sábado, 31 de marzo de 2012

LOS CUERPOS DE LO OSCURO.


Templado el lirio:
dijo que le dijeron escuchó de otros
habían besado por encontrar
aquellas ansiedades dispuestas a salvarlo.
Era la suya un golpe seco
y el nombre de su mujer - que no era armadura-
le respondía ya, a algún deseo
con otro donde la frialdad lo elevaba.

En lo oscuro su alma como la de su mujer
era apenas el juego de una voz
una de esas que aún sordas te lastiman.

Dijo gardenias, pelos, mal de humor
y caballos sueltos para que las huellas

en algunos de los senderos con lodo

se quedaran para él:  enterrado a su abismo.

Más, aquellas gardenias no pertenecían

a algunas de las hojas en blanco

que todos los años dibujó

porque siempre se dibuja algo que no desciframos

con el deseo de encontrarse en otras vidas
esos cuerpos que fueron desechados

amantes de una oscuridad menos pusilánime

como si las cicatrices fueran el sustento

de ir de un labio a otro de una saliva a otra

vestido en esa flor de lujo que crece

cuando se busca en los aires lo que la tierra

ha negado tres veces sin que cantemos:

me suena tu corazón cerquita del abismo

y lo mojo como una galleta de sal

que no ha podido librarse de podrir

ni siquiera la fealdad de desvestirse

en senderos donde lodo y lodo son la huella

y lo bello de uno de esos cuerpos dan por oscuro

que ha dado fuego hasta quemarnos.

Dijo algo que no es posible entender
no puedes entender

se entra al lirio por el perfume

y a los abismos del deseo con deseo.

jueves, 29 de marzo de 2012

Y PASAR SIN PASAR NO ES UNA AFRENTA.

Title:The Nap
Medium: Conte, charcoal, acrylic, oil and pastel on paper
Date: March 17, 2012 by Angel Fernandez (Gelico)




Ha visto cuando cansa su cuerpo

en dejarlo muy tenso ante otro

que no lo ve sino por su amuleto.

Pasan momentos de clima

y cada uno agota su fiebre

pasan los delirios de estar pacientemente

sobre la quietud de pasar

 por disparados

 los sudores de la mente.



Miro el cuerpo dormido

y aparento el sueño, la penetro,

me convence,

queriendo ir a sobornar

como si nada pasara sino el dispense

donde dos almas funden su neblina.



Debajo de los cuerpos vistos a ciegas

se dan mejores ceremonias

y aún en el vicio, -flor y polen-

se liba mejor desde el desconocimiento.

No importa qué pasará cuando sea

el simple olor de un cuerpo que no produzca sombra.  



No importa cuando la felicidad se acomoda

como una de esas hendiduras para rescatarse

del infinito en la estrechez de su hendidura.



Hay que seguir al cuerpo que delata nuestro polen

no son tantos los engaños,  es que la vida engaña

para que no puedan matarnos de un solo tajo.

jueves, 22 de marzo de 2012

UN INTRUSO EN EL TEJADO


“Un intruso en el tejado” o de la necesidad de que los buenos narradores publiquen más a menudo

Por: Carmen Sotolongo Valiño

Cuando terminé de leer Un intruso en el tejado, de Joel Sequeda, recientemente publicada por la Editorial Capiro, me encontré con una fecha al pie de la última página: «Camajuaní, otoño de 1992»; ¡casi veinte años ha esperado el autor para someterla a los procesos editoriales! Esto sin contar que su libro Tiras de pellejo hace ya más de dos lustros que salió por Letras Cubanas. Si añadimos entonces la más de una década que nos tiene esperando por su inédita «Ventana ojival», tan celebrada por cuantos felices mortales han tenido el privilegio de leerla, hemos de concluir, con Agustín de Rojas, que es muy de lamentar la «premiosa lentitud», con que Joel nos regala sus joyas narrativas.
       A pesar de su lenta concepción, Un intruso en el tejado motiva una rápida lectura y deseos de seguir leyendo, de extender el placer a lo largo de muchas páginas más. Es una excelente narración, feliz mezcla actualizada de novela de amor, de aventuras y fantástico, que tiene el mérito adicional de ser muy divertida. Posee un tono de historia legendaria, feérica, algo alegórica. A veces, trasunta alusiones a historietas viejas (comics) con sus enmascarados de diversas trazas que se desplazaban por el aire o por los techos, lo cual añade matices discursivos gráficos, de resonancias culturales muy en boga.
         Pienso, por ello, en su adecuación a un público juvenil, lector deficitario en nuestras propuestas editoriales, aunque sus personajes son, claramente, antihéroes: Ladrón, Ladrona, y un puñado de gatos. «Ladrón se consideraba malo» —nos dice el narrador, y es este «oficio» de su protagonista lo que le permite crear una atmósfera mágica:


