lunes, 12 de abril de 2010

El SUEÑO ETERNO


Edelmis Anoceto lee sus poemas:

Una Mirada crítica hacia dentro, tanto al entorno donde se vive, como hacia las formas de comunicar sin facilismos ni de rima ni de conceptos, es lo que uno encuentra en este libro de décimas Premio de la Ciudad de Holguín, Cuba, 2007. Con este poeta, el lector nunca está preparado, porque su forma de reinventarse en cualesquiera de los géneros que trabaja, no se basa en la repetición del esquema, confesionario de emociones, frases dichas por la moda generacional, o símbolos representativos de carencia o estilo de vida, cercano a lo que se margina. Edelmis Anoceto, es original en el tratamiento de sus temas porque no automargina sus posibilidades, de su rebeldía, y de no conformarse, y de transgredir siempre una realidad incómoda, él se asienta en su verdad, se desenvuelve sin ademanes de una tercera persona camuflajeada sobre contornos apocalípticos, o de doble rasero; creo que su mayor acierto es acercarse con claridad hacia ese punto blanco adonde solo puede llegarse con la fusión de maestría, dominio, lecturas y relecturas de clásicos universales y del patio, sin imitaciones, sin que su vida, aún en puntos coincidentes existenciales, sea una copia de lo vivido por otros, él deja la ambigüedad y se aleja del todos, en la manera posible en la que ha aprendido a conocerse, en la mirada de crecer en medio de quienes decrecen con el paso de los tiempos, sólo porque merodean sus hábitos de provincia, como si esa provincia fuera el ombligo del mundo. Sus influencias no están marcadas desde el estilo, quizás, el lector necesitará relecturas para encontrarlas, porque él, no se propone un manejo simple de sus emociones como tampoco se pierde en códigos que de lo tradicional pasa por la fluidez de la rima, pienso que es a propósito que usa el endecasílabo, porque sabe de la profundidad hacia donde penetrar, como un buscador de tesoros, pero no improvisado, lo más autentico es porque lo hace desde su mundo, con la seguridad de quien puede vertebrar una poética diferenciable, y cito de la contracubierta, porque es lo más cercano desde el lector, que se descubre con gusto fino, cuando uno se inspira y cuando uno vuelve y disfruta, y más que elogiar, envidia esta capacidad de quien dentro del coro de su generación sobresale, digamos como una espiga de arroz a salvo, en un campo recién cortado, se mueve también su poética con independencia, y por qué no, dicho en sus palabras, nos permite aprender de sus motivos y lo cito:

Palabras que esculpí para la hoguera,
catadoras de sueños, inconsciencia,
un pasaje a la gloria, la impaciencia
por comprender el todo y la primera
restauración del caos, y la fiera;
el bien, el mal, la inmunda pulcritud,
la desdeñable, inútil juventud;
todo en el fuego se consume pronto,
excepto el mapa que le muestra al tonto
el sitio donde se halla la virtud.



Juan Carlos Recio
NY/ Abril 12 del 2010

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EXILIOS INTERIORES




La montaña

Gracias a Dios existe la montaña,
erguida en la llanura como un templo
de integridad, para servir de ejemplo
al débil que tirita en su cabaña.
Absurda maniobra con que engaña
la muerte un ermitaño y, mientras, viola
toda inmortalidad. ¿Por qué se inmola
la cordillera al viento más austero?
La cordillera se estremece, pero
una montaña se sostiene sola.

La multitud es siempre desdeñosa
y ofrece una promiscua compañía
de prójimos y hermanos. La porfía
entre individuo y gremio es imperiosa.
El magma se unifica en ostentosa
congregación de rocas sobre el llano.
Cuán arduo es reducir a lo profano
lo divino que en cifras se confunde.
Mejor será que nada me circunde
al pernoctar en el tumulto humano.

Una montaña se sostiene sola
cual estandarte contra el firmamento.
La cordillera no subsiste al viento
eternamente. ¿Quedará una ola
sin la furia del mar? ¿Alguien controla
la sobriedad que oscila entre lo extremo
y lo íntimo del ser, un Polifemo
que Ulises embriagó con vino rancio?
Una montaña se sostiene. Escancio
el vino de embriagar al Yo supremo.


QUE OJOS HUMANOS HAN VISTO.





Me roban

Are you going to ruin my life?


Ellos me roban las cosas,
yo, por respirar, respiro.
Me acompaña lo que miro
solo una vez. Engañosas
visiones. Rutas gloriosas
de ascensión donde me pierdo.
Me legan el desacuerdo
fatal de autoconducirme;
a mí que sabré extinguirme
tan pronto como un recuerdo.

Adiós, el espejo es roca,
y en él dejo lo vivido.
En el corazón un nido
y una serpiente en la boca.
Ellos me roban la poca
cosecha que mal consumo.
Me seducen con el zumo
de una fruta detestable;
a mí que soy desechable.
Adiós, el espejo es humo.

Con las cosas yo construyo
fantasmas para mi orgía
secreta, mi cofradía,
sombras en que me diluyo.
Pero ya todo es tan suyo,
y tan ajeno, tan tarde.
Nadie habrá que me resguarde
las cosas de lo inasible;
a mí que seré invisible.
Adiós, el espejo arde.
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ITACA, MATRIA DIFUSA,
estoy a tu noche atado
como a un mástil. Desvelado
en la travesía inconclusa.
Itaca, dame una excusa
para no amar lo que avisto
en tu costa. Un imprevisto
pretendiente que procura
desentrañar la hermosura
que ojos humanos han visto.


EL SUEÑO ETERNO
EL LADO TEMIBLE DE LAS COSAS

-8-

Las huellas que he dejado son remotas,
más que torpes palabras son castigos.
Los árboles nevados, los testigos
de los días, conocen mis derrotas;
conocen de la sangre, de sus gotas
en la ruinosa tarde del escriba.
En virtud de una ley evolutiva
el paso al frente, Darwin. No conspiro.
Tranquilamente asumo que respiro
como el témpano asume la deriva.

-9-

Estar ausente, descubrir que puedes
esperar las señales de la aurora
solo, desde un refugio que atesora
un raro crucigrama en las paredes.
Más que sacrificarte le concedes
al sacrificio un don incomprensible.
El mundo es en verdad incognoscible
cuando lo observo desde la distancia.
De los dioses venero la inconstancia,
de las cosas el lado más temible.

-10-

El mundo gira en dirección opuesta
a lo previsto. El vino es consumido
por otros visitantes que no han sido
ni serán bienvenidos en la fiesta.
Una ebria pregunta está dispuesta
sobre la mesa de la sobriedad.
Para el despierto hay luminosidad,
amada joya del insatisfecho.
Ningún altar es comparable al lecho
en que se abraza toda eternidad.

-11-

Si quieres sucumbir llega primero,
con entusiasmo, témpano hacia el trópico.
Tú legado se ha vuelto microscópico
sobre la tierra tras el aguacero.
Yo seguiré sentado, lo prefiero
antes de hacerme solo al porvenir.
Llegar primero, luego sucumbir,
es peor elección que dar el pésame.
Da el paso al frente tú, pero antes bésame,
porque a partir de ahora he de dormir.


Tomado del libro El sueño eterno, de Edelmis Anoceto Vega, Ediciones Holguín
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http://www.sentadoenelaire.com/2009/11/desertor-del-cielo.html

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viernes, 9 de abril de 2010

Conversación con el amigo.



I

Las palabras no nos sirven,
los gestos tampoco;
identidades
e imposibles como ideas muertas
o mal pronunciadas.

Los instintos por reinventar el diálogo
me ahogan.
Las palabras no dichas
son esas ráfagas que no pueden consolar;
viento de otra costura
doble e indescriptible,
y la sal al no decirlas
ni con humildad se cuecen
ni dan la frase
que llegue al punto
medio
de una conversación bajo la fronda.

Las palabras,
aún, las tibias,
no pueden ser escuchadas por los sordos;
no se debe a su condición,
es la voluntad de ellos,
vegetar y pudrirse.

Detrás del río
la ciudad enorme
con sus ruidos,
matices de la multilengua;
hacia el fondo del río
un ave se sumerge.
Luego sale y se esconde
tal vez ella pueda encontrarme.


II

He soportado el destierro
sin soportar tu lejanía
y callo por temor
a perder ese lindero
entre la cerca y el patio
donde a veces te veo respirar
y como el humo
sin que importe si eres real
se evapora tu silencio.

Cuando este sueño termine
el tiempo se habrá ido
hasta la línea donde he roto los límites
y las penas serán como grietas
donde desaparecer sin encontrarte.

