sábado, 22 de marzo de 2014

¿Cómo se llama el show?


Un cuento de julio Benitez.


¿Cómo se llama el show?
 


Señoras y señores. Queridos invitados. En el día de hoy se inicia el espectáculo de la alegría. No más titubejos poéticos ni aburridos relatos de nunca acabar. Payasín ocupará el espacio que antes tenían los cuentistas interminables. Oye chico, si no te gusta ahí está la puerta y ve con tu ruido a otra parte, gritón. No queremos piezas aburridas. Basta de vejestorios y repeticiones. Listo, Juan José. ¿Preparado? Recuerde que a partir de de este momento se prohíben las narraciones pesimistas de Long Beach: Si quieres cooperar invita a las artistas más famosas del palo y dedícate a hacer reír. Y tú Pancho, no te creas que porque ya no se escuchen las letanías de WiIllow Boulevard vas a sacar ventaja con tus historias de Jaimito. A partir de ahora tendremos el pre-show en el que se apuntan los valiosos y recién llegados. Sólo quienes aporten algo nuevo pasarán a ser estrellas. En ese momento se practicará el baile de moda, la canción emblema y las carcajadas. Si tenemos tango hay que prepararse para cargar las rellenitas y no sólo al ama de casa que se mantiene bien escuálida porque ni modo que ese que fuera narrador de tiempos pasados. No es justo, protesta una voz. ¡Ah! ¡ Y no queremos patones!. Al que no le guste que se largue. Basta de discusiones. Alegrías necesitamos. Y mucho talento. ¡Viva el espectáculo! Somos muchos hispanos y Payasín ha tenido la amabilidad de invitar a numerosos malabaristas y otros artistas refinados. Que vengan las guitarras de concierto, que suene el bandoléon, que salga de la tumba el violinista y que lleguen los declamadores a hacernos sentir muy románticos. El desfile de modas se incluirá porque en estos tiempos las vanidades son muy importantes. A los salvadoreños, ¡ Mauricio!, seguí con su poesía pero se les ruega contactar la Chanchona porque sin cumbia como que todo está aburrido. Alejandro, vamos a incluir el indito pero busca nuevas cosas, vuelve a la picardía urbana, mano. Incluso, ¿qué tal, si se prueban todos los disfraces? Los de siempre, olvídense. Váyanse con su música a otra parte que necesitamos espacio para los novísimos poetas y músicos y también para los histriones del Valle y sobre todo para los malabares de la palabra y los objetos con un aire claro y nuevo.
 

 
Para que la cosa se transforme, hay que preparar cohetes y llenar de colorido la casa. ¿Qué tal unas luces tornasol refractarias? Si no nos sentimos parte del show, no entraremos en las transformaciones. ¿Alguien conoce un profesor destacado? ¿Un periodista chicano? ¿Por qué no Jorge Ramos? ¡Cállense, los de siempre, protestones! Ahora todo se cambia. El Editor se viste de gala y con smóking. ¡Ah! por cierto, nada de vinos ni empanadas argentinas y mucho menos croquetas cubanas. Esta ni es casa de borrachos ni apoyamos los golosos. La peña que no es más peña ni cocuyo ni coleóptero alumbrado necesita nombre. Ya lo sugirió la poeta de los encantos rusos y los versos del camino. Su esposo contento no canta más. Así le sobra tiempo en Tijuana y compone llaneras con el cuatro y como Norma que se va a Argentina se nos puede desaparecer sin recordarlo. ¿Qué importa?


¿Payasín? ¿Cuál es el nombre del show?
Queridos amigos. Espero sean comprensibles y los de siempre escuchen. ¿Qué tal Le Moulin Rouge?
¡¡Imposible!! ¿Qué broma es esta?
Entonces¿ qué propones? Pregunta Payasín.
Que decida Editor.
¡No jodas chico!, grita ya saben quién y no está solo.
Alberto el de provincias y no es gaucho, todo enojado, dice que sus canciones folklóricas no se mezclan con nombres de prostitutas.
¡Silencio! Editor, escarlata la catadura mira a todos. Me tienen hasta las pelotas. Tenemos los convidados. Gabriel necesita pronto su artículo. Nadie se esconda en el patio. ¡Prohibido fumar! ¿Ángela? Hay que estar callados y escuchar. Si me voy a la Argentina esto se jode.
¿Entonces, cómo se llama el show?
Payasín se esfuma, las damas del palo vuelven a Long Beach. La Chanchona ya no toca cumbia, los juglares a su casa. Pancho se apresta a la picardía mexicana, Juan José saca su panfleto bogotano de veinte páginas. Cada uno a su sitio.
Nuestra anfitriona viste ropas más discretas y holgadas. La calma vuelve y sale a Editor mucho pelo. Ya no hay quien ponga orden. ¡Qué reiterativo!, dice frustrado.
¡Basta Buenafé!. Vos sí que sos atorrante, callate y terminá tu cuento.

