miércoles, 20 de octubre de 2010

DESDE ABAJO

Porque siempre he sido de los de abajo:
los que están colgados en busca de si mísmos
polvo y huella que nadie ve y todos pisan
con esa indiferencia
de quienes visitan una ruina
que solo produce un estado de melancolía.
Como esas patrias cerradas en su llanto;
desde abajo siempre he visto
que cada palabra escrita abajo queda
así como los años se amontonan
con la expresión devastadora de su días
y el cúmulo de padecer lo innecesario.

Antes de partir ya era exilio
y ahora desde esta lejanía
desde abajo contemplo a los de abajo
vuelven y salen, todos se amontonan
y todos esperan una señal para ser vistos
como si cada uno llevara una isla
dispersa en los puntos invisibles
que ningún corazón soportaría.


Es abajo donde suelo vivir
en la angustia de ser mi propia fiesta
es acá donde las escaleras al cielo
son esos diamantes que Lucy
perdió con cada tempestad que se arrimaba a sus costas.

He sido como "la casada infiel"
el amante de todas las soledades
y sin frío en las venas
tiemblo a veces en el estupor
de no merecer otro polvo
que no sea la paciencia de tanto olvido;
(a mis amigos también les pasa),
si algún perdón hemos visto
se debe a esos recuerdos
donde sentados en una mesa de campo
la familia oraba su pedazo de ración
y luego se iba a merodear en los contornos
donde el desamparo se oculta
como los caballos hermosos en los establos de carrera.

Todo lo primitivo que soy
y la leña que rajé
para avivar el tiempo del fuego
no ha sido otro vacío más hondo
que padecer con humildad
esas hendijas por donde entró
algunas de las claridades que me dieron vida.
Han pasado los inviernos más crueles
y los veranos donde sambullir mi cabeza
y pasarán otros forasteros por el camino principal
quizás si alguno se pierde
encuentre al fondo dibujado
un claro del monte
el cuerpo que es mi casa
debajo de una sombra que solo produce oscuridad.
No ostento otro delirio
ni un imperio más hermoso
que pertenecerme a mi mísmo
como un héroe anónimo a sus batallas.
Juro que me he vestido de gala
y he brindado por todos los que se odian
y por aquellos que juegan a ser sus enemigos
y por los que desde el fondo del mar
regresan como los delfines
a sopesar la nobleza que aún hoy nos falta.

Si aprendieran a escuchar el silencio de los de abajo
y el peso que sostienen con la mudez de las horas que pasan
nada sería una lejana provincia
ni una finca que exibe un hierbazal enorme
que traga los horizontes posibles
y el mundo de las personas
que viven lejos
donde el mar no regresa por las noches
y la tierra es ocura
como la raíz de un almendro
que ha enfermado
porque los pájaros ya no anidan en sus ramas.

Hay que mirar abajo
y ver como viven sus lamentos
cuál música aunque apagada los convoca
a seguir detrás de las curvas
como Cristo en su cruz ante el misterio;
sin que el miedo haga rechazo
y al mirar en aquellas esquinas
por fin sus formas se aclaren
y donde dispersos como huellas sin polvo
algunos que nacen nunca son alumbrados.
Juan Carlos Recio
NY/ Octubre 20 del 2010

sábado, 16 de octubre de 2010

La hoja sobre la cual se escribe la marca*



Por José Luis Santos Muñoz





Si me pedís un símbolo del mundo
En estos tiempos, vedlo: un ala rota.
J. Martí








A Lourdes Gil infinitamente

I


Porque no espero regresar, porque nadie regresa ni puede ya decir New York, New York con la voz de Sinatra excavando en el oro, sino con los exordios del marino que adelanta sus manos al naufragio. Porque todos perdieron su navío, su pronunciamiento de sal en la bitácora. Todos su tren del siglo XIX reanimado con piedra y desatino, dramaturgias leves que lo harían un tren del XX, del XXI o simplemente un tren que deja sus excoriaciones en el recurso poético. Un tren: pasajeros y paisajes que no se pertenecen uno al otro, es decir, volitivo. Porque todos éramos pasajeros con un boceto del regreso a cuestas, conversaciones en una esquina de Alejandría que tornáronse rompibles, asordinadas casi. Mal boceto del regreso a cuestas, dicho sea de paso. Manos que agitarían un pañuelo como en la realidad que Dios sufraga en una postal. Quien habría de olvidar los gestos asimétricos, la pose de animal adolorido, señales que el guijarro archiva con presumible sintaxis de obituario (no porque la Pizarnik lo infiera la rosa será menos visible que la espina). Pañuelo dispuesto a hurgar en el aire, pequeñas extrapolaciones del sollozo que la tela soporta o evapora, esa clase de leitmotiv ya agotado. Agotado por Rimbaud, Baudelaire. Por mis hijos que no saben quien es Rimbaud ni quien Baudelaire. Que no saben como han de bregar aquellos por las imágenes que prefiguran sus juguetes en el minuto previo al desaliño. Juguetes-islas, fragilidad nunca antes ponderada.

II
Trenes a Kuala Lumpur/Wyoming/Copenhage/New Jersey/Sagua la Grande. En todos estuve, aciago e imperceptible como si abordara un tren de película silente o un tren que no existe digamos. Cierto: llegaría primero el Duke Hernández corriendo de home hacia sí mismo que estos trenes a su destino de ciudad erigida de curvatura a curvatura. Las ventanillas como agujeros de Reading por donde las ratas se asoman al infinito. Las ratas y su empeño en no parecer una invención de Warhol sobre mis papeles. En todos dijeron: es el mujik que ya no respira a través del símbolo, el que se bifurca: de un lado el tokonoma, del otro, partes insólitas del país que no caben en el tokonoma, así sea en forma de astillas. En todos estas esquirlas de mí que me apresuro a juntar sobre el agua, estas exánimes pertenencias que no compensa el poema y su cuerpo de letras parpadeantes, estos ojos de muchacho finisecular que imploraban un respiro en el atisbo del guardia (un respiro o menos todavía: un no-respiro). Mujeres que solo pudieran dar al sujeto lírico un impulso de cerveza triste me acompañaron. Acompañaban a un estado febril, a lo que tú seguramente llamarías un arañazo en la pared. En todos la tartamudez de un andén, una madre que despide a su hijo en código Morse, mundo de rayas y puntos que nadie salvo Dios entiende. Quien pudiera a la cuenta de tres, intervenir con un símil sus pensamientos, hermosearle el vestido y la fijación de sus tardes al ladrillo inhóspito. Quien.
En todos no smoking, no sufrir por un asunto llamado la lejanía, el estropicio o algo «que la herida permuta por sus cicatrices». No parecer un personaje de Spoon River Anthology que saca fotos de héroes transitorios, minúsculos al cambiar de ciclo la luna, perdonable pasatiempo de turista sin bufanda. Oh trenes de los que solo pudiera escindirme convirtiéndome en sus propios rieles; me dejaron la duda, del diamante la estría y lo que supura. ¿Levitar era doblegarse ante peces, árboles y aves que ni al calco reproducir pudiese, impensables desde horizonte parecido a camisas que por remiendo llevamos al sastre? ¿Regresar es no ser más el catador de migajas que solo confundir con la bonanza, esa rústica certidumbre de llevar a casa signos de harina elemental? Acaso volver a donde nunca se estuvo sino por inercia o ingravidez, leyes físicas que pasados los veinte años se olvidan con facilidad que causa estrépito.

