miércoles, 14 de septiembre de 2011

El hombre que nunca estuvo de moda.


















Por Rafael Soriano Rodríguez
Encontrarme con aquel hombre con un inmenso bulto de hojas debajo del brazo, mecanografiadas y llenas de rayones y tachaduras, con una colilla de cigarro quemándole los dedos amarillos de nicotina y susurrándome al oído: "Esto es lo que estoy escribiendo ahora. Todo parece indicar que es una novela " nunca me habría parecido nada especial en medio de aquel taller literario, si no hubiera sido por en el brillo de aquellos ojos que me revelaron muchísimo más. Otros "escritores en ciernes" y personalidades literarias "ya probadas" lo miraron por encima del hombro, de los espejuelos o de las ínfulas cuando oyeron aquellas pretenciosas confesiones. Y pretendieron ignorar sus criterios acerca de los trabajos debatidos ese dia.
"Tu debes ser un tipo al que le gusta la ciencia ficción"- me dijo poniéndome entre el bulto y la pared. Y para salvarme de la disyuntiva, no escogí precisamente el muro.
No me fue difícil intuir que el resto de la conversación terminaría con una invitación:
- Hoy es domingo y tú no trabajas ni estudias, nos vemos en mi casa en media hora (cuando este circo se acabe), y mientras te tomas un café que seguro también te gusta, te empiezas a leer este mamotreto porque necesito opiniones...Supongo que tambien te guste Silvio...
Aquel domingo, como diría Ray Bradbury, fue el día en que llovió para siempre, porque no hubo manera de que yo recordara que yo tenía una casa a la cual regresar a bañarme, a comer y a dormir. Quedé apresado en la maravillosa magia narrativa de Agustín, solo haciendo paradas para cambiar el disco de turno en aquel tocadisco Akord con su deliciosamente latoso sonido estéreo, y para levantarme y servirme el café, pues Agustín me pedía la taza, la llenaba de café recién colado...y se la tomaba él mismo, ensimismado en sus explicaciones y monólogos dialogados acerca del argumento que yo estaba devorando como un poseso.
Increíble creer que en medio de aquella Babel de libros, en aquella diminuta casita de muñecas, de tamaño inversamente proporcional a la estatura de aquel escritor casi a punto de dejar de ser un desconocido, viviera una familia. Sí, había finalmente espacio para todo y todos: la mayor de las niñas dibujándose a sí misma como esbelta bailarina o blonda princesa, colgaba sus esbozos en la puerta del escaparate bajo la casi imperceptible y parsimoniosa vigilancia de la madre. Mientras tanto, la más pequeña, una bolita sonrosada y sonriente, capaz de arrancar las barandas del corralito donde solían colocarla (no para protegerla a ella de los casuales golpes contra los muebles, sino todo lo contrario, dada la escasa "escenografía" y el austero atrezzo de aquel retablo) se sonreía y me lanzaba una pelota de goma. Difícil imaginar que así y allí, estaba naciendo el primer premio David de ciencia ficción. Y más difícil aun, que me estaba convirtiendo en un improvisado comadrón y posterior padrino de la criatura.
"Espiral" se convirtió en mi primera novela leída por entregas, y junto a cada legajo que le devolvía iba una lista con mis sugerencias. Si bien eran agudas y atrevidas sugerencias de lector activo jamás esperé verlas incluídas en la versión final. De eso estaba convencido conociendo ya su testarudez. Pero Agustín me defraudó de una manera espantosa: no solo se lució dejándome meter la mano en dos o tres escenas fundamentales de su novela, respetando mi lógica de lector, sino adoptando mis soluciones dramatúrgicas como válidas.
Y tuve ya para siempre reservado mi puesto fijo como "revisor y lector por entrega de todas sus novelas", orgullo que compartí con otros escritores-lectores de su formidable obra. Pero ocupar un escaño en su corazón de amigo y en el calor de su familia fue un honor mucho mayor.
No todos los días uno tiene el orgullo de ver nacer a un escritor, o al menos verlo romper la cáscara del anonimato y estirar sus alas (aunque sean membranosas). Ni mucho menos ser consultor de una novela que en unas semanas se va a convertir en un premio que cambiará la vida de una persona talentosa (y creará decenas de arrugas en la cara de otras envidiosas).
"Espiral" vino al mundo describiendo exactamente esa figura en el aire literario de la isla. Y con ella llegaron respeto y admiración por aquella nueva codificación de las irrealidades creíbles.
O por la descodificación de las realidades increíbles.
A partir de ahí quizás empezaron a creerlo loco. Solo alguien que esté bien loco puede escribir utopías tan imperfectas que echen por tierra la pretendida perfección de la utopías reales. Solo alguien bien loco puede crear universos en los que los personajes se arrebaten unos a otros el derecho a ser reales y consecuentes con la tragedia que es la vida. Solo alguien bien loco puede decir lo que piensa en el momento en que nadie se lo espera. Solo los locos, los juglares y los bufones. Y solo los sabios pueden distinguir los unos de los otros. El vulgo no.
De su máquina de escribir salieron esas tres novelas "clásicas" que le prendieron fuego por detrás, como a la jicotea del cuento popular, a la ciencia ficción criolla para que abriera la boca y soltara el insípido chicle tan requetemascado de la "rama mala" de la ciencia ficción soviética con su teque hiperhumanista y sus tragicones héroes de cartón piedra, bien diferente de la auténtica y cuestionadora que aun hoy se sigue leyendo en el mundo entero aunque ya ni los mismos rusos de la nueva generación sepan que forma parte de su riquísimo patrimonio nacional.
Así, según filo y grosor de su pluma fueron cambiando desde la epicidad de "Espiral" a través del romanticismo de "Una leyenda del futuro" hasta lo dramático-policíaco al estilo best-seller de "El año 200", su talento de investigador da un gran salto para colocar un quinto clavo , 1997 años después, en la misma cruz en la que Cristo Jesús sigue siendo exhibido, a la manera de un discutido evangelio con "El Publicano". Ya era sabido que la polémica siempre fue la leña que él solía echar en el fuego de sus novelas. También se las arregló para no escatimarle combustible a su traído y llevado libro de ensayos "Catarsis y Sociedad", provocando encendidas discusiones y algun que otro correcorre cuando la candela del debate llegaba al caballete.
Pero entre tantas coles que le procuraron elogios egregios, las lechugas de su pretendida locura también le procuraron apáticos epítetos. Sus artículos y opiniones no le valieron premios precisamente, y lo más fácil y a mano fue aprovecharse de su despiste de genio y su entretenido diálogo lleno de citas, alegorías, metáforas y giros para seguir acuñando la imagen de buen loco, y dejarlo gozar de aquel su divertimento, y su hubiese sido posible conseguirle una bacinilla en alguna barbería de época tocando así con yelmo de Mambrino a su triste figura, hubiéramos tenido en Santa Clara no solo a otro ingenioso hidalgo doblándolo en prodigioso parecido, sino a la confirmación irrevocable de la famosa teoría sobre su "extravío" galopante. Cosa que lo haría sonreir, estirando su bigote rubio de nicotina.
Agustín era un maestro singular. Gracias a sus " desvaríos" pude adentrarme en los universos de Tarkovsky y de los Hermanos Strugatsky y conocer a Stanislaw Lem más allá del "Test del Piloto Pirx" y "Solaris", por los pantanosos bajíos donde ya las verdades sonaban tan plomizas que no podían soportarse. En su compañía escuchamos música de primerísima mano, en su momento "inédita" (¿por qué lo sería?) de Silvio Rodríguez. Gracias a su "falta de lógica" aprendí a mirar a Ray Bradbury, monarca de la sugerencia, cara a cara en su trono ganado a golpe de frases cortas; y allí, junto a él, nos hizo conocer a Jack Vance, a Arthur C. Clarke y nos enseñó a espiar a Asimov. Si no nos dio la brújula, al menos nos enseñó a usarla. Gracias a él y a sus enseñanzas, a mi paso por esta galaxia, pude encontrar por mí mismo, siglos después, a Ursula Le Guin y a Orson Scott y degustarlos como cuando repetiamos con ojos cerrados los textos de Silvio, Pablo y Amaury como bálsamo contra el inmovilismo y conjuro contra la imbecilidad.