[…] un universo, moteado por el verde mohoso de las tejas antiguas y por los helechos crecidos a la húmeda sombra de los aleros […] la lejanía de los tejados y sus chimeneas vistas a contraluz sobre la luna llena. […] era hermoso ser un ente solitario, mantenerse lejos del nocivo contacto humano y gozar en cambio del amor de los gatos vagabundos, siempre deseosos de una caricia.


       Acaso es esta atmósfera alucinante la que nos hace devorar con curiosidad y placer los primeros capítulos: tiene, además, la función de desubicar el relato de una época concreta permitiéndole funcionar a diferentes niveles. Los caracteres están tan bien concebidos, que solo a un moralista recalcitrante se le ocurriría argüir que no es edificante como modelo para literatura juvenil. En primer lugar, el tejido formado por chimeneas, deshollinadores, gendarmes, bayonetas, catedrales con grifos de piedra, calles con adoquinado brilloso, puerto con barcos de vela, aposentos alumbrados con candelabros, más la relación de Ladrón con los gatos, su extraña adaptación a la vida en los tejados, forma una trama capaz de sacar lo relatado de un contexto puntual para situarlo en el modelo del cuento maravilloso, universal; proyecta la novela en el reino de lo fantástico. Dentro de esta convención artística las fronteras ortodoxas del bien y el mal se complejizan, se desdibujan. Por otra parte, el autor es muy cuidadoso con los motivos de Ladrón, muy sutil al defender su personaje sin que jamás pierda verosimilitud.


        Es un relato de lenguaje preciso, narración bien hilvanada e intriga bien compuesta. El suspense le añade atractivo, cada capítulo trae su peripecia; el primero describe la seguridad y el encanto del ámbito nocturno, las habilidades gatunas que ha desarrollado Ladrón para vivir en él, y el final introduce los signos inquietantes de la presencia de un extraño, dejando en suspenso el presagio. El segundo se dedica a contar las acciones alarmantes que el desconocido provoca, poniendo en peligro con su torpeza la seguridad del universo de los techos. Solo al final del tercero se devela la naturaleza de este segundo personaje, y así hasta el final: cada capítulo termina con una intensificación de motivos, de lo cual hará un resumen el comienzo del siguiente; o con la introducción de un elemento nuevo que hace suponer al lector que habrá cambios sustanciales en lo contado hasta el momento. El narrador juega constantemente con la expectativa lectora, a veces la complace y a veces la rompe: el anunciado intruso resulta ser intrusa; Ladrón perderá su adánica tranquilidad. A partir de aquí resulta extremadamente graciosa la problemática convivencia de Ladrón con la muchacha, Ladrona. Introduce el tema de la iniciación al conocimiento del amor; y su alternancia paralela con la leyenda de la creación del hombre y la mujer le confiere un tono clásico, a lo Ruyard Kipling. La prosa tan pronto posee un lirismo desbordante como un toque cómico o disparatado, lo cual le otorga variedad al registro lingüístico, del que depende, en gran medida su inteligente humorismo. Por ejemplo, las cuatro líneas con que se resume lo aprendido por Ladrón después de su primera discusión con Ladrona: «De aquel suceso el ratero sacó algo en claro: la mujer era un ente enérgico y contradictorio. Pasaba por alto cualquier ofensa; no toleraba, empero, que le llamasen fea». O la enumeración hiperbólica que refiere la verborrea incontrolable de la mujer y la exasperación que va provocando en Ladrón, la cual además de su carácter acumulativo, debe su efecto a frases como esta: «Pasaba el santo día […] parloteando y metiendo baza al por mayor. Cualquier cosa parecíale magnífica para entablar un kilómetro de charla […] pues parloteaba a chorros y a reventar de bocas».
       El final desvanece cualquier sospecha de discriminación sexista, cuando Ladrón se vuelve tan inhábil como Ladrona y es salvado por ella. El hecho de que estos personajes sean caracteres difíciles, antihéroes, establece un contraste expresivo intenso, por cuanto la historia conduce a la afirmación de valores muy elevados, como la bondad, la solidaridad, la ayuda al que lo requiere, pero sobre todo, el amor. Además es un acierto que el lector sepa más que el protagonista, que la trama termine cuando él aún sospecha, por momentos, que puede ser una alucinación.
       Se puede tomar como final abierto o como final feliz. Me gusta que no se codifique en una sola dirección ya que así involucra activamente al lector en descifrar las decisiones finales y permite mantener vivo, más allá de la historia contada, el pensar sobre lo sucedido. Creo que es una novela que va a gustar a los lectores y que habrá de dejar vivencias enriquecedoras como historia, además de las del buen manejo del relato y las palabras. Entonces solo hay que desear que estos lectores puedan contar muy pronto con otra novela de Joel Sequeda.


