entre la luz y la sombra,
una hoja breve
descendiendo sola
por la línea infinita del agua.

III

Me desnudo
y entro a tientas en la noche
acaso voy en busca del alba.

CÍRCULO INCONCLUSO

Diciembre agoniza bajo el retablo,
lo sabe esta púrpura marea
que me golpea los límites.
No hay nadie alrededor de la arena,
solo mi dedo marcando círculos de vida,
incomprensibles mensajes que no alcanzo,
signos que voy borrando con el aliento,
senderos que va tragando la selva
tras mi paso.
Puedo despertar y ser la sombra,
acaso no llegar al final de este giro.
Ah, si no estuvieras tú para alcanzarme!


ONIRICA DE INVIERNO

Una visión
ha marcado el cenit
de mis deseos;
cierta humana locura
me sacude,
y dentro de mis párpados
se engendran
caballos salvajes,
crines a contra-viento,
pechos agitados
que se desbocan
sobre la dulce sabana
de los anhelos;
una pálida lluvia
se desliza tímida
entre mis dedos
mientras la noche me halla
desnuda
oscura
distante
sentada al borde de mis pasos
dando de comer
a las raras aves que rondan
los muros sin límites del sueño.

ONÍRICA ABSURDA

Portada, publicación cultural, Guamo Santa Clara, Cuba.
Mido los pasos,
la estrechez del ángulo
retrocedo
tanteo,
es la luz
acaso la sombra;
bojeo las costas,
avisto playa
me detengo
levo anclas
espantada;
un sutil reflejo
casi luna,
el pavor de un paso
hacia la niebla;
trémula
indecisa
descorro los naipes de la escena
en las tablas
un triste clown
lentamente
me devora;
salto al vacío
despierto húmeda.

CON LLUVIA Y SIN SENTIDO


Se me escapa la tarde ajena de la mano que retiene inútilmente el
agua. Ha vuelto Charlot remendando su traje bajo las violetas,
descosiendo el sueño de su pañuelo, batiendo el ala que le cuelga
de su manga rota.
una habitante de las hojas
me ha cortado el círculo del aliento

Pero él lo sabe, intuye la leve alevosía de sus alas: los pétalos
son el sueño roto, un resplandor de sombras sobre las palabras
que gotean lentamente en su espalda.
un dulce asesinato de ternura
Se me escapa la tarde presa del sueño que me descose el alma,
mientras Charlot, entre las hojas, se esfuma en el doble espejo
inconsciente del agua.


LABERINTOS

Y parece como que se escapa de los versos, escondiendo sus heridas, un
alma sombría...
Jose Martí

LUNA NEGRA



Ya lo sabías
antes de ser un lúcido espectro:
el paraíso puede ser un sueño lejano,
un contrabando de húmedos adioses
un espejismo de resplandores fatuos.
Ya lo sabías
y también lo adivinaba tu corazón
de rabiosa espuma,
las margaritas truncas de tus dedos,
tus pasos sobre las huellas borradas del agua.
Esta noche, Lilith
dejo mi corazón en otra arena
y vuelvo a ser la desertora del paraíso
la negra luna escondida
el arco que falta
a la esfera inconclusa de la sombra.

VIENTO DE CUARESMA





para Minerva, por supuesto


Trazo con el dedo
una flecha de sal
sobre mi sombra,
dejo caer
una
a una
las monedas
que el viento arremolina
tras mi espalda:
cara o cruz no es el juego,
sino esta piedra mansa
sobre mi palma,
este vórtice oscuro
donde pierdo la mirada.
La tarde puede ser un precipicio,
el círculo de fuego,
una mágica hondura
llamándome
a la vuelta del silencio.

OPTIMISMO APARTE



Los ahogados claman
por una brizna sobre su cuerpo
y heme aquí
reclamando tierra
desde la tierra,
regalando mi corazón
en las subastas,
dibujando ventanas imposibles,
fundando ciudades
que no ha de habitar
persona alguna;
ah, la trampa de los días,
torcidos ríos
espantados del mar,
círculo eterno
en que pierdo los cristales.

EL EQUILIBRISTA


Foto cortesía de aristides Vega Chapú

Sólo la cuerda,
yo,
y estos dos abismos
que se me abren
a medio centímetro
del miedo;
frente a mí,
la cuerda infinita
y este paso
que puede colocarme
al otro lado del espejo.
Sólo un salto suicida
me salvará del aplauso.

RULETA RUSA



Tomada de Revista Umbrales, santa Clara, Cuba.

Desciendo del miedo
hasta el doblez
de mi asombro.
Una vuelta
y el envés de mi palabra
ya amenaza
la espiral infinita
de mi esencia.
Hace falta
un ojo
que apunte
y no falle;
hace falta
un dedo
que oprima
y no tiemble.
Temo por la balanza
y esta oscura certeza
de hallarme desnuda
al filo del desconcierto.