Jamás he vuelto al ruedo
ni he sido un toro sangrante
por esa felicidad de tu cuerpo de espuma
ese filo de hielo
que tenías para padecer con mi sentimiento;
esperaré el final
cuando te hundas
y allí debajo de la sangre
desde donde el cielo es un minúsculo
punto gris en la armonía,
pondré una lágrima
a la frialdad
de ese otro sentimiento de memorizar
cada bocanada tuya
en la estrechez del lindero
en la poca luz
con la que sales desde la caja de tus huesos
y con temor inundas lo que miraba
como los ojos de la bestia
que se perdían en el alambre.

III

Nunca pude entender
por qué fuiste el aparecido
y en cuál zanja de mi sangre
desde donde pasaban
los restos de la amargura;
en cuál de esas zanjas
se perdieron también mis luces
un sentido, casi indefinible de alejarme
de esa punta de alambre a la que cada vez
más me acercaba;
punta que solo podía matar
con crueldad y ficción,
como uno de esos cuchillos
que solo cortan la saliva.
Cortaba y cortaba desde esta armonía
apariencia por la que escribo
de muerto olvidado a las afueras del pueblo;
uno de esos muertos que enarbolan
la miseria de vivir
en un cementerio sin flores
con toda la soledad
como un pantano de libélulas.

jueves, 8 de abril de 2010

POSTALES FOTOS OLVIDOS.

PRIMERA POSTAL

Toda mano me alcanza su descuido
y en el desorden, la calidez también me alcanza.
A veces los muertos que regresan
enviados de Dios, a conversar
son de las fotos o postales
las mejores frases, sublimes, irrepetibles
porque los muertos son cálidos desde el recuerdo
y las manos que me alcanzan
son devociones de la ternura;
de ese tipo de registros
que se siente mejor en el silencio.

¿Qué pueden dos bocas
a diferencia de los que nos miran?;
cerrados los ojos,
es dentro, como el jugo de una fruta
donde uno trasiega con tanta maravilla.
Pero los de las postales hablan,
están siempre ahí
fieles incluso en el insulto
llenos de nuestra soledad.

Cuando una mano te alcanza
aún por descuido
luego suele retirarse
con la misma ingenuidad
a la deriva;
quienes se quedan a conversar
son el roce profundo
del sagrado esplendor de Dios en nuestras vidas.

SEGUNDA POSTAL.


Pero cuál lección me mueve
si deseo la ternura fuera del corazón
sin pensarlo,
fugaz y violento como el instinto;
luego podré conversar en paz
hasta con mi sombra.


TERCERA POSTAL.

Nada es cierto con certeza.
Cuando pasa el tiempo
y los golpes te matan
y conversas y vives por sus recuerdos;
esas aventuras ya no son
del mismo color de aquellos días
cuando entrabas al cuerpo
desconocido
por esos olores
que ya hoy te son vagancia;
incapaz de inmolarte
dejando la página doblada
sin llegar al final
como lo hace el polvo
cuando regresa a cubrir hasta la madera
y tus huesos duelen
lo que no duele
el encanto de volver a ser niño
y deslumbrarte
con toda intención
en estos placeres de conversar como los muertos
sin que medien esos deslices,
efímeras formas
que alguna vez te alcanzaron.

lunes, 5 de abril de 2010

A DONDE NO QUISE VOLVER



De su libro inédito No hay que llorar, colaboración cortesía del autor.