III
Porque no espero regresar, dijiste, dije, dijeron. Eran - supongo - las voces que del risco no escogieron su mitad ni del mar la nota que más desafina el azul. Mar, risco, insípidas dualidades que una lágrima sobrepasa en tamaño y desplazamiento. Cierto: en la lágrima fijo el domicilio, remuevo la tierra para plantar el almendro que esparcirá sombras o quizás no. De todos modos, dijiste, dije, dijeron, vendrá el recaudador de impuestos con sus inabarcables ojos plomizos. De todos modos vendrá el cierzo, será invierno y los amantes invocarán asuntos más volátiles que la patria o el ser. Eran - supongo - las voces que la nieve se ocupaba de rebanar. Grandes o pequeñas rebanadas de sílabas agridulces. Grandes o pequeños territorios de vikingos que estrictas nieves demarcaban: aquí las inflexiones que cuantifican el bajo cero, allí la añoranza en el tránsito de estilete a referente. Aquí los que se dejaron seducir por su dictadura de copos oleaginosos. Allí los que contentáronse con una nieve a deshora, tímida, incrédula, percibida de lejos como en un film que relataba endebles asuntos de Rusia. Y claro, también de triviales nieves se fabrica una pose, un desgarramiento mínimo. Nunca he sabido porque la nieve hace de nuestros asuntos un himnario, para luego ceder su mejor estrofa al verano.

IV
Porque no existe la palabra regreso. Apenas la mitad del sinónimo pude retirar del escalpelo. Ve mis manos y convéncete de «su parecido a un acordeón que viniese de un naufragio». Dios, que insulto es ver rapada la buganvilia mientras preguntamos cosas a los hombres que inventariaron cada palabra. Porque alguien dijo «reloj detén tu camino» y todos pensaron en un tiempo que no excede los fragmentos que la dialéctica ha de barruntar. Todos en el ridículo minuto que un Poljot dramatiza, jamás en el prontuario de un tiempo que se remonta al sufrir de una casa sujetada con alambres a un destino de orillas. Porque caminé sobre erizos y turistas atolondrados en busca de la palabra regreso y no me fue mejor que a Alfonsina en su cataclismo. Y busqué y busqué en las paredes donde se juntan los mayores desatinos: corazón de fulano hecho añicos por causa de mengana, como en una melodía donde hasta la vida sin nenúfares ni ungüentos es posible, como algo que Dios ni los hermeneutas pueden transferir al idioma de mis hijos. Como si un corazón solo se despedazara en la metáfora que lo atasca. Y le pregunté a L. Gil que a su vez preguntó a L. Cabrera, que su vez preguntó a J. Martí que a su vez preguntó a C. Casey, y todos dijeron al unísono: es como buscar las palabras últimas que se dijeron Héctor y Andrómaca; al fin y al cabo los contextos no distorsionan la herida, el agua salada de estribor hacia los ojos o viceversa. Encerrado en el «no espero regresar», igual que mi padre en el menoscabo del verbo amar, así debieran recordarme.


poema inédito de José Luis Santos Muñoz
8 de septiembre de 2009
_____________________________________________


Datos del autor:


José Luís Santos Muñoz (Santa Lugarda, 1968) Poeta y narrador. Ha publicado los libros Escaleras al cielo, Ediciones Sed de Belleza, 2004, y Mónologo de Jean Basquiat, Ediciones Capiro, 2005. Ha obtenido mención y primera mención respectivamente en los concursos David y Eliseo Diego (2001) y los premios provinciales de cuento Enrique Labrador Ruiz (2004) y Onelio Jorge Cardoso (2000 y 2005); finalista en los premios La Gaceta de Cuba y Ser en el tiempo. Antologado en Tercer libro de Celestino, Ediciones Holguín, 2003




______________________
Para leer sobre este autor pulse aquí:




_________________

martes, 12 de octubre de 2010

Una flor erguida sobre su perfumada belleza







La flor del poeta que vuelve, cambiante sobre su polen.

Para no aislarse del mundo, y de lo que le rodea, las voces, los recuerdos y los sueños que después que los ha padecido, ahora se niegan a perderse, al menos sin ese hilo donde el poeta lo traza todo, donde vive y llora, y también como una flor, como su polen, donde el poeta avanza, como uno de esos días claros donde es imposible no bañarse de luz y donde nada oscuro lo sostiene. Nostalgia del niño, del padre que lo besó antes de morir, detalles de esas dimensiones que el subconciente acomoda, como lo hacen las acomodadoras en los cines, linterna en mano, con un reflector que ubica tu posición frente a la pantalla.
Francisco Muñoz Soler hace algunos meses me había hecho llegar una antología, como una especie de recuento en parte de muchos de sus partos poéticos, y solo ahora, (pudo el aire), o el inagotable tiempo, darme una lectura en ese tono donde el poeta coloca su visión y lirismo al alcance, no de entenderlo porque ya sabemos de memoria la poesía no necesita ser explicada, su alcance es como el albúm de fotos, el diario donde Muñoz, asoma a los rostros, las emociones y ese sentimiento del viajero que asume la universalidad de sus lecturas, como se inspira por buen oficio del que domina sus palabras y nos da también un acercamiento a su vida.
El poeta habla de su existencia y la universaliza, al colocar las palabras al uso, de como ve en parte el sentido que es del gozo y contrario a ese mismo sentido son interrogantes, respuestas tal vez o misterios; versos que no vienen solos del gusto por ganarse un lector, viene de ser el lector avisado que también tiene con mucha sensibilidad, el deseo de desnudarse, de quedar ante nosotros como la más fiel representación de su carácter, el del soñador que nos mira, sin que tema decirlo ferozmente:




















Me siento tan ajeno a mi presencia
atrapado en un cuerpo cambiante
impuesto por las circunstancias
envoltorio y armazón de mi existencia
testimonio perenne de mi fragilidad,
todo, todo, depende de mi estúpido cuerpo
quebradizo, fugaz y cobarde
en permanente huida hacia delante
huyendo de la vida, acopiándose de decrepitud
que me llevará inevitablemente a la muerte.

y el hombre que busca el refugio en la lírica, visita esas esquinas donde otros ven polvo y se muestra:

Sí, parece que estoy solo
viviendo en un mundo de tinieblas
disidente de un orden cierto, pero sueño
ya que no me queda ni el silencio
ni la gran luz que provoca las sombras

Es entonces el poeta un conocedor y aspirante a conocedor de esos versos con los que da significado a los pasos que traza, y como el polen a la flor, cambia su mirada y reproduce los colores que le devoran, luego, uno puede abrir su corazón a la página, y verso a verso hacer junto a él, el viaje. Uno de esos recorridos que impresionan:

he caído en un fuego de desvelos
porque soñar no puedo
con verte crecer mientras me apago.


Juan Carlos Recio
NY/ Octubre del 2010.
__________________________





Una flor erguida sobre su perfumada belleza
antología esencial (1980 - 2009)








Me siento anclado en el pasado

Me siento anclado en el pasado
noto mis ilusiones añejas
y son la luz de mis dichas
que se desvanecen sin remedio.
No quiero aislarme del mundo
mortificarme en mis dudas
ser engullido en las cenagosas
lindes de mis negros pensamientos.
(Quiero vivir). Ser querido
rodearme de armoniosa amistad
sentirme dichoso de amar.
¡Descubrir que no es solo un sueño!
Realizarme como ser humano
sin lucros ni hipocresías
es cuanto pretendo en esta vida.
¡Qué satisfacción sentirme vivo!

Reconocimiento a un ser que vive y vivirá entre nosotros

La voz del poeta se quebró,
sus ojos casi ciegos, se humedecieron,
todo había valido la pena,
ahora que presiente el final de su vida.
Jorge Luis Borges, el poeta,
embargado por la emoción
emanó lágrimas de gratitud de sus ojos
casi ciegos en el momento de expresar
con su voz trémula que su vida
había tenido sentido, porque su ser,
su poesía, ha arraigado en los corazones
de sus semejantes, en sus intrincadas entrañas.
Se sentía realizado al recibir él,
solitario poeta en el último trazado
de su existencia, la confirmación
de haber cumplido su objetivo como hombre.
A pesar de tu solitaria existencia,
siempre estarás acompañando
a tus semejantes a través de los tiempos,
ese era tu destino, Jorge Luis Borges, poeta.