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Sobre el autor.
Benítez Julio. Guantánamo, Cuba, 1951. Profesor y escritor. En 1990 su libro de cuentos La Reunión de los dioses, gana el premio del Concurso nacional Regino Boti y l. Su obra se encuentra dispersa en varias publicaciones. Ha sido antologado en Cuba, Argentina y Estados Unidos. Entre sus publicaciones se destacan los libros de cuentos La reunión de los dioses, Guantánamo 1991 y en Glendale no hay ladrones. Publicó las novelas la Reunión de los dioses, Las Tres Muertes de Gurrumina Robinson y recientemente Operación Serpiente (2013) En poesía ha publicado El rey mago , EL libro de Islenira y El Cancionero de Amael, así como. Ha ofrecido conferencias y recitales de poesía en español e inglés en el área de Los Ángeles y Miami. Pertenece a diferentes grupos de escritores entre ellos La Luciérnaga del que es miembro de su consejo de redacción y ha sido jurado de varios concursos. Fue delegado de la organización POESIA en el XXIV Simposio de Literatura de Buenos Aires, Argentina. Es Crítico Literario de la Revista Cultural Hispanoamericana y ha publicado en sitios como Neo club Press y La Peregrina Magazine entre otros. Publicó en el 2011 el grupo de ensayos titulados. El Libro Mágico (a propósito de La Edad de Oro). Ha sido incluido en las selección de La Poesía Festival 2012 y 2013 con los mejores y más activos poetas angelinos.
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sábado, 25 de enero de 2014

MONÓLOGO SOBRE LA MARCHA


                          ‘Un pie en lo alto y otras encerronas’

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                                                      Imagen de portada "Adiós"
Publicado por La Pereza Ediciones. 



    Los caídos eran cada vez más numerosos entorpeciendo el desarrollo normal de la avanzada. Mi voz se unió al coro que interpretaba el himno 2005, cuyas estrofas, referidas al mérito de lograr la ansiada meta, habían sido compuestas cuando la Gran Obra apenas andaba en sus inicios.
   En los ratos de mayor agotamiento, cuando creíamos perder el ritmo del entorno, bastaba con dejarse conducir entre la multitud para recuperar el impulso o la armonía.
   Pero aquella tarde empecé a renegar por vez primera.
   El bichito de la duda, ese insecto suspicaz, amenazaba corroer mi voluntad con su presencia ineludible. La marcha no iba a terminar, repetía la voz en mí con una secuencia de latido intermitente, y aquella idea inacabable, de infinitud en la tarea, de ausencia de la luz, parecía acomodarse con más fuerza en las zonas claves de mi menguada condición. Recordé que al principio, cuando la empresa era apenas una novedad, un reto voluntario y tentador, había quienes hablaban con nostalgia de los tiempos anteriores, cuando todo bullía en el más libre de los albedríos. Generalmente eran mayores, que habían quedado en el trayecto, pisados, aplastados, adheridos como tenues manchas al eterno gris de la alameda, y con ellos se fue yendo una parte esencial de la memoria, que entonces no supimos valorar. Todavía amábamos la marcha, y más que amarla sabíamos que era necesaria. Lo único realmente cuestionable —si es que hubiera algo en tal sentido— era que nuestras familias habían sido colocadas de forma individual en el inmenso tumulto para evitar distracciones de la mente o quizás del corazón, y para interiorizar en cada uno de nosotros que la familia verdadera éramos los fieles: la gran familia mayor que conformaba aquella empresa.



  Hubo un tiempo —vanidad del individuo— en que añoraba llegar hasta la meta, tan sólo por regalarme esa gloria del espíritu; pero luego comprendí que la verdadera meta era el camino, ese andar codo con codo, sudor contra sudor, y me di a disfrutar cada pisada, cada himno, cada flaqueza, y cada recuperación.

  Los momentos más felices era cuando la masa recibía el Premio Colectivo y se adentraba en los Túneles Heroicos, cuyas pantallas laterales nos mostraban imágenes de otros momentos del desfile, cuando éste, así como sus miembros, exhibían diferencias notables con nuestra actualidad. Era una forma hermosa de sumergirnos en las variaciones de la historia. Sin dejar de caminar, veíamos aquellos seres de la pantalla, como si desfilaran con nosotros o nosotros en ellos, lo cual le confería al pasado notables visos de realidad, y cuya entereza nos comprometía a buscar un adelante que nunca estaba en el ahora.

   También en la pantalla había caídos, ancianos y mujeres, que tal como ocurría de este lado, no podían resistir más allá del tercer tiempo; y otros que, inexplicablemente, preferían negar su condición traicionando El Ideal. Entonces sus compañeros esgrimían su bastón —símbolo cimero de La Obra—, y lo golpeaban con impúdica justicia. La voz de alarma se corría masa alante y masa atrás hasta que los familiares del traidor, cuyos rostros no fueran convincentes, eran localizados y ejemplarmente reducidos para extirpar el mal más allá de sus raíces.
  Vimos derribar a muchos, convencidos de su culpa, y a otros que no podían esconder el estupor. Sin embargo, los nombres de quienes fueron fieles al Ideal —la inmensa mayoría—, eran grabados con caracteres de oro en las pantallas para satisfacción de los marchantes por venir.
 