Ha sido el único mortal a quien he visto usar técnicas de adiviniación horoscopales con un LP de ABBA. Al invitar a alguien a su covacha privilegiada, ponía, primero una cafetera en la hornilla e inmediatamente el disco y decía: "Te voy a poner la canción que más te gusta, y que por tanto te define mejor..." Yo sabía que contradecirlo llevaba a horas extras de divagaciones acerca de genética, filosofía marxista, tragedia griega, pirotecnia china y hasta química estelar. Jamás, por pura pena, se me ocurrió negar con la cabeza cuando me hizo escuchar "Chiquitita" nueve veces seguidas como "mi favorita" y cuando iba a atreverse con la décima ya no pude aguantar más y le dije: "Oye, viejo; ni un Chiquitica más, hazme el favor, que es la canción de ABBA que más mal me cae".
Se sonrió y me dijo: "Ya me extrañaba que siendo tan Escorpión te comportaras como Libra. Lo tuyo es de "S.O.S" pa'allá . Pero ese es otro disco, padre...Espérate que voy a ver si lo encuentro... "
Tampoco fui muy afortunado jugando ajedrez con él. Quiero decir ganar un juego, cosa que desconozco si existe alguien que lo haya logrado, pues en lo referente a aprender "técnicas de observación del enemigo", como él las denominaba, el juego se tornaba interesante y divertido.
Su "flujo oral libre", como él mismo denominaba a su discurso florido o su conversación llena de colores inolvidables y volutas del idioma que solo a él se le ocurrían, era algo que, lo mismo hacía caer a uno en trance hipnótico que lo levantaba del asiento y le hacía improvisar un: Bueno, ahora me acuerdo que dejé sin hacer una tarea y mañana es el día de la entrega... Pero eso solo daba pie para que te agarrara por los hombros y te dijera: "¿Irte ahora? Muchacho:! Mira lo que tengo aquí! Y abriendo su viejo portafolio sacaba un libro de la colección Minotauro o Seix Barral y te lo ponía suavemente en las manos, sabiendo que la tentación de saber era mayor...Y se volvía hacia su esposa: "Mamá, tenemos suficiente comida como para invitarlo, ¿verdad?"
Elogio de la locura: Es una gran paradoja que por sus pretendidamente "inconexas palabras" pudimos, todos los que lo conocimos en verdadera magnitud, poner su talento en el pedestal que le correspondía. Y todo porque teníamos quizás los dedos mas sensibles al roce del hilo del cariño que nos guiaba por el laberinto de su curiosa prosa y su enjundiosa conversación; y porque teníamos los ojos más limpios para encontrarle el verdadero sentido a través de las nieblas de la ambigüedad.
Ditirambos griegos que anticipaban a la Skynet del Terminator, hombres clorofílicos capaces de aprovechar la energía solar, planetas poblados por partenogénesis, inmensas naves-invernaderos capaces de abastecer a un tercio del planeta con sus vegetales cultivados en el espacio son cosas que por supuesto no se le pueden ocurrir a gentes cuya "normalidad" de raciocinio tenga las raíces tan enterradas en un mundo más material que el de la chica de la canción de Madonna.
Hay una gran diferencia entre contar fantasías y decir mentiras. Ambas cosas pueden ser enteramente o en parte, juegos lo mismo macabros que inocentes. Y el hombre es el único animal que mata, come, tiene sexo y juega por puro placer. O por pura maldad.
Agustín de Rojas Anido, además de ajedrecista consumado, era un excelente antropólogo dotado de un instinto sicológico tan especial como para darse cuenta de que todo juego tiene su final.
Y que lo gana precisamente quien logre conducirlo hasta allí, hasta ese punto casi infinitesimal donde un segundo o un milímetro o un suspiro o un silencio deciden.Y como en " Meñique" lo pierde quien diga "Esto es demasiado". No gana quien diga la mentira más grande sino quien logre resistirla.
Su silencio, literario o personal, pudo ser agotamiento, pudo ser cansancio, pudo ser aburrimiento, pudo ser cualquier cosa, hasta vergüenza o pudor, pero me resisto a creer que fuese que ya no tenía nada que decir. Un hombre puede que siempre tenga cosas que callar, pero un escritor siempre tiene cosas que decir.
Para los críticos que al comparar confunden la latencia meditativa (cuyas magras yemas siempre reverdecen) con la esterilidad y la inconsistencia de la falta de talento o de substancia ( pues la nada nada inspira), guardar un largo silencio pudiera significar haber callado para siempre. No dicen o no se atreven a decir nada del hastío que lleva a la boca antaño pródiga a mantenerse parca de palabras. No dicen nada del dolor que el silencio provoca a la mente atormentada por la idea.
Por tanto un hombre con un corazón incondicional que cuente fantasías está condenado a vivir de corrido, sin hacer poesía, o a cargar con ese silencio asesino que lo hace culpable, a intentar contra viento y marea ser mínimamente suyo y despedir su pedacito mortal cuando le parezca.
Así ví vivir a Agustín la parte de este camino que recorrimos juntos, con otros tantos amigos y enemigos. Así lo ví, vivo y enérgico de verbo y gesto, irónico y filosófico, inteligente y cariñoso, así lo recuerdo y lo recordaré y me alegro de no haberlo visto con la ajena faz de las sábanas que el peso del cuerpo aun no deja ondear, yaciendo en el borde de este trampolín desde el que ha saltado hacia la eternidad, liberando su mente y su alma de la gravitación de este puñetero planeta que recibió en préstamo para que, como de una bola de cera virgen, esculpiera un mundo mejor. Y logró hacerlo lo mejor que pudo.
La última vez que nos encontramos en el boulevar de la calle Independencia, fue como la primera: me hablaba, mezclando con dulce y sabia ironía futuro y pasado, de sus hijas y de su esposa y de su vida. Sí, había vivido, siempre machacado, en varias casas, pero lo maravilloso era que había vivido una única vida con su misma pequeña y querida familia, que era a fin de cuentas quien lo sostenía. La familia grande, inmersa en sus pugnas más o menos insustanciales, parecía seguir ignorándolo, como siempre. Ese gran experimento que es la vida de cualquiera, para él continuaba siendo una incógnita y a la vez un inexplicable regalo. No se quejaba de las nuevas arrugas de su rostro, pero abriéndose el pecho me dejó ver las más viejas de su alma. Y comprendí que algo distinto estaba por sucederle.
Me dicen que Agustín de Rojas Anido, tras una desgajante dejadez, ha partido en la tarde del mismo dia en que años atrás Norteamérica tembló de miedo viendo como el orgullo nacional y las Torres Gemelas se desmoronaban al unísono. Así quiso obligarnos a recordarlo aun más al final de este viaje en la vida.
Me dicen simplemente que partió. Liberando su recuerdo del lastre que, como la cola del burro del juego infantil, algunos se empeñan aun en colgarle. Seguramente contento y desnudo, pero sin humo ni metralla, por el Prado de los Soñadores.
Que se fue. Dejándonos al inmenso grupo de amigos y a la ciencia ficción con una pregunta aleteando contra los barrotes de la duda:
When shall we three meet againIn thunder, lightning, or in rain?
¿Cuándo nos encontraremos de nuevo los tres,
bajo el trueno, el relámpago o la lluvia?
Y con su voz impostadamente oracular, cosa que le encantaba hacer, parece respondernos: "Los creadores de mundos son herederos de las estrellas supernovas: desaparecer de la vista de los demás no significa dejar de existir ni significa vacío absoluto. Significa una avalancha de luz que precede a la transmutación. Significa vida después de la vida. Significa amor después del amor. Significa que uno significaba algo y que existe algo que uno aun puede seguir significando.
Que uno fue el que fue y no volverá a ser, y al mismo tiempo jamás dejará de ser."
Si algo fue trágico, para bien o para mal de muchos, es que Agustín supo ser una persona auténtica. Y así quiso pasar a la Historia.
Aunque eso no esté de moda en estos días.
Rafael Soriano Rodríguez, Oslo 12 de septiembre 05.00 am.