Francisco de Quevedo

Si tus vitrinas no guardaron trofeos,
si tu alacena no rebosó de viandas
ni en tu finca nunca se sembró librea
no fue por ciego error de lo vivido.
Si conociste las reclusiones y el destierro
las burlas, la sátira y la malicia
de tus contemporáneos fue por algo más
que por la sucesión de deseos,
porque si a ti llegó el desprecio
arrobas de pobreza y quintales de llanto
te quitaron la imaginación en el ocio
y te creíste de la riqueza esclavo, ¡Yo digo!,
que nazcan muchos esclavos de tu condición
cuya sola riqueza sea ser Quevedo.







(Si me hubieran los miedos sucedido
como me sucedieron los deseos,
los que son llantos hoy fueran trofeos,
¡mirad el ciego error en que he vivido.
Perdí con el desprecio y la pobreza,
la paz y el ocio, el sueño, amedrentado,
se fue en esclavitud de la riqueza)


Me siento tan ajeno a mi presencia

Me siento tan ajeno a mi presencia
atrapado en un cuerpo cambiante
impuesto por las circunstancias
envoltorio y armazón de mi existencia
testimonio perenne de mi fragilidad,
todo, todo, depende de mi estúpido cuerpo
quebradizo, fugaz y cobarde
en permanente huida hacia delante
huyendo de la vida, acopiándose de decrepitud
que me llevará inevitablemente a la muerte.







En esta noche de primavera

En esta noche de primavera
en la que debería soñar con tus encantos
he caído en un fuego de desvelos
porque soñar no puedo
con verte crecer mientras me apago.
Si hay algo en esta vida que deseo
es que algún día podamos
compartir un dialogo de emociones
que mitigue este momento imposible,
este ascua que se ha introducido en mis poros
y que repiquetea alzando fuego de desvelos
sobre mi vida y mi alma.

Esa circular circunstancia, latente instancia



Sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes
más abajo, más abajo, y el mar picando sus espaldas,
siempre más abajo, hasta saber el peso de la isla.
Virgilio Piñera

Esa circular circunstancia, latente instancia
que exuberante mece sus monótonos atributos
ondulación que no cesa en su rítmico cerco
afirmando cerraduras, devorando presencias.
Oleadas de succionadora claridad sin límites
haces que alumbra el imponente vacío
de ingrávida tristeza que se extiende
hasta donde las sombras se reflejan en las ondas.
Esa alegría de pupilas en lontananza
abona con sus mejores perfumes y colores
la búsqueda de sus contornos jóvenes
aún sin definir hasta saber su peso.
Esa luz que mantiene a sus hijos
desorientados en diáspora confusión
extraviados en la certeza cegadora
resaca que engulle sus dispersas esencias.

Parece que estoy solo






Cuando lo mismo sueño que estoy solo
tiendo la mano para no ver el vacío.
Gastón Baquero


Parece que estoy solo
en eterno soliloquio, lejos, muy lejos
de la gran luz de la isla, en penumbra
hacendosa, constructora de silencios
profundos y huecos como mi vacío
fría trampa que me envuelve
como un pertinaz sueño, con caricias
de embeleso que me llevan y me traen
hacia caminos de palmas, fantasmas
de silenciosas ubres que amamantan
el silente rostro de la Nada.
Sí, parece que estoy solo
viviendo en un mundo de tinieblas
disidente de un orden cierto, pero sueño
ya que no me queda ni el silencio
ni la gran luz que provoca las sombras
de los mangos: sí, yo era Gastón Baquero.



_______________fin_____________

Francisco Jesús Muñoz Soler
Recital Sohail - Mayo 2009

(Málaga, España - 1957)
Es miembro de la Red Mundial de Escritores (REMES) y del movimiento Poetas del mundo. Ha publicado en las revistas digitales Artepoética, Remolinos, Encontrarte, Cinosargo, Letras Nuevas, Palabras de Tramontana, Amigos de la Urraka, Divague, El Laberinto de Ariadna, Herederos del Caos, Perito, 40cheragh, Urraka Internacional, Es hora de Embriagarse, Voces de Hoy, Almiar/Mar de Poesías, Letras, La Rosa Profunda, Nevando en la Guinea, Espíritu Literario, Laberinto de Torogaz, Pensamientos Likidos, Dulce Arsénico, Contra la Oscuridad, Buracos Quentes, Carrollera, Palabras Salvajes, Antaria, Mondo Kronhela, Efory Atocha, Album Nocturno, Imaginante, Poesimistas, Nueva Literatura, Antología Literaria Actual, La Botica, Radio Sentidos, Radio Web Mundial, Colectivo Clepsidra, Comunidad P. La Revista, Azul@rte, The Big Thimes, Isla Negra, Árbol invertido, Caminos de poesía, Papirolas, Arte pasión y locura, Plataforma Placa, Otros rincones, Letras de Chile, Realidad Literal, Literarte, Botella de Náufrago, Sinalefa, Cañasanta.
Asimismo ha escrito y difundido en formato digital los siguientes libros: Juventud primera (1980), Significación (1983), El sentido de ser (1986), Los ojos en el infinito (1988), Frágil grandeza (1996), Veinticuatro poemas de amor (1998), La mágica unidad de mi vida (1998), Elijo mi libertad (1998), Intentando entender el mundo (2000), Áspero tránsito (2006), Caminar para sentirme vivido (2007), En tiempos de prodigios (2008), El sabor de las palabras (2008), La claridad asombrosa (2009), de pronta aparición en formato libro, Entre luces y palmas (2009) y Restauración (2009).
Una flor erguida sobre su perfumada belleza es la primera antología que se publica de la obra de Francisco Muñoz.

viernes, 8 de octubre de 2010

Isabela



Los secretos de las vidas de las personas, y dentro de las familias; representan un muro insalvable para alcanzar la paz y la felicidad. Isabela, es la historia de una mujer que vive su vida sin sospechar que los secretos la han acosado desde siempre, y también la han convertido en una víctima de los rencores de otros. Pero, mediante un hecho insospechado, Isabela iniciará una cruzada en busca de la verdad, contando con el único aliado que no nos abandona jamás.
“La verdad os hará libres.” (Juan 8:32)





Hay tantas cosas en las historias personales de cada cual, que pueden ser puntos de inspiración, para un buen relato, o por lo menos para el intento de algo que pudiera ser bueno para alguien, en algún lugar del mundo, o simplemente en esta caja de sombrero que guarda mi diario, mi historia personal, la historia de Isabela Romero.
Hoy, en un día de mayo, como otro cualquiera, desde temprano ha comenzado a llover y el trabajo ha aflojado un poco, sólo han entrado dos personas en la tienda y me he sentido un poco nostálgica; mi hija dijo que nos traería algo de comer, mientras le espero, voy a estar revisando mis notas en el diario, que por cierto, lo encontré en esta vieja caja rosada y redonda; es increíble cómo guardamos cosas, aunque nos hagan un poco de daño los recuerdos. Pensando en las cosas de la vida, las bendiciones que vivimos en ella y las frustraciones.
Pero hoy estoy repasando en mi historia personal. Sería bueno, que pudiera regresar a la Casona, con tantos recuerdos que tengo de ese lugar. La última vez que estuve allá, estaban remodelándola y todo se veía un poco cambiado, uno de los mejores viajes que di a la finca fue cuando me acompañaron los niños. Tengo buenos recuerdos de esa época, especialmente cómo pude encontrarme con las barreras que me hacían difícil el vivir día a día.
¡Qué día tan tremendo!, no puedo decir que sea horrible, porque es difícil expresar en palabras los sentimientos que uno va formando en cada día, como un desgaste de situaciones un poco difíciles, pero hay que tener fe y disposición para hacer que la vida sea más justa y mejor.
Pasé un día malísimo, pero, posteriormente, de regreso a casa, he podido ver que la vida ha sido muy buena conmigo; después de todo lo que me ha acaecido, como sucede a tantas personas en la existencia; pero estoy viva y feliz, puedo decir que he encontrado la felicidad.
La lluvia se hacía cada vez más intensa, contemplaba por la ventana la tormenta que se había desatado; se veían con mucha frecuencia, sobre todo en esta época del año. A mí, particularmente, me emociona mucho ver la lluvia caer, así que salí hasta el portal, para poder estar más cerca del tintineo del agua hasta lograr mojarme un poco. Cualquiera que me viera, diría: ¿por qué te mojas?, te vas a enfermar. La lluvia, cuando cae sobre tu cuerpo no te enferma, al contrario, rehabilita tu espíritu; abrí mis brazos y levanté los ojos para disfrutar las gotas que caían a raudales sobre mi cuerpo, ¡qué sensación tan estupenda para nunca olvidar!