 Cuando salíamos de aquellos conductos, teníamos más firmes las ideas, alimentada por tantas millas de incesante sacrificio, y soñábamos la gloria ineludible de la meta. Las enseñanzas se fijaban en nuestras mentes con suma claridad, para que nada pudiera desviar el Objetivo; pero la sombra de la duda, siempre esquiva de la luz, me vinculaba aquel final con el comienzo, como un gran suplicio circular.

   Quizás fuera esa la razón que me hizo disentir, pretender que la cabeza de la marcha se unía con la cola en un aro infinito, tal ves circulaba la Tierra en su extensa redondez, como un meridiano giratorio, por lo que cada uno de nosotros éramos cabeza, y luego cuerpo, y luego cola, y de nuevo cabeza en una metamorfosis marcada apenas por la influencia del clima o los caprichos ambientales. Ya casi nadie hablaba del final ni de la gloria, sino del acto inmortal del sacrificio. En los ojos de mis compañeros creí descubrir un sentido de resignación ante las leyes de lo ineludible.

  Cuando la pierna izquierda comenzó a darme latidos cada vez más apremiantes, desviando la línea imaginaria de mi yo, me fui escurriendo con la ayuda de mi báculo hacia la parte derecha, entre la apretada muchedumbre, con el objetivo de conseguir examinarme. Pero el largo muro que nos contenía, tan alto como el cóncavo celeste, se movía y avanzaba al ritmo de la masa, como si fuera parte de la misma, y no encontré el más ínfimo recodo donde ofrecerme alguna tregua.



  A partir de ese momento me propuse desertar. Algo tenía que haber fuera de aquella caminata, algo terrible, pero estaba dispuesto a correr los sinsabores. Los himnos empezaron a salir con torpeza de mi pecho. El aire se me escapaba con cada melodía y parecía no volver a mis pulmones.

   Durante un tiempo incalculable, salvo por los períodos de lluvia o de sol o de lejanas estrellas, mientras caminaba o me dejaba arrastrar con indolencia, intenté conformar un plan para encontrar una salida. Los muros laterales eran prácticamente inabordables, a no ser que existiera alguna abertura disponible. Si me dejaba caer al pavimento, no podría sobrevivir a los miles y miles de colegas que cruzarían sobre mí, con todo el peso de la historia retumbando sobre mis partes más endebles.
   Una de aquellas tardes vi el rostro de mi padre doblado sobre el asfalto, entre las piernas que lo pisaban. Vi su rostro ensangrentado, comprimido bajo las huellas de sus compañeros. Temí que cayera sobre mí el peso de la justicia, pero en el semblante de mi padre se advertía, tras una pobre sonrisa, un esbozo de lealtad insoslayable, que lo dignificaba ante la historia.
   Lloré en silencio, cuidándome de no mostrar mis lágrimas, mientras seguía entonando el himno 13, que hablaba de los muertos buenos y del buen arte del morir. Me maldije por vil e inconsistente, traté de corregirme; pero la idea de escapar era un gigante que me aplastaba con cruel ferocidad. Pensaba en algún hoyo sobre el pavimento, alguna tapa camuflada tras la cual podía hallarse la cavidad donde pudiera, si no dejar la marcha, por lo menos negociar unos minutos de descanso, como una subterránea lombriz que escapa de la luz, pero el suelo se mostraba cada vez más uniforme como un desierto de metal, inconmovible.

   Preferí dejarme conducir por el tumulto hasta recuperar algún aliento. Pero algo debió ocurrir. Alguna mirada amenazante o inconforme. Quizás mi voz sonó desafinada en algún épico pasaje, o en los escasos silencios mi rostro no mostró la expresión que exige lo solemne, aquella que refleja todo espíritu leal y conmovido. Tal vez una lágrima indiscreta y acusadora corrió por mi semblante —pecado imperdonable en un sitio donde no hay espacio para el llanto—. No sé. El primer golpe me arrojó violentamente al pavimento. El segundo apenas lo sentí dentro de la andanada que siguió, entre las botas que pateaban mi figura. Tardíamente intenté incorporarme y buscar un acomodo. Nada en mí fue capaz de responder. Me hice un ovillo, escupí la sangre, y aguardé resignado mi destino: derretirme, integrarme al gris como una mancha más sobre las otras manchas que conforman esta vía interminable. Doble mancha la mía, porque no espero que la justicia final me conceda un desagravio y mi nombre aparezca en los Túneles Heroicos, ni siquiera por consideración a esa mancha pura que es la mancha de mi padre.
 