AGUA NEGRA




I

Van despertando los demonios de la tarde,
atónitos bostezos flotando sobre dados de espuma
Es hora de la marea,
el tiempo justo de las aves nocturnas
temblando de frío
en algún rincón del puerto.
Las luces se derraman,
se pierden
se ensucian
en este corazón de oscura agua
corriendo
viva
a los pies de Cristo,
que muere de su blancura.
Ah! la lenta, triste huella de los marasmos,
rastro de algas moribundas
que me circula
los límites de la luz.

II

Se abre la noche
más noche que otras
y que otras
húmeda de mi,
de esa profunda agua negra
que cae de su aliento como un lento caracol
desde otros pasos,
desde otro tiempo.

Puedo enjugarme la cordura,
creer este invento de locos,
saltar de mi silla gritando
encore!… encore!
Pero no me queda ya tiempo
para comprar espejismos,
acaso no me quedan ganas de leer
la crónica del espectáculo
al siguiente día.

III

"To be or not to be…".
el príncipe, enlutado y triste
echa a rodar su calavera.

CIRCULO CERRADO


foto tomada de la red

Ha cantado el cisne
o tal vez sueño
la agonía de sus plumas,
la dulce piedad de sus ojos
en lento vuelo hacia la noche,
sus alas
batiendo alas contra la ventana cerrada,
rompiéndose contra el cristal,
como el eco de ese canto
que otra vez escucho
en esta vuelta irreversible
al mundo de las sombras.

ALTER EGO



Nadie supo escampar
el rocío singular de su tristeza:
tendrían que haberse olvidado los espejos
de esta rara estatua de cera,
suerte de mujer-insecto,
rauda estela
en la luz trasnochada del insomnio;
habrían tenido que abortar
su torpe delirio alucinado,
los peces transparentes de sus ojos,
su breve esparcir de hojarasca
sobre las piedras.
Nadie sabe el rumbo
de las enfebrecidas luciérnagas
que huyeron de su mirada,
de los pasos que la llevaron
más allá de la noche,
disuelta
en la música
casi tangible
de las palabras.


***********************fin************************
Datos de la autora

Mayra N Delgado Novoa, (Trinidad, Cuba). Graduada de Derecho en La Universidad de La Habana. Ha sido premiada en los concursos: Pinos Nuevos (1994), y Lourdes Casal para escritoras cubanas residentes en Cuba y el exterior (1996). Algunos de sus textos han sido incluídos en las compilaciones, " Silvio: te debo una canción" (2005) y Un canto de mis ojos nace (2007). Actualmente vive en Milán, Italia.

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jueves, 5 de agosto de 2010

DOBLE NUEVE

En mayo pasado, al comentar en este blog la presentación de dos libros de Vicente Echerri en la Universidad de Columbia en Nueva York, escribí una breve nota, de la cual repito aquí un fragmento a manera de introducción al texto de "Doble nueve", el relato de Echerri que le da nombre a uno de los libros presentados en aquella ocasión y que hoy quiero compartir con ustedes:
Sobre el título del libro de relatos, una colección de cuentos de temática homoerótica, fue más explícito, al explicarnos que “el homoerotismo era, en último término, una manifestación narcisista, una fascinación por la propia imagen, un juego de espejos” y que, en ese sentido nada lo podría ilustrar mejor que la cifra mayor del dominó tal como se juega entre cubanos (en Estados Unidos y otros países sólo se juega hasta el doble seis) y que encuentra una reiteración simbólica en el dibujo de Servando Cabrera Moreno que ilustra la cubierta.
En esta foto Vicente Echerry, entre las profesoras Anke Birkenmaier(izq) y Gladis Feijóo.
Pero Doble nueve es mucho más que una selección de cuentos homoeróticos. Como el autor nos previene desde un breve prólogo, se trata más bien de una reflexión sobre nuestra precaria condición de seres en el tiempo, que se presenta bajo la máscara de la narrativa de ficción. En las tramas de estos relatos el amor es un ingrediente de esperanza y de angustia a la vez, y el protagonista de todos ellos, me atrevo a proponer, es el tiempo, que adopta diferentes disfraces en diferentes lugares y épocas. En su lúcido análisis sobre los relatos, la Prof. Birkenmaier resaltó la irrealización, la frustración de la experiencia amatoria, como una constante, como un topos que se reitera para revelarse como la esencia del mensaje que los relatos se proponen transmitir. Abundando luego sobre este punto, el autor comparaba la existencia de los seres humanos con el pabellón de la muerte donde los condenados esperan por la ejecución y “en ese pasillo sombrío, cuando el amor toca a nuestra celda, este llamado siempre ha de verse como un atisbo de la eternidad en el tiempo”.
Juan C Recio
NY/ 2010
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Doble nueve