MAYO, LA HERMOSA PRIMAVERA

En un día de mayo, regresé a mi casa en la finca Bellamotta (siempre me asombró el nombre que mi bisabuelo le puso a esta finca, porque es posible que fuera algo bella, pero de motta, no tenía nada), bueno, entré por la puerta principal después de catorce años que me había marchado de este lugar, ahora volvía con mis hijos, mis tres preciosos hijos: dos niñas y un varón, el menor.
El olor del campo me hacía recordar tantas cosas hermosas, ese perfume de azahares que llena todo el ambiente de frescor. Este lugar era bello, a pesar de todo lo vivido aquí; se veía como el paraíso.
No puedo olvidar las cosas que pasaron en este lugar hace tiempo, cuando yo era de la edad de mi hija Amelia, con apenas diez años. Ahora veía esta casa, que estaba mucho más vieja y un poco despintada; el rosal tan inmenso del frente, sólo eran algunas tristes rosas también un poco descoloridas como la casona, una casa, que en su época, fue la envidia de todos en San Antonio del Valle; pero, en la vida todo pasa. Estaba tan sumida en mis pensamientos, que no notaba que nos estaban mirando desde la ventana superior al corredor de entrada; mi hijo me dijo:
—Mira, mami, hay alguien allí que nos mira y se esconde.
En verdad había alguien en la ventana, me pregunté quién podría ser; hasta donde yo sabía, en la casa sólo vivía Dora, la hermana menor de mi madre, es decir mi tía; mi primo, hijo de ella, estaba viviendo en San Antonio del Valle desde hacía mucho tiempo. Él nos había esperado en la estación del tren en la mañana, me viré a preguntarle:
—Luis, ¿quién es esa persona que está en el cuarto de tía Corina?
—Es Benito Rivas Miranda, el que fue mi padrastro, ¿lo recuerdas?
¡Cómo no recordar a ese horrible y terrorífico señor!
—Sí lo recuerdo, ¿qué hace aquí?
Eso sí era un acontecimiento, para mí, la presencia de Benito cambiaba todo en mis planes de quedarme un tiempo largo en la finca o me iba pronto; esto, mi tía no me lo había comunicado, tenía que hablar con ella, me quedé un momento mirándolo, parecía que estaba sentado, entonces, Luis me dijo:
—Mamá lo trajo hace tres meses, pues está inválido, no puede hablar, le dio una trombosis; él estaba viviendo en la Sierra, a ella le contaron cómo estaba y lo fue a buscar, yo no quería que lo trajera, pero ella dice que lo hacía por caridad, no sé; yo no quiero ni verlo, siempre está en la ventana, pienso que todavía es el mismo demonio de antes.
—Sí, Luis, esto cambia un poco mi situación aquí, voy hablar con tía Corina, ella tenía que habérmelo dicho.
—Ella no te dijo nada porque... no hubieras venido, ella quería verte, mira, ahí está.
La puerta principal de la casa se abrió y salió mi tía Dora, como siempre, con su sonrisa toda expresiva, estaba regordeta y más canosa, con su habitual moño, siempre con ese delantal que parecía que había nacido con él; las cosas no cambiaban, para ella todo estaba igual, me pareció que era la misma de catorce años atrás, es increíble cómo hay personas que no cambian con la vida y siguen siendo las mismas, siempre sonriendo, tanto, que muchas veces decíamos: ¿de qué se ríe ella?, pero ella sí sabía, o por lo menos lo disfrutaba todo; contrario a mi tía Corina, que era muy seria y la más amarga de las frutas del jardín; sin embargo, se casó con un hombre hermoso, el tío Mario, alto como una palma, delgado, y con los ojos más azules que pudiera uno ver, buena gente; contando historias todo el tiempo, de los que sólo tía Dora se reía, siempre pensé: ¿por qué no se casó con tía Dora en vez que con Corina?, Corina era la perfecta bruja de la escoba, no porque fuera fea, porque a decir verdad, era preciosa; seguro por eso la quiso Mario, pero cuando hablaba, ni el más grande de los generales se le podría resistir a sus órdenes; la pobre de mi madre le tenía pánico, y todos nosotros un poquito también, cuando mi papá venía, hasta mi madre, se refugiaba en él.
Tía Dora me abrazó fuertemente, con ese cariño tan precioso que ella sabe dar a todos, que en estos momentos de mi vida yo necesitaba tanto y me dijo:
—Querida Isabela, bienvenida a Bellamotta —miró a los niños por un momento, poniendo en su cara ese gesto de ternura, tan natural en ella—, ¿éstos son tus niños? ¡Qué lindos y grandes!
Nos dimos de besos, sentí el amor de ella y como que el tiempo no había transcurrido y yo era todavía una niña, pasó un viento, un escalofrío estremeció mi cuerpo, ella me abrazó y dijo:
—Está bien mi niña, todo va a estar bien.
No sé, pero en ese momento me sentí como de diez años, no de treinta que ya tenía; estaba encontrándome con el pasado, no sabía si quería o no hacerlo, eso es muy difícil; pero la abracé, se salieron mis lágrimas. Sí quiero enfrentarme al pasado, tener la oportunidad de hacer algo para resolver los cabos sueltos, aunque sé que las aguas pasadas no mueven molinos, pero las piedras dejadas en las orillas de los molinos, ensucian el futuro; y a mí me ha sido difícil, ahora mismo estoy pasando por uno de los peores momentos de mi vida. Pensándolo bien, era mejor que Benito estuviera aquí.
**************Fin del fragmento***********
Datos del autor:
Alfredo Domínguez nació en Morón, Cuba, en 1960.
Conocido por sus cuentos "Sal en los ojos" y "Retrato de un caminante", entre otros; ahora nos presenta su primera novela: Isabela.
Actualmente es Pastor Principal del Ministerio Evangélico Latinoamericano, con sede en Miami Lake; en donde reside desde 1999.