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Para comprar el libro:


 

 
Sindo Pacheco (Cabaiguán, Cuba, 1956) Premio El Caimán Barbudo (1990). Ha publicado Oficio de Hormigas (cuentos, 1990) Premio Abril; y las novelas Esos Muchachos y María Virginia está de Vacaciones. Esta última recibió el Premio latinoamericano Casa de las Américas, el premio anual La Rosa Blanca que concede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y el Premio de la Crítica a las mejores obras publicadas en Cuba durante 1994.
En 1995 recibió el premio Bustar Viejo, de Madrid, España
, por su cuento Legalidad Post Mortem.Cuentos suyos han aparecido en las antologías “Cuentos de la Remota Novedad”, “Los muchachos se divierten”, “Diana”, “Fábulas de ángeles”, “Antología del cuento espirituano”, “Punto de partida”, y en diferentes revistas como Bohemia, El Caimán Bardudo, Letras Cubanas, Casa de las Américas, entre otras. Textos suyos han sido publicados en México, Rusia, Venezuela, Argentina y España. En 1998 la Editorial Norma, Colombia, publicó su novela juvenil María Virginia, mi amor (finalista del Premio Norma-Fundalectura); y en el 2001, su novela Las raíces del tamarindo, fue finalista del Premio EDEBÉ, y publicada por dicha editorial en Barcelona. En el 2003 la Editorial Plaza Mayor, de Puerto Rico reeditó María Virginia está de vacaciones. En el 2009 salió Mañana es Navidad por la editorial Iduna de Miami, y María Virginia mi amor por Gente Nueva, La Habana.Actualmente reside en Miami, Estados Unidos.
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jueves, 14 de noviembre de 2013

Dimensión y alcance. Tres poemas de Joaquín Badajoz.






   Todo horizonte mas allá de las manos, no significa que es invisible ante los ojos, o desapercibido como punto de una lejanía geográfica que limite un alcance. Al menos en la poesía de Joaquín  Badajoz, es un horizonte donde reencontrar no solo atribuciones específicas y muy originales del poeta, se invierte aquello de retroalimentación y búsqueda, el hombre, el poeta, vive como es sobre su mundo circular, lo acomoda en esas zonas del alma donde el ente devuelve no tanto el trasiego o la conquista, es como diría, quien descubre tesoros en poeta inédito, un fino lirismo que versa y juega, sin pretensiones a filosofar con un discurso educativo, lo hace en esa mezcla de metáfora y canto,  y  se atreve como hace el viviente que no puede contenerse, regresa de vivir plenamente en la conciencia que no necesita ser pura, aquella que no se produce por vanidad o enojo. Tal es así, que su poesía   se expande, algo que Walt Whitman padeció desde el carácter hasta convertirlo en su universo poético. Y Badajoz, si lo vemos desde el mismo resultado, viene de la influencia de caracterizar, su hecho poético, validando no tanto la forma de decir, ni de redimensionar el contenido, es en esencia, la naturaleza del viaje que propone como pretexto para mostrar esos horizontes ya conquistados.  

  
 
 
 
   Pero el indidividuo que sabe ser lector de lo que escribe, como talento y como base de su propuesta, viene, ( lo logra con muy buen acierto Badajoz) viene de ese estatus del regreso de quien ha tenido el lujo de partir y volver y volver a partir, no para que juzguemos de su aprendizaje, mejor para que sus cicatrices puedan verse en la diversidad de formas donde su poética, lejos de cualquier misterio o cálculo, se sostiene en predecir muchas de las preguntas y respuestas que asume, a conocimiento, y por inspiracion, con una originalidad que calca -también por acierto-   de la transparencia de una belleza fisica, dada de la belleza del sentimiento, algo que necesita luz y que no puede ocultarse. Creo, además, raro en estos dias encontrar tal coherencia, porque a lo sumo, muchos que dicen miran desde el corazón, a veces llegan a ofrecer unos versos tejidos sin el goce y el encanto propio de quienes por contradiccion padecen el verso como padecen sus vidas. Siempre o casi siempre, como bordes de un espejo, sin que por ello reflejen el cómo mirarse. Y por añadidura, se ocupan de una voz generacional que no los distingue alejándose del resto.
 
 
 

   A enderezar esa contradiccion de mirada que sabe ser profunda y de transparencia, llega el poeta Badajoz, y no creo viene con un escudo, ni a tono de descarga o metralla, mucho menos a decantar vicisitudes, ni tampoco por ser el héroe que agoniza,  cuando cuece sus versos con la organicidad del hombre ilustre que si ha de padecer, no es a falta de instalarse con conocimiento sobre la palabra, es tambien la constancia de ver pasar un día y otro, mortal y simple, capacitado para que esa costumbre lleve la suficiente dosis de levedad, algo asi como vivir despierto y asumirlo.

  Este regalo que ahora comparto en Sentado en el aire, es el aviso, de que toda atemporalidad lleva, mejor que el juicio común de las buenas lecturas, el soporte donde hace que pensemos en ser las actuantes del disfrute de la cosecha de un poeta, que ya tiene, -lo repito-,  la dimensión de ese horizonte, más allá de sus manos.

                                                                                                                 Juan Carlos Recio.
 NYC- 11-14-2013

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                                    Del libro: Passar Páxaros











En el sueño de Rrose Sélavy...



…hay un enano salido de un pozo


que viene a comer su pan en la noche.


Robert Desnos

 

Estos criaderos de cuervos,

se apergaminan Apolonio tras los huesos,

son cuchilladas, agazapadas sombras,

saltos montaraces que encallan en lo blando.

Un tórax, la pupila,

echarse a descansar violentamente sobre el lodo,

la soledad su depravado asombro.

Estos saltos Apolonio del estómago,

desovillan los años vuelven trémulos

a sus ejércitos de hormigas,

sus canales cerrados a cuajarones bajo el labio,

donde los seres resguardan sus marcas impolutas.