La primera señal visible, que ahora recuerde, de que nos adentrábamos a una profunda crisis en los noventa, fue el ver desaparecer de las bodegas las apetitosas latas de troncho y de patee de hígado, que entonces consumíamos con regularidad en mi casa. De un día para otro los amplios estantes de la bodega, en que compraba los mandados, quedaron vacíos.
En Matanzas, donde vivía, muchas personas cocinaban con carbón; que cada mañana ofrecían los vendedores, saco encima, por las calles. Otras, como en cualquier ciudad cubana lo hacían con gas, Keroseno o electricidad.
Habían comenzado los cortes de electricidad, se dejaron de suministrar las cuotas de combustibles para cocinar, por lo que muchas familias no tuvieron otra posibilidad que recurrir al carbón que muy rápidamente subió a un delirante precio.
Conocí de muchas personas que iban hasta el Valle del Yumurí, donde ya se habían instalado varios taladores que vendían a exagerados precios la leña. No importaba si se vivía en una casa amplia o pequeña, en apartamento o vivienda con patio, el humo y el olor de madera quemada se hizo común en la mayoría de las calles matanceras, sobre todo en el marginal barrio La Marina, donde vivía y en donde se cocinó hasta en la calle, puestos de acuerdo varios vecinos que compartían una misma leña, como imágenes anunciadoras de lo que después conocimos por “Opción Cero”, en que se aseguraba comeríamos de caldosas populares.
Fue entonces que apareció un innovador con una cocina que exigía por combustible el aserrín. El artefacto era tan simple en su funcionamiento como aparatoso, pues hasta una pequeña chimenea salía de uno de sus costados.
El creador de aquella novedosa cocina para tiempos de crisis, como el que vivíamos, fue entrevistado en el periódico local varias veces y muchas más por Radio 26, la emisora provincial. En alguna de aquellas intervenciones aseguró que su invento también admitía por combustible el papel.
Como trabajaba en la Librería de libros de uso “El Pensamiento”, en la céntrica calle del Medio pude percatarme de que las ventas de libros baratos, que lo eran casi todos entonces, aún más los de uso, subieron súbitamente. Personas conocidas o no, llegaban con sacos buscando los libros más económicos. Y hasta algunos llegaban preguntando cuáles eran los libros para cocinar.
Una mañana llevamos a mi hija a la consulta de puericultura y mientras esperábamos nuestro turno en el Policlínico Contreras, un doctor pidió la atención de todos los presentes para explicarnos algunas sugerencias de higiene. Juro que de su larga charla nunca olvidaré su recomendación de que para bañarnos nos restregáramos, por todo el cuerpo, arena de la playa, después que esta fuera escogida y elimináramos piedras, fragmentos de conchas y caracoles y suciedades. Y terminó asegurándonos que así se bañaban nuestros valientes mambises.
En tiempos en que ya habían nombrado como Período Especial, a finales de 1992, regresé a mi ciudad natal, después de haber vivido por ocho años en la ciudad de Matanzas.
Lo hacía con una hija que muy pronto cumpliría los cuatro años, sin posibilidades inmediatas de trabajo, a una casa en mal estado, deseoso de conciliarme con mi ciudad y conmigo mismo.
Era aún un autor inédito –como casi toda mi generación poética– aunque era ya miembro de la Uneac, como uno de los acuerdos tomados después de esclarecerse los tristes sucesos de la Librería El Pensamiento, en que se me acusó, junto a un grupo de amigos artistas y escritores, de contrarrevolucionario.
Traía como trofeos muy preciados varias plaquettes con textos míos realizadas por las manufacturadas Ediciones Vigía, que en 1983 el escritor holguinero radicado en la Atenas de Cuba, Alfredo Zaldivar, había fundado.
En Santa Clara sólo me encontré con escasos amigos. Los demás se habían marchado hacia puntos dispersos de la geografía con que el mundo se dibuja amplio y también distante.
Como la inmensa mayoría de los cubanos mis amigos la estaban pasando mal.
Luis Mesa, excelente actor, esperaba una hija viéndose bajar de peso como para sentir vergüenza de los varios desnudos que le exigió hacer uno de los personajes interpretados entonces por él, en aquella época en que casi todos nos convertimos en cadavéricos.
Le habían propuesto un personaje para una película cubana-mexicana, con una única condición: debía de ganar algunas libras de peso. La productora de la película, llegada del país azteca, le adelantó un dinero, enterada de la situación que atravesábamos, con la advertencia de que sin el aumento corporal no se le entregaría el papel.
Mi amigo actor en lo primero que pensó con el dinero en la mano, que no se esperaba, fue en adquirir un televisor a color para su futura hija que estaba por nacer, pero conmovido por la situación a su alrededor decidió comprarle zapatos a los niños más pequeños de su cuadra, que entonces era una de las más pintorescas de El Condado, el más populoso barrio marginal de la ciudad.
Con lo poco que le sobró pudo hacerse propietario de un televisor, en blanco y negro, Caribe, ensamblado en Cuba y un saco de maní en granos que vendería en cucuruchos, para lo cual ensayó varias veces la canción inmortalizada por Rita Montaner y con ello ganar algo de dinero que le permitiera alcanzar las libras necesarias para convertirse en actor de cine.
Como en su cuadra habían muy pocos televisores, el suyo se convirtió en parte del escaso entretenimiento de muchos de sus vecinos, que al descubrir que mi generoso amigo tenía en una de las esquinas de su pequeña sala un saco de maní, acompañaron el placer de la televisión con el placer de la rica y nutritiva semilla. Por lo que el saco se fue vaciando en aquellas calurosas noches en que todo el mundo tenía siempre un sitio bien vacío en su estómago y Luis Mesa no ganó ni una libra de más, privándonos, hasta el día de hoy, de poderlo ver en la pantalla grande, a pesar de su probada calidad como actor.
Vladimir Barreras, otro de mis cercanos amigos, había decidido después de la caída del socialismo en Europa, cambiarse el nombre por el de Sebastián (por Palomo Linares, que era uno de sus ídolos). A estas alturas soy el único que lo sigo llamando por su antiguo nombre: Vladimir, por Lenin, el comunista ruso en quien sus padres depositaron tantas esperanzas.
También decidió dejar su trabajo de técnico en Contabilidad, cuando sacó cuentas que vendiendo las cajetillas de cigarros de la cuota le representaba algo más que su salario. Y una tercera decisión: se establecería en Varadero esperanzado en nuevos horizontes que poco tiempo después pudo divisar.
Por muchos años se mantuvo en aquellos paisajes de vivos colores –como el de las postales– que gracias a él pude disfrutar en más de una ocasión.
Varadero le propició la suficiente holgura económica como para establecerse en el Vedado y la Ciudad de la Habana la suficiente como para radicarse, hasta el día de hoy, en España.
La suerte entonces de mi amigo Luis Mesa llegó de manos de un tío condenado a varios años de prisión por sacrificio ilegal de ganado.
Luis, lo visitaba semanalmente en la granja agrícola en que cumplía condena y el tío agradecido y consciente de lo que se vivía fuera de su reclusión, le pasaba por debajo de una cerca una jaba bien surtida de plátanos, calabaza y alguna que otra yuca, de las que comimos también en mi casa gracias a su extrema bondad.
Como nadie me daba trabajo, a pesar de que semanalmente escribía o me comunicaba por teléfono o conversaba con el Director de Cultura de la provincia, comencé a vender en la puerta de mi casa dulces finos. Tartaletas rellenas con cremas de varios sabores, gracias a unas esencias recibidas de mis familiares radicados en los Estados Unidos, que hacía la madre de mi hija, la escritora Bertha Caluff.
Los huevos y la harina de pan, necesario para su confección, los adquiría en el inseguro y caro mercado negro exponiéndome a ser timado o lo que era aún peor tener que pagar una multa por ilegalidad, que de suceder consumiría todos nuestros ahorros y pondría fin a nuestro sostén de entonces.
El valor inicial de aquella exquisitez en medio de tanta penuria era de diez pesos y luego, pasados algunos meses, la de cinco pesos que con facilidad pagaban los que después conocimos como “macetas” y que habían comenzado a amasar su capital en esta etapa difícil no para todos.
En algún momento y como para ratificar el sabio refrán de que “en casa del pobre dura poco la alegría” la Policía puso sus ojos en estas ilícitas ventas que habían proliferado, prometiendo altas sumas de multa a los futuros infractores.
Como mi economía y la de toda mi familia dependían de esto decidí ser parte de las muchas ilegalidades del barrio el Condado, donde residía mi amigo Luis Mesa, quien me ofreció sin mucho pensarlo el quicio de su puerta, siempre abierta a los amigos, como nuevo punto de venta. En estos barrios las leyes suelen ser menos estrictas que en cualquier otra zona de la ciudad, me había explicado él como manera de darme ánimos de que todo no estaba perdido.
Lo más difícil de vender esos dulces que homenajeaban la más fina repostería francesa, en un barrio como el Condado y sobre todo en esa etapa, eran los niños.
Para ganar el cielo regalaba una o dos tartaletas, pero es obvio que siempre fueron muchos más los embobecidos ante el espectáculo de los vistosos dulces en un tiempo en que apenas era posible adquirir un simple caramelo de azúcar.
La Negrita, la Tojosita, el Ratoncito y Wilfredito –de los que nunca más he sabido– me ofrecieron los rostros más tristes que yo recuerde en un niño cuando comprobaban que no les había tocado ese día mi dádiva diaria.
Como muchos otros Bertha Caluff, comenzó a padecer de la polineuritis y se hizo irregular la venta. Había días que no le era posible levantarse quedando sujeta a la cama por los dolores que provoca esta enfermedad.
No tuve otra alternativa que cambiar de oficio y de la mañana a la noche me convertí en artesano y gracias a una licencia por maternidad de la auxiliar de limpieza de la Casa del Joven Creador ocupé por algún tiempo esa plaza, para la cual tenía la experiencia de varios años de beca en la Vocacional Ernesto Guevara, de Santa Clara, donde varones y hembras éramos los responsables de la limpieza de la escuela.
También la nueva colocación me propició vender, a mis nuevos compañeros de trabajo y los numerosos jóvenes creadores que entonces se reunían en la Casa del Joven Creador, a la hora de almuerzo, unas caldosas, bien condimentadas, pero sin otra sustancia que las escasas viandas que podía adquirir. El vaso repleto de caldo, con algún que otro pedazo de vianda visible, lo proponía al módico precio de un peso, el almuerzo más barato que muchos pudieron encontrar.
Pero la artesanía me propició más que todo lo anterior. Llegué a confeccionar tantos collares de barro que era difícil no encontrarme en la calle a alguna mujer que no mostrara en su cuello una de mis obras exclusivas. Pues como no me asiste el don de la meticulosidad jugaba a que las cuentas no se parecieran y por tanto ningún collar se semejaba a otro.
Sin embargo sólo logré hacer el dinero del diario. Más bien sobreviví entonces de este oficio que me exigía casi todo el tiempo posible. Pues si bien los vendía con cierta facilidad, los productos de primera necesidad se conseguían a los altos precios de un mercado negro que imponía su ley como única.
Años más tarde Luis Mesa se marchaba hacia Buenos Aires, después de un tiempo de residir en La Habana, donde pasó hambre y tristezas.
Yo lo extrañé entonces mucho, como no recuerdo haber extrañado a ninguno de los tantos amigos que en todos estos años he tenido que despedir.
En su pequeña casa, en el Condado, nos reuníamos amigos y vecinos a reverenciar un televisor en blanco y negro, único testigo de la cercana posibilidad que había tenido de convertirse en un actor de cine y a conversar de todo lo que entonces se hablaba: de apetitosas comidas.
En aquellas conversaciones se ficcionaban y recordaban platos reales o inventados, conocidos por películas o libros. Con la probada imaginación del cubano sentíamos hasta las exquisitas fragancias de los platos que se describían con precisión y añoranza.
Luis Mesa, que siempre fue un probado anfitrión, nos ofrecía un refresco de cualquier fruta aparecida como raro manjar que bien agradecíamos, preguntándonos: ¿Quieren mucho malo, o poco bueno? Es decir un refresco en cantidades suficientes como para poderlo repetir, o uno más espeso, de mejor sabor, pero que apenas alcanzara para probarlo.
Entonces se prefería la primera propuesta y de un plátano, por ejemplo, mi amigo era capaz de hacer sendos vasos de batidora, de un refresco descolorido y apenas sin sabor que tomábamos con satisfacción.
Como el arroz había alcanzado el altísimo precio de treinta y cinco pesos la libra y no había otro alimento que lo sustituyese decidí viajar al Sur del Jíbaro, una de las zonas de mayor producción del cereal en la región central.




Había sido el camino tomado por los muchos que se decidieron a cambiar de cuanto pudieran desprenderse por el encarecido y esencial alimento, sin importarles profesión, nivel, sexo.
Se llevaba al campo para cambiar por arroz desde adornos, lámparas de luz fría, bombillos, ropas viejas y nuevas, estas últimas enviadas por un familiar en el extranjero y que la necesidad obligaba a convertir en alimento, guantes y ropa de trabajo, que como en mi caso conservaba de las repartidas gratuitamente curso tras curso, en la escuela Vocacional, donde había estudiado. Quienes se decidían por viajar al campo cargaban con cuanto creían podía ser cambiado, es decir cualquier cosa que pudiera necesitar una familia alejada de la ciudad.
Lo primero era conseguir un pasaje en el llamado tren espirituano y viajar a la vecina ciudad del espíritu santo, donde había que andar muy rápido hasta la terminal de ómnibus municipales, pues se corría el riesgo de perder la última guagua hacía el Jíbaro, a donde se llegaba bien entrada la noche.
Por el familiar trato de la mayoría de los viajeros, que por sus numerosos equipajes simulaban una mudada, deduje que repetían a menudo el mismo recorrido.
Fue alguno de ellos el que me explicó que nos encontrábamos en el Jíbaro. Aún faltaba esperar a las primeras horas de la mañana, del siguiente día, para sobre una carreta tirada por unos cansados bueyes llegar al Sur.
Esa noche, que ha sido la más lenta y fría de todas cuantas he vivido, la pasamos en el portal de la bodega de caserío nombrado por Jíbaro. Nadie pudo dormir pero tampoco conversar. El frío y el cansancio nos habían enmudecido.
Ni siquiera el haber visto el árbol más frondoso y del tronco más robusto de todos cuantos han podido crecer en esta tierra fértil, y que se me mostró apenas aparecieron las primeras luces del amanecer, compensó tan largo y desgastante viaje.
Junto a aquel dios vegetal –que me inspiro un poema que en años posteriores apareció en mi libro La casa del Monte de los Olivos, ediciones UNION, La Habana, 1996, y que lo incluyo aquí como testimonio de que la poesía ha sido mi salvación–- juré nunca más volver al Sur del Jíbaro. Ha sido así hasta hoy.