___________

Enlaces:


_______________

lunes, 4 de octubre de 2010

LA CARA COTIDIANA DE LAS COSAS






Por: Aramís Castañeda Pérez de Alejo


No oía lo que iba diciendo. No aceptaba el final. ¿Y quién no hubiera querido darle salvación, darle vida? La lluvia aliñó su muerte toda la noche. El oxigeno no llegó a sus pulmones. La sangre no fluyó hasta el corazón.
En La puerta rota, sin embargo, Blanca Blanche prefiere decir:
Reiteraba las palabras sin oír apenas lo que ella misma se decía, poseída por el llanto. No aceptaba el final suspenso y siniestro de toda aquella existencia. ¿Y quién no hubiera querido darle salvación, hacer otra escritura, postergar la vida? Pero el cántico de la lluvia aliñó su muerte la noche entera. El oxígeno naufragaba mucho antes de llegar a sus pulmones y la sangre, sin benevolencia, dejó de fluir hasta el corazón.
De haberse decantado por una prosa, aquella: la de oraciones breves, sentencias como ráfagas, el punto y seguido guillotinando la idea, la rispidez…la sequedad, quizás su nombre figurara hoy entre los premiados en cualquiera de los tantos concursos literarios a los que se convoca en el país. Y se diría, luego, que se está en presencia de una novedosa forma de decir, que si la experimentación con el lenguaje, que si la estrategia de desplazar el punto de vista por toda la narración para lograr planos de lecturas elevados, la alteración de toda representación preestablecida, la obligación a una relectura del texto una vez que se finaliza con él; que la estrategia de forzar al lector a no leer con facilidad, la palabra que se resiste y rebela contra las convenciones, la novedad verbal, la huída de toda simetría u ordenamiento; que si la variedad de sus apuestas distributivas, que si el riesgo, la dinámica, el movimiento, el aparente descuido de la construcción que no es más que un ardid, la alteración del discurso, el metatexto, la palabra que recicla su propio sentido, la singularidad, el oficio y la valentía. Se le catalogara, aún reconociendo alguno que en el fondo tal palabrería no le dice nada o gusta del todo, como una escritora sagaz y profunda.
De haberse decantado por una prosa, aquella, y luego colocado algún fragmento representativo en una hipotética columna A y cinco, seis…diez nombres, en una B, para engarzar el pedazo escogido con el de su posible autor hubiera sucedido también que no resultara fácil discernir, con claridad, el nombre correcto. Y es que, a la vez que se plaga otra vez por los efectos cíclicos de los boom temáticos ─como dijera el crítico Noël Castillo─, también la sobreabundante, desbordada, excedida narrativa cubana actual, se va peligrosamente acercando, en estilo, demasiado la una a la otra. Y no se trata, en todo caso, de eso que llaman aliento de época.
Con La puerta rota ─la historia de Ana, una actriz que vive sola con su hija y trata de recuperar, luego de una tonta discusión en la que mucho ha pesado el alcohol ingerido, la atención de La Rata─ Blanca Blanche devuelve el aliento cuando enfrenta la cara cotidiana de las cosas poniendo, otra vez, llanto donde debe ir llanto y corazón donde corazón. Reintegrando a la palabra su destino feliz de traducir los sentimientos no de impresionar con ella; que lo último se aprende, lo primero no tanto. Una escritura cálida y palpable, al fin, con la que ha construido una de esas heroínas trágicas de las que nuestra mejor literatura ha sido heredera y que hoy, entre tanto afán por resplandecer con caracteres de una marcada, y bien armada, diferencia, de igual modo se echa en falta.
Ana, que no es una mujer suscrita por aberración sexual alguna, fantasías con menores, la violencia per se o un único y trascendental suceso que la torna significativa, rara, en su particularidad, porta, en efecto los rasgos de la gran trágica: aferrarse a la recuperación del amor perdido sin reparar en consecuencias, anteponer pasión a entendimiento, conciencia desde el comienzo de la batalla que se lucha por una causa perdida, fatalismo, presencia de la muerte rondando cada acto, el desvincularse de la realidad ─por aislamiento geográfico, medianía intelectiva, padecimientos físicos o mentales, prejuicios, tradición, convencionalismos o, como en este caso, la inexistencia de espacios sólidos donde hacer corpóreos los grandes planes. Porque la gran tragedia de Ana no es siquiera haberse quedado sin su hombre sino sin modelos en los cuales reconocerse. No hay ídolos, desparecen las guías, se devalúan los paradigmas, hace mutis la motivación, se estrecha el terreno donde soñar o ilusionarse. Visto así ¿qué queda? Volver los ojos y entregarse en cuerpo y alma a una causa más accesible o, en todo caso, a una que nos permita reconciliarnos en algo con la vida, si esto todavía es posible, hasta que llegue lo que ha de tocarnos, lo que nos merecemos. Que es lo que hacen otros tantos cuando se convierten a la fe, al baile desenfrenado y la diversión, las vestiduras, la perfumería y la baratija, la escritura incesante, la persecución enfermiza del reconocimiento público o la vaguedad de los parques. Queda, como hace Ana, fabricarse su propio destino desde la intimidad y vivir, única y exclusivamente, dentro de él y para él. Nótese que las veces en que interactúa con el exterior lo hace para tropezarse con una ciudad destruida y llena de seres deshumanizados, corruptos o inmorales: Los Tomases ─el Grande, el Sinmuelas, el Cojera, el La Muerte, el Bizco, El Genio, el Héroe─ Daniel, Daylín. Nótese que, a salvo ─en el refugio que se crea una vez cerrada la puerta que da a la calle─ es que conviven los personajes portadores, aún, de ciertos valores: Renato, Noelio, el Juez.
Las patadas y puñetazos se oían en toda la ciudad. La energía del deseo dirigida una y otra vez hacia el centro de la puerta. Alguna tabla tendría que aflojarse, cuartearse, romperse; la pared, el cemento, las tejas, todo puede venirse abajo: es cuestión de golpear cada vez más fuerte hasta conseguir abrazar aquello que se sabe hay que abrazar, dice Ana y a lo que busca con desesperación ceñirse es a la vida que, al no encontrar fuera, cree dentro.
Como a la puerta, también echa mano la autora a otros leit motiv para el movimiento de su historia ─el propio nombre de la protagonista que remite a la Karenina de Tolstoi, la figura del juez, la presencia de la perra parida o la lluvia, el apodo de Rata de su prometido, esa niña que, desde la portada, se asoma, llena de ingenuidad, lo que haría pensar en una novela de símbolos ─que ya muchos la han catalogado así─; pero Blanca Blanche, y no olvidar que, además de narradora y dramaturga, es poetiza, lo que ha creado, con ellos, son imágenes ─que no es lo mismo, se sabe─; el recurso literario más adecuado cuando se trata, como aquí, de verter ensoñaciones, fantasías, estados de vigilia, evocaciones de la infancia y el tormento que provoca la locura o el hambre.
Es la imagen, y su buen manejo dentro de la trama ─entre capítulo y capítulo para poder digerir la realidad que, a través de las acciones y el diálogo, se nos ha descrito, sin afeites, segundos antes─ la que provoca, sin dudas que, terminada la lectura, quede flotando en el aire un irremediable deseo: el que pide tener más de este personaje, que aparezca nuevamente, que centre otra fabula, que no puede ser este su final definitivo. La gran trágica que trasciende su propia historia para permanecer. ¿Qué más pedirle a un escritor? ¿Qué más esperaría un escritor de su obra?
Pero tampoco creer que La puerta rota, por poner llanto donde debe ir llanto, corazón donde corazón y reintegrar a la palabra su destino feliz de traducir los sentimientos, descuida su envoltura ¿Cómo pensar de una mujer que más que a cualquier otro mundo, pertenece ─tal vez sin ella misma tenerlo claro─ por condición al teatro, pueda despojar a su creación de una recia dramaturgia estructural? Con tino Blanca escoge, ora la nota en un cuaderno, ora la carta recibida, ora la pesadilla febril, ora la fábula para que la hija duerma, ora esa parábola surrealista donde, junto al Juez, trata de buscarle sentido a la existencia, suerte de urgida masturbación con la que aligerar el ahogo, la forma otra con la cual equilibrar su entrega desde diferentes escrituras y apresar, así, al lector. Ojo, sin dejar que la articulación de lo que dice y como lo dice se trague de cuajo el discurso; demasiado claro tiene que forma es la encarnación material del contenido no quien lo boicotee.
La puerta rota inscribe de lleno a Blanca Blanche en una de las líneas que, históricamente, ha definido nuestra tradición literaria: la de los inverosímiles existenciales, los absurdos lastimosos en que puede extraviarse el simple ser humano sometido a las contradicciones de su sociedad y atado por sus limitaciones personales. Una novela que nos recuerda, al rebozar de ella, como la vida es siempre mucho más que casos anómalos o gente diferenciada. Que, acerca de la vida, también ha de contarse no solo escribir.