 

Navegaste Apolonio los mares de piedra,

las oleadas angostas de la tierra arada,

implosionando vientos con tus pulmones raquíticos,

donde el humo asentó su nacarada escoria

y el junípero y las colitas deformes en sus canteros

impulsan la aguja suspendida en la bitácora

con sus ventiscas de arena murmurante.

En estos años decrépitos que el agón no bifurca,

arrastrados por el peso de los cuerpos,

caemos en la muerte súbita, sus círculos concéntricos.

Sobre los árboles se desvirgan los pájaros,

y es la desfloración un goce perenne y estrujado

que se olvida con el hastío.

Apolonio tiende su red,

su escritura de sombras y peces refractarios,

cuentas del sonajero de ónix cosidas

por las puntas del salitre.

En el sueño de Rrose Sélavy

hay un enano podrido que revienta los odres,

sajando las vejigas con un cuchillo endeble

que se vuelve de hueso con los golpes de gaitas.

Salido de un pozo,

en cuclillas frenéticas

de puro goce crece.

En el sueño de Rrose Sélavy

viene a comer su pan de por las noches,

hurgando con un gran dedo,

embistiendo con su proa cuerpo adentro

hasta humedecer las sábanas.

Es la pesadilla apolonio de las mujeres solas,

que en las noches son asediadas por las sombras,

y sienten sobre el pubis doce muchachas vírgenes

que saltan macerando los frutos del almendro,

y sienten que amamantan criaturas voraces

y que la leche y la miel alambicadas

destilan su escozor, su ráfaga de frialdad.

 

Estos criaderos de cuervos

son restos de lo que la marea,

al destapar su sello,

regresa a los comederos periféricos

mientras aramos sobre el mar.




El trópico visto desde el amanecer


En estas largas tardes estivales

Maurinne, Goulard, Arthur,

el próximo modisto,

apre(he)ndieron el arte de componer

versos fabrilmente

yingyangeando sobre la cuerda floja,

yingyangeando hasta caer de bruces,

la pasta alada estucando los brazos.

Nadie que haya mirado al sol de frente,

ha podido evitar

que cueza las habas la máscara el antifaz de golpe,

abrasivo rayando el pómulo,

la obscuridad sucesiva, la muerte.

Y es que el trópico seca y ciega tenazmente.

Un poeta, una muchacha sentada

mirando hacia el ocaso de lo que fue su vida,

verá al asomo las mieses coaguladas,

abulia de las tardes en las que maceró la almendra

con su cuerpo el cascanueces de entraña abigarrada.

(Cuando en la feria un anciano de barbas de floresta

gritaba por el altavoz: Venid hijos míos,

sentémonos a la sombra del tinglado de sangre,

el amamantará como la cabra, la loba, la ubre capitolina,

la leche enjundiosa que conquisté en otras guerras.

En la paz me lavaré las manos para oficiar en los altares

y seré benevolente como una ramera)

Nihil Ostant: desde (Cuando... hasta ramera)

censurado por el censor yo mismo.

La mascarada arrollando el trastrueque,

el advenedizo que posa y se agazapa,

la nueva antigua fauna en el retablo vuelve

se contrae y emerge contrahecha,

marcando los golpes de parada en la llama.

La urna. Bajorrelieves donde se esconde

un cuerpo para ser observado,

agita el embolo que dispara el fuselaje

y echa a andar, a fin de cuentas,

el verso nunca fue original

y la primera flauta

se hizo de una rama robada.





El Graznido. El Gran Nido.


Seremos nosotros, los animales moldeados a la intemperie,

cuando canto a la raíz y estoy cantando al árbol,

salterio de lo que se me escurre entre los labios;

lo que escribí en la casa obscura,

la que se levanta tétrica sobre el acantilado,

donde se rompen las olas y los pájaros.

Pasan premoniciones, rastros que revelan.

Soy el hacedor, el de la brizna en el pico.

Mi nido es heredado, escamoteado, no es mío.

He dejado que los demás hagan de mi un escudo,

sigo paseante bajo los flamboyanes,

las sombras que talaron en días aciagos.

No pienso en lo que fue ni vivo en el presente,

el presente será siempre lo que vamos perdiendo,

un gesto y un gesto es el signo que antecede.

El primer acto del hombre fue nombrar,

luego destruir lo nombrado.

Por eso la palabra fue siempre un encierro,

una construcción para echar a rodar las tauromaquias

con sus caminos pielagosos y los convidados de piedra.

La palabra creó mundos que habrían de venir,

roturando estos mundos, partiendo, resanando,

dejó de ser espíritu convirtiéndose en ritual,

para incinerar los caballos agrestes,

las tierras meridianas, los mares,

las heladas regiones donde las bestias lívidas

esconden bajo sus ojos el verano;

creó trampas y encierros y súbditos.

Sigo andando por estas calles.

Cuando entré deslumbrado a la vagina serpentaria,

herido de hormigón y vidrio todo estaba.

Mis manos no han parido ni una mueca

algo que en el gran nido muestre que he pasado.