—No te será dificil encontrarlo, te lo aseguro, aproximadamente de seis dos, de hombros anchos, de pelo ensortijado, más bien mulato, de ojos muy negros… Perdón, supongo que ahora no podrán vérsele los ojos; ya sabes, todos estamos sujetos a sufrir accidentes. ¿Quisieras probar? Es casi seguro que lo encuentres.
—Estoy cansado, —fue lo único que respondió el hombrecito de tez mugrienta, de ropa mugrienta, a quien le era dirigida la súplica—. Estoy cansado. —Como si realmente quisiera significar algo más que el simple cansancio del que ha llegado al final del día en un trabajo miserable—. Si hubiera alguien aquí con esas señas ya lo habría visto: mulato, de más de seis pies, de hombros anchos...¿piensas que soy ciego? No, no hay nadie que se le parezca. Si no estuviera prohibido, te dejaría ir solo a registrar en las neveras; pero hoy no estoy para tu tontería; además enseguida te cansas.
Y miró con un mezcla de pena y simpatía al hombre de cabeza afeitada como un bonzo, montado en zuecos que lo hacían parecer ligeramente inclinado hacia adelante, vestido con cierto desenfado juvenil, con cierta frivolidad que resultaba divertida sin llegar al ridículo. Tenía unas manos largas, y hasta se podría decir que hermosas, cuando articulaban el lenguaje gestual con que acompañaba la palabra.
—Te juro que esta vez es algo más que un simple presentimiento. En un instante en que me quedé dormido en el sofá mientras lo esperaba, me despertó un grito y, enseguida, me di cuenta de que era él quien gritaba, pese a que —y esto lo dijo en un tono más bajo— no le había oído decir más que unas pocas frases; pero si hubieras visto lo que insinuaba en el pantalón te habrías animado a abrir el frigorífico.
El otro se limpiaba los dedos en la bata sin demostrar ningún interés especial. !Ay!, chico, de que me sirve si está muerto, pensó decir; o, más bien, si tú sabes que no está aquí; o, aún mejor, ¿ no es hora ya de que te las arregles con ciertos instrumentos de goma? Sabía que cualquier respuesta resultaría cruel para aquel hombre que, a fuerza de frecuentar la morgue, siempre en busca de alguien, de algún mozo <<de maravilla>>, había terminado por hacerse su amigo. Por eso no se le ocurrió otra cosa que decirle:
—Anda, cuéntame de tu vida en la Isla de Pascua, cuando te masturbabas al pie de las estatuas gigantes en las noches de luna llena.
—No confundas la historia —el tono del suplicante era ahora ligeramente solemne—, me masturbaba un negro que cargaba sacos en el muelle y a quien convencí de que las estatuas eran dioses verídicos, y yo, el sumo sacerdote que me proponía renovar su culto. Después danzaba, como Salomé, la danza de los siete velos, y el negro se contorsionaba como un poseso. Tenía una verga inmensa que se la ofrecía simbólicamente al dios en el punto donde la claridad lunar lamía la piedra.
—!Bah!, ustedes los artistas tienen una imaginación. Ya me has cambiado varias veces la historia. La última vez contabas que un pigmeo te perseguía con una enorme red de pescar, mientras saltabas desnudo por una playa al tiempo que en el agua también saltaban los peces voladores para imitarte; y antes me has dicho que ibas vestido de gasa transparente, y una mujer, deslumbrada por tu repentina aparición, te tomó por el maestro de un culto esotérico. Esa vez no sé si era en la Isla de Pascua o en Tahití, y la mujer, dedicada al misticismo, no era otra que Greta Garbo, a quien tú confundiste con Ana Karénina y saliste corriendo a buscarle un ferrocarril.
—!Basta!
Y el hombrecito se quedó mirándolo con una sonrisa dulce, ausente, viéndose un poco a sí mismo en el ademán opulento y la postura juglaresca de quien parecía reflejarle su propio cansancio, un cansancio interior, de vida terminada que se esfuerza en convocar la alegría y termina asociándose con los muertos.
Muchos años atrás, él también había llegado a la morgue en busca de alguien; pero, a diferencia de su visitante, sí lo había encontrado, al tercer o cuarto día de peregrinar por cementerios y salas de disección. Lo había encontrado allí, en la A12, con la cara deshecha, azul que parecía pintado, pero había podido reconocerlo: los dientes, la pequeña desviación artrítica del meñique de la mano derecha, un lunar en la entrepierna que conocía muy bien... Desde entonces le había tomado cierto apego al sitio. Había vuelto varias veces después de la cremación y, por curiosidad, el día de un gran incendio, se había acercado a la mesa de las autopsias. Era un oficio desagradable, pero se quedó. Un modo de familiarizarse con la muerte, pensaba, de estar cerca de él, de esa dimensión tenebrosa donde su amigo habíase ido a habitar llevándose toda la capacidad de sufrimiento del que se quedaba, toda su capacidad de asco. Ser dios es hacerse de piedra, como los gigantes de la Isla de Pascua de que le hablaba el calvo en su constante fabular; ser dios es no sentir la menor debilidad frente a la carne; y como mejor está la carne es muerta, congelada, amoratada, tajada... Y así Èl, con más de veinte años de oficio, hundía el bisturí o cosía, a instancias del médico forense, con la fruición del que cumple un designio salvador, del que ha encontrado una vía para redimirse, con la misma piedad con que un monje hace penitencia. Y sólo por olvidarse de aquel cuerpo, de su cuerpo.