Tomado de Hacerse el cuerdo revista literaria de la UNEAC, Santa Clara, Cuba. Cortesía por email, Edelmis Anoceto 




_____________________

Datos de Aramís Castañeda:


Aramís Castañeda Pérez de Alejo (Santa Clara, Cuba, 1965). Graduado de Filología por la facultad de Letras de la Universidad de Las Villas en el año 1990. Narrador, crítico e investigador. En el 2007 las Ediciones Capiro publicaron su libro de crónicas Un extraño en la bañera. Artículos, reseñas y críticas suyas aparecen en revistas y publicaciones de Cuba y el extranjero. En 1995 obtuvo el premio de ensayo en el Encuentro Debate Nacional de Talleres Literario. En el propio evento y géneros alcanzó mención en 1998. Obtuvo la Beca de creación Ciudad del Che 2006 por su proyecto de libro Un lugar en el mundo (la historia del Mejunje). En el 2009 obtuvo el premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara en la categoría cuento por su libro La ciencia avanza pero yo no y, en el 2010, mención especial en el concurso Fundación de la Ciudad Fernandina de Jagua por el volumen de cuentos Yo me manejo bien con todo el mundo. Su labor de investigación en el campo de las Artes Decorativas también le ha merecido premios y reconocimientos a nivel nacional e internacional. Actualmente se desempeña como promotor literario de la Librería Ateneo "Pepe Medina" de Santa Clara.
______________________________

lunes, 27 de septiembre de 2010

LA SANGRE DEL TEQUILA

Fragmento del libro en preparación La sangre del Tequila, de Félix Luis Viera.



Verónica Illescas partirá en cualquier momento. Lo voy a sentir. En Cuba le dirían una trigueña de pelo lacio. En Cuba quizás sólo en la región oriental se encontraría una mujer con el físico de Verónica Illescas; parecido. Ahora la estoy esperando; son las siete y quince minutos de la mañana, debe de estar terminando los cuatrocientos y tantos metros que separan su puerta de la mía. En una columna que tengo en un periódico, de prosa poética erótica, escribí un texto sobre los pezones de Verónica Illescas, Cerezas negras, se titula; creo que con eso todo queda explicado. Es decir, Verónica Illescas es morena, morena entre clara y oscura pero más arrimándose a lo segundo (porque hay aquí morenas de sumos matices, con las cabelleras lisas y negras la mayoría, las menos con el cabello encrespado). Yo bien a bien, desde mi isla, desconocía lo que eran las morenas. Parece que siempre en mi inconsciente amé a las mulatas sin saberlo. Porque las morenas mexicanas, en cuanto al color de la piel digo -si bien la tienen más fina-, son lo mismo que las mulatas (no tardé poco en darme cuenta). Y sucede que estas morenas, como Verónica, sólo de mirarlas, me hacen chispas; cadenas de chispas. La voz de Verónica Illescas tal parece tener jugos; derrame de frutas, quiero decir. No sé si me explico. En cuanto a su entonación va en subida, como la de muchas mujeres y hombres aquí -más realzado el de las mujeres-: algo así como la curva melódica típica del francés; la curva en ascenso hasta hacer sonar agudas ciertas palabras llanas. Aquí muchos hombres se divorcian, se separan, abandonan a las mujeres pero éstas siguen siendo de ellos, como un encendedor, una botella de tequila, una camisa. Son pertenencia de ellos aunque ya anden con otras; las siguen chequeando, hostigando, pidiéndoles el estado de cuenta bancario, llamándolas sorpresivamente por teléfono a ver quién, quiénes están en la casa. El marido de Verónica Illescas andaba, anda por Tampico. No sé justamente dónde queda este sitio. Sí que lejos; pegado al mar; es un puerto donde el marido trabaja de ingeniero; allí vive con otra mujer desde hace tiempo. No les pasaba ni un grano de maíz de pensión a Verónica y al hijo de ambos. Pero ella seguía siendo de él. Tanto que hace una semana la llamó y le dijo: ven. Y ella va. Él es su marido y ella va, dice ella, me ha dicho ella. Todo el corrido de la ausencia del marido ella ha tenido que trabajar, duro, insertándose en un grupo de vendedoras de estas zonas que proponen desde cosméticos hasta geles para bajar de peso, pasando por discos compactos "piratas" y libros de autoayuda. Aquí entre los edificios hay pasillos cementados, y casi todos arbolados, que llaman andadores y tienen nombre. El andador que cruza entre el fondo de mi apartamento, donde se halla el cuarto en que duermo, y el frente del otro edificio, se llama andador El Cántaro. El insomnio se me había hecho cada noche más agudo, más largo, más desesperante. No tenía con qué comprar los sedantes. A la una de la mañana, minutos más, minutos menos, pasaba por El Cántaro, de izquierda a derecha, un taconear de mujer que me expugnaba las lágrimas. ¿Habrá algo más triste que un hombre solo, insomne, urgido de sexo, a la una de la mañana, que escucha el solitario taconear de una mujer?

Descorría las cortinas, pero las luces no eran suficientes como para determinar rasgos ostensibles de la mujer que taconeaba, la cual se iba perdiendo hacia el fondo del andador. No te asustes, le dije cerca de la una de la mañana en el arranque del Cántaro, en la avenida Acoxpa, no soy un ladrón, ni un violador, soy sólo un pobre tipo que ya no puede más con tus tacones. Eso es, soy cubano, luego de que ella mencionara mi acento, mi pronunciación extraños. Dos soledades, Verónica Illescas, dos soledades, le dije cuando estuvo de acuerdo, después de un hilar interminable de reparos, a que la acompañara unos doscientos metros, la distancia entre el comienzo de El Cántaro, en Acoxpa, y el punto del andador frente a la ventana de mi cuarto. Temblando leve -manos, mejillas, cabello (la observé bien en medio de la semipenumbra)- se dejó acompañar. Temblaba porque estaba haciendo algo mal hecho, aclaró, no por el frío, que hasta hoy digo que aquel invierno de 1995 fue el más canalla que me ha tocado en esta tierra que tanta hiel oblicua me ha dado, que tanto placer mojado en lágrimas me ha prodigado. Hasta frente al punto luminoso de mi ventana estuvimos llegando como diez días consecutivos, a la misma hora, cuando ella terminaba sus recorridos de labor. Nunca me habían hecho esto, declaró la primera mañana que estuvimos en la cama, más bien como si lo proclamara, en voz baja, ante el mundo, rezumando lágrimas; como acongojada de felicidad, diríamos. Se refería al sexo oral. Tienes sólo treinta y dos años, Verónica, si como dices, al recibir de mí tal ofrenda te has sentido tan feliz como debe sentirse esa florecilla donde hurga el colibrí, pues nunca dejes de exigirlo, Verónica, que el hombre que no va a parar de cara en el sexo de una mujer, no la ama. Ella sólo puede venir en las mañanas, estar treinta, cuarenta minutos, antes de partir a romperse el ánima en busca de la subsistencia en esta interminable ciudad que ya desde entonces yo me había dado cuenta que es como una máquina muelegente. Cuando regresa por la noche tiene el tiempo contado: una vecina le cuida al hijo, a precio económico. Ella está al llegar, por última vez. En la acera, pueden ir sonando, amanecido, quince o veinte pares de tacones, pero yo conozco los de ella. Aun así, por la ventana de mi apartamento que da a la calle - El Altillo, se llama esta calle, de una sola cuadra-, que nace en Acoxpa, como El Cántaro, miro con la cortina levemente corrida. Ella viene envolviendo al frío, no lo contrario, se me ocurre. La puerta está entreabierta al mínimo. Ella empuja. Viene con el miedo acumulado por más de quinientos años de atavismos: sus ojos negros y grandes palpitan como esos purasangres cuando huelen un relámpago. Yo le he pedido que me haga también el sexo oral. Ha cumplido, pero mal.