JÍBARO, FIN DE LAS ESTACIONES


a Boris Mesa




A solas frente al amanecer del Jíbaro,
adormecido pueblo sobre nubes de polvo,
sin el horizonte que define el mar,
mil serpientes tejieron el pulposo tronco.
Memorias de los que flotan por encima de sus altísimas ramas
en los días en que se someten al silencio
en que se escucha el leve roce de las hojas
y el tiempo de esta tierra dibujada con invisible tinta
en los mapas.

Volví mis ojos a la interminable noche
cuando ni siquiera había aparecido la sombra rosa del sol
y los mutilados pájaros volaban con audacia
en otros cielos a los que nunca ascenderemos.
Vi el árbol que me mostrabas
como si sólo a nosotros perteneciera.
Ha sido nuestra silenciosa fiesta
esos minutos al cuidado de su sombra,
precipicio de inmensas lluvias
apresadas en su resplandeciente verdor
que como un cometa cambiará las estaciones de la tierra.
Dichoso descubrir la pequeñez a la que nos reduce el roble,
atravesando el cielo como pájaros
o como quien logra introducir su mano en el paraíso
y tantea la liviandad de una fruta que imaginará fría
como la madrugada del Jíbaro.
Por ese fruto reconocerás al árbol.
Más si la fragancia de sus resinas te es ajena
no te cobijes en su sombra,
un árbol es también un templo
en el que habitan seres desconocidos simulando ángeles,
días, noches y amaneceres
que no podrás retener en tus manos.
Es también sepultura de los hombres,
de aguas que no brotaron a su encuentro
y ahora sofocan el enérgico fuego
con que sus raíces penetran la tierra más fértil.
Donde acomodar los muertos, para no ser reconocidos,
para no ser venerados.

No existe hacha, ni daga, ni pensamiento
que descubra lo que atesora
en lo que suponemos sea su agitado corazón
el melancólico espejo
donde no se reflejarán nuestros rostros.
Cuando regresemos a contemplarlo, te contaré mi secreto
si es que ya he descubierto el final de este fatigoso camino,
todo cuanto recuerdo
porque su sombra llegará hasta donde mi memoria no alcanza.
Podría quedar inmóvil para que no aparezca el fin de la noche
pero así nunca sabré de mí, del destino de esta tierra.
Es la madrugada y mi cuerpo tiembla
ajeno y distante, como esas hojas regocijadas por el aire.
Solo espero penetrar al árbol y no ser descubierto.
Arístides Vega Chapú. (Santa Clara, 1962). Poeta, narrador y promotor cultural.
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Arístides Vega Chapú. Tomado de la Red




Con Leonardo Padura, en La hora de la verdad, Café Literario, Santa Clara


En la Cabaña, cuando la Feria del Libro en la Habana. Arístides Vega Chapú con el poeta Sergio García Zamora, quien obtuvo ese día el Premio Calendario.

Datos del autor, pulse aquí:
Para leer más del autor aquí:
http://alascuba.blogspot.com/2009/02/aristides-vega-villa-clara-1962.html

http://margaritagarciaalonso.wordpress.com/2009/10/31/aristides-vega-chapu-el-moro/

http://verbiclara.nireblog.com/post/2009/07/14/banda-municipal-de-santa-clara-aristides-vega-chapu

http://laprimerapalabraque.blogspot.com/2009/01/un-da-ms-all-novela-de-arstides-vega.html

http://laprimerapalabraque.blogspot.com/2009/04/cola-loca-la-estafa-del-babalawo
funny.html


http://heribertohernandezmedina.blogspot.com/2009/07/que-el-gesto-de-mis-manos-no-alcance.html

http://www.sentadoenelaire.com/2010/02/un-nuevo-titulo-de-sed-de-belleza.html

http://laprimerapalabraque.blogspot.com/2008/12/escuchar-al-otro.html
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jueves, 1 de abril de 2010

La realidad de una leyenda




No piense el lector que al enfrentarse al volumen Limendoux, leyenda y realidad, del infatigable investigador René Batista Moreno, asistirá solo al desmontaje de una leyenda, o a su confirmación en el dominio de lo real. Quien se involucre en los vericuetos de esta historia, accederá a numerosos espacios sin crédito en el relato oficial; al relleno de esos vacíos que, sin embargo, aportan cuerpo y vida al entramado proteico de lo aún no escrito en nuestra Historia. Hablo, por supuesto, de la incorporación de lo popular —en su magnitud intrahistórica— al catálogo de los grandes acontecimientos, estrategias, ideologías, y movilizaciones que definen nuestro algoritmo histórico.

Se ocupó Batista Moreno, en esta investigación iniciada hace más de cuarenta años, de transmutar en una propuesta lógica las hipérboles y distorsiones donde dormía embarrancada la leyenda de Juan Ruperto Delgado Limendoux (reconocido por muchos como uno de los más grandes improvisadores de décimas de inicios del siglo XX cubano) para así traérnoslo, con el custodio de la documentación acreditada y la voz de personas que lo conocieron, hasta el espacio coherente de un libro donde se conjugan sucesos históricos, anécdotas inéditas, claves biográficas y hasta materiales gráficos, para de esa forma reintegrarlo al patrimonio de la cultura patria en toda su humana dimensión.

Se encontrará el lector en estas páginas, armadas como rompecabezas antropológico y casi arqueológico, con las virtudes, defectos, carencias, sapiencia y hasta aberraciones de una persona especialmente dotada para un arte, que supo remontar las desventajas de su raza y extracción social e imponer su talento y genio en los espacios horizontales de la receptividad popular.
La mano experta del investigador supo articular la información, en un alto porciento testimonial, con suma coherencia, de manera que asistimos a una especie de trama novelesca de extracción romántica. Desfilan por esta historia: la niñez desvalida del genio, su díscola condición de artista, los valores patrióticos, que lo llevan a participar como combatiente en la gesta independentista de 1895 y otros avatares bélicos, el componente amoroso, con su crimen pasional adjunto, el final trágico del poeta, muerto de tuberculosis en la prisión, y más que todo, un sinfín de anécdotas donde la psicología del artista aflora en toda su contradictoria complejidad.

Cabe aquí elogiar el olfato investigativo del autor, quien en el lejanísimo 1968 se lanzó a destejer y armar adecuadamente los hilos de esta compleja y casi inextricable leyenda. Esa temprana dedicación, unida a su implacable persistencia —de la que he sido testigo y en ocasiones colaborador— le aportó la paciencia y fe con que enfrentó, durante décadas, la indiferencia editorial frente a su inusual pesquisa. Gracias a ello también alcanzó a entrevistar a las últimas personas vivas que conocieron a Limendoux, pues tal como consta en el libro, todos nacieron en el siglo XIX y fallecieron hace años. De no haberlos “atrapado” René, todos estos “sabios” se hubieran llevado al infinito sus tesoros.

Hechos insólitos hallaremos en estas páginas, como las controversias que en la tropa mambisa organizaba el general Quintín Banderas, así como el rescate —pudiéramos llamar metodológico— de la controversia en toda su gama de variantes lúdicas. A lo anterior se añade el dibujo de la riqueza expresiva que matizaba la vida del campo y los pueblos de entonces, así como la velada —y en ocasiones abierta— denuncia de los prejuicios y perjuicios de la discriminación racial, la politiquería, la venalidad de las leyes y el abusivo sistema penitenciario de una república que naciera mutilada, tras una guerra de liberación que concluyó con una ocupación militar y nunca concretó el proyecto liberador y justiciero que animara su programa de lucha.