Lo había conocido poco después de llegar a Nueva York, en la cola de la agencia de empleos. El tenía unos ojos languidos, grandes, desmesurados. Hablaba con un tono cantarino. Decidieron mudarse juntos en el cuartito suyo empapelado con fotos de revistas. Para poder compartir mejor la única cama, se buscarían empleos en horarios opuestos, así también cada cual tendría la oportunidad de conseguirse alguna chica mientras el otro estuviera en el trabajo —había dicho él y el otro había asentido. Por semanas apenas si se vieron. Intercambiaban unas pocas palabras, aunque siempre con un asomo de ternura.
Una mañana —tocábale a él el turno de la noche— al regresar a casa se había encontrado las sábanas manchadas de sangre, y las había olido como un cachorro en celo, y se había masturbado, y se había enfurecido, y a la llegada de Ted por la tarde (que dulce le resultaba ahora su nombre, Ted, Ted).
—Mira, puerco, no pudiste haber cambiado la sábana, —le dijo cuando el otro se recostaba antes de entrar al baño— no me explico cómo no te da asco.
Y Ted le había respondido: —tú eres el culpable por no quererme.
Y entonces se había quedado mirándolo a la cara, transfigurada por la luz del ocaso que encendía el cuarto, con la intención ya de recordarlo siempre así: yacente, a medio vestir, desvalido, niño. Un minuto, dos minutos tal vez, estáticos los dos, como pintados en un cuadro. Y Ted le había dicho: <<ven>> y lo había tumbado sobre las manchas de sangre con una de sus piernas poderosas.
Después había cambiado su horario de trabajo para pasar juntos las noches en aquel cuarto que, de súbito, se había convertido en el lugar más hermoso del mundo. Casi siempre él llegaba primero, a tiempo de tener alguna sorpresa para Ted: alguno de sus platos preferidos, una camisa que se había detenido a mirar con entusiasmo en el escaparate de la tiendecita vecina, unos boletos para el teatro…
Ted trabajaba lejos y debía tomar varios trenes, razón por lo que muchas veces regresaba tarde y exhausto; pero siempre sonriente, siempre silbando el tema de Casablanca, que él era capaz de oír a una cuadra de distancia por encima del bullicio del tránsito y de los gritos de los niños que jugaban afuera. Su vida anterior a ese encuentro le parecía de una aridez insoportable. ¿Cómo pudo haber vivido antes sin ese cuerpo perfecto que se le mostraba como una deslumbrante epifanía, sin ese gesto suyo de desnudarse que siempre era de una provocativa inocencia?
Se había hecho a la costumbre de bañarlo, derivada de aquel diario acto de adoración al verlo entrar al agua como un cervatillo aterido a quien el chorro de la ducha tornaba de pronto de una difuminada ingravidez. Después lo secaba como a un infante y tomaban café en una orzita que se había convertido en la preferida de ambos. Eso que llaman felicidad era entonces el gesto de Ted que suspendía el paso del tiempo en la penumbra de aquella habitación sórdida, y que lo dejaba sobrecogido, como si el ritmo de la respiración del que yacía indefenso y desnudo fuese el mismísimo pulso del universo.
Esa felicidad, que alguna vez Ted empañara con el anuncio de que en algún momento tendría que <<formar un hogar como Dios manda>>, lo absorbió completamente durante un tiempo cuya extensión real de meses, semanas, días, se negaba a contar; y luego el accidente, su peregrinar por los hospitales y necrocomios con los ojos fijos como un sonámbulo, la identificación del cadáver, y esa asociación, desde hacía tanto, con la muerte, con el modo más auténtico de mostrarse que tiene un cuerpo.