Luego descubriré que Verónica Illescas es una excepción: no tengo todos los ases, pero hoy estoy seguro de que en una contienda mundial de mamancia habría que contar con las mexicanas; más que una felación ordinaria, realizan un acto de fe, un engarce de jaculatorias, una prosternación donde el placer y las lágrimas se hacen trizas entre sí, pene en ristre; consiguen que el pene nazca de nuevo, lo esculpen, lo reesculpen, con la mente y el alma arrodilladas. Verónica Illescas acaba de entrar con sus ojazos negros hasta el encandilamiento y su piel morena relumbrante y sus pezones como cerezas negras y sus senos de talla media que el Todopoderoso habrá tocado con todo su amor alguna vez, puesto que no creo que a mujer alguna, como sucede en ella, le haya sido dado el milagro del néctar de las frutas ungido en una especie de compactación suprema de la carne. Se ha quitado el sobretodo, lo ha dejado sobre el sofá y ha ido al cuarto. Hoy ha salido de su casa media hora antes, la ígnea batalla de esta mañana, como será la última -si no ocurre un milagro (aunque ya yo estoy bastante viejo para esperar por los milagros, que suelen dar tantas largas vueltas en círculo antes de ir a dar en el blanco…si es que al fin dan en éste)- durará una hora. Ha determinado ella. Yo la siento desvistiéndose allá en el cuarto. Me he quedado con los codos apoyados en el minúsculo escritorio donde hay una máquina de escribir Remington de 1954, escuchándola: sacarse el pantalón, la chaqueta, los zapatos, las medias a la cintura, el blúmer, el sostén, desengancharse la cabellera negra, que le enmarca la cara, le cosquillea en la espalda. No la veo, pero la estoy viendo. Allí está, desnuda, es posible olerla toda; y hasta acá llega el vigoroso olor de su vagina.

Está desnuda boca arriba, bajo la colcha, esperándome con las manos sobre los senos, perniabierta. Yo ahora partiré hacia ella, me quitaré la ropa de dormir, azul, gruesa, afelpada, jersey y pantalón, que me regaló mi amigo Mario Trejo. La habré de lamer desde las uñas de los pies hasta la frente, el cabello, la espalda, pasando lentamente por las piernas, el vientre, el ombligo, los pechos, la vuelta y la espalda desde la nuca, el túmulo de la espina dorsal, el canal entrenalgas, las nalgas, las corvas, las pantorrillas, hasta los talones. Pero no la amo. Yo soy un soldado. Yo no puedo amar a nadie. Yo tengo la misión del soldado que debe sobrevivir y hacer que sobrevivan tres súbditos que se hallan lejos. Le voy a aplicar el sexo oral hasta hacer que su campanilla quiebre, la voy a penetrar hasta donde dice "no hay paso", la voy a besar hasta que sus ovarios tintineen, le voy a libar y chupar sus senos hasta sacarle las gotas del durazno; ahora mismo llevaré a cabo todas las posiciones pro sexuales que me sé, que nos sabemos, que hemos inventado o descubierto; le daré todo el líquido semental que casi siempre me atribula; ella tendrá uno, dos, tres multiorgasmos como, dice, ha aprendido a tener después de aquella primera mañana.

Estaremos una hora carbonizándonos la sangre. Retreparemos cima y sima. Pero a mí no me importa. No me importa que se vaya hoy para siempre. No puede importarme. Yo estoy aquí para no amar. Yo estoy aquí para salvarme y salvar. Yo no amo. El marido la espera en ese sitio que se llama Tampico y ella llegará hasta los brazos, las axilas, el pene, la lengua y los labios del señor, inmaculados en cuanto a vaciarse en los labios del sexo femenino, el clítoris, vulva adentro, y a mí no me importará; él se la copulará como se puede poseer una maquina de sacar semen, un reservorio, una victrola que copule o que se deje copular -infiero de lo que ella me ha confesado- sin tomar en cuenta que ella no asciende al orgasmo, y a mí no me importará. Yo aquí soy el soldado en el frente de batalla, no un amador. Verónica Illescas: sales del apartamento con el olor de la última vez y yo te beso en la frente como se besa a un mármol tierno y me voy al cuarto y descorro las cortinas y me quedo mirando el andador El Cántaro, por el cual taconeabas a la una de la mañana metiéndole, sin saberlo, azogue ardiente a mi insomnio. Y no me importa. Me importa medio trago de agua que te vayas para siempre, no verte nunca más. Entras en este libro, en estos apuntes, mejor dicho, demasiado pronto o demasiado tarde, y te vas demasiado pronto y para siempre de estas líneas; en estas líneas de "todo revuelto", de personajes, o mejor decir personas, que entrarán y saldrán como entran tantas gentes en una vida otra, y no te amo, no te amé, no te extrañaré, un soldado por la supervivencia tiene un fin: sobrevivir con dos cerebros; el segundo, el que debe suplir al corazón. De cualquier manera, ojalá que estas páginas alguna vez sean leídas por alguien, por varios, por muchos, y te engrapen en sus memorias, no te olviden; creo que lo mereces por lo ya contado. De cualquier manera, mirando hacia el andador El Cántaro, comprendo que las despedidas duelen, son difíciles; aun las despedidas de los adversarios pueden doler.


_________________________________
Datos del autor:

Félix Luis Viera: (Santa Clara, 1945) Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La que se fue (2008, Red de los Poetas salvajes, México); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la novela corta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2002, 2006 y 2008, Edizoni Il Flogio, Italia.) Su más reciente novela, Un ciervo herido –que aborda el tema de las Umap, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en la década de 1960–, ha sido traducida al italiano por la editorial L´Ancora del Mediterráneo. Actualmente es ciudadano mexicano.
Datos del autor tomados de La Primera Palabra, Blog de Heriberto Hernández Medina.
Dibujos y Pinturas: Gélico