Comienza el volumen con un texto del propio Batista Moreno, que esclarece lo torcido de la leyenda y da fe de sus búsquedas, repito que azarosas y fértiles. Continúa con la larga cadena de testimonios (en mi opinión el núcleo principal para la desmitificación de la figura investigada); les siguen los documentos y materiales gráficos de apoyo, que les confieren veracidad a muchas de las informaciones vertidas, y sigue otra parte que también considero medular: dos de las más famosas controversias de Limendoux: con Gregorio Morejón y con Octavio Ordóñez Santana. En torno a estas, que fueran las que más contribuyeron a consolidar y perpetuar la fama de quien se conoció, en su actividad poética, con el seudónimo de El Negro Vate Sagüero, el investigador aporta elementos esclarecedores, pues contrario a lo que muchos piensan, no fueron controversias improvisadas, sino escritas por Limendoux cuando ya era cautivo en el castillo de El Príncipe. La pesquisa deja claro que dichos pugilatos, con el permiso de los poetas implicados, Limendoux los escribió y publicó, en forma de folletos, en la imprenta de la prisión, de donde salieron para hacer un largo recorrido, hasta 1958, con numerosas reediciones que circularon profusamente por campos y pueblos, hasta que la historia de su origen se fue desdibujando en la larga cadena transmisora, de manera que quedó establecida, en el imaginario popular, la versión de que se trataba de combates poéticos improvisados.

Aquellos encuentros poéticos acabarían marcando, con fuerte impronta, la estética del arte repentista, pues inauguraron el estilo de la controversia didáctica de preguntas y respuestas: una modalidad que los artistas del género repetirían sin cansancio durante décadas. Veamos un mínimo y delicioso ejemplo: el intercambio que inicia la controversia Limendoux-Ordóñez Santana:


El Cobre. Cuba
LIMENDOUX: —Usted por aquí paseando,
Santana. ¿Qué hay de salud?
ORDÓÑEZ: —Yo me hallo bien, Limendud,

Y lo andaba procurando.
Hace algún tiempo vagando
estoy como el peregrino
sin hallar en mi camino
un ser que por su cultura
me diga en metros la altura
que tiene el Pico Turquino.
LIMENDOUX: Dicho pico en la espesura
del monte más reluciente,
en los límites de Oriente
ostenta esbelta figura.
Desde la extensa llanura
esparcida ante sus vientos
se divisan sus cimientos
frente a bellos cafetales
y de alto en metros lineales
tiene dos mil cuatrocientos.

Pico Turquino, Cuba.

El resto del libro deja constancia de fuentes, bibliografía, y agradecimientos del autor a quienes aportaron algún gramo de verdad, o de gestión, para que el aparentemente utópico proyecto iniciado en 1968 terminara siendo el libro que ya es.


Limendoux, leyenda y realidad es uno de esos raros ejemplares a que nos viene acostumbrando la literatura villaclareña, desde las realizaciones de Samuel Feijóo, José Seoane Gallo o Ana María Arissó, hasta los días que corren: un documento de género inclasificable, que oscila con buen equilibrio entre el testimonio, la monografía, la novela, la investigación… Y en esa misma ambigüedad genérica radica, quizás, su mayor grandeza, pues lo que sí resulta indudable es que estamos ante un esmerado y acaso desconcertante documento etnológico capaz de aclarar, para la Historia de los procesos culturales, la vida, obra y legado de una de las grandes figuras de la cultura popular de nuestra nación.
Ricardo Riverón Rojas
Santa Clara, 19 de febrero de 2010.
Texto tomado de Al cantío de un gallo, Sección Cubaliteraria.
Agradecimientos por este post a Ricardo Riverón Rojas y René Batista Moreno.
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Desde la Cárcel

A las seis de la mañana
a mi vista se presenta
una reja que aparenta
la confianza más tirana.
Allá siento una campana
y a lo lejos permanece
un desgraciado que ofrece
un porvenir sin igual,
de no poder disfrutar
del día cuando amanece.

Triste, muy triste es ver
un ciego, un manco, un tullido,
triste es ver un desvalido
y sin poderse valer.
Triste es ver una mujer
en su celestial misión,
triste es la maldición
que echa una madre sentida,
pero más triste es la vida
pasarla en una prisión.

La vuelta que da una llave

Nada, nada me divierte,
el bien me parece mal;
me considero fatal
y hoy me deseo la muerte.
Contemplo mi triste suerte,
para mí no hay alegría,
y ese sol que a mí me guía,
me dice que nadie sabe,
las vueltas que da una llave
con el tiempo, vida mía.

No hago más que cavilar
tan sólo vivo pensando
de que las piedras rodando
suelen volverse a encontrar.
Yo he tenido que variar
toda la esperanza mía,
y ese sol que a mí me guía
me dice que nadie sabe,
las vueltas que da una llave
con el tiempo, vida mía.

Nacer para padecer
es una fatalidad,
yo he visto dificultad
que se ha podido vencer.
También he visto un placer
volverse todo agonía;
porque la luz que me guía
me dice que nadie sabe,
las vueltas que da una llave
con el tiempo, vida mía.


No sabe lo que es candela

Un domingo de piñata
sin más nabo ni más coles
se paseaban los frijoles
en platos de hojas de lata.
Se forma una zaragata
entre cantina y cazuela,
el que menos corre, vuela
en busca de algún pan tieso,
y el que no ha pasado por eso
no sabe lo que es candela.

Juan Ruperto Delgado Limendoux
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Riverón Rojas, Ricardo escritor(1949)Datos biográficos: Nació en Placetas aunque fue inscripto en Zulueta, Villa Clara, el 25 de octubre de 1949. Cursó estudios hasta concluir el bachillerato e iniciar los de ingeniería agronómica que no concluyó. Inició su participación en la vida literaria en el Taller Literario “José García del Barco” en Camajuaní en 1975 donde permaneció hasta 1979. En 1976 ingresó en la brigada Hermanos Saíz y en 1990 en la UNEAC. Fundó en 1990 las Ediciones Capiro y dirigió la Casa Onelio Jorge Cardoso para la atención al escritor hasta el año 2004, actualmente es el director de la Revista Signos. Integra además el Consejo Editorial de la Revista Umbral. Formó parte asimismo del Consejo de Redacción de la Revista Contacto (1980-1990) y fue Jefe de Redacción del Suplemento Cultural Huella entre 1989 y 1991. Integró también del grupo editorial Hogaño del municipio de Camajuaní entre 1975 y 1979. Ha publicado en numerosas revistas y periódicos y participado en numerosos eventos del país e internacionales.
Premios:Premio y menciones en el Concurso “Abel Santamaría", de la UCLV en los géneros de Poesía, Décima y Cuento en las ediciones de 1975, 1976, 1977, 1978 y 1980. Tercer premio en Décima en el Concurso 9 de Abril, convocado por el municipio de Sagua la Grande, 1978. Mención en Décima en el Concurso 9 de Abril, convocado por el municipio de Ranchuelo, en 1978. Premio Provincial de Literatura “Villa Clara", convocado por la Dirección Provincial de Cultura, en Poesía, en 1979 y 1980. Premios en Poesía y Décima, en los Encuentros Debates Provinciales de Talleres Literarios de 1979, 1980, 1982. Premio 26 de Julio en Décima en 1986. Mención 26 de Julio en Décima en 1993. Premio UNEAC de Testimonio "Pablo de la Torriente Brau", 2001. Mención en el Premio Iberoamericano de Décima Cucalambé. (años 2001 y 2003) Premio Beca Ciudad del Che 2005.Premio Internacional de Poesía Nosside Caribe 2005. Fundación Nosside, Italia. Mención. Premio «Nicolás Guillén» de Poesía 2006. Editorial Letras Cubanas. Finalista. Premio Ser en el Tiempo 2006. UNEAC de Villa Clara. Premio a uno de los tres mejores libros publicados en 2005. Permio Memoria, 2007. Centro «Pablo de la Torriente Brau». Testimonio. Premio «Nicolás Guillén» de Poesía 2008. Editorial Letras Cubanas. Finalista.Bibliografía activa:
Oficio de cantar, poesía. Ediciones Hogaño. Camajuaní, 1978.Y dulce era la luz como un venado, poesía. Editorial Letras Cubanas, La Habana,1989.La luna en un cartel, poesía. Ediciones Capiro, Santa Clara, 1991.La próxima persona, poesía. Ediciones Capiro, Santa Clara, 1993.Azarosamente azul, poesía. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2000.Pasando sobre mis huellas, testimonio. Ediciones Unión, La Habana, 2002.Memoria de lo posible, poesía. Universidad Católica de Pelotas, Brasil, 2004.Lo común de las cosas, poesía. Editorial Betania, Madrid, 2005.Bajo una luz que no existe, poesía, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005.Otra galaxia, otro sueño, poesía. Ediciones Unión, La Habana, 2005.El Ungüento de la Magdalena. Ediciones La Memoria. La Habana, Cuba, 2008.
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Poema leído por Ricardo Riverón Rojas, proyecto FAZ:

martes, 30 de marzo de 2010

Lo que Santa Clara me dejó:



Cuando era apenas un jovencito que iba a las fiestas de quince a comer pedazos de hielo, mi padre Juan Alejo Recio me llevó al Augusto Cesar Sandino, a ver uno de esos juegos de pelota donde Cheíto, Muñoz y Víctor Mesa, eran un banquete o manjar para dioses-espectadores. Recuerdo que en esa época, no conocía la ciudad de Santa Clara y la altura más grande que había visto era la de La Loma del Capiro, precisamente de las gradas. Creo, a los 8 años, estuve dos meses ingresado en el Hospital Infantil, pero no hubo tiempo de que el encuentro se diera más allá de una escasa vista desde mi ventana. Pero una tarde de cumpleaños mi padre me llevó al coopelia, antes de seguir al estadio. Recuerdo que fue mucho antes de conocer el mar, y que esa impresión de inmensidad me lo produjo primero el Santa Clara Libre, mi padre bromeaba “que si seguía mirando hacia arriba, los pájaros del parque me dejarían ciego como un recuerdo de que no sólo en el Capitolio se retratan los guajiros, y porque ellos, los pájaros, son los primeros habitantes del parque que comentan sobre la ciudad y sus costumbres”. Esa fantasía que mi padre quiso regalarme, sobre la vista del parque Leoncio Vidal, esa ternura de sentirme bien acompañado como si viviera en ella y no en un campo rodeado de charcas y palmas (como en aquellos días), tuvo años después una misión, volví a Santa Clara muchas veces, a leer: en El Museo de Artes Decorativas, en el Mejumje que Ramón Silverio tiene, para hacer que sus muchachos no se vayan a París, y en la Biblioteca. Es en esta ciudad fundacional donde fui coronado como si fuera un joven Papa, por el premio de La Ciudad de Santa Clara, con corona de espinas y pergamino, palabras leídas por William Calero, y luego sobre el brocal del pozo en la sede de Cultura Municipal, encaramado en una pila de ruedas de tractor, leer varios de los textos de El Buscaluz Colgado.



Así recomencé mi segundo descubrimiento de la ciudad, fui vendedor clandestino de zapatos, trabajé de vigilante del Museo de Historia, una plaza que me permitió quedarme en casa de los Castañeda Pérez de Alejo y pasear por la ciudad con los trovadores y poetas, leer en sus calles, en Las Arcadas del boulevard, junto a Sonia Díaz Corrales, Frank Abel Dópico, Ricardo Riverón, Veleta, Rafael Soriano, Magnolia García y otros muchos noctámbulos del verso como yo. Pude presenciar una obra de teatro de Ramón Silverio en su casa, beber ron con los perdidos, asomarme a la luna del brocal, en los pozos del Chamberí y leer en casa de Lorenzo Lunar mientras me embobecía con la belleza de su mujer, Rebeca. Leeí en cualquier esquina poemas a Alpidio Alonso, usé algunas camisas prestadas por Alexis Castañeda para las peñas en La casa de la ciudad, y a veces al terminar la lectura, corría como todo guajiro a la terminal de ómnibus municipal, porque se me iba la última guagua.


Fue en esta ciudad, donde además, pude juntarme con ese grupo de locos que amo, como Coira, Noel, Abel Fowler, Eduardo Gonzáles Aramís, Mijants Jorge Felix y Norge. Fue allí, donde Julio Fwoler y Amaury Gutiérrez, también Carlos Trova, y luego el Trío En Serie, me hicieron mejor la vida; todos creadores, vivos y coleando, partes de esa vida bohemia que aún suspira; es como una idea de un verso que le compré a mi amiga Saylí antes de que ella emigrara para Miami: iba por la ciudad viendo las casas que me gustan y las que no me gustan. Pero iba sobre sus piedras y su olor a cal, con poemas en la alforja y una gorra de cazador, tuve amores rápidos y no premeditados, - y juro- que alguna vez vi caer la nieve sobre sus techos de tejas.


Juan Carlos Recio/ NY/ Marzo 30 del 2010.

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MIRO LAS FOTOS DE SANTA CLARA
QUE ARISTIDES VEGA ME ENVIA PARA
EL DIA DESPUES.


Para Carolina Vilches quien las inmortalizó.

Entro al parque Leoncio Vidal por un callejón
semioscuro ,semidiós, hundido como canal o zanja
y que muchas veces bajo la lluvia crucé
en puntas bajo los aleros y el polvo de sus ventanas
justo debajo del Santa Clara Libre
uno de los rascacielos más antiguos de la ciudad.
No vengo de Troya pero me siento escudo y guerrero
dispuesto a sentarme en la glorieta a esperar
que los pájaros y la música me anuncien
como lo hace desde siglos la Loma del Capiro
con los techos rojizos , los puentes, las catedrales
y el majestuoso teatro de la caridad.
Marta Abreu y el niño de la bota se eternizan
caritativos sin ausencia de todos mis rasguños
y es un batir de alas cuando asoman los vitrales


desde un salón visto con las puertas abiertas
del museo de Arte Decorativa y al fondo el pozo
donde bebí mi desvelo como un centinela más.
Luego uno mira los charcos que reflejan
calles enteras y líneas de la electricidad
tejidas en el bajo techo de la intemperie
abiertas a las visitas, los vecinos, los extraños
los duendes y las penas de un reino umbroso
que no detiene la sombra como duda
que no descorre atardeceres cuando se incendian
y mañanas que ninguna neblina puede perturbar.
En este pueblo nadie echa su alma en un aljibe
ni rescata del azar y el lente
tres cuerpos de espaldas a mi nostalgia,
pero sentados y contemplativos ante las luces y los colores
en el mismo centro como arteria que pulsa los relojes
con la sabiduría cercana de la biblioteca.
Otras fotos son andamios que reconstruyen tantos hechizos
tantas lunas caídas , pleitos, versos
y todas las noches de vendedor de cenicientas
donde estuve, como un predicador en su podio.
Al final la Iglesia del Carmen que aún me descubre
coronado por esta ciudad, rey con su lujo de espinas
y un pergamino tan fundacional como aquel rostro de joven
asustado, guajiro que sin saberlo miraba los altos muros, las estatuas
aviso de estos rascacielos que todavía no me sirven
para asomarme al horizonte sobre los techos rojizos de tejas
donde único no han roto las ruinas de mi aventura
y la magia intocable que precede y salva
la poesía siempre de sus calles de piedra.

Sentado con Palinuro en el parque
Leoncio Vidal junto a la glorieta

La arcilla está hecha de incontables misiones
y del veneno de esponjosos murciélagos
sin ojos para viajar a Estambul o Egipto,
por un tren hacia Vladivostok
o vibrar con una polaca en un hospital de muertos,
y como el tío Esteban sin ver,
por la embolia de ocho marinos,
y abrigarse en la cabeza de una derrota
y luego mirar como cae la lluvia en los ojos de los muertos.
Nos hemos perdido en los años duros
sin domesticar a lo bola de cebo los pezones
o como el tío Esteban, la afición por los riñones flotantes.
La vida y yo nunca hemos entrado a ver el sombrero de New York,
aunque crecimos en la mugre de las lenguas;
en familias con pie de madriguera y ojos de escarcha
—sin pabellones, viajes marinos, sin Estefanía—.
La soledad perdura en los incontables hipódromos,
aquellos que la convalecencia nos hace contra el oprobio,
en el tragaluz del ciego, el loco, el ceramista,
el oftalmólogo que sueña encontrar a Paracelso.
La soledad hace el amor desesperada
en los arbustos, los parques, los epigramas;
convalecencias del opio que no lucen
ni las modas ni los acuarios,
—ni prisioneros como el tío Esteban en los gloriosos Cárpatos—.
La soledad, esta Siberia mía, no tan lejos si uno ha muerto,
tan inhóspita con sus vendavales y disputas,
donde a uno le sobran años para llorar por una polaca
y a otros por un hueso que cuelga de los panteones,
los panteones de los que eligieron tras la verja.