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Ladrón al fin, había optado por los hábitos nocturnos. Descansaba durante el día y recién comenzada la noche solía despertar. Desayunaba silencioso mientras la luna alumbraba su mesa, filtrándose por la ventana. Luego, morral a cuestas, salía a los tejados. No era usual un ser humano con tales hábitos, pero su oficio exigía un esfuerzo, una transformación que no le fue difícil desde que se dedicó enteramente a robar. Como llevaba tiempo en estos menesteres, había adquirido ciertas experiencias; prefería los sitios altos, eran mejor punto de mira que los bajos. La calle era un hervidero de tropiezos: los serenos y gendarmes nocturnos, los ojos indiscretos que no faltaban nunca por más avanzada que fuese la noche, los perros con su mala costumbre de ladrar a los extraños. Y como nunca se estaba exento de tropiezos decidió que estos fuesen con seres más amigos del silencio. Optó por los gatos. Desde entonces fue el tejado el territorio y los gatos sus acompañantes. Era frecuente verlo pasar, escoltado por una pandilla de estos junto a un conglomerado de chimeneas o saltando ágilmente de un alero a otro. La gente solía aconsejar a aquellos que por una u otra causa viajaban de noche: “cuidado, por las calles pululan los ladrones” Debían contemplar la frase, pensaba Ladrón: “y por los tejados también”. Cierto que para ello era necesaria alguna pericia, cuidado con romper tejas, hacer ruidos o despertar a los durmientes. Ladrón ya no pensaba en tales fallos; eran para él solo eventos casuales, pero como buen hijo de Caco, profesaba un amor religioso a la cautela. Había adiestrado a una pareja de gatos que actuaba en caso de necesidad. Si la víctima despertaba durante el robo, esta pareja le hacia pensar que se hallaba ante la simple molestia de un romance gatuno y no ante la trastada de un rateo hecho y derecho. Si la víctima resultaba demasiado cargante, era preciso recurrir a métodos más drásticos. Llevaba un cordón atado a la muñeca, discreto utensilio para silenciar a los impertinentes _decía Ladrón_, pues como todo hombre dedicado al robo, no desechaba la detestable pero inminente posibilidad de matar.

Con el paso del tiempo, pero para sacar mejor partido a su trabajo, Ladrón adquirió habilidades gatunas: ronroneaba a su antojo, corría a gatas sin hacer ruidos, era capaz de saltar de un tejado a otro, aunque de por medio se interpusiese todo el ancho de una calle, y lo que el tejado fue para los gatos, también lo fue para Ladrón: un universo moteado por el verde mohoso de las tejas antiguas y por los helechos crecidos a la húmeda sombra de los aleros. El sosiego moraba allí con la misma intensidad que en los cementerios, mas no era sosiego tétrico. La soledad de aquellos parajes no llegaba a provocar susto, sino más bien placer. Resultaba poética la lejanía de los tejados y sus chimeneas vistas a contraluz sobre la luna llena. Resultaba incomparable el panorama sideral, avistado desde una azotea o ventanal de la ciudad, era hermoso ser un ente solitario, mantenerse lejos del nocivo contacto humano y gozar a cambio el amor de los gatos vagabundos, siempre deseosos de una caricia.

En los últimos tiempos, Ladrón se había habituado tanto a aquel mundo que, en ocasiones, dudaba poder abandonarlo toda vez que fuese lo suficientemente rico como para no vivir del riesgo, pues como todos los de su condición, perseguía un único objetivo: enriquecerse a costa de lo robado. Suspiraba ante la certeza de que un día no muy lejano llegaría el momento de abandonar para siempre aquellos modos; sus riquezas en oro frisaban ya los bordes de un baúl, oculto bajo las tablas del piso de su madriguera. Prácticamente ya era hora de hacer maletas, despedirse de sus gatos y largarse con viento fresco a gastar su oro entre la pompa de la vanidosa sociedad humana. Estos pensamientos invadían su camastro y le hacían debatirse en pesadillas que arruinaban su descanso diurno. Sabia que si en tantos años de rateo no había llegado la hora fatal, no convenía tentar demasiado la magnitud de su suerte, pues en estos menesteres _bien que lo sabía_ la vida y la libertad pendían de un hilo. Se daba perfecta cuenta de que hacia mucho estaba robando por sensiblería _cosa no muy aconsejable en ladrones_, enamorado del sabor extraño de aquellas soledades, encaprichado en prolongar a sabiendas el momento de la partida.