Estoy puede ser otro tatuaje,

un canto del hacedor a las moliendas;

estoy es la razón de no haber sido

mas que algo impersonal e imaginario.
 
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Joaquín Badajoz. Miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), de la American Comparative Literature Association (ACLA) y de la American Association of Teachers of Spanish and Portuguese (AATSP). Miembro de los consejos editoriales de Glosas (ANLE), RANLE (Revista de la ANLE) y OtroLunes (Madrid/Berlín). Ha publicado ensayos, reseñas, crítica de arte, poesía y narrativa en revistas y antologías de EE.UU., España, Francia, México, Panamá, Polonia y Cuba. Coautor de Enciclopedia del Español en Estados Unidos (2008), Hablando bien se entiende la gente (2010) y Diccionario de Americanismos (2010). Es columnista de El Nuevo Herald (EE.UU.), editor de portada y noticias de Yahoo y director editorial de Editorial Hypermedia (Madrid).
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________________________Fin_______________________

sábado, 2 de noviembre de 2013

La ruta del pájaro sobre mi cabeza.



fragmentos del prólogo por Odette Alonso.


A vuelo de pajaros, estos versos.


La ubicación geográfica y todas las implicaciones, que pudieran parecer secundarias o relativas con respecto al acto de la creación, cobran significado especial porque este poemario, como la ruta que anuncia su título, es la bitácora de un retorno sobre sí misma.<< Es un viaje que cae sobre mis manos desde el viento. Es la historia en verso de cuándo empecé a soñar>>.

El trayecto en cuestión tiene cinco estaciones, correspondientes a cada una de las divisiones del cuaderno. La primera parada,<<El viajero y su péndulo>>, habla de los orígenes, del paraíso abandonado, de las sencias: la tierra, la familia, la sangre como una cruz.
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  En la segunda sección, tres golpes da la muerte sobre la puerta invisible de la madrugada. Trae un nombre escrito en la piel. Es el silencio quien le franquea el paso.
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  La tercera estación, <<Sobre la dualidad y su leve fuego>>, centra la mirada en el amor. ahí están la pareja, el balance, la correspondencia. Y también la desnudez, el éxtasis, la savia, la flor, la noche y sus secretos.

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  En <<Lo que sé de las sombras>>, cuarta jornada del itinerario, encontramos la interpretación poética de lo ignoto, lo oculto, lo hermético y ese juego de equilibrios que suelen establecer vida y muerte en su complementaria forma de manifestarse.
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  En la sección final, <<El tiempo es un joven que habita>>, se cierra el círculo trazado por el vuelo del pájaro: lo irrenunciable se ha perdido definitivamente con el paso inexorable del tiempo.
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  Una serie de versos marcados en cursiva recorren el conjunto. <<Es la ruta del pájaro>>, me ha dicho la poeta. Así, lo primero que hallamos es una guerra declarada. Y después, cargas, culpas, demonios, senderos que no llevan a parte alguna, secretos perdidos en la oscuridad del tiempo.
 
  La mención de figuras paradigmáticas como Bécquer, Darío, Lorca, Whitman, Poe, Vallejo, Eliot, Pound, Sylvia Plath y también Gioconda Belli o Carlos Pintado, hablan de las lecturas y adscripciones poéticas de Yosie Crespo. Con ese aliento, entre lo humano y lo divino, la poeta explora su trayectoria vital. La memoria, en forma de pájaro al vuelo, hace trazos arriesgados, redescubre lo vivido.
 
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Epílogo de nadie

 
Me trago una bala

como quien puede esconder

con su rabia

el mundo que muere.

 

No culpo a nadie.

 

La ciudad es una hora fatal

que devora mi alma.

 

Se acuesta en mis brazos

Cierra la puerta y se va.

 

Ahora yo no sé de otros sufrimientos

ahora el cíclope se ha vuelto pájaro.

 

Veo la noche que cae

y como un peine misterioso

burla mi voz y grito.

 

Nadie me escucha

nadie me ve

no soy un verbo.

 

Perdóname o ámame

tú elijes

yo quiero silencio.
 


El primer hombre fue mujer.
 



y Dios me hizo mujer, de pelo largo, ojos, nariz y boca de mujer


Gioconda Belli
Y me tallaron con ternura y calma

en las horas que adormece

el ave con su canto.

 

Fuera de la noche

y la negrura más grave

nacieron así mis largos muslos

mis trenzas largas.

 

Y consigo,

insinuó el reflejo de la tarde

en mi rostro

y en la algarabía del tiempo

enterró sin darse cuenta la duda.


Que nadie sepa las veces que durmió
sobre mí el demonio
cincelando mi nombre penetrado
de siglos.

 

Y Dios intacto sobre su luz amarga

decide dotarme de nuevos labios

para entonces vivir contra las aguas.

 

El primer hombre sostuvo la tierra

con sus manos de mujer

y advirtió una batalla perdida

de antemano.
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En memoria de la rosa
 
Yo nunca vi la rosa.

 

Caminé por senderos

y olvidé que mi destino era libre.

 

Como los nombres estirpados de mi cuerpo,

me rendí a la vida.