Tío Esteban, ni los muertos imaginamos cómo es la ausencia o cómo se funda. Si algún pecado de los que Judas me ha dicho me acerca a ti, tan dócil con las enfermedades del alma y tan absurdo por hablar en la mesa de familia, las cotidianas heridas (que a Estefanía, como a los nombrados regionarios públicos, le daba nauseas). Si por algún pecado estoy contigo en las cercanías de Vladivostok, Hong Kong o San Francisco, lavando las usureras almas que hoy convive en mi coche, en mi hospital de espirilos y emblemas, en el retrato que separo por dignidad de Jesucristo; en mi muelle de provinciano que embargo las vísceras y los diarios, con el miedo de no encontrar a Estefanía en las pocas viudas que me he podido templar. Si me encontrara contigo en los muros,en los trenes antiguos que de noche, a su paso por mi casa, escapan con los muertos a Escocia, a otra ciudad que desconozca los hospitales de Edimburgo y donde se pueda escuchar Jazz o danzón, con viudas que tienen el alma de Estefanía y como tú lo hiciste, comer con ellas macarela al vino blanco en Borbon Street. Si lo encontrara, jamás pasaría de largo sin reconocer en la calle, las huellas que le dejó la polaca; porque esta vez no sería en la New Orleáns de aquella época (llena de gente rara y sucesos extraños), será aquí en la arcilla de los regionarios, quizás, sin coñac y con el vaivén de los coches, quizás con muy pocos animales jugando a la salvación o la gloria, fuera del Arca.

No somos los viajeros del coche,
aunque a veces nos olvidamos de las prostitutas con moral
y la soledad nos cae de sus títulos,
nos amordazan la estampida en los sueños del sábado,
cuando apenas echamos la estocada,
y en otra época no tan de oro como la del tío Esteban.
Detrás viene el cochero dándonos con el látigo,
atascados en la nieve que no hemos padecido aún.
No somos el viajero del coche ni el sentido del humor
y nuestra gratitud se ha hundido
como se hunden los barcos y las carrozas sin pólvora
y en los nombres de Altagracia, confiada en los jardineros,
¿a quemado usted las hojas secas?
No somos los califas que se ahogaban en aljibes
pero sí la enunciación de un salmo que trasiega
por los cementerios ocultos.
No somos el viejo y el mar
aunque todos estuvimos con él,
en los océanos de su excelente fantasma
y guardaríamos como el tío Esteban,
sus ropas por aquel olor a prismáticos,
puestos al revés en miniatura,
contemplando la ceremonia tan lejos todavía.
No todos podemos ser el tío Esteban
ni viajar a Vladivostok, y saludar desde un tren,
ni guardarnos un fusil rexer,
ni abrir la puerta del ropero para que salgamos
los colgados de esta luz que escuchan el danzón
en la retreta del domingo
y que el danzón y la banda —como esas cartas de emigrantes—
glorifiquen las fabulas del dolido,
el menesteroso que aparenta su vocación de héroe que salva;
así mismo de las aves del cielo de siete en siete,
macho y hembra
para conservar simiente sobre la faz de la tierra.

Palinuro y yo necesitamos un viaje a la capital
y cuando la ciudad solo sea una sombra a las espaldas,
encontrarnos con aquel hombre de Cirene,
llamado Simón,
lo tomaremos por fuerza para que cargué él la cruz.

Noe, le he puesto los clavos en las palmas de sus manos.
A veces pienso que soy
la mitad de todos los pecadores que más odio.



Viajero a Santa Clara

Porque a esta hora debo ser el más bobo del pueblo

A Carlos A.
a Ramón Silverio.

Los telégrafos en blanco y negro y los anuncios rústicos
y la ruindad de esos reyes en cutara
que gobiernan la vida nocturna
y tienen rostros de la próxima vejez,
y una estación de trenes que aun como la caridad
se ampara en Marta Abreu.
Allí ha vuelto sin ruido de corsario
el amigo más preciado que una tela hecha a manos
por nuestras costureras de provincia
;
vio el color del asfalto en círculos de antiguos conocidos
prometedores y audaces transeúntes que embadurnan
su cíclico de poemas, tarot y viernes de la buena suerte;
hasta un negro poeta solariego —cumplió de guardián—
en las noches donde ángeles y trasnochados
atraviesan los establos de piedra de esa ciudad
y los peligros son apuestas como en New York,
o esos concursos rápidos de la inocencia
hicieran del semen blanco de nuestro padre
la nieve que todos sueñan sobre sus techos de paja.
Allí volvió en sus palabras mi recuerdo,
el disfraz de torpe que todos me colgaron,
las noches de vendedor de zapatos
y otros cuentos de campesino buscador de cenicientas.
En noches como esa yo me acuerdo —dice el bolero—,
y mi amigo me recorrió por la ciudad con su coches de caballo
y ambos vimos juntos la luna sobre el brocal del pozo
en una calle del Chamberí,
y Ramón Silverio dormido nos dijo:
«en esta ciudad todos los caminos conducen al Mejunje».

Pero mi amigo y yo estamos lejos de esos ruidos,
sin saber que el Mejunje es también el refugio,
el sitio que la ciudad tiene
para que nuestros muchachos no se vayan a París.
Estamos lejos, tal vez sobre puentes en la calle Estrada Palma,
extraviados debajo de ventanas con barrotes
donde la luna es un pozo;
y sin lavarnos las manos o el polvo de esa luz
beber las historias de unos pocos inquilinos.
Mucha gente aún en la miseria
tiene su sitio claro en el corazón
y ninguno recuerda nuestros versos
pero están vivos y eso los perdona.




SANTA CLARA

Hasta la nieve es cierta
y cae sobre los huesos del Che;
vendrá a calendar los de Tamara,
quizás por el reencuentro.
Los pájaros del parque
y las señoras con sus medias panthy
también son ciertas;
los coches de caballos y la ruina de los edificios,
el orine y el olor a pizzas,
como un conjunto de flores salvajes
y de prófugos y de lirios y shopings
y vaya usted a saber de qué divinas comedias
están hechas sus calles de piedra
y del ángel de su benefactora Martha Abreu,
en las noches donde el fluido
tiene el color oscuro de la vida.
De modo que no es ni Santa ni clara
ni todos los poetas ven caer la nieve
sobre sus techos de paja.
Esta ciudad es del centro y al centro
de toda invasión hacia uno mismo,
es una rosa sin columnas
y algunas arquitecturas de bellas épocas
y es una rosa como la madriguera.
Si la tocas se duerme por aquello
de se lo lleva la corriente.
Santa Clara,
con su cárcel de Guamajal,
con esos tipos favorecidos
para hacer de muleros entre un lado y otro
de los puentes;
es más que una ciudad, una misericordia.
El semen fundado que le di
—lo confieso—,
tiene en mis cosas una huella,
la travesía de un buque insignia cargado de arroz
sin mar y sin marineros,
pero con muchas anclas y velas.
Es esta ciudad donde Ramón Silverio
tiene un sitio del mundo
para hacer que nadie se vaya a París.
Por las vidas bohemias
los cisnes salvajes o mejor los patos.
Es una tasa de café, una frase de feeling
en el silencio de dos bocas.
Es más que una perdición el nacer para la ruina
y de la ruina esa ciudad que flota
como San Jorge o Cinco Puertos.
Cielos,
somos muchos los condenados aquí abajo
y de los carteles escritos con tiza
y de los nombramientos entre Mogan y el Capiro;
y de la loma del Capiro que ve caer la nieve
tan insólita y nuestra;
y la de los ayunantes
por tirar en fechas patrias
flores más violentas que la oscuridad de sus ríos.
Es esta ciudad la novia de los homosexuales,
la hirsuta, la desvergonzada,
la de la tierra fértil para abonar la poesía,
La de los tríos en serie,
la de Arístides en el riesgo de la sabiduría
la de Bertha Caluff en tiranías del mito,
skating ,
Edelmis, desertor del cielo
y la cólera de Aquiles
y el diario del ángel de Pedro Llanes
y las revelaciones del silencio
y el sitio de la soledad de Alexis,
las vidas miserables de Coira,
y el vestido de novia de Norge;
la ciudad más cara de una provincia,
la que abre las piernas a los pocos extranjeros,
la que vive a las afueras del mundo
y cierra las piernas como Diana ante los fotógrafos.
La de la casa del té en su rincón literario
y el Museo de Artes Decorativas;
la ciudad donde un amigo es tan feo
como ese barco de papel que todos se inventan
para jugar al exilio.
Es esta ciudad del campo,
la única novia que ha visto conmigo
desde el brocal de un pozo,
la luna de las calles Tristá
y Maceo,
el filo de la navaja del Chamberí,
el color rosa en el trasero de esa perrita
que hace templar a los perros
con la misma altivez con la que en Europa
llevan a las negras ante el altar de la iglesia
y las hacen jurar fidelidad en los orgasmos.
Es, en esta ciudad donde soy un condenado,
libre de toda sospecha,
amado hasta por los enemigos.

domingo, 28 de marzo de 2010

Restauración


A veces no encontramos un regalo apropiado para un amigo, una sorpresa material que lo anime. No encontramos otra cosa que el recuerdo de unos versos que él, nos acostumbra a regalar desde un portal, que no uno, de tabla y palma, de bohío cubano, pero igual de afable y de mucho sentimiento, con la ternura de un niño que no quiere sino quedarse en esa estancia, siempre viva, desde donde asomarse a ver qué le podemos contar, mientras él, cuenta desde su entonación y animo: lo mejor que puede para vivir y con esa singularidad de no hacerlo simple, sin otra entrega que no sea con todo, la que le permita llegar a ese punto difuso donde poder tomar distancia sobre uno mismo. Y es su poética, como umbral de ese estado donde siempre confiesa para quedar a salvo donde la cuajadura del alma transciende cercana y sentirse humano genera el sentido mágico de lo fugaz y lo eterno a la vez.