(enviado por Rafael Soriano para sentado en el aire)
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“Yo no soy el individuo que ve la nave, yo escribo en la pizarra que viene la nave”

El escritor cubano Agustín de Rojas (Santa Clara, 1949) falleció hoy a las 7 de la noche en el Hospital Provincial de Santa Clara. Autor de "Espiral" (1980. Premio David de ciencia ficción), "Una leyenda del futuro" (1985), "El año 200" (1990) y "El publicano" (1997. Premio Dulce María Loynaz). Prologó, para Ediciones San Librario, "Pequeñas miserias cotidianas" (2010), de Lorenzo Lunar.
Su generosidad, inteligencia, compañerismo, sinceridad, solidaridad y amor nos acompañarán a todos. Fue un maestro y un padre para todos los narradores de Santa Clara de varias generaciones.
En un ejemplar de "El publicano" escribió la siguiente dedicatoria: "Para Álvaro: Este libro escrito durante el Naufragio. Traté -y dicen los que lo han leído que sí, que lo conseguí- de dar algo que ayudara a quienes pasan un mal momento (malo, malo de veras) y le den esperanzas. Espero que nunca tengas que usarlo; que sólo lo disfrutes. Tu hermano Agustín".

Para siempre, amigo.

Fotos ACG. (tomado del muro de facebook de Lorenzo Lunar, y las dos fotos de este post)


Querido amigo,
Nos quedamos con las ganas de seguir hablando sobre la artificiosidad de lo real. Pensé verte pronto, en unos meses, para decirte que mi novela también puede leerse en clave de ciencia ficción, y que me dijeras qué creías de eso... Pero nada. La Nada. O el Todo. La muerte es el enemigo. Como dice Virginia Woolf en Las olas:  
"¿Cuál es el enemigo que percibimos avanzando hacia nosotros…? Es la Muerte. La Muerte es nuestro enemigo. Y al encuentro de la Muerte cabalgo blandiendo la espada, con mis cabellos flotando al viento".
Un abrazo, Agustín. Ahora para siempre.
Garrandés
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Hoy he sentido a Bogota más fría que nunca.
 Un abrazo a toda la familia de Agustín y a todos los que sienten la ´pedia ´ de éste un amante de las más nobles utopias, un Gran Escritor y aun más Grande Hombre  y amigo  de la libertad. Que Dios le de la Eternidad en el Cielo porque en la tierra la ha ganado.
Hermano Agustin, un abrazo desde esta materia fragil. Ya estas en todos.
 Adalberto   Ranssell-Levi (El Australiano para Ricardo  Riverón) 
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Agustín de Rojas: no saber decir adiós
por Norge Espinosa Mendoza
La vejez comienza, de manera indeleble, cuando empieza a sorprendernos el modo en que han crecido los hijos de nuestros amigos, y cuando perdemos a varios de nuestros conocidos. La manera en que unos se hacen adultos y el modo en que otros nos abandonan, va creando ese raro estado de ánimo que es la verdadera soledad, al descubrirnos que ya no vibramos según las tensiones de los que lucen sus 20 años, o no podremos dialogar más con alguien que nos parecía imprescindible. en esa santa clara que he reinventado tantas veces, mis antiguos condiscípulos ya se quejan de la estatura de sus hijos, y falta ahora Agustín de Rojas. Que haya muerto él, que era un personaje salido de sus propias novelas, dotado de las maniobras verbales más delirantes y tremendas que uno pudiera esperar de un autor que escribió ciencia ficción para recordarnos que cualquier género exige talento verdadero, me lleva de cabeza a esa otra soledad, en la que sabemos que algo va deshaciéndose, y ni el amparo de las letras nos protege. Con Espiral, en 1980, Agustín removió y catalizó mucho de lo que la ciencia ficción en Cuba era o creía ser. Fue él quien me puso delante de Silvio Rodríguez la única y rápida vez que tuve al trovador delante, para que me firmara el poster de uno de sus escasísimos conciertos en Santa Clara. Y quien me prestó la primera Biblia, para que aprendiera de dónde viene, en mito, literatura y otras formas de la fe, casi todo. Nunca creó escuela, pero sí tenía devotos. Sus cartas y teorías políticas serán pronto parte la leyenda santaclareña. Lo peor es que, tal y como me sucedió con la reciente muerte de mi queridísima Nidia Fajardo, Puchy, para quienes la abrazábamos y queríamos en La Habana y tantas partes, no sé cómo decirle adiós. Fue él quien me enseñó a respetar la literatura fantástica y otros géneros que se tienen por menores. En el centro del laberinto borgiano puedo imaginarlo ahora, riéndose de todo esto. Con la misma sonrisa en que lo vimos durante la sesión de raro homenaje que hace muy poco se le brindó en la sede la de la UNEAC villaclareña, en la que él mismo quiso escoger a sus exégetas, tan confabulador como de costumbre. Que leerlo sea la mejor manera de abrazarlo. Mientras crecen los hijos de los amigos y otras conversaciones van apagándose, irremediablente