 

Yo no hice un pacto con su vientre,

no dejé mi sombrero de alas al borde del silencio

no caí muerto de cansancio

al pie de su belleza.

 

Yo nunca vi la rosa.

 

Crecí desde una piedra

con una antorcha viva

desde adentro,

no prometí portar su nombre

ahogaba así todas las puertas.

 

Ella me dejó escrito

en su canto rodado de pájaros

vagando sobre mi cabeza, el amor.

 

El susurro de su más débil recuerdo

selló con un suspiro toda mi soledad.

 

Ahora soy aquella mujer

que abraza su sangre

como si fuera una cruz.
_______________________


Elipsis de un lunar


 
Voy a decirlo todo


Soy una mujer desnuda

mirando con los mismos ojos

que me miran.

 

Emerjo desde el éxtasis

y abandono la noche

para encontrarlo.

 

Ser su lunar

la savia que me envuelve

sujeto de mi cráneo.

 

La flor es un Dios

que atribuye secretos

y no me falta.

 

Hice una casa en su lunar.

 

Como un poema antiguo

cuenta historias que nadie sabe.

 

Delicado animal invisible

conspira contra mí

como el ánima de otro nombre.

 

Voy a decirlo todo.

 

Soy una mujer desnuda

perdiendo la cabeza

entre lo humano y lo divino.


______________________________









 

 
Profecía

 
Toma mis ojos.

No los dejes entrar.

 

Tómalos desde este golpe de Dios que es real

pero simula

una lejana venganza.

 

Alguien devorará mi furia

para salvarlos de nosotros,

de esta ciudad triste

que es como el sol

y amenaza.

 

Alguien invocará mi nombre

Alguien nacerá sobre mi caos.
 

Toma mis ojos o esta lámpara encendida

que arde por las cosas que tocamos

y no vuelven.

 

Ha sido su nombre grabado

en algún hueco de este verso.

 

Su nombre ha sido siempre

la larga pausa, el otro lado

mi autodefensa.

 

Alguien regresará de tu abrazo

como los hombres que devuelven soledades.

 

Alguien hará de mi ojos

un extraño poema clásico.



Como la mano que obedece cada palabra

seguirá cada mañana el corazón

rompiéndose en pedazos.

_________________________


 


          

 

 

 

 

 
Ahora que vuelves

 
Un pájaro traza un cielo largo

desde la luna blanca

y surges.

 

Te miras en mí

como si fuera tu triteza

o su mismo dolor fermentado de siglos.

 

La llama viene y deja su huella.

 

Mis pasos perdidos se abren como un libro.


Un pájaro traza su corazón,
apenas,
en una palabra y desaparece.


 

Ahora te amo hasta que vuelves

toda la inmensa noche

te amo hasta que vuelves.

 

No respiro tu aliento

para que no se apague con mi furia.

 

No me aferro al espacio

para que resbale tu memoria.

 

Ahora te amo hasta que vuelvas

veinte años más tarde

te amo hasta que vuelvas.

 

Y vuelves.

 

Ahora que somos todo esto,

¿Qué será de la luz si nos acerca?
________________________________
 

_______________Yosie Crespo._________________




         


 


Para leer sobre la poeta pulse:



La ruta del pájaro sobre mi cabeza


 http://yosiecrespo.blogspot.com/

____________FIN________________

 

viernes, 25 de octubre de 2013

HOMBREQUEMIRA.



Gracia y sentimiento en la poesía de Efraín Riverón

                           Fragmento del prólogo por Roberto Manzano.


  Efraín Riverón  es un poeta consumado, a toda hora, y dentro de cualquier espacio. Lo ha probado con una larga trayectoria lírica, de rica expresión, llena de gracia y sentimiento. Sus libros han crecido bajo este aliento de gloria íntima.

  Las formas no poseen secretos para él. Sabedor de que la vocación lírica se resuelve materialmente en formas, por las que hay  que transitar con garbo y decoro, nunca ha dejado de cultivar todos los instrumentos, y con resultados encomiables.

  Pero también ha demostrado tener bien aprendida una lección infaltable, sin la cual de nada valen las formas ya domesticadas: la autenticidad, aunque no aparezca en los manuales de estética, es una categoría básica de toda genuina expresión humana.

 Ser auténtico es el primer triunfo artístico. Ser auténtico es el primer triunfo moral de la comunicación. A través de lo auténtico lo ético y estético se funden, y recuperan la unidad del corazón que canta.

  Todo este saber, y la integridad de este comportamiento, le vienen de cepa ilustre. Desde que abrió los ojos vio alrededor suyo la sencilla grandeza del canto, la explosión llena de gracia de lo legítimo, el fósforo mágico de la poesía popular.

  Y en la incandescencia del lirismo repentino, y en la página profunda de los maestros de la lengua, y en el intercambio vivo con los creadores que le han sido leales compañeros, fue pulsando su hueso trémulo, su flauta interior de emocionado viviente:

  La vida se cumple de hito en hito, yendo de cosecha en cosecha, de pérdida en pérdida, de cristal en cristal, hasta que la copa exhibe al viento su azulado entregarse para siempre. Así, ha crecido la poesía cálida y abundante de Efraín  Riverón, como una clara inflorescencia.