La noche en que por fin se decidió a subir por última vez a los tejados, Ladrón halló un detalle: los gatos estaban inquietos, saltaban a su regazo y arañaban insistentemente sus pantalones. Flotaba en la brisa la rareza de un perfume vago y, para colmo de extrañezas, en más de un tejado aparecieron tejas partidas por la inexperta huella de un calzado que no era el suyo ni el de la tradicional bota usada por los deshollinadores; únicos visitantes habituales del tejado, además de él, por supuesto.

Aquella noche las patrullas de gendarmes andaban alborotadas, rompiendo con el taconeo de sus botas las tranquilidades más recónditas. Las huellas encontradas sobre las tejas y el suelo de las azoteas mostraban la frescura del sereno nocturnal y no la sequedad producida por los soles diurnos. Entonces era lógico pensar que el dueño de tales huellas gustaba también de hacer noches, y que andaba tal vez cerca, guarecido bajo algún alero o escondido tras cualquier chimenea.

Finalmente, Ladrón, atontado también por los embates raros de aquella noche, regresó a su madriguera, acompañado por un canto de gallos despertados a una hora inusual. Ya arropado en su camastro, desanudó el cordón atado a su muñeca y lo tensó para comprobar su resistencia. <<Tal vez pronto habría que darle uso.>>, pensó. Alguien además de él, estaba incursionando de noche por los techos. ¿Otro pretendía, acaso, convertirse en astro de aquellos andurriales? Alguien, a juzgar por las alteraciones de aquella noche, había usurpado sus dominios _se dijo y bostezó sin sueño en espera del alba para dormirse.

miércoles, 7 de marzo de 2012

La condición del fuego



Por: Magally Ramírez Ripoll 
PRÓLOGO



“Veo otra ruta, la ruta del instante, la ruta de

la atención, despierta incisiva, sagitaria, pico

de víscera… reflejo del rayo, vigilancia, ruta

real con legión de frutos vivos, cuyo remate es

en ese lugar en todas partes y en ninguna”

Rafael Cadenas;

Los cuadernos del destierro

“Abbess /bou— bou—bou—

Margarita /___ger, -- ger, -- ger

Margarita /Fou— fou – fou –

Abbess /___ ter, ---ter, -- ter”

Laurence Sterne; Tristram Shandy


Hay que decirlo de una vez, “La condición del fuego” es el texto escrito por Karelyn Buenaño, donde la autora venezolana trata de disolver lo real situando las certidumbres en tela de juicio, asegura su creación a través del humor y de la ironía, siguiendo a Octavio Paz: Víctor Bravo asegura que “la ironía sería una profunda visión en el contexto de las cegueras del mundo”; Karelyn hace que se perciban las distintas conjeturas en las diferentes asociaciones, trata de elegir una imagen posible que desenmascare la realidad, desmonta el aparente equilibrio de lo real, los mecanismos formales del habla poética, fuera del orden tradicional, y estaciona la antítesis como lugar seguro de la poesía. El conjunto de palabras se dibujan y desdibujan en el sin sentido, el lenguaje se compromete
con la disolución del orden, el desgaste, la decadencia y surge el fuego destructor, como símbolo de lo que ya no es, y la nada pone en tela de juicio todo lo establecido por la realidad convencional. Para asegurar la antítesis, las palabras de la poeta se alimentan del calor de todas las digresiones y partes fortuitas, de todos los tiempos: los divididos, los parciales y los contra-tiempos. El mundo poético se vale de la figura de un mandala infinito, que lanza al lector a un laberinto místico a todas las explicitaciones, apropiaciones, debidas e indebidas, citas, recortes, todas las divagaciones del lenguaje tendrán cabida, modificando el habla hasta llevarla al extremo de lo absurdo, como manera de atraer su atención. Es necesario afirmar que su escritura es autocrítica, festiva, burlona, acerca de la palabra y su uso convencional, la autora cuestiona y desmantela todos aquellos elementos y valores tradicionalmente sobreentendidos en la poesía. Su discurso está constituido por saltos, exabruptos y reflexiones imprevistas, se caracteriza principalmente por la ruptura entre la forma exterior y la interior. El tema, habitualmente contemporáneo y de interés colectivo, es tratado con desenfado, mediante un lenguaje cargado de irónico humor, lo que impide al lector la identificación emotiva con la situación expuesta, anticipando una “reflexión” sobre los aspectos tratados tradicionalmente.