jueves, 23 de septiembre de 2010

BOITEL: ENTRE LA NOCHE Y LA PALABRA





Por Ihosvany Hernández González


"desde el alero, el majestuoso paisaje nos convence. la lluvia de septiembre nos provee de falsas expectativas, de un sugerente aroma. entre las gradas alguien hace señas". Desde este otro lado, redimo lo que creo majestuoso, y es entonces que pongo todo mi objetivo en este libro que tengo delante mí. Hablo del poemario No llames en la noche, de Luis Manuel Pérez-Boitel (Remedios, Cuba, 1969), autor que ya cuenta con premios como el Casa de las Américas 2002 (Cuba), y el Marius Sampere 2007 (España).
Si la poesía persuade, provoca, estimula, y sobre todo, sugiere que la belleza estímula inexorablemente a cada paso, entonces debo reconocer que este libro, por el que aquí abogo, me hizo detener ante algún paisaje circundante que podía ser celebrado por este bardo cubano, del que poco se ha hablado, a pesar de su sólida trayectoria iniciada con la obra "Unidos por el agua", de 1997, y con la cual obtuvo el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara.
Este libro llegó a mis manos como dádiva, agradecida por siempre. Azafrán y Cinabrio ediciones es el responsable de esta publicación del 2005, tras ganar su autor el I Premio Internacional de Poesía Desiderio Macías Silva. Desde entonces, desde aquel verano, he acariciado largamente la posibilidad de alzar mi voz sobre este poemario, que mucho me ha aportado desde aquellas primeras lecturas, y del que poco o nada se ha dicho.
Recuerdo perfectamente aquellos días en que no me apartaba de estos poemas. Al terminarlos, volvía a ellos descubriendo una atmósfera sugerente. Leía y aprehendía del verso nuevas estrategias, nuevas rutas a seguir para escribir y comprender mejor la poesía; y confieso, estos versos me hicieron crear lo suficiente como para notar, un poco más tarde, un salto cualitativo en mi escritos.
No llames en la noche me acompañó en mis viajes en el metro, en mis esperas en algún café, en mis momentos de paz en esos parques y sitios que buscamos para el goce de nuestras lecturas. Casi dos años más tarde vuelvo a estas páginas, estimulado por esos recuerdos de algún estío, cuando el amor y la lírica me acompañaron espléndidamente, como si no existiera un mejor acólito que estos versos trazados desde la noche, desde esa soledad propicia para la creación.
Cuando disfruté por primera vez de este poemario, pude percatarme de que me encontraba ante ese "todo" del que habló Cesare Pavesse, y que descubrimos tras la fuerza de la palabra. Pero fundamentalmente noté que estaba ante un vanguardista, ante un escriba que nos deleita con su compleja y eficaz estructura poética.
El buen ejercicio de la lírica y lo experimental arranca desde el pórtico hasta el cierre; y a través de todo el itinerario percibimos audacia, candor e inteligencia, viéndonos irremediablemente frente a evocaciones, a recuerdos de la infancia y de la adolescencia. Los poemas han sido creados como si su autor fuera un alquimista que dice conocer el mundo a plenitud y nos muestra bosques y puertos, hombres que van y vienen en el convivir de un tiempo idílico. La dinámica avanza y nos trasmuta hacia otros cielos, hacia esos sitios distantes en el tiempo y en el espacio, unificados por la poesía. San Juan de los Remedios, la Ciudad de la Habana, Santa Fe de Bogotá, Madrid, París, Alejandría, vienen a formar parte escenográfica en este universo que crece entre la nostalgia y el erotismo (léase sensualidad), como por ejemplo ocurre en el poema En el abrumador bosque lo que se salva es el tiempo, en donde Constantino Kavafis vuelve por esas callejuelas y entonces se hace delicia: ´(…) "La delicia y el perfume de mi vida / es el perfume de esas horas de mi vida / en que encontré y retuve el placer tal como lo deseaba". ellos atravesaron el portón aquel donde la inocencia se evadía, la ceremonia me recordaba el verano de Patmos. parece extraño suponer que ellos han quedado solos, supuestamente solos bajo ese falso techo que es la noche*.
Sin embargo, apartándonos un poco de esa sensualidad que nos lleva de la mano a lo largo de la lectura, notamos en el poema La bella Època existe en el dibujo y en la lluvia, esa nostalgia que se impone al recordar la figura paterna, indeleble a pesar de la ausencia física. Aquí el padre regresa a la noche para habitar en esas horas de insomnio: "yo me había acercado en el preciso instante en que cruzaba a la penumbra. le confesé mi obsesión por las palabras, el temor por transitar entre esas columnas que el tiempo nos depara y nos distancia, y nos aniquila, como si fuéramos esos pastores que nunca logran encontrar su rebaño*. Dice y nos hace partícipe de su propia vida, de esa intimidad que se expande para saber de aquella muerte de 1998, golpe que lo impela a entregarse por completo (y con lauros) a la poesía, sin abandonar su carrera como abogado.
En otros poemas como Un día de verano, atravesamos un mundo rutilante, en donde inmortales, como Frida Khalo, asoman sus rostros desde la urdimbre del verso; rostros que llegan para solidificar más el encuentro entre la noche y la palabra, evidenciando ese ritmo que se lía al verso, la imaginación, y, la meditación.
Otro aspecto notable a señalar es la apreciación sutil ante lo que forma parte del hábitat, admirando toda arquitectura, y sustraigo de Este es un paisaje insustituible, estos versos que lo denuncian explícitamente: "nada nos cuesta detenernos en aquel balcón neoclásico del siglo XV para ocultar nuestras miserias. el próximo verano será insustituible, tal como el paisaje que ahora tenemos"
También, en otros poemas descubrimos la meditación ante el fin del XX y el inicio del siglo XXI, y la reflexión sobre el futuro bajo formas sublimes, dotando al poemario de una elevada trascendencia, de cierta contemporaneidad. La complejidad resalta tras preocupaciones humanas, el hombre visto desde dentro: sus miedos, ambiciones, y fracasos. Aquí se dialoga inevitablemente, y uno acaba por preguntarse si algún ángel de la guarda ha llegado a nosotros para soplarnos al oído estos versos que se hacen cuita entre los páramos que escogemos para el deleite.
Al leer esta obra se aprecia cierta continuidad en esos hechos que han marcado la vida del poeta, y aquí nos lo exterioriza como un juego de barajas, al que nos asomamos a ver su destino: el amor, la muerte, los viajes; temas de siempre, sumidos, desde luego, por otra voz, que se hace crédula a los oídos del lector.
Boitel nos abre un espacio grácil donde llega a convencernos del brío y de la utilidad de la palabra como herramienta magnánima de salvación. Su lírica, a pesar de tener momentos experimentales, como menciono al inicio, escapa de ser pura pirotecnia. La sensibilidad, sobre todo, nos arrastra a lo largo de esas noches que serán iluminadas por estos versos que ya resuenan en mi memoria, como un eco que me insta a repetir el juego interminable de la lectura. Y vuelvo a ellos infinitas veces, apresado por el ritmo y la fluidez que se hace música y dibujo.
Sencillamente, esta afortunada edición resalta por su magnitud literaria y el elegante estilo con el que han sido escrito estos poemas. Además, la voz tan personal, inquietante y vivaz de Pérez-Boitel me permite afirmar que es un poeta cubano imprescindible dentro de los de su generación, como Reina María Rodríguez, o Sigfredo Ariel, entre otros.
No llames en la noche queda definitivamente como un obsequio llegado desde Aguascalientes, para aplaudir tanto verso adentrándose en mi inquietud a mansalva, redimiendo esos días en que la novedad de un discurso poético atraviesa el umbral de este mortal dispuesto a perpetrar la validez del verbo; pero sobre todo porque en sus páginas asistimos a la ceremonia donde un hombre dialoga con su sino*, a la ceremonia de un bardo jugándose la vida con la palabra tras la noche y sus misterios.

*versos de Pérez Boitel



I.Hernández
2008

____________________

Galería de fotos Luis Manuel Pérez Boitel:






______________________

Datos del poeta Ihosvany Hernández:

Ihosvany Hernández González (Ciudad de la Habana, 1974), escritor y poeta. Fue guionista de programas dramáticos para la radio. Desde el 2004 reside en Montréal, Canadá.2008: Premio de reseña literaria por la obra “Boitel: entre la noche y la palabra”.Azafrán y Cinabrio ediciones (México).2008: Finalista del premio de poesía Jiménez Campaña por la obra “Algún sitio para este otoño” (categoría del premio internacional Artífice de relato corto y poesía, Granada, España); obra que aparece en la antología Proemio nueve (Ayuntamiento de Loja, 2009).2006: Finalista del Premio Internacional de Poesía Desiderio Macías Silva, por laobra “Días despavoridos como ciervos” (México).2005: Segundo Premio, categoría cuento, por la obra “Salón Sahara”, del evento Tendiendo Puentes convocado por la Universidad de Toronto (Canadá); obra que aparece en la antología: The political participation of Latin Americans in Canada (Jorge Ginieniewcicz & Daniel Schugurensky, editores. OISE/UT, 2006).Ha colaborado para varias revistas digitales como “Decir del Agua”, “Remolinos”, “Letralia”, y “La zorra y el cuervo”, “Cañasanta”, entre otras.
________________________

DONDE SE PUEDE LEER:

ALASCUBA:http://alascuba.blogspot.com/2009/03/ihosvany-hernandez-la-habana-1974.html

CAÑASANTA:http://www.canasanta.com/poesi-a/ihosvany-hernandez-poesia-000001.html

LA ZORRA Y EL CUERVO:http://www.lazorrayelcuervo.com/zc10/ihosvany010.html

DECIRDELAGUA:http://www.decirdelagua.com/decirsc5/decirsc5_016.htm

LAURRAKA:http://revistalaurraka.blogspot.com/2009/04/el-arte-de-la-palabra.html

LETRALIA:http://www.letralia.com/165/letras08.htm
______________________________