martes, 13 de septiembre de 2011

Y siento más tu muerte que mi vida….




Ricardo Riverón Rojas.
Aunque Agustín de Rojas y yo somos de la misma edad, su eternidad llegó primero que la mía, no porque haya muerto, sino porque su obra ha viajado más lejos y en ella el tiempo tiene más peso específico. Su obra digo, que merece mayor reconocimiento.
No fuimos grandes amigos. Tampoco enemigos. Discrepamos mucho, eso sí, desde aquel lejano 1980 en que se apareció en el taller literario “Juan Oscar Alvarado” con el manuscrito de Espiral, novela con la que ganaría el premio David de ese mismo año.
Agustín abogaba por una poesía que alejara los pies de la tierra mientras yo exigía lo contrario. Ambos ganados por la gran discusión literaria de la época: una poesía de circunstancias versus otra de esencias. Aún ignoro si ambos teníamos razón o en qué por ciento los dos nos equivocábamos.
Pero… ¿saben cómo terminaban aquellas “enconadas” discusiones? Pues con la lectura de las “Actas del taller” que Agustín se esmeraba en redactar, verdaderas joyas de la ironía socarrona que lo caracterizó y tanto nos hizo reír, o rabiar, como mismo lo hicieron sus infinitas cartas donde, ajedrecista hasta el final, ponía numerosas trampas sofísticas a sus interlocutores para agarrarlos fuera de base y comerles la dama o darle jaque mate al peón más simple.
Tiene razón Arístides Vega, se nos va un niño travieso: aquel que se propuso demostrarle a Pablo René Estévez que la Estética no es una ciencia y para ello hiló una larga longaniza de ejemplos que ningún doctor pudo rebatir con el mismo ingenio que él derrochó en sus devaluaciones.
Aquel debate, que despertó un interés desmesurado, condujo a su más controvertido libro, del cual fui editor. Catarsis y sociedad (Ediciones Capiro, 1993) en su recorrido editorial tuvo un final parecido al de la fiesta del Guatao, primero por la bronca en torno los honorarios —que me ganó— y, finalmente, por la polémica con Jorge Ángel Hernández y Omar Valiño, vertida en las páginas del suplemento Huella.
En nuestra relación profesional nunca olvidaré cuando Agustín preparaba con esmero y puntualidad para el propio suplemento Huella (en su primera etapa, cuando yo era jefe de redacción) aquellas traducciones de Asimov que tanta suspicacia despertaron en quienes “analizaban” la publicación. Fue a pedido mío que las hizo y ahí están; quien las busque y las lea sabrá que se trataba de textos sumamente inocentes, pero inquietantes para aquellos finales de los 80’s.
Juntos trabajamos en la fundación del Centro Provincial del Libro y la Literatura y de la Editorial Capiro, en 1990. Él como director del Centro y yo como Jefe del departamento de Literatura. Nunca nos llevamos mejor. Nunca me puso trabas, sino que luchó codo con codo conmigo para que la editorial no naciera torcida. Mucho se le debe a Agustín en ese sentido. No obstante, el detalle gracioso fueron sus consejos de dirección, que duraban dos y tres días y podían ser interrumpidos por un chofer con una pieza harta de grasa en la mano para que Agustín le dijera donde arreglarla, o por el jefe de almacén, que entraba súbito a comunicarle que tenía que despachar los libros y el ayudante estaba perdido, o por El Chino, jefe de servicios, para informarle que no había triciclo para buscar el almuerzo. Era algo desesperante, porque la cadena de imprevistos se ventilaba a la par del consejo, sin censura ni limitaciones para acceder al despacho del “director”.  Desesperante, pero gracioso por lo inusitado.
Ahora me viene a la mente aquella jornada de locura de 1993, cuando en el encuentro debate provincial de talleres literarios, que tuvo por sede el preuniversitario en el campo de La Carranchola, en Manicaragua, Agustín disfrutaba apaciblemente la lectura de no sé qué ensayo, totalmente transportado hacia el nirvana, con las orejas pegadas a las bocinas de audio mientras estas ladraban con más decibeles que cien Berjovinas “El baile del perrito” (magistralmente bailado por Barreto, el de Falcón), quizás en un impresionante alarde guinnes de lector inmune a las catástrofes del éter.
Agustín fue también agricultor, allá por 1994, de una finca redonda (nunca he visto nada parecido) abierta pico y guataca en el marabú colindante a su apartamento de Virginia, donde sembró dos matas de frijoles, tres de yuca, una de tomate, cuatro o cinco de ajíes, y de donde —me dijo— extraería la cosecha del año. Él guataqueaba —no es una exageración— con una guataca cuyo cabo había asegurado con una cuña del mismo palo, razón por la cual se le desencababa constantemente; seguramente todos recuerdan que no hay peor cuña que la del mismo palo, y él lo sabía, pero le daba igual. Donois Arrechea, que me acompañó en la visita a la que también acudió Lorgio Batard, le cambió la cuña por una de otra especie maderable, y cuando Agustín vio que había quedado firme, concluyó, con su gesto más común” Ahhhh, ahora no tengo pretexto para parar cada cinco minutos”. Mirta y las hijas cargaban el agua, en latas de cinco galones, de una cañada adyacente y todos se veían contagiados por la alegría de la posible vendimia. Esa era, seguramente, una de las virtudes de Agustín: involucrar a sus seres queridos en sus deliciosas locuras. De la cría de pollitos de a peso no hablo, porque esa aventura terminó muy rápido, diezmadas las avecillas por la avitaminosis, para dolor de toda la familia y graciosas sesiones de autoburla, a posteriori, de Agustín.
Y cómo olvidar aquella polémica que desde el Club del Poste sostuvimos con Agustín, cuando estuvo en desacuerdo con un artículo mío y la sección humorística que tenía el Club en la revista Umbral. Fue un duro cruce de palabras, pero al final nuestro ido y querido Agustín —ajedrecista hasta el final, ya lo dije— inclinó el rey y felicitó al que adivinó autor de las más agudas respuestas: Yamil Díaz.
Hoy, lejos como estoy de la Patria —lejos pero no distante—, con la certeza de amarla más que nunca y los recuerdos quizás dulcificados por la grandeza que la propia lejanía pone de manifiesto, lamento no haber abrazado más fuertemente y con devoción a ese gran hombre que fue Agustín de Rojas, no haber sido más su amigo, no haberle regalado más sonrisas.
En los últimos tiempos, ignoro por qué, le dio por elogiarme; lo hacía con mis hijos, a quienes les decía: “siéntanse orgullosos de su padre”. No sé si entendí adecuadamente aquella señal, creo que no la reciproqué como merecía. Y lo lamento profundamente. Pero ya no tengo posibilidad de repararlo.
No obstante, por si sirve de algo, lo digo sin pudor, casi con lágrimas: esta muerte me ha dolido tanto, queridos compatriotas de la Patria Grande y de la Patria Chica, “que por doler, me duele hasta el aliento”. Ojalá la eternidad te resulte más habitable y generosa, maestro. Ojalá mi abrazo póstumo te alcance.
Ricardo Riverón Rojas.
México D.F. 12 de septiembre de 2011, 4.48 p.m.
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¡Dios mío, ha muerto Agustín de Roja! ¿Ha muerto o fue abducido?
Recuerdo aquel día de octubre de 1995 en que llegó a mi casa con un mecanuscrito de El Publicano, se lo agradecí enormemente porque, además, visitarme en aquellos día era un acto de de fe y osadía.
Luego me entregaría un trabajo sobre la censura titulado El problema del espejo que ya había leído en la UNEAC de santa Clara: Guarda esto--me dijo--siento carros que me frenan detrás. Ya había comenzado la paranoia que no lo abandonaría jamás.
Ahora creo que él llegó a creerse, que no «filmaba» como muchos decían, que preparó hasta su partida.
Agustín creyó que era la hora de irse y se fue, tal vez a otra galaxia, a otro estadio del tiempo.
Salve Agustín
Alexis Castañeda Pérez de Alejo
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Agustín de Rojas: no saber decir adiós