El nihilismo, surge en el conjunto de textos de “Aforismos metálicos”, se gesta lo ateo cuando Dios y el Buda se oxidan, los representantes religiosos de oriente y occidente yacen inermes en una charcutería, nace de nuevo la risa, de inmediato el lector pasa de la creencia al cuestionamiento. En “Las pero(l)atas” aparece un gráfico referente al “día de los abotonados” donde la autora se trenza, se suelta, la descosen y se arregla otra vez, la ironía estará siempre alerta, vigilante, dispuesta a compartir con el lector el chiste y el retruécano, la paradoja y el desplante; la incoherencia también permite demostrar las limitaciones de las herramientas de la mente humana, la identificación de los conceptos que a simple vista parecen razonables. Los vacíos que deja la autora corresponden a los espacios en blanco, que el lector deberá llenar, una apertura hacia lo indeterminado, no hay mensaje. La poeta está cuestionando el lenguaje convencional, la arbitrariedad del signo, éste interfiere con la auténtica comunicación. Como Ionesco, Karelyn nos presenta mediante variaciones del “habla” un verdadero simbolismo fónico a nivel del significante: “Tautacos, Tautacos, Tautacos, Tautacos, Dónde se amarán los que no pueden remedarse.”

Los poemas se deshacen a la vista del lector, dejan al descubierto sus resortes de creación y se sitúan en franco conflicto con la palabra, a partir de una desconfianza en el lenguaje escrito o hablado, la poeta valoriza la técnica visual del dibujo, los espacios en blanco, el simbolismo del significante, procedimiento que anticipa la presencia de una tira cómica junto con la pérdida del sentido común, o una iluminación instantánea que es el satori en el zen.
En “Trasturas” se sugiere lo amoroso, como una cena en el Taj Majal, un “salto de talanquera” y, en “Antorchas de la isla” encontramos “un cuestionario zen jamás inaugurado entre mis piernas”, y la nada ahí, así sin saber cómo ni porqué; “nada de motes”, “nada de creerse un árbol”, Karelyn nos invita a ensamblar una ristra de “pepitas” y nos dice que no nacimos para ser guirnaldas, y frente a la nada la autora se debate entre palabras sin sentido, donde lo absurdo pasa a ser lo absoluto. Hay imágenes que producen una carcajada: “Hágase la luz, y entonces la ventana”, la autora registra no uno sino varios cordonazos, apunta epígrafes entrecortados.

Como en “El arte de los arqueros japoneses” de Eugen Herriguel, al igual que el protagonista, el lector recibe inmediatamente un golpe en la cabeza, la razón Aristotélica se ha derrumbado de nuevo, se muestra lo arbitrario; como Sartre la autora juega con la ausencia de contenidos filosóficos, la esperada palabra se desinfla, se anuncia el agotamiento del poema tradicional, se disipa su sentido con una rapidez extraordinaria y, el amor es buscado en lugares insólitos y se enreda en “las bisuterías del espíritu” así como en la figura de Gregori Raspútin, este Stárets, “monje loco”, que no está en su mejor momento “alfa”, y busca a su “virgen entre ovejas y putonas”. El amado es proscrito y se le desea “que una caballada de sombras lo aprisione” y ella no quiere “más que unas pantys bermellones y turulear”. No existen explicaciones ni razones, contradictoriamente, la autora se debate entre las palabras, utiliza todos los materiales a su alcance: materiales lingüísticos propios, producto de su inspiración y de sus recolecciones, de la búsqueda metódica y del hallazgo casual, de la escritura automática, del flujo de la conciencia y la reflexión, de la lucidez y el delirio, el sueño y la vigilia, el pasado y el presente, el ensueño y la pesadilla. Con el método del cajón de sastre la poeta revitaliza la creación poética, explora los aspectos más elusivos y comprometedores, logrando un estilo sutil y una forma flexible de lectura, definitivamente, con estos poemas Karelyn Buenaño se lleva el gato al agua.