  Ahora, en este libro, se le ha acendrado lo subjetivo. El caudal de tensión maravillada asciende. Desfila agudamente todo lo existido. El poeta ha arribado a la edad del recuento. Retrocede a todo los sitios. Claro está, la infancia es meca de privilegio. En ella revive.

  Hay un crecimiento del nivel asociativo orgánico.   Las vísceras, los huesos, las funciones sirven  de paralelos con los movimientos, las turbaciones, los dolores, las cuentas que saca el espíritu. El cuerpo habla el lenguaje del espíritu. Todo es espíritu. 
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Insinuaciones

 

I


Corral de piedras, la lija
Del tiempo te ha rebajado.
¡Cuántos soles han cuarteado
Tu vértigo de rendija!
Hay cierto temblor a bija
Sobre tu mohosa piel,
Y de cordel a cordel
El aire que te circunda
Con una voz vagabunda
Habla de tu redondel.

 


II

 



Ojo del silencio, dejas
El hito de tus censores,
En el polen de las flores
Y lo ágil de las abejas.
De tus maniáticas rejas
Desencarnas el recodo,
Porque en aparente modo
De verdades y mentiras
Miras, ¿qué miras? Y miras
Viendo, callándolo todo.


III



Charcos con luna, los grillos
Rayan la atmósfera pura.
Se mal huele una apertura
De silenciosos cuchillos.
Se desnutren los pasillos
Por una escasez de pasos,
Y entre momentos escasos
Se apaciguan las estrellas
Y se aburre sin botellas
La apariencia de los vasos.
 


IV


Cuerpo que sube, circula

El tiempo -nativo insumo-,

La madera se hace humo

Y sale al aire y deambula.

La atmósfera que pulula

Es de algodonada piedra,

Y a flor de la luz que medra

En todo lo que evidencio,

son campanas de silencio

Las pisadas de la hiedra.

 
V


Frida de siempre. No hay ala

Sin tu sonrisa en un vuelo

De pinceles ¡Cuánto cielo

Borra tanta sombra mala!

¿A qué recuerdo te iguala

La nieve de tez oscura,

Reencarnándote en la pura

Cristalización del lecho,

Para eternizarte el hecho,

Imagen de la pintura?
 
________________________





Para los que piensan que no eres
 

 
Quién ha dicho que no eres, que ya fuiste,

Que el agua del silencio te empezó,

Que hasta el cero profundo de un "Ya No"

Noviamente callada descendiste.



Quién dice que no cuentas, que partiste

A la sombra sin carne a pura O

Y la nieve en su siempre te invernó

Los sollozos, las quejas. ¿Triste...Triste?



Vaya el ciego apurado en su madera,

El animal sin rostro o lo que fuera

Y códigos y dioses a la nada.



Que arriba azul, para tu luz despierta,

Jamás ceniza en la ceniza muerta,

Corazonea tu risa despejada.

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Antes y después de ser
 

 
Romántico, testarudo,

Vanidoso. Defensor

De Kafka. Restaurador

de las almas en lo crudo

De mis desdichas. Lo mudo

No siempre, tan sólo a ratos.

En las uñas los maltratos

De mis dientes, marcadores

De mi ansiedad. Sin colores

Ya los sueños. Mis retratos.

 

Apagados de repente.

En mis ojos un vacío

De añil. Pedazos de un frío

Desolador en mi frente.

Agua de adiós agrisiente.

Penumbra a gatas. Con paso.

De elefante en el fracaso

De cierto quehacer sin tino.

¡Amén del día y el vino!

¡Amén del vino y del vaso!


¡Amén de tantos amenes

Lloviznados! Cruz de ira

Contra clavos de mentira

Y de introvertidas sienes,

Andén que de otros andenes

Toma el color sin permiso.

Eso sí, nada remiso

Por fuera, nada en lo interno,

Por lo que vivo de infierno

Y busco de paraíso.

 

Por lo que sé y lo que enseño,

Por lo que fui en cada tramo.

Dócil para lo que amo

Y rebelde para el sueño.

Por el día que desgreño,

Y reparo lo que doy

Tal vez yendo a que no voy,

Camino hacia donde debo

Y a sorbos de sol me bebo

Todo lo que he sido y soy.





Guájiros Abela.
 
 

¡Vaya que luz, qué argumento
Contra el escarnio y su mancha!
¡Otro Quijote que ensancha
Sus molinos en el viento!
Viril de pulmón y aliento.
Ciclo de oro desde ayer.
Oración para tejer
Y subir a flor de hilo
Siempre a trasluz, con un filo
Del Inglés: "Ser o no Ser".

Eso es todo. ¿Quién ignora
A Shakespeare? ¿Ay, Quién lo duda?
La noche aparece y muda
Tiembla y cae ante la aurora.
Hay que exprimir hora a hora
El tiempo. De lo demás
(Sin que nada quede atrás),
Que Dios se encargue. ¿Qué hicimos,
Por ser y estar, si es que fuimos
Para no ser nunca más?
_____________________________
 
                      

______________________ FIN______________________