II

El visitante, de pie, impaciente, observaba con un aire de condescendencia al hombrecito, que parecía encogido detrás del escritorio. El azar, su búsqueda obsesiva de desaparecidos en aquel siniestro lugar y esa bondad natural que poseía, y de que tanto se vanagloriaba, le habían permitido tolerarlo, hasta tratarlo con alguna confianza, aunque a las claras podía verse que no eran iguales: pobre diablo que se fascinaba escuchándole sus relatos de viajes, sus aventuras, empequeñecido en el fondo de su oscuro pasado, deslumbrado por el mundo de fantasía que a él se le antojaba fabricar. Infeliz que había echado su vida en aquel tráfico de carroña sin conocer jamás la felicidad, sin haber tenido nunca un gran amor. Y se veía asomado a la borda del ferry que lo llevaba de Brindisi a Patras una noche de luna y, de repente, la voz que había dicho a su espalda:
—¿Le gusta mucho el mar?
—Con buena compañía sobre todo, así como la tuya.
Y el recién llegado le había oprimido la mano contra la baranda del barco mientras él aspiraba con voluptuosidad el olor a salitre.
Habían despertado desnudos en su camarote al tiempo de irse a andar por el paisaje más lindo del mundo. Héctor era de Salónica, pero se quedaría con él en Patras para servirle de guía. Con él iría a las ruinas de Micenas y Tirinto para hacer el amor ferozmente al pie de las murallas de los cíclopes. Con Héctor también había ido a las islas: Quíos, Icaria, Naxos, Milo, Creta. Era como sumergirse poco a poco en un pasado, perfectamente romántico, que hubiera abierto de pronto sus puertas para él.
Muchas veces se había dicho que el amor tenía que existir en alguna parte como un complemento de la geografía, como alguna propiedad del paisaje, de la brillantez del cielo, de la constancia del mar. Héctor lo acompañaría durante aquel verano que él había extendido todo lo posible, escatimando las horas, los minutos, despertándose al amanecer para verlo desnudo sobre las sábanas como una aparición demasiado perfecta para que fuese real. Por primera vez en su vida se sentía enamorado; pero las vacaciones se acababan y Héctor tenía que volver a la universidad, realidad que el joven parecía aceptar con entusiasmo.
A ratos hablaba de sus amigos en Atenas, de los burdeles donde trasnochaba con ellos, de las expediciones arqueológicas que a veces lo llevaban por semanas a hacer vida de campamento: días enteros excavando, desenterrando una tumba o un templo, coleccionando fragmentos de una vasija, reconstruyendo el pasado de ese país al que tanto debían todos. Pero aquella era otra dimensión a la que él no tenía acceso ni Héctor parecía dispuesto a dárselo, una especie de puerta por la que el joven se escurría, algo así como su ambiente natural al que parecía llamado a volver luego de este abandono del verano.
En suma, Héctor seguía siendo un extraño, alguien que, al igual que los antiguos dioses de su tierra, se había divertido en acompañarle como un amante complaciente, para regresar después sin mucho pesar —y esto era lo insoportable— a su indiferencia natural, a su mundo, en el que alguna mujer, doméstica, tejedora como Penélope, lo esperaba para consolidar en casa y familia sus fueros patriarcales.
Héctor se marchó a la universidad no sin decir alguna frase deplorando la ausencia; pero, al mismo tiempo, con manifiesta alegría por reunirse de nuevo con los suyos. El volvería a Nueva York detestando la ciudad y a las ancianas estiradas que acudirían, celebrando su vuelta, al elegante salón de la Quinta Avenida donde se había ganado fama de maestro. Después de casi tres meses acariciando la cabeza de un dios, le tocaba volver al oficio de embalsamador de cadáveres, a poner la mano sobre aquellas cabezas raídas por la decrepitud, esforzándose en ocultarles los costurones de las repetidas cirugías con que habían querido disfrazar la corrupción indetenible. Todas iguales, con pesados brazaletes de rubíes y de esmeraldas, aferrándose a una existencia asquerosa, deseando seducir aún con aquellos pellejos que pedían a gritos sepultura. Había decidido odiarlas, despreciarlas, culparlas por su manera servil de ganarse la vida.
—Gracias, señora, créame que le queda precioso, será usted el centro de la fiesta.
—Gracias a ti, querido, gracias a ti. Ya mi nieta mayor está en edad de que empiece a peinarse contigo. Serás el peluquero vitalicio de la familia.
Lo será la puta de tu madre, bruja de mierda —decía para sí, mientras le hacía una leve inclinación de cabeza y pensaba en Héctor (pues Héctor era el nombre que ahora tenía la vida) solazándose en una playa del Egeo.