En la foto, Agustín y Michel Encinosa Fu, uno de sus ahijados más talentosos, en la última y lluviosa tarde de Santa Clara que compartimos, en julio de este año.

 
por Norge Espinosa Mendoza
 La vejez comienza, de manera indeleble, cuando empieza a sorprendernos el modo en que han crecido los hijos de nuestros amigos, y cuando perdemos a varios de nuestros conocidos. La manera en que unos se hacen adultos y el modo en que otros nos abandonan, va creando ese raro estado de ánimo que es la verdadera soledad, al descubrirnos que ya no vibramos según las tensiones de los que lucen sus 20 años, o no podremos dialogar más con alguien que nos parecía imprescindible. en esa santa clara que he reinventado tantas veces, mis antiguos condiscípulos ya se quejan de la estatura de sus hijos, y falta ahora Agustín de Rojas. Que haya muerto él, que era un personaje salido de sus propias novelas, dotado de las maniobras verbales más delirantes y tremendas que uno pudiera esperar de un autor que escribió ciencia ficción para recordarnos que cualquier género exige talento verdadero, me lleva de cabeza a esa otra soledad, en la que sabemos que algo va deshaciéndose, y ni el amparo de las letras nos protege. Con Espiral, en 1980, Agustín removió y catalizó mucho de lo que la ciencia ficción en Cuba era o creía ser. Fue él quien me puso delante de Silvio Rodríguez la única y rápida vez que tuve al trovador delante, para que me firmara el poster de uno de sus escasísimos conciertos en Santa Clara. Y quien me prestó la primera Biblia, para que aprendiera de dónde viene, en mito, literatura y otras formas de la fe, casi todo. Nunca creó escuela, pero sí tenía devotos. Sus cartas y teorías políticas serán pronto parte la leyenda santaclareña. Lo peor es que, tal y como me sucedió con la reciente muerte de mi queridísima Nidia Fajardo, Puchy, para quienes la abrazábamos y queríamos en La Habana y tantas partes, no sé cómo decirle adiós. Fue él quien me enseñó a respetar la literatura fantástica y otros géneros que se tienen por menores. En el centro del laberinto borgiano puedo imaginarlo ahora, riéndose de todo esto. Con la misma sonrisa en que lo vimos durante la sesión de raro homenaje que hace muy poco se le brindó en la sede la de la UNEAC villaclareña, en la que él mismo quiso escoger a sus exégetas, tan confabulador como de costumbre. Que leerlo sea la mejor manera de abrazarlo. Mientras crecen los hijos de los amigos y otras conversaciones van apagándose, irremediablente.
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Agustín, un “loco” despierto en la cultura cubana