Estos poemas de Francisco Muñoz Soler, son mi regalo, del suyo, que por algún tiempo ya, de fiel lector, y de mejor amistad desde el portal de facebook, nos ha ido entregando, no es uno que pertenece a un día marcado como si fuese su cumpleaño, ni es una simple búsqueda desde el gusto, desde afinidades de amistad solamente, tiene ese visor más profundo donde se juntan gratitud y se expresan bellos sentimientos de naturaleza humana, siempre lejos del odio, y de otras palabras que se repiten mucho en estos días, enfrentamiento y controversia, muchas veces como gritos desde donde, como dice el poeta: Unos transitan por ambiciosas arterias impulsoras de deforestación y miserias/ emporio del hoy de unos pocos. Pero también hay otras reflexiones de sus versos que vuelven esperanzadores los pasos de estos días: caudal afluente que regula las corrientes del mar eterno de los olvidados.


Juan Carlos Recio
NY/

Estos poemas de Francisco Muñoz Soler, fueron escogidos de su libro inédito Restauración.
(las citas en cursivas y sudbrayadas en negro, son de poemas del autor)
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LLEGAR A ESE PUNTO DIFUSO



Los dioses saben lo venidero, los hombres lo acontecido,
y los sabios lo que se cierne.
FILÓSTRATO

Llegar a ese punto difuso donde poder
tomar distancia sobre uno mismo
observando al sustentador incardinado
transitando encrucijadas de meandros…
Ser receptor de las vibraciones de lo que se cierne.
Recibir el misterioso zumbido y trasladarlo
al depositario de mi inherente legado
para que cuide mis emociones y pasos
eligiendo el curso adecuado
para el devenir de mis futuros años.
Que al dejar mi incorpóreo estado
ya surcando el longevo camino deseado
la despensa de mi galera se colme
de los más nutritivos conocimientos
afluentes de gozo y tersura para mi espíritu.
En esos parajes de acontecimientos
hallar lo hermoso, lo noble, lo magnífico
saborearlo sin premura, tomándome mi tiempo,
y al llegar a puerto se elevasen las riquezas
que mi alma ansía sobre los silos de Ítaca.


ANCHO, PROFUNDO, DENSO, CORPÓREO


Mano capturando un pájaro, Joan Miró, tomado de Umbral N0. 23/2006

Ancho, profundo, denso, corpóreo,
unidad en sí mismo, forjador de territorio,
amazónico cobijo y transportador pródigo
del material del que se construyen los sueños.
Escenario de ensoñaciones de sofistas y Aguirres,
de curso lento, abrupto, demoledor, sereno
proveedor y fagocitador de imperios,
de enigmáticos dorados terrenales y eternos.
Unos transitan por ambiciosas arterias
impulsoras de deforestación y miserias
emporio del hoy de unos pocos
ciénaga pútrida de un mañana de todos
otros encuentran la llave del punto G de los diafragmas
espacio donde se cultivan etéreos placeres
esos que para gozarlos es necesario creer que existen,
sueños de bogadores de espacios con sentido y calmos.
Hallar el limo forjador de la abertura del punto enigmático
donde la cuajadura del alma transciende cercana
y sentirse humano genera el sentido mágico
de lo fugaz y lo eterno a la vez.

TRASLÚCIDO E INCOLORO ME HE VUELTO

Traslúcido e incoloro me he vuelto
quizás ya sea indoloro e insípido,
parece que ni vivo ni padezco
tumbos sobre mi mismo procuro.
Amalgama de colores desecho
sin razones ni valores ciertos
quizás la sinrazón desbroce
la inopia de mis días sin norte.
Trazar un arco y romper el empeño
cansino y ausente de riesgos,
quizás pase de Guatemala a guatepeor
pero sembraré mi erial de sueños.


SITIADO POR IMPERTURBABLE MUROS INVISIBLES


Esa necesidad de ser futuros
que llamamos vida.
DÁMASO ALONSO






Sitiado por imperturbables muros invisibles
inmunes al abrazador incendio
que da hervor al centro de mi mismo,
apenas rescoldo de un sordo bullicio
que roncamente exhalo de mis entrañas
imperceptible para los monstruos de mis mañanas,
apenas un desgarrador y miserable vaho
que forma condensadas figuras extrañas
en la transparente tiniebla de mis pasos,
esos que no cesan con bastones de palabras
de apoyarme e hendir las oscuras luces
que aísla el incesable sentir de mis voces,
esas que quieren encaminarme entre feroces
y desgraciadas criaturas contemporáneas
deudoras de estériles angustias,
frenéticamente ordenar mis limitaciones
y en campo abierto indagar lo inexplicable
caminando, buscando ser futuro.



COMO EL CAPITÁN ACAB LEGENDARIO PERSEGUIDOR


“De súbito comprendo que ni ahora ni luego
arrancaré mi nombre al merecido olvido.”

GASTÓN BAQUERO



Como el capitán Acab, legendario perseguidor
del blanco y escurridizo fantasma, huésped
de los abismos abisales y los miedos más íntimos,
Olvido, insaciable engullidor de posteridad
y valerosas corpóreas extremidades,
perseguido objetivo de arpones ansiosos de rasgar
el deseado himen de la imaginada historia,
esa que contornea y nutre el rico imaginario
de vanidosos y narcisistas intelectos, pueril ambición
que transportada en cresta de álgida espuma
besará la carnosa y succionadora orilla de Olvido
y será deglutida hasta verter en las integradoras esencias
de los ácidos recuerdos que sostiene las memorias,
caudal afluente que regula las corrientes
del mar eterno de los olvidados.
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FRANCISCO JESÚS MUÑOZ SOLER

Nacido en Málaga el 24 de Diciembre de 1.957, ciudad que ha resguardado sus días.
Es miembro de la Red Mundial de Escritores (REMES), del movimiento
Poetas del mundo, también ha publicado en las Revistas de Literatura digitales Artepoética, Remolinos, Encontrarte, Cinosargo, Letras Nuevas, Palabras de Tramontana, Amigos de la Urraka, Divague, El Laberinto de Ariadna, Herederos del Caos, Perito, 40cheragh , Urraka Internacional, Es hora de Embriagarse, Voces de Hoy, Almiar/Mar de Poesías, Letras, Ariadna-RC Laberinto La Rosa Profunda, Nevando en la Guinea, Espíritu Literario, Laberinto de Torogaz, Pensamientos Likidos, Dulce Arsénico, Contra la Oscuridad, Buracos Quentes, Carrollera, Palabras Salvajes, Antaria, Mondo Kronhela, Efory Atocha, Álbum Nocturno, Imaginante, Poesimistas, Nueva Literatura, Antología Literaria Actual, La Botica, Radio Sentidos, Radio Web Mundial, Colectivo Clepsidra, Comunidad P. La Revista, Azul@rte, The Big Thimes, Isla Negra, Árbol invertido, Caminos de poesía, Papirolas, Arte pasión y locura, Plataforma Placa, Otros rincones, Letras de Chile, Realidad Literal, Literarte, Botella de Náufrago, Mis Poetas Contemporáneos, La Fábrica de Sombras, El Wrong Side, Anacleta, Sinalefa, Baquiana, Cañasanta.

Bibliografía:
2009- Restauración.
2009- La isla infinita.
2008- El sabor de las palabras.
2008- En tiempos de prodigios.
2007- Caminar para sentirme vivido.
2006- Áspero tránsito.
2000- Intentando conocer el mundo.
1998- Elijo mi libertad.
1998- La mágica unidad de mi vida.
1998- Veinticuatro poemas de amor.
1996- Frágil grandeza.
1987-
1986- El sentido de ser.
1983- Significación.
1980- Juventud primera.


Poeta, como necesidad vital y regeneradora de sí mismo, al menos hasta que la curiosidad siga alimentando sus sueños.

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