Había vuelto a Grecia al verano siguiente, y al otro y al otro, siempre dispuesto a acaparar el tiempo de Héctor, a renovar lo que ahora llamaba <<su amor>>, en el marco de un paisaje insólito poblado de ruinas venerables. Héctor había terminado por fin sus estudios y pensaba seriamente en casarse. No sabía, le había dicho, si con Bárbara, una alemana pelirroja de su mismo curso, o con Anyeliki, que había sido su novia por más de doce años.
—Podrás venir a pasar los veranos con nosotros, podrás tener un cuarto en casa, —sin advertir que lo lastimaba irremediablemente. Y sus noches seguirían solas, y el cuerpo de él pasaría como en propiedad a la pelirroja o a esa campesina de ojos bovinos que lo había esperado durante tanto tiempo sin protestar. La decisión parecía tan natural que no se atrevió a discutirla. Reclamar otra cosa hubiera despertado en Héctor un asombro más humillante cuanto más sincero.
—Está bien, tendremos una casa con dos alas y yo cocinaré para todos, e incluso podremos hacer excursiones los tres juntos, ya sabes que no soy celoso, y además...
—Te vas poniendo viejo —agregó el otro maliciosamente— y ya no me necesitas tanto como antes.
Y luego en tono de sentencia:
—Los viejos tienen que ir acostumbrándose a la soledad, al fin todos entramos solos en la muerte.
Después no había querido verlo más; así que cuando Héctor entró solo en la muerte, aplastado en el derrumbe de una de las ruinas que amaba, ya él se consideraba curado de esa pasión que, sin embargo, no logró disuadirlo de su búsqueda.
En los años que siguieron había procurado el placer desenfrenadamente, como le habían enseñado desde la adolescencia que alguien como él tenía que buscarlo. Y podía verse, infatigable y ubicuo, contratando muchachos en las ruinas del Coliseo o en la plaza de San Marcos, o perseguido por doce turcos pederastas en unas termas de Estambul, o entrando a hurtadillas a un gitano en un hotel de Valencia, con habitaciones bastante parecidas a otro de Oslo en el que un chico de quince años le dijera en un inglés muy suave it's the first time, be careful.
Ahora que no podía viajar —luego de abandonar su lucrativa profesión por la literatura— se conformaba con hacer incursiones por el barrio con algún pretexto honorable: comprarse una botella de vino, unas alcaparras para un guiso...
—¿Vives por aquí? ¿Estudias? Si no sabes mucho inglés puedo ayudarte, mi casa es al doblar.
—¿Qué quiere usted?, —podían responderle en tono hosco.
—Eso, —y apuntaba con un ademán inconfundible a las bragas del desconocido donde algo parecía abultarse con procacidad—. Este es mi teléfono, llámame cuando quieras. —Y después, para su desesperación, no llamaban.
Hasta que cayó en cuenta de que la belleza era el peor de los peligros: no se podía ser tan bello y sobrevivir. ¿Dónde podrían estar esos que le habían prometido llamar y no llamaban, esos que debían venir y no venían, sino muertos?

Fue así que comenzó a frecuentar la morgue, donde había conocido al guardián y practicante de autopsias, que ahora lo miraba desde su silla revestido de una comprensiva serenidad.
—Siéntate, —le dijo con la misma lentitud con que antes se quejara de su cansancio—. Siéntate, —repitió en un tono ligeramente conminatorio que empujó al visitante a obedecerlo.
El hombrecito sacó una llave del bolsillo y, con una especie de precaución acostumbrada, abrió una gaveta y extrajo un bulto que comenzó a desenvolver sobre la mesa. El otro lo seguía como quien asiste a un rito misterioso. Ahora tenía enfrente una caja de madera tallada, al parecer de caoba, de tapa cóncava y con asas, que semejaba un pequeño ataúd.
—Ten calma, ten calma —iba diciendo el hombre de la morgue mientras manipulaba la cerradura de lo que parecía, a simple vista, un joyero, una caja de música, o una urna funeraria victoriana.
—Tus visitas tendrán en lo adelante más sentido, comprende que no tenemos nada que buscar, ni aquí ni allá —e hizo un gesto despectivo para la oscuridad de la calle que se veía a través de la puerta.
Despacio, mientras el hombre de cabeza afeitada atendía embebecido, fue sacando de la cajita unas fichas de marfil y madera, antiguas y gastadas, y colocándolas sobre la mesa. Luego, con parsimonia, apartó la caja y comenzó a mover las fichas.
—Está prohibido, pero a esta hora yo soy el dueño del negocio.
Seguidamente las dividió y fue eligiendo al azar unas cuantas.
—Toma las tuyas. Si tienes el doble nueve, juegas tú.