 
por Luis Machado Ordetx. 12|9|2011

La Voz del Otro. Allí se sometió al amplio cuestionario oral que hice sin darle tiempo a una reflexión reposada. De aquel encuentro suscribo los puntos de vista que ofreció en torno a la ciencia ficción, su labor narrativa, y también las consideraciones que lo convirtieron en un defensor de la Cultura Cubana.
Agustín, el escritor cubano más prolífero de la ciencia ficción, acaba de fallecer en Santa Clara. Este lunes 12 de septiembre fue sepultado en la necrópolis de esta, su ciudad natal.
A pesar del lamentable suceso, todavía guardo instantes de aquellas asiduas conversaciones momentáneas que ocurrían en las aceras de la calle Céspedes, en las proximidades del Parque Vidal, cuando bien temprano en la mañana salía a auscultar la realidad social que observó por más de seis décadas de existencia.
A paso lento y al saludo de los amigos —tal vez los conocidos—, le hacían detenerse, soltar una ironía en voz baja; decir una sarta de ocurrencias sobre un suceso histórico o el panorama político del mundo. Más de una ocurrencia que movía a la risa o la reflexión soltaba al interlocutor que conocía de su locuaz y pertinente conversación. Por más de veinte años, antes de trascender como escritor tras la llegada de la novela Espiral (1981) —Premio David de Ciencia Ficción—, lo intimé en la calle sin que mediaran formalismos.
Su sencillez al vestir y dialogar, jamás lo envanecieron ante nadie. No importaron sus triunfos literarios para mantenerse por igual: Una leyenda del futuro (1985); El Año 200 (1990); El Publicano (1990) —Premio Dulce María Loynaz—, y Catarsis y sociedad (1995). Desde entonces, decía: “sin un sustrato de humedad no hay hierba que crezca”, para referirse al por qué no escribía en estos tiempos en que un pensamiento más allá de lo cotidiano lo hizo permanecer fiel a sus raíces.
De camino hacia la Academia de Ajedrez de Santa Clara, a donde iba para seguir aprendiendo sobre el juego ciencia y comulgar con los jóvenes que allí concurrían, al encontrarlo casi siempre espetaba: “El espíritu de un pueblo está en el escritor, en el que ausculta la realidad social, porque crear es vivir. Estos son tiempos difíciles donde lo material golpea con una fuerza tremenda; por eso no se puede renunciar a ser un simple vientre”.
Una vez le pregunté, ¿pero Agustín, para que vas a la Academia?, y de inmediato dijo: “Nada, a pensar. Yo soy malísimo en el ajedrez, y la gente me busca para hablar de cosas cotidianas; y escucho sin que el mundo me caiga arriba, sin echarme a reír. El que escribe es por que tiene que decir algo, pero debe saber oír, con humildad. Ahí tienes al barrendero, con un nivel de satisfacción cuando ve terminar su limpieza. Todo lo hace con amor o dedicación. El mayor estímulo es sentirse amigo de esa persona; y si algo necesita la gente cotidiana es el estímulo, el ser juzgado en lo positivo; eso es el saber oír a los demás cuando hay problemas, el reconocimiento de los valores; el tratarlo con respeto, el mostrarlo con aprecio”.
A principios de año, el tercer jueves de enero de 2011, Agustín de Rojas Anido acudió a mi invitación en la tertulia literaria La Voz del Otro, un encuentro mensual entre escritores y periodistas. Vino a compartir el espacio con el periodista Yandrey Lay Fabregat y el público. También a someterse a la inquisición de mis preguntas sobre la ciencia ficción y el periodismo. Son tópicos muy distantes, pero de cierta vinculación. Cada cual, desde su punto de vista, ausculta la realidad; uno la futura, la hipotética; el otro la inmediata, la que hace trascender.
A cada pregunta, entre el sorbo del líquido que rebosa una taza de café y el acostumbrado cigarro Popular, surgió una pertinente respuesta en sentido paternal. Era el profesor, el biólogo, el escritor, el sencillo hombre de calle el que conversaba con el público. Por supuesto, pudieron derivarse muchas interrogantes en torno a lo que decía; en cambio, el imperio del horario, el ceñirse al tiempo, obligó a la coherencia de un diálogo, de un instante de comunicación.
—¿Cómo surgen tus libros?
—Nada, por un azar del tiempo. Ya existen tres estudios universitarios sobre mi obra, aunque creo que se hizo otro por la Universidad de La Habana. Hay cientos de comentarios que la ubican como referente de la ciencia ficción en Cuba. Mi profesión es biólogo, y como hombre de ciencia persiste undeslumbramiento a partir de lecturas juveniles. Allá en el preuniversitario Raúl Cerero Bonilla, de La Habana, se destapó el primer bichito. Ver y disfrutar cómo existen, en manchas negras sobre papel blanco, seres de carne y hueso. Ahí está la magia de la palabra; hace ver cosas que antes no se apreciaban, eso es lo insospechado de la realidad, y comprendí que la ciencia ficción denota los mundos posibles.
—¿Es necesario estudiar Letras para escribir un libro?
—¡No, no, que va! Por suerte no estudié Letras; me hubiera suicidado. Recuerdo que los profesores de Matemática y Español se enfadaron: querían que optara por una de esas especialidades. Tenía idea de estudiar Antropología, y de ahí vino la Biología. Con eso no hubiera escrito jamás, cosa que ahora al cabo de los 60 años entiendo, y la comparación más exacta es cuando ves una película de buena acción en el cine, con la condiciones idóneas. Sales a la calle y te identificas al vivir las imágenes como algo real. Es como percibir las manchas negras sobre el papel, esos personajes son los reales que apreciaste desde la óptica de la ficción, y dices, pero que es esto, un sueño.
“La magia está en la palabra, en el acto de conocer, y pensaba escribir el día que me jubilara; esto era un sueño imposible, como Sancho Panza con su eterna Ínsula. También estaba el trance de la vida, como cuestión práctica —ganabas un premio literario o tenías que cortarte la cabeza—. Pensé en ganar un premio, pero no sabía nada de escritura, y no quería someterme a la literatura corriente, sino a la ciencia. Tenía su conocimiento, y también la captación de ese pensamiento. Todo lo que está detrás del hombre de ciencia, y esa era la única variante para hacer literatura.
“No es hasta finales de 1979 en que anuncian el Premio David. Tenía escrita las dos primeras partes de Espiral. Todo lo hice a máquina, con una cinta que se partía constantemente. Eran más de setecientas cuartillas, y al fin envié la novela. Ya el año anterior Daína Chaviano había ganado ese certamen con Los mundos que amo. Dije entonces: ahora le toca a Espiral. Ángel Arango, el patriarca de la ciencia ficción de Cuba, no era partidario del catastrofismo, y era el presidente del jurado. Lo veía todo perfecto y luminoso. En cambio, mi novela hablaba de guerras nucleares y los sobrevivientes reducidos a nada. Miguel Collazo era otro del jurado, integrado, además por Daína. Ahí ocurre el milagro, me salvan los criterios compartidos, y viene el premio”.
—El Publicano tiene un giro, una vuelta, ¿por qué?