“Mi alma es indefensa
mi alma está ensamblada


y sin el filo de enhebrados dulces


nadie


nadie


nadie


pasa.”
Conversaciones con Santiago Ripoll
Bibliografía:
Sartre, Jean Paul; La náusea.
Herriguel, Eugen; El arte de los arqueros japoneses.
Bravo, Víctor; El orden y la paradoja.
Ionesco, Eugene; Diario II.
Ionesco, Eugene; La cantante calva.
Krishnamurti, Jiddu; El despertar de la sensibilidad
o el arte de ver.


Msc. Magally Ramírez Ripoll

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Tomado de:  TRASTURAS



Primero ensarte la pepita
luego la otra
y las otras con sus otras
hasta llegar al número setenta
si se rompe la bella obrita
o se le enreda
es que usted no nació para guirnalda.
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A Emilia le gustan los cochinitos de arcilla
y a nona Maura
las vacas de madera
a mí nada me mata
como una manada de perros acrílicos
sobre hordas legendarias de señoritas de tela
en mi pesebre una vez hubo guacamayas
con un mirar de caramelo intenso y largo
de donde vengo
uno cree que una lámpara es lo mismo que una madre.
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Rocío Durcal ronca la heredad de la nostalgia
y nosotros
nosotros somos tantos
un árbol gris, nervioso, bifurcado
un crucifijo de hierbas
un nombre sobre otro es otro juramento
todo se marcha en la mirada que persiste.
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Tomado de:   AFORISMOS METÁLICOS


Tus ojos son dos limpios artefactos
sobre la primera trenza que se esfuma.

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Tomado de:   LA MUGRETECA




Vino una esposa de oropel y dijo
que quería un ramo de osamentas para su aniversario
su esposo muerto
se había ganado un premio



Le sugerí
un decorado de salmones
color turbina
sobre unas flores de hojalata fucsiadas en cadena


la esposa quedó encantada con mi orfebrería
levemente holocáustica



(Ella me dijo que dónde había aprendido
el arte breve del amor macabro)



Se puso más preciosa que Morticia cuando viuda
y la dulce mujer de buena muerte
lanzó a los aires su bouquet por vez vigésima



No sabía yo que esas promesas
son más eternas que un libro de amor en arameo.

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Tomado de:PERO(L)ATAS

Salute, vengo
a dormir el plato de hilos de los tuyos
hoy es ayer
y ya aprendí a hacer perlas con mi boca
desnuda el corazón moliendo en ganas
pues nunca hubo música tan buena.

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Tomado de:
  DE LA COSMÉTICA Y OTROS DESAMORES

Se las ingenian para ser hermosas
se las inventan para ser vendibles
sólo que
a veces
transitan marineros
que no desean otra cosa
que pasearse por los ojos de las paraulatas
de vez en vez van a la quincallería
a contemplar la siesta de los cosméticos
o a Rosa del Crisanto la florista.
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Tomado de: LA CONDICIÓN DEL FUEGO
                    LUCERNA DE LOS MANSOS






y mis ojos extremadamente agotados
de preferir la luz

me hacen creer que todo cuanto es posible imaginar

sobre la tierra me pertenece.

Arístides Vega Chapú



Una acostumbra
─depende de los días─
embadurnarse de extractos
macerados
y a las diez de la tarde
pedir a exhortos
lo que
muy serenamente
nos ajena.

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Que te dispense
que te perfume
que la cábala desbarate otras presencias
entre resinas y caléndulas
Que te lo rinda
te lo encante hasta los pies
abierto con chamizos y velones
Te zarandeen las esencias
Que se encienda en él
la llama
no asequible.
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Karelyn Buenaño, Mérida, Venezuela, 1980


Poeta.
Estudiante de Idiomas Modernos y de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de los Andes. Obras publicadas: "Sin duelos ni retornos" (página Penúltima Escritura, diario Frontera, 1998), "La ciudad nos cantará para abrazamos" (mención especial poesía premio DAES 1999), y "Complejo de Dido" (premio poesía DAES 2003). También tiene trabajosinéditos como: "Orán" (novela breve, 2000), "La caída" (2002), "Oficio de lámparas" (2004) y "Siniestra" (2005) El poemario "Trópico de Circe"fue seleccionado junto con 169 obras literarias para el Certamen Mayor de las Artes y las Letras 2004.