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Vicente Echerri (Trinidad, Cuba, 1948), ha publicado poesía (Luz en la piedra: Madrid, 1986; Casi de memorias, 2008); ensayos (La señal de los tiempos, 1993) y relatos (Historias de la otra revolución, 1998; Doble nueve, 2009). Ha ejercido el periodismo de opinión por más de veinte años y columnas suyas aparecen regularmente en varias publicaciones de Estados Unidos y América Latina. Ha traducido numerosos libros del inglés al español.
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lunes, 2 de agosto de 2010

LA DÉCIMA EN ELISEO DIEGO


Por Carmen Sotolongo Valiño


Foto tomada de: http://www.los-poetas.com/e/biodiego.htm
Se cumplen noventa años del natalicio de Eliseo Diego y yo estoy de jurado en el certamen Fundación de la Ciudad de Santa Clara en el ¿género? de décima. Luego de haber leído los libros concursantes, haberme encontrado casi en cada uno muchos buenos poemas y haber sufrido lo indecible con la lectura de tantas "renovaciones" --que, absurdamente, se reducen, si bien miramos, a lo tipográfico--, oigo la noticia de la tardía inclusión del homenaje al poeta de En la Calzada de Jesús del Monte, en la Noche de los Libros. Casi sin querer me tomo un descanso releyendo los versos que me han consolado toda la vida: un sorbo de café en la madrugada…, la confortable arcilla…, la hirviente nave del maíz dorado…, Cuando la sota de Espadas es triunfo... Miro al techo, deploro una vez más estos jurados a larga distancia, ¿es posible debatir por teléfono la "atmósfera" de un libro?, ¿es serio llamar "innovación", a disponer la estrofa en forma de párrafo y disimular así las torpezas métricas, la falta de oído para los acentos, la necesidad de rimar hasta el cansancio con verbos conjugados en la misma forma gramatical? Desde tiempos inmemoriales me llega la voz del autor de Eclesiastés: No hay nada nuevo bajo el sol, y la de Luis Rogelio Nogueras añadiendo: Ni sobre él.
Se ha probado hasta la saciedad que todas las irregularidades de la décima se cultivaron desde su propio nacimiento: alargamientos (doce versos), cabo roto, motete, verso cortado; decimillas en arte menor, y también en eneasílabos, decasílabos, endecasílabos, alejandrinos y versos mayores; variaciones en el esquema de rimas; décimas asonantes, polimetría, y un largo etcétera, cuyo estudio el interesado puede encontrar, abarcando desde antes del mismísimo Siglo de Oro hasta el modernismo, en la Métrica Española, de Tomás Navarro Tomás, o, si lo quiere más concentrado y hasta la contemporaneidad, en La décima escrita, de Adolfo Menéndez Alberdi (1987). Quizás por eso ahora las "renovaciones" se concentran en lo tipográfico, en dislocar la estrofa por toda la página, aprovechando los encabalgamientos, o desarticularla atendiendo a una supuesta confluencia de sentido. Bien, esto, una vez más, es muy viejo, como novedad lo ofreció la vanguardia artística hace ya justamente un siglo, y si pasó muy pronto a otras novedades es porque el recurso en sí no daba para más. Y la disposición en forma de párrafo pretende renunciar a una de las peculiaridades más expresivas de la poesía española: la pausa de fin de verso y la ley del acento obligatorio, con la consiguiente diferencia de duración silábica que le acompaña. Por supuesto que este pretendido renunciamiento no es un logro, ya que para leerla no queda más remedio que recomponer en la mente la estructura tradicional, y aún en el caso de que uno se encuentre con versos bien medidos y rimados, la pérdida de intensidad poética es notable. El resultado de todo esto no es más que una aplastante monotonía, y no me deja de causar asombro la defensa a ultranza, el "fundamentalismo", con que se pretende erigir en parámetro de calidad algo que se consigue presionando la tecla correspondiente en la computadora (aquí la Sota de Espadas me mira insolentemente y quiere derribarme). Verdad de Perogrullo: la calidad de un poema en décimas, como la de otro escrito en cualquier otra estrofa, o en verso libre, o en prosa poética, no depende para nada de estas "renovaciones" externas. No están en ellas los versos que nos acompañan como propios y que, como decía Eliseo, nos ayudan a vivir. Una de las razones que percibí, subyacente en este fundamentalismo es el horror que sienten los que hacen décima escrita a que se les considere contaminados de repentismo: cualquier aire que recuerde nuestro canto popular se considera descalificador y así botan al niño junto al agua sucia de la bañera. No ocurre esto último, por suerte, entre los poetas que residen en nuestra provincia y que escriben, entre otras cosas, décimas, porque ya hace un largo trecho que están de vuelta de estas "majaderías antirrepentistas" (parafraseo a Ricardo Riverón). Hay en nuestra poesía popular más auténtica (ya sea humorística o seria) un impulso vital, una trascendencia de asuntos, una gallardía y una eficacia comunicativa que no es de desdeñar, y menos en estos tiempos de tanto verso estragado. La oralidad tiene vicios, como también los tiene la escritura, solo que en esta última son menos disculpables. Lo imprescindible es que tanto si aparece dislocado como si está en forma de párrafo, el poema en décimas sea un buen poema. Al fin del juego: fe y barajar.
Varias y muy buenas décimas incluyó Eliseo Diego en su libro Por los extraños pueblos (1958), junto a sonetos, otras formas estróficas y poemas en verso libre. Los lectores de sus conferencias y ensayos saben bien cuánto apreciaba la cultura tradicional popular (Secretos del mirar atento, Los cuentos y la imaginación infantil, Los hermanos Grimm y los esplendores de la imaginación popular, por citar algunos). Hace algún tiempo publiqué en la revista Signos, un trabajo acerca de la relación que puede apreciarse entre las antiguas fábulas y algunas piezas de Versiones. En Por los extraños pueblos, en el poema "Las casas de madera", se refiere a la estrofa como sigue: Las casas de madera / por las tardes sonando / como lejana décima,/ (…), luego, al final del mismo, expresa que el polvo del Domingo asciende "como canción del pueblo". Si el sonar de esta canción lo encanta, no es extraño que prefiera la espinela; una de las más recordadas, conocidas, glosadas o utilizadas como exergo, es la primera redondilla de "Los trenes": ¿A dónde han ido los trenes / llenos de fama y poder, / cuya elocuencia fue ayer / la gloria de los andenes? Hay once poemas en el libro compuestos por una sola estrofa en forma de décima, todos octosílabos, todos con pausa después del cuarto verso, con predominio de encabalgamientos suaves por suprametría, los cuales a veces son interrogaciones o exclamaciones. En ellos encontramos sus temas obsesivos: la memoria, la infancia, la muerte, el tiempo, los animales y los objetos entrañables que rodean la vida cotidiana del hombre. Son ricos en recursos estilísticos, su tejido poético es complejo aún dentro de la aparente sencillez de la espinela. "La guerra", por ejemplo, termina con una superposición temporal, que constituye un cierre magnífico para el breve poema:


El fiel anciano repasa
sus memorias. El caballo
sediento, y el fino gallo
que sacrifican. Y pasa
la tarde lenta en la casa
que la vasta lluvia encierra.
Va entrando el agua, y no cierra
el postigo. Y un instante
nos da en la cara, fragante,
la intemperie de la guerra.
En los poemas descriptivos, la tropología visionaria otorga una dimensión simbólica a sus paisajes, que desborda el plano de lo enunciado, así, por ejemplo, en "Las nubes":

¡Qué libremente se van
las nubes, qué lentamente!
Y cuando el monte prudente
las llama oscuro, le dan
áureas migajas de pan
y siguen alucinadas
por las sabanas moradas
que tienen costas de fuego
--en las que se pierden luego
suaves, dementes, calladas.

En la poesía de Eliseo Diego pueden encontrarse magníficas piezas cuyo pretexto es la descripción de una pintura, un retrato, y desde ahí se abren a otra dimensión, generalmente a una superposición situacional (de tiempo-espacio), por ejemplo su "Óleo del cobertizo con las aves" o "Vasija india". Son excelentes ejemplos de escritura ecfrástica, como lo son también sus décimas "La taza" o "La luceta", que pudieran estar en el "Catálogo rimado" del Museo de Artes Decorativas, al igual que "La consola":
Consola que tantas cosas
sostienes en el olvido,
madre del reloj dormido,
protectora de las rosas;
en estas noches tediosas
en que el silencio nos duele,
déjame que te consuele,
vieja de piedad sencilla.
Si toco el tiempo en tu orilla,
qué importa que octubre vuele.

De pronto advierto que el poema titulado "La esfinge", compuesto por decasílabos blancos con alguna rima asonante libremente distribuida, consta de diez versos; quizás alguien considere que es una décima irregular, pero lo que sí es seguro es que es una bellísima concentración de los motivos poéticos que tanto nos deslumbran en este poeta: las lejanas provincias de la infancia, los patios, "el pequeño lagarto en el río / misterioso del muro", los canteros, el terrible temblor de lo perdido, la impasibilidad ciega del tiempo. Ahora tendría noventa años Eliseo Diego y una vez más sus versos me ayudan a vivir y a sobrellevar el peso de los días.

Artículo tomado de Hacerse el cuerdo, Revista digital de la UNEAC en Santa Clara.
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Carmen Sotolongo Valiño (Santa Clara, 1954) Licenciada en Filología por la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas. Critica e investigadora literaria y teatral. Miembro de la Uneac, del Consejo Editorial de la revista Umbral y asesora del grupo de Teatro Guiñol de Santa Clara. Recientemente prologó la convocatoria poetica Noche cálida en Santa Clara, publicada por la editorial Capiro.