—Por la cantidad de cosas que desconocemos, por la existencia de una sola visión; si hay muchas visiones nos podemos marear, y confundirnos y eso es malo. Ya no existe un pensamiento enciclopédico; eso se acabó con el Renacimiento. Sin embargo, cualquier ciencia puede ser objeto de ficción. Hay una diferencia clave si leemos el artículo “Desde la imaginación disciplinada”. ¿Cuál es? Pues, entre fantasía e imaginación. La fantasía, autentica, rompe con lo que es conocido, y en la realidad se introducen cosas que no tienen fundamentación. En la imaginación, lo importante es qué pasaría si…. Es algo que no es conocido, pero al menos resulta probable y no contradice planteamientos. Eso obliga a mayores conocimientos. El mundo no se traslada, y se crean personajes. El escritor de ciencia ficción tiene que preocuparse por la coherencia; ser creíble, y eso sin error no rompe la atmósfera mágica. La coherencia es para mi la visión número uno, con la cosas que allí interaccionan en la creación de un universo.
“Soy un fresco, y se me quedó el hábito de la coherencia. Cuando termino El año 200, estaba totalmente desinformado de lo que se hacía en el mundo: Tenía otra novela casi concluida, pero la dejé por falta de documentación correcta. No quería hacer nada que no fuera reproducción exacta de una época; algo así como novela histórica de ciencia ficción. Algunos no consideran esas obras en un panorama puro, pero aplicando principios científicos, es posible reconstruir la historia con un universo creíble que se enmarque en una época, y que suene convincente. Así nació El Publicano, no para demostrar una tesis, sino para contar aspectos del realismo sin penetrar en signos imaginativos o del concepto clásico de lo fantástico; sin nada artificial.
“Ángel Arango con El visitante inesperado convierte a Jesús en un extraterrestre, casi similar a nosotros. Un científico jamás lo admitiría; por eso fui a los textos bíblicos para no hacerlo creíble, sino que emocione al lector, y demostrar como un individuo tiene una influencia notable en la humanidad. Hasta en los milagros doy una explicación”.
—En la década del 80 trataste de explicar en teoría tu obra, ahí están tus libros teóricos sobre el teatro, ¿porqué ese cambio por la unidad o la organicidad de los seres humanos?
—Mira, si dan una bofetada a un cubano en cualquier parte, uno lo siente como propia. Eso es martiano; ahí está la unidad en el ser humano a la que te refieres. No es salvar el pellejo, sino dibujar con claridad cómo habían soñado Marx y Engels la sociedad del futuro, del comunismo. Creí en el deber que la gente pudiera entender a dónde podíamos llegar, sin que eso fuera una inocencia. Por eso hice algunos ensayitos cortos.
“El escritor tiene como objetivo tratar de preparar a la gente para el futuro; no por hipótesis científicas, sino como abertura hacia las posibilidades persuasivas de la magia literaria. Ahí está la ciencia ficción, con un público capacitado para contemplar al hombre fuera de la faja de su tierra; como si la imaginación permitiera salir más allá de la realidad de los pensamientos normales, coherentes.
“Es como despertar un gusto en el lector; es llamar la atención y dar un impacto social, y cultural en la historia. Es el sueño de la realidad, y la imaginación, sin dudas es más importante que el propio conocimiento, y siempre se va más allá de lo sencillamente conocido. El poder profético de la literatura está, desde los Viajes de Gulliver o Julio Verne. Desde entonces se hablaba de viajes, de la existencia de dos satélites, y recorridos submarinos. Son ejemplos proféticos, de anuncios que aparecen no solo en la ciencia ficción, sino en cualquier palabra escrita por el hombre.
“Por mis concepciones y mi manera de escribir, enclaustrado en Santa Clara, surgió en algunos corrillos el concepto de que ‘¡Agustín está loco!’. En una ocasión dije en la tertulia de La Buena Pipa —conducida por Lorenzo Lunar Cardedo— que ¡sin esa fama de loco, tu sabes dónde estaría yo!’. Lorenzo me interrogó: ‘pero ¿tú estás loco?’, y respondí: ‘bueno hijo tu sabes que la locura tiene muchas definiciones, en alguna estaré yo’. De veras, mi locura es escribir y apreciar la realidad social y cultural de un pueblo; de mi pueblo”.
—Vamos a otro punto. ¿Qué es para ti el hecho cultural?
—Estar aquí conversando con ustedes. Yo a veces me cuestionaba y decía, por aquí no podemos llegar allá. Cuando la UNEAC hace el llamamiento que lo primero que necesitamos salvar es la Cultura, afianzo la perspectiva del conocimiento orgánico del individuo. Los seres humanos más cercanos son mis compatriotas, y si tienen un problema, ese también me afecta a mí. Hay quien es como los canarios que cantan y no se dan cuenta de lo que hay atrás. Está el concepto de mucha gente que por diversas razones quiere ser cualquier cosa menos su tradición cultural, histórica. ¿Quién fuera…? Así dicen. El tipo quiere hablar todos los idiomas, menos el propio. Es el sueño de mucha gente que ve como modelo ideal lo extranjero. No hay cosa que amenace más la integridad cultural de una nación que aspirar a dejar de ser creíble. Eso me preocupó, y me sigue preocupando. Hay quien se viste para aparentar ser un turista, y eso es amenazante.
“La cultura cubana tiene valor; soy un simple producto de la cultura villaclareña, cubana. Defiendo el genio universal de Martí, está regado entre nosotros, y no soy un genio, sino un sencillo cubano, con sus locuras —tal vez una— pero en pelea desde cualquier calle del país. Así abro la vista, y también contribuyo a que mis coetáneos sean cada día mejores.”
Así percibí a Agustín de Rojas Anido. Durante años lo aprecié como un sencillo niño; hombre de ciencias, despierto en defensa de la Cultura Cubana dentro de las constelaciones de un firmamento histórico concebido para defender y confirmar al hombre entre los sueños posibles de ese futuro que describió sobre el papel y su literatura.
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Nunca pensé que Agustín moriría. Le había reservado un espacio, un lugar, donde siempre pensé que existiría, como el robot de Asimov. Hace poco, muy poco, hablé con alguien y salió a relucir Aguistín. y ahora me golpea la noticia. No, no creo que haya muerto. Ese Agustín nos está mirando con su sonrisa pícara por alguna hendija del espacio-tiempo, en alguna dimensión perdida donde quizás, ahora, encarna a algún hidalgo caballero, que bien enjuta su figura llevaba. No, señores, Agustín anda por ahí. Cualquier noche de estas, cuando Marte bien destelle, lléguese usted por el parque Vidal y no se asombre al verlo de lejos conversando y gesticulando, hilvanando historias que, de tanto creérselas él mismo, era capaz de hacérselas creer a los demás.
No te preocupes, Agustín, que por ahí nos volveremos a ver. Recuerda que ya me hiciste el cuento aquel de los lagartos venusinos.
Un abrazo, amigo.
Nos vemos.
F. Mond
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lunes, 12 de septiembre de 2011