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Nota importante sobre las ediciones a cargo de  L Santiago Méndez Alpízar (Chago): http://www.eforyatocha.com/

La "Colección Atocha de literatura hispanoamericana  comenzó con el ejemplar número, 0, Bagazo





Para adquirir La condición del fuego:
disponibles en la librería La Marabunta, y también en la Feria permanente de libros en La Cuesta de Moyano, (Atocha) casetas, 11, 13 y 14.  Madrid.

http://lamarabunta.info/
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viernes, 2 de marzo de 2012

Yesca, de Coyra


René Coyra: «listo para las despedidas y las reconciliaciones»
Por: Noël Castillo
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Nada me pareció más oportuno, para titular este comentario promocional que esa frase rotunda, contenida en uno de los poemas del libro yesca (Editorial Capiro, 2011), del itinerante René Coyra. Al hojearlo me pareció que este verso —por sí solo— compendia el modo creativo del autor, sin obviar que refracta —motivo no menos importante en poesía— mucho de su forma de vida: «listo para las despedidas y las reconciliaciones».
A lo largo de la cimentación de su poética (el poeta ha de nombrarse dichoso de que pueda llamársele así a su producto del espíritu), Coyra siempre ha propugnado la despedida con los modos de hacer que advierte ya obsoletos, sin sentimentalismo alguno ha dicho adiós a determinadas prácticas escriturales que dieron cuerpo a sus versos iniciales y que le convirtieran en el clásico poeta-puente: entre las turbulentas aguas de la estética de los años ochenta y los caóticos reflujos de los noventa; pero así mismo —y quizás por esa condición que le achaco—, se ha reconciliado una y otra vez con otros modos (modas valdría decir) que le permiten figurar por encima de los vaivenes del péndulo lírico.
[…] reunidas las monedas en la bebida
para santiguar nuestras gargantas
en el duro estío.
al año fui bautizado
y a los dieciséis leía
por primera vez a anacreonte,
un poeta un griego más.
(«el gran apagón», p. 9.)
Este último aspecto, curioso y raro, le remite a lidiar y estar a tono con los segmentos promocionales que, cada cierto tiempo, se entronizan en el mundillo poético insular. Los nombres van y vienen, algunos se distancian de la figuración literaria, otros pierden ese halo de «actualidad» para los lectores-poetas, mas este testarudo autor continúa allí: siempre en la palestra. Recientemente sus textos han sido escogidos para una antología de novísima poesía cubana, allí coexistirá, una vez que dicho compendio salga a la luz, con poetas hasta 15 años menores que él. Los seleccionadores, obviando el año de nacimiento del escritor, prefirieron advertir su sentido de avant-garde, de estar a tono con un momento álgido, su vocación por lo ríspido o eso que muchos llaman experimental.
Tras esta introducción necesaria, entremos ya en el libro de ríspido título que nos ocupa: yesca. Se trata de uno más de los compendios a que el autor nos tiene acostumbrados de un tiempo a esta parte: poemas ya conocidos se dan la mano con algunos inéditos, entronizando un (auto)dialogismo muy del gusto del autor. Así encontraremos nuevamente su antológico «el gran apagón», a la par que textos que conformaron su libro hombre que vive frente al mar, premio José Jacinto Milanés.
Su carácter exclusivo —exclusivo como oposición a inclusivo, valga aclarar— le otorga, por supuesto, una gran unidad conceptual al cuaderno, lo cimienta en un in crescendo que nos atrapa. En yesca no hay recaídas, todos los textos poseen alto valor lingüístico, o mejor aún: resultan fruto amable de la manipulación lingüística, síntoma que denota la madurez en un poeta. Al leerlo nos reencontraremos con la fragmentación de los versos en secuencias minimals, con la ausencia de mayúsculas, en la búsqueda a ultranza de un tono minilocuente que al autor nunca le ha competido. Nunca la poesía de René Coyra ha logrado evadir la grandilocuencia que como línea per se resulta consustancial al acto poético del artificio. En el artificio está su modus operandi en la disposición de su poesía de una manera prefijada, altamente intelectiva; y la lectura de estos poemas con sus constantes referentes —muchos de ellos esperpénticos, imprevisibles o quebrados por el nuevo contexto— lo corroboran.