Dios lo acoja a su derecha




















Agustín de Rojas y A Vega


Por Arístides Vega Chapú
Acaba de morir Agustín de Rojas (Santa Clara, 1949) y aún no me lo creo. Yo que me acostumbré a que saliera a mi paso como un fantasma, por cualquiera de las cuatro esquinas del parque Vidal de Santa Clara, con una nueva historia tan fantástica e imaginativa como las que dejó escritas (Espiral, 1980, Una leyenda del futuro, 1985, El año 200, 1990 y El Publicano, 1997) no me lo imagino ido hacia sabe Dios cuál de los cielos.
Porque lo cierto es que nadie tendrá hoy la certeza de su paradero porque para él no hubo otro trono que el que le reservamos los amigos, no hubo ciudad, ni verdad, ni pasado, ni presente semejante a los del mundo real, que es al final el único que conocíamos.
Él creyó más en esa otra estancia y por eso anduvo sin remilgos de que se le creyera o no de sitio en sitio, en espacios reales e inventados, contando historias como un juglar de ciudad. Anunció huracanes y tempestades y aguas crecidas y dijo lo que uno nunca hubiera dicho y lo que soñó la noche anterior al encuentro y lo contó como suceso cierto.
Yo que lo conocí de niño cuando él era entonces tan solo el hijo de Nenita Anido, la entrañable amiga de mi madre, que luego lo reencontré como el primer escritor que conocía personalmente y que finalmente me acompañó, con sus apariciones, en todos estos años, no sabría decir cómo acostumbrarnos a su ausencia.
Cómo decirle ahora a mi madre que no podrá volverse a sentar en un banco del parque, bajo la sombra del poderoso sol de las tardes, a escucharse uno al otro esas historias que solo ambos darían por ciertas.
A quién le muestro ahora el telegrama que conservo y que él me enviara a Matanzas en el difícil año ochenta y ocho: Condeno vil agresión, reciban toda mi solidaridad y amistad, Agustín, para que me crea que lo tengo guardado como una de esas flores que se conservan dentro de un libro.
Y tuvo razón en utilizar las palabras vil, agresión, solidaridad y amistad. Yo le aseguré varias veces que conservaba aquel telegrama como una prueba irrebatible de su lealtad a la amistad. Y él sonrió con esa picardía que tardaré en olvidar como uno de los gestos más ingenuos con que pueda un amigo encubrir su bondad.
Capaz que sea esta la última vez que lo cuente. En los años ochenta visitaba a Agustín en el barrio de El Condado, donde vivía en una modesta casita que tenía una pequeña sala donde había una mesa de madera vasta y encima una máquina de escribir. Al lado un pequeño escaparate en cuyo techo se subían sus dos hijas, entonces muy pequeñas, para lanzarse al suelo donde las esperaba una colchoneta bien extendida. Agustín escribía mientras conversaba conmigo y a la vez mientras las hijas se lanzaban al piso, una y otra vez. Por mucho tiempo creí que para escribir una novela era necesario tener dos hijas que no le temieran al peligro, una mesa y una máquina de escribir.        
Ha muerto el hijo de Nenita Anido, el escritor de novelas que le hicieron ganar amigos, lectores y premios como el Premio David de la Uneac , en el año ochenta y el Premio Dulce María Loynaz en el mil novecientos noventa y siete. Ha muerto quien quiso ser un personaje y logró que todos certificáramos como cierta su existencia.
Arístides Vega Chapú, en la noche del domingo once de septiembre del dos mil once.
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Nunca más podremos escuchar tus conspiraciones cotidianas, la risa contagiosa y ese singular orgullo cómplice tuyo al ver el éxito de los demás. Nadie podrá suplir tu gesto de echar el brazo y dar unos pasos en un figurado trillo en medio del Parque Vidal, ese predio donde eres un personaje sobresaliente. Es un vacío inmenso. Tú, sin querer ser centro de nada, llenas, imperas la literatura villareña, eres el canon orgánico y afectivo, no el que se asume por rapiña. Agustín, dejas un vacío acá que no se ocupará: aquí no hay nadie de tu validez humana y candidez infantil. Es mucho el espacio que mereces. Aquí adjunto una imagen de la calurosa tarde manicaragüense de marzo del año en curso, donde en medio del calor, nos ofreciste para nuestra biblioteca digital un montón de textos sobre teatro y sobre José Martí. Así, en medio de tu bondad te recordaré.
Un abrazo en esta larga y aciaga noche.

Jorge Luis Rodríguez
     




















Agustín de Rojas y Anido
Nace: viernes, 11 de junio de 1949
Santa Clara, Cuba.
Este destacado novelista y ensayista, nacido en la ciudad de Santa Clara, estudia Ciencias Biológicas en la especialidad de Antropología Fïsica en 1971. En 1980 gana el Premio David de Ciencia ficción con su novela “Espiral", que sería publicada en 1981 por la Editorial Unión. Publica en 1985 “Una leyenda del futuro", y en 1990 “El año 200” ambas en la Editorial Letras Cubanas—, con las que da término a una trilogía de ciencia ficción que explora las potencialidades y las limitaciones humanas. En 1992 publica en la Editorial Capiro “Catarsis y Sociedad", un polémico ensayo en el cual se tratan las funciones sociales de la literatura. En 1997 gana el Premio Dulce María Loynaz con la novela de tema histórico “El publicano", publicada en 1998 por Letras Cubanas.
Miembro de la UNEAC desde 1981.
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Jorge Ángel Hernández, en este enlace de su blog lo recuerda con mucha sinceridad, ve y lee.
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foto tomada de Ogunguerrero

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  El encuentro que se nos quedó inconcluso, Agustín.

                                       Por Amador Hernández Hernández.

   De brutal acto de la vida, hemos considerado los miembros del taller literario de Encrucijada la  muerte de Agustín de Rojas, pues sinceramente nunca tuvimos el tiempo necesario para agradecerle la bondad e inteligencia con que nos atendió como jurado de incontables sesiones de taller en los encuentros de debates. Jamás un insulto, ni ripostas desagradables. Siempre un aliento, un consejo sabio, una sonrisa feliz, una palmada, y aquella frase con la que nos sometía dulcemente al redil de los creadores: Paciencia, pulimento, lectura y muchas horas nalgas, sin esos ingredientes no se triunfa, pero con ellos se llega al reconocimiento, al éxito.  Luego volver una y otra vez al camino con los mismos aliños.

 Quizás por eso, los que hemos metido la mano en la candela, hemos estado dispuestos a quemarnos, porque Agustín fue el bálsamo, el apoyo espiritual. Tuve el privilegio de contar con su presencia en cada presentación de mis libros y en algunas tertulias en el Café Literario. Y es que él lo sabía: cada libro mío era suyo también. Por cada una de sus páginas andaban sus consejos, su amor infinito por el hombre bueno. Alcancé la suerte de estar entre sus allegados, me lo dijo muchas veces con su sinceridad humilde, con su abrazo fraterno.
 La última vez que conversamos, Agustín me relató el árbol genealógico de su familia y me pidió que le narrara el argumento del último libro que estoy escribiendo mientras lo invitaba a un café expreso. Cuando tengas la primera versión, quiero leerlo completo, me exigió con su entusiasmo perenne, y seguro de que sacaremos a la luz un exitazo. Si es así, el café va por mí, no te fijes en la mezcla. Pero se fue de la vida demasiado rápido y lamentablemente mi morosidad truncó esa lectura crítica.
 Es cierto, ya no lo veremos más en los talleres literarios, ni en la tertulias, ni enfrascado en diatribas de diversos temas.
 Pero tengo la convicción de que en algún lugar de esta galaxia nos estará esperando a la derecha de René Batista. Ya me los imagino a ambos batidos para ofrecernos la bienvenida a su cenáculo paradisíaco. Y como la promesa es deuda, al menos yo iré con mi original de la novela que no pudo leer.
 Que la paz te alcance, amigo mío, hermano querido, y que tu espíritu indomable no nos abandone. ¡Amén!