Interconectado con este último aspecto, su fidelidad a una tipología ecléctica resulta admirable, mucho más si nos remitimos a lo arriba señalado respecto a su permanencia por encima de las modas literarias en más de veinte años de creación. No hay en el poeta temor a establecer asociaciones (formales y de contenido), que en otros poetas parecerían disparatadas. Él está consciente de que su sentido filosófico es tan fuerte, tan arraigada su interpretación de la vida, que es esa y no otra la vía de expresión:
rené: hijo de Renato, quien renace
cardumen contra la mar de leva, sentado
en la equidistancia
sin importar que lo llamen, sin importar
con las manos sobre el vestidor de la noche […]
(«sobre la foto, la mancha gris», p. 15.)
Veinte años, decía, que no han pasado por gusto y le han insuflado contención a ese propio artificio intelectivo. Observemos estupefactos los finales de casi todos los textos: rotundos y sentenciosos, nos engatusan desde una supuesta humildad conversacional. Creo que, junto al divo Sigfredo Ariel, es René Coyra uno de los poetas cubanos vivos que mejor cierra sus poemas, para ello nos prepara como lectores. Y, también, como en pocos de sus coetáneos, se potencia la nota filosófica tan fuerte, tan determinante en la ilación del corpus versal:
[…] donde nadie sabe qué pertenece al sueño
y qué a la realidad.
y al pasar los dedos por sus labios
se puede leer en uno de esos libros
hechos para los que no podrán ver nunca.
(«et, dès lors, je me suis baigné dans la poème», p. 22.)
La certeza de la pertinencia absoluta rodea la poética de René Coyra, una de las voces más interesantes y laureadas de la llamada promoción de los noventa en la Isla. Ecléctico por elección, filosófico por necesidad personal, profundo en medio de la postura light. Ora neo-coloquial, ora neo-greco, bien autorreflexivo, bien mañoso, así de diverso y dicotómico se nos muestra el sujeto lírico de este creador.
Y, por supuesto, porque le tenemos por suertudo y arriesgado, en este libro a René Coyra todo le resulta: quizás sea esa otra de las virtudes del artificio. Como lectores avisados podremos establecer múltiples asociaciones, recorrer todos los vericuetos conceptuales a que nos somete el poeta.
La propia yesca, que como título se entroniza, no es más que un material artificioso: mezcolanza de trapos y vegetales secos cuyo destino es arder con eficiencia. Sentiremos ese ardor, de más está decirlo: la poesía de este autor resulta muy táctil, matérica, a partir de las imágenes y su desdibujo, a partir de la sustancia referencial y su reacomodo…
la belleza era comprada por monedas
y el vino corría por sus venas como el Helesponto
por el nombre del ahogado:
el hombre que lentamente naufragó
minucias por las que perdemos algo preciado
el llamado de alguien que nos quiere avisar
sobre el peligro y sobre el agua y sobre el dolor…
metía monedas en sus bocas
y los muchachos se desnudaban para él.
(«michelangelo caravaggio», p. 61.)
…Y advertiremos la luz, una luz increíblemente latente porque es también luz en ausencia: apagones, oscuridades, pátinas, claroscuros, jirones de paisajes donde la vida transcurre. Como chispazos de luz, vendrán las frases hechas, las sentencias en medio de otras imágenes más quebradas, vestigios de su tremendismo primero (Nocturno de la sed, Sed de Belleza, 1995).
Ahora la certeza muta a otro de nuestros estadíos de lectores y lo sabremos no solo exclusivo desde la interioridad del verso, sino también inclusivo en la forma exterior:
cuando se escribe la palabra isla
se puede escribir maroma
reclamo de flores silvestres, de su olor,
paja y nube.
Si no contamos con el hombre que vive frente al mar
no tendríamos a este ser y al ojo que lo turba.
No tenemos a florit, como no tenemos
un montón de cosas necesarias.
(«hombre que vive frente al mar», p. 32.)
Así, a partir de las ganancias formales e ideotemáticas de sus antecesores de la estallante generación de los ochenta, donde el predominio de la imagen y cierto efectismo se regodeaban, René Coyra en pos de la comunicación, se escuda en una metaforización muy peculiar: rozando por momentos el más absoluto coloquio, reciclando la efusión Kitsch, esgrimiendo la sentencia.
Su verso así ha transitado por los escenarios donde la sordidez y el esteticismo se dan extraño abrazo, y eso hoy en día resulta muy del gusto de quienes determinan cuál es la poesía a promover, premiar, entronizar. Quizás sea ese deseo de convergencia —que Coyra, como nadie, propugna— y no otro el rasgo pertinente de la poesía cubana actual. A resultas del deseo, de la escritura avisada, está la posibilidad de permanecer. Sirvan estos versos de yesca para demostrarlo.

Tomado de: VientoyMarea. N0, 3, febrero 